Propuesta para un Debate Doctrinal
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A propósito del artículo de Mons. Ignacio Barreiro publicado en la edición del 8 de junio (Sobre un documento de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X) un lector español nos envía esta carta en la que se suma a la propuesta de un debate doctrinal desde la perspectiva del "movimiento tradicional" de la Iglesia Católica.
Escribe Francisco Lorenzo Blanco Madrid, 10 de junio de 2005 Muy estimado director de Panorama Católico Internacional: Ante todo deseo felicitarle por el excelente trabajo que, semana tras semana, realiza su redacción. Una luz en medio de las tinieblas, así contemplo su labor informativa que agradezco sinceramente. El motivo de mi carta responde a la invitación al debate doctrinal sano, siguiendo la iniciativa de su columnista Agustín Moreno Wester. Concretamente, le ruego acepte estas líneas cuya pretensión no es otra que disipar la niebla surgida en mí espíritu, y posiblemente en el de otros lectores, tras la lectura del artículo de Mons. Ignacio Barreiro acerca del Documento "Del Ecumenismo a la Apostasía silenciosa". Sugiere, atinadamente, el autor del artículo la clarificación de principios metodológicos. Sin embargo, al enumerarlos, no parece que trate de clarificar sino de justificar, entendido éste último término como excusar. Me explico: cuando el autor afirma que " es algo sabido que los documentos del Concilio Vaticano II tienen un grado de ambigüedad que ha conducido a interpretaciones erróneas y maliciosas", recomienda, como principio metodológico, " hacer nuestro mayor esfuerzo por interpretar los documentos del Concilio y los posteriores documentos de la Iglesia de acuerdo a la Tradición". Ahora bien, ¿por qué se han hecho tantas interpretaciones erróneas y maliciosas? O, dicho claramente, ¿cabría hablar de interpretaciones erróneas y maliciosas si los textos a que se refiere el autor no hubieran sido ambiguos? Esto dicho, tratándose del Ecumenismo, la recomendación del autor, interpretar de acuerdo a la Tradición, conduciría ineludiblemente al rechazo de una parte no despreciable de los textos Conciliares y post-conciliares. A este respecto basta recordar lo que la Sede Apostólica ha enseñado, hasta el Concilio Vaticano II, sobre el Ecumenismo. El reto dialéctico reside, a mi entender, en tomar como referencia la enseñanza tradicional de la Iglesia católica respecto al Ecumenismo y demostrar que los textos conciliares, ambiguos o no, son compatibles con aquella. El principio metodológico sería sano si "lo nuevo" ( Concilio Vaticano II) es compatible con "lo antiguo" ( Tradición). Pero me temo que lo pretendido es otra cosa: darle vueltas al texto "nuevo" hasta hallar una interpretación que encaje con lo "antiguo". Esta cuestión está zanjada desde el siglo IV y S. Vicente de Lérins no fue precisamente una excepción en el Magisterio de la Iglesia católica. El segundo principio metodológico se refiere al "modo en que el documento fue presentado". El autor critica la publicidad dada a su contenido… en su opinión, lo correcto hubiera sido tratarlo "reservadamente". A favor de su argumento trae a colación el canon 212.3 del CIC de 1983. Ignoro el grado de conocimiento que el autor posee acerca de la Hermandad San Pío X. A mi entender, desde el año 1970, ese trato "reservado" ha sido escrupulosamente respetado sin obtener resultado aparente… más aún, sin observar el más insignificante interés por el problema. El momento de gritar, alto y fuerte, desde todas las esquinas, proféticamente: ¡clama ne cesses!, comienza con la reunión de Asís. Y aquí deben traerse, al hilo de la argumentación, las exhortaciones del Apóstol San Pablo: en su carta a los Gálatas recuerda la corrección pública hecha a San Pedro( Ga. 2,11)… en las cartas a Timoteo precisa cuál es la primera obligación del obispo ( I Tim.1,18 y II Tim. 4,1). Pero no sólo debe releerse la Tradición apostólica sino el completo texto del canon 212.3: "Tienen el derecho ( se refiere a los fieles), y a veces incluso el deber,[…]de manifestar a los Pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia y de manifestarla a los demás fieles, salvando siempre la integridad de la fe y de las costumbres y la reverencia hacia los Pastores[…]". Ocultar, a los demás fieles católicos, lo que se entiende puede ocasionar un grave daño a la Iglesia ¿ no es infringir el deber exigido en el propio canon?. Pero, volviendo a la Tradición, en esta disquisición puede ayudarnos la lectura del canon 1325 del CIC de 1917, vigente hasta 1983. Allí leemos: "Están obligados los fieles cristianos a confesar públicamente la fe siempre que su silencio, tergiversación o manera de obrar llevase consigo negación implícita de la misma, desprecio de la religión, ofensa a Dios o escándalo del prójimo". Así que, si se dan interpretaciones erróneas o maliciosas de los textos conciliares o post-conciliares, el fiel católico debe confesar la verdadera fe no sólo interpretar el texto. La tarea de interpretar puede dejarla para aquellos que causaron, con sus ambigüedades, las tergiversaciones, quienes tienen un mandato expreso de hacerlo como Pastores auténticos, responsables ante Dios de conservar y transmitir íntegro el depósito de la fe. Mons. Barreiro se refiere, posteriormente, a las Iglesias ortodoxas y a la afirmación del Papa Juan Pablo II respecto a la deseable unidad. Esta no debe ser "ni absorción ni fusión". Según Mons. Barreiro ambas afirmaciones "son verdaderas en sí mismas" y explica las razones: razón de autonomía en asuntos litúrgicos y disciplinarios… razón de ejemplaridad en el sentido de la tradición y de lo litúrgico. Además, aduce el autor una curiosa razón de conveniencia: "estos dos principios se aplican también al movimiento tradicionalista. La mayoría de los miembros del Movimiento Tradicionalista no desean ser absorbidos ni fusionados en ninguna de las iglesias particulares[…]". No se puede comentar el texto anterior sin hacer distinciones previamente. En primer lugar, aunque aceptáramos como cierta la afirmación de "lo que no debe ser la unidad", faltaría por conocer "lo que debe ser la unidad" con los ortodoxos. Precisamente ahí radica la crítica del Documento acerca del Ecumenismo preparado por la Hermandad San Pío X. Hasta el Concilio Vaticano II los ortodoxos eran considerados cismáticos y, en lo que atañe a algunas verdades dogmáticas, herejes. Si se quiere reducir el "tono" digamos semiherejes , tal y como hubo arrianos y semiarrianos. La "unidad verdadera" con los ortodoxos consistiría, por tanto, en que cesaran en su actitud cismática y semi- herética. Así de simple: reconocimiento del Primado del Romano Pontífice y confesión de la plena fe católica, tal y como la confiesa la Iglesia católica. Mientras esta afirmación no aparezca en la boca y en los escritos del Sumo Pontífice alguien debe recordarla y reclamarla. ¿Significa esto que el Sumo Pontífice yerra? No por cierto. Sencillamente el Sumo Pontífice no enseña la totalidad de la Verdad… evita decir toda la Verdad. En segundo lugar, las razones aducidas nada tienen que ver con el problema de la Unidad ya que dentro de la Iglesia católica, una y única, existen, de hecho, diversidad de ritos, diversidad de disciplinas y diversidad de tradiciones litúrgicas. Pero siempre una sola Fe bajo una sola Cabeza. La referencia a las pretensiones de los "tradicionalistas" está absolutamente fuera de lugar en esta argumentación pues "los tradicionalistas" no son cismáticos ni herejes. Por lo demás, desconozco el fundamento de la afirmación consistente en decir que "los tradicionalistas no desean ser absorbidos ni fusionados en ninguna de las iglesias particulares". Lo que sí conozco es la firme decisión y voluntad de los tradicionalistas en no "perder la fe católica". Siguiendo adelante en la lectura del artículo de Mons. Barreriro, encontramos la manida cuestión de la Pastoral de la Iglesia contemporánea. No voy a entrar en la polémica y sólo ruego se mediten las palabras de Nuestro Señor: "Por sus frutos los conoceréis: […]todo árbol bueno da frutos buenos, y todo árbol malo da frutos malos" (Mt.7,18). ¿La llamada Iglesia contemporánea da buenos o malos frutos? ¿Esta o aquella pastoral da buenos o malos frutos?. "Por tanto, por sus frutos los conoceréis" ( Mt.7,20). En cuanto a la frívola alusión a la ausencia del Espíritu Santo en la Iglesia desde 1965, no parece ser el modo de tratar seriamente la crisis que sufre la Santa Iglesia de Dios en nuestros días. No es el Espíritu Santo el que se ha retirado de su Iglesia, son los hombres de Iglesia quines han abandonado, cuando no despreciado, la asistencia del Espíritu Santo. Dios nunca impone al hombre Su Voluntad pero la Voluntad de Dios se realizará con o sin la cooperación del hombre. Benditos, pues, aquellos que la descubren, la aceptan y procuran colaborar en su realización aquí en la tierra, porque de ellos es el reino de los cielos. Quedan aún tres ideas a comentar expuestas en el texto de Mons. Barreiro. La primera de ellas refleja una gran inseguridad. Se trata de las Iglesias separadas como medios de salvación. El autor escribe: " Porque el Espíritu de Cristo no se ha privado de usarlas como medios de salvación que derivan su eficacia de la plenitud de la gracia y verdad que han sido confiadas a la Iglesia católica. Esta afirmación, contenida en la Unitatis Redintegratio, puede y debe ser interpretada conforme a la tradición". Para ello se apoya en el contexto del Documento conciliar y trae en su auxilio la alocución "Singulari quadem" del Beato Pío IX, de 29.XII.1854. Ciertamente no nos queda más remedio que anclarse en la Tradición pues, de lo contrario, estaríamos frente a un error dogmático de primera magnitud. Pero, como dijimos más arriba, la crítica del Documento presentado por la Hermandad San Pío X, no pretende otra cosa que subrayar la ausencia de fidelidad a la verdad plena. Todo el movimiento ecuménico moderno pretende, con el fin de no disgustar a nadie, hablar de la unidad utilizando un lenguaje ya ambiguo ya equívoco. Con esta actitud, y entro en la segunda idea, "no se atrapan moscas". La Fe se asienta sobre la inteligencia y ésta atiende a la Verdad. Los sentimientos, los gestos y los modos de trato corresponden, en último término, a la Caridad, virtud asentada sobre la voluntad que se mueve por el Bien. Difícilmente, y los datos lo corroboran, aumentarán las filas de los auténticos seguidores de Cristo, miembros de su única Iglesia, si no se explica toda la verdad, con caridad pero sin recortes acomodaticios. El ejemplo, nuevamente, lo hallamos en Nuestro Señor quien no omite calificativos, y bien fuertes, cuando se dirige a los escribas y fariseos, a los pecadores y a los mismos apóstoles, a quienes recrimina su falta de fe ( Mc.8,33) (Mt.8,25) (Mt.23,1-37). ¿Por qué utiliza el Señor este lenguaje fuerte, duro e intransigente? ¿Quién podrá aceptar esta exigencia radical? A corto plazo aquella predicación pareció estéril y terminó crucificada entre malhechores. Tras dos mil años de cristianismo las pruebas son elocuentes: "La Verdad os hará libres" (Jn.8,32). Finalmente, recomienda Mons. Barreiro a los tradicionalistas la lectura de la Bula Unam Sanctam de Bonifacio VIII, de 18 .XI.1302, así como les urge a una regularización de su situación canónica. Entiendo que la recomendación supone el conocimiento del origen y sentido de la Bula citada así como el texto calificado De Fide. La defensa de la autoridad y autonomía pontificias frente a las ingerencias del poder temporal, promovidas en aquel tiempo por Felipe el Hermoso de Francia, motivaron la Bula. El contenido de la misma no tiene desperdicio en su aplicación al tema del Ecumenismo. Sin embargo, la obediencia y sujeción al Romano Pontífice, presupone que éste actúa como tal, es decir como Vicario de Cristo y así se explicita en el texto de la Bula. Por lo que concierne a la regularización canónica, que afectaría si acaso a algunos, no está en sus manos sino en la buena voluntad, en la sincera voluntad, de quién detiene el poder de jurisdicción en la Iglesia. Dios quiera iluminar la suprema autoridad en su Iglesia para que se acorte este tiempo de prueba. Termino discrepando cordialmente con Mons. Barreiro en sus conclusiones. Según él "deberíamos estar menos preocupados por los problemas y ambigüedades que pueden encontrarse en la Iglesia contemporánea y más en compartir la verdad salvífica con aquellos que no la tiene o la tienen parcialmente". ¿ De qué verdad salvífica estamos hablando? ¿ puede partirse la verdad? La respuesta nos la da el primer Papa, San Pedro, en su segunda carta. Releamos y meditemos su contenido, sería la buena conclusión al debate presente. Navegación de entradas |


