Panorama Católico

Palabras del nuevo nuncio en la Argentina durante la misa de recepción

Me alegro, desde ya, por las oportunidades que me serán ofrecidas para conocerlos mejor. Por lo tanto deseo visitar sus ciudades y campos y los lugares donde viven, admirar junto a ustedes sus espléndidos paisajes, que me quedaron grabados en la memoria desde el año mil novecientos ochenta y siete, cuando tuve el privilegio de acompañar al Beato Juan Pablo segundo, en ocasión de su visita apostólica a la Argentina. Quisiera participar en su trabajo pastoral, y compartir las preocupaciones, esperanzas y alegrías de su Iglesia en camino a través de estas primeras décadas del tercer milenio.

Me alegro, desde ya, por las oportunidades que me serán ofrecidas para conocerlos mejor. Por lo tanto deseo visitar sus ciudades y campos y los lugares donde viven, admirar junto a ustedes sus espléndidos paisajes, que me quedaron grabados en la memoria desde el año mil novecientos ochenta y siete, cuando tuve el privilegio de acompañar al Beato Juan Pablo segundo, en ocasión de su visita apostólica a la Argentina. Quisiera participar en su trabajo pastoral, y compartir las preocupaciones, esperanzas y alegrías de su Iglesia en camino a través de estas primeras décadas del tercer milenio.

Por lo tanto, quisiera que sepan, hermanos, que no me siento un extranjero entre ustedes. Dondequiera que he estado, me he sentido siempre en casa, porque como católicos somos ciudadanos del mundo y formamos una única familia. Somos miembros de una Iglesia universal, donde no cuenta más la nacionalidad, el idioma, el color de la piel o el estatus social, sino donde todos somos hermanos y hermanas en Cristo que nos ha hecho hijos de Dios. Por lo tanto, la patria que elegí para mi vida no es más la Suiza donde nací, sino la Iglesia católica en la cual soy peregrino entre peregrinos en camino hacia la verdadera patria del cielo y de la vida eterna. Junto con ustedes creo en una nueva tierra y en nuevos cielos y en la transformación de nuestro mundo material en un mundo espiritual como la última etapa de nuestra existencia en la historia del mundo.

Y es a causa de esta Fe que me encuentro aquí. Como Nuncio Apostólico represento al Santo Padre y participo en su misión que es la de confirmar a los hermanos en la fe. Es nuestra fe la que nos une y la que crea cosas nuevas. Le fe como don gratuito de Dios nos constituye en una comunidad de vida, de caridad y de esperanza. Con el sucesor de Pedro profesamos que Cristo es el Hijo del Dios vivo (cf. Mt 16, 16), que a través de la obra del Espíritu Santo construye su Iglesia con las piedras vivas che somos nosotros. Les ruego, por lo tanto, queridos hermanos, que me ayuden para que mi servicio entre ustedes llegue a ser un testimonio de la fe de Pedro y una invitación a toda la comunidad a renovarse en Cristo y en la caridad hacia su prójimo. El Evangelio de hoy (cf. Lc 6, 36-38) nos anuncia un tema central de la buena noticia, es decir que Dios es misericordioso y nos perdona siempre que estemos dispuestos a no juzgar a los demás y a perdonar también a los que nos ofenden. Nuestra vocación es, por lo tanto, aquella de llegar a ser perfectos como el Padre celestial y de imitar su infinita bondad y generosidad para con todos.

Para que este mensaje central del Cristianismo sea anunciado con nuevo vigor y entusiasmo, el Santo Padre convocó al Año de la Fe que iniciará el próximo once de octubre, y durante el cual se celebrará el quincuagésimo aniversario de la apertura del Concilio Vaticano Segundo así como el vigésimo aniversario del Catecismo de la Iglesia Católica. Con esto el Papa desea dar un nuevo lanzamiento a lo expuesto en la homilía del inicio de su pontificado, a saber que “La Iglesia en su conjunto, y en ella sus pastores, como Cristo han de ponerse en camino para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud”. Toda la Iglesia debe, por lo tanto, hacer un nuevo esfuerzo para que la fe sea anunciada y vivida en nuestra sociedad, y para que la novedad siempre actual del Evangelio se convierta en fermento para una vida siempre más conforme a nuestra vocación cristiana.

Que la Santa Madre del Señor, que veneramos en Luján y en tantos otros santuarios de la Argentina, nos bendiga y nos acompañe en este camino de fe, para que el mundo crea y sea salvado. Amén.

Mons. Emil Paul Tscherrig, Nuncio apostólico en la Argentina

Fuente: Aica

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