Panorama Católico

¿Interpretaciones contrastantes?

[…] Para una interpretación correcta del Concilio Vaticano II es necesario tener en cuenta la intención manifestada en los mismos documentos conciliares y en las palabras específicas de los Papas que lo han convocado y presidido: Juan XXIII y Pablo VI.

Además es necesario descubrir el hilo conductor de toda la obra del Concilio, es decir, su intención pastoral, que es la «salus animarum», la salvación de las almas. Ésta, a su vez, depende y está subordinada a la promoción del culto divino y de la gloria de Dios, es decir, depende del primado de Dios.

EL DESAFÍO DE LAS INTERPRETACIONES CONTRASTANTES

por Athanasius Schneider

[…] Para una interpretación correcta del Concilio Vaticano II es necesario tener en cuenta la intención manifestada en los mismos documentos conciliares y en las palabras específicas de los Papas que lo han convocado y presidido: Juan XXIII y Pablo VI.

Además es necesario descubrir el hilo conductor de toda la obra del Concilio, es decir, su intención pastoral, que es la «salus animarum», la salvación de las almas. Ésta, a su vez, depende y está subordinada a la promoción del culto divino y de la gloria de Dios, es decir, depende del primado de Dios.

Este primado de Dios en la vida y en toda la actividad de la Iglesia se manifiesta inequívocamente por el hecho que la Constitución sobre la liturgia ocupa intencional y cronológicamente el primer puesto en la vasta obra del Concilio. […]

*

Lo característico de la ruptura en la interpretación de los textos conciliares se manifiesta, en la forma más estereotipada y difundida, en la tesis de un viraje antropológico, secularizante o naturalista del Concilio Vaticano II respecto a la tradición eclesial anterior.

Una de las manifestaciones más conocidas de tal interpretación errónea ha sido, por ejemplo, la llamada teología de la liberación y su consiguiente devastadora praxis pastoral. Cuál es el contraste que hay entre esta teología de la liberación, su praxis y el Concilio, aparece claramente en la siguiente enseñanza conciliar: «La misión propia que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político, económico o social. El fin que le asignó es de orden religioso» (cfr. «Gaudium et Spes», n. 42). […]

Una interpretación de ruptura de peso doctrinalmente más ligero se ha manifestado en el campo pastoral-litúrgico. Se puede mencionar a tal fin la merma del carácter sagrado y sublime de la liturgia y la introducción de elementos gestuales más antropocéntricos.

Este fenómeno se evidencia en tres prácticas litúrgicas demasiado conocidas y difundidas en la casi totalidad de las parroquias del orbe católico: la desaparición casi total del uso de la lengua latina, la recepción del cuerpo eucarístico de Cristo directamente en la mano y de pie y la celebración del sacrificio eucarístico en la modalidad de un círculo cerrado en el que sacerdote y pueblo se observan recíprocamente cara a cara.

Este modo de rezar – el no estar todos orientados en la misma dirección, lo cual es una expresión corporal y simbólica más natural respecto a la verdad de estar todos espiritualmente orientados hacia Dios en el culto público – contradice la práctica que Jesús mismo y sus apóstoles han observado en la oración pública, tanto en el templo como en la sinagoga. Contradice además el testimonio unánime de los Padres de la Iglesia y de toda la tradición posterior de la Iglesia oriental y occidental.

Estas tres prácticas pastorales y litúrgicas, de clamorosa ruptura con la ley de la oración mantenida por generaciones de fieles católicos durante al menos un milenio, no encuentran ningún apoyo en los textos conciliares, por el contrario, más bien contradicen tanto un texto específico del Concilio (en la lengua latina: cfr. «Sacrosanctum Concilium», nn. 36 y 54), como la «mens», la verdadera intención de los Padres conciliares, tal como se puede verificar en las actas del Concilio.

*

En el alboroto hermenéutico de las interpretaciones contrastantes y en la confusión de las aplicaciones pastorales y litúrgicas, aparece como único intérprete auténtico de los textos conciliares el Concilio mismo, en unidad con el Papa.

Se podría plantear una analogía con el clima hermenéutico confuso de los primeros siglos de la Iglesia, provocado por interpretaciones bíblicas y doctrinales arbitrarias por parte de grupos heterodoxos. En su famosa obra «De praescriptione haereticorum», Tertuliano pudo contraponer a los herejes de distintas orientaciones el hecho que solamente la iglesia posee la «praescriptio», es decir, solamente la Iglesia es la legítima propietaria de la fe, de la palabra de Dios y de la tradición. Con esto, en las disputas sobre la verdadera interpretación la Iglesia puede rechazar a los herejes. Solamente la Iglesia puede decir, según Tertuliano: «Ego sum heres Apostolorum», yo soy la heredera de los apóstoles. Hablando analógicamente, solamente el magisterio supremo del Papa o de un posible futuro concilio ecuménico podrá decir: «Ego sum heres Concilii Vaticani II», [yo soy el heredero del Concilio Vaticano II].

En las décadas pasadas existían, y todavía existen, reagrupamientos en el interior de la Iglesia que abusan enormemente del carácter pastoral del Concilio y de sus textos, escritos según esta intención pastoral, ya que el Concilio no quería presentar enseñanzas propias definitivas o irreformables. De la misma naturaleza pastoral de los textos del Concilio se evidencia que sus textos están en principio abiertos a perfeccionamientos y a ulteriores precisiones doctrinales. Teniendo en cuenta la experiencia de varias décadas de interpretaciones doctrinal y pastoralmente equivocadas y contrarias a la continuidad bimilenaria de la doctrina y de la oración de la fe, surge entonces la necesidad y la urgencia de una intervención específica y autorizada del magisterio pontificio para una interpretación auténtica de los textos conciliares, con perfeccionamientos y precisiones doctrinales; una especie de «Syllabus» de los errores respecto a la interpretación del Concilio Vaticano II.

Hay necesidad de un nuevo Syllabus, dirigido esta vez no tanto contra los errores provenientes de afuera de la Iglesia, sino contra los errores difundidos dentro de la Iglesia por parte de los partidarios de la tesis de la discontinuidad y de la ruptura, con su aplicación doctrinal, litúrgica y pastoral.

Tal Syllabus debería constar de dos partes: la parte que señala los errores y la parte positiva con las proposiciones aclaratorias, conclusivas y de precisiones doctrinales.

*

Se ponen en evidencia dos reagrupamientos que sostienen la teoría de la ruptura. Uno de estos reagrupamientos intenta «protestantizar» doctrinal, litúrgica y pastoralmente la vida de la Iglesia. Del lado opuesto están esos grupos tradicionalistas que, en nombre de la tradición, rechazan el Concilio y se apartan de la sumisión al supremo magisterio viviente de la Iglesia, a la cabeza visible de la Iglesia – que es el vicario de Cristo en la tierra -, sometiéndose entre tanto sólo a la cabeza invisible de la Iglesia, esperando tiempos mejores. […]

Sustancialmente, ha habido dos impedimentos para que la verdadera intención del Concilio y su magisterio pudieran llevar frutos abundantes y duraderos.

Uno se encontraba fuera de la Iglesia, en el violento proceso de revolución cultural y social de los años ´60, que como todo fuerte fenómeno social penetraba en el interior de la Iglesia, contagiando con su espíritu de ruptura amplios ámbitos de personas y de instituciones.

El otro impedimento se manifestaba en la falta de sabios y al mismo tiempo intrépidos pastores de la Iglesia que estuviesen dispuestos a defender la pureza y la integridad de la fe y de la vida litúrgica y pastoral, no dejándose influenciar ni por el elogio ni por el temor.

Ya el Concilio de Trento afirmaba en uno de sus últimos decretos sobre la reforma general de la Iglesia: «Últimamente el mismo santo Concilio, movido por los gravísimos males que padece la Iglesia, no puede no recordar que nada es más necesario a la Iglesia de Dios escoger pastores óptimos e idóneos; y esto con tanta mayor causa, cuanto nuestro Señor Jesucristo pedirá cuenta de la sangre de las ovejas que perecieren a causa del mal gobierno de los Pastores negligentes y olvidados de su deber» (Sesión XXIV, Decreto «Sobre la reforma», cap. 1).

Seguía diciendo el Concilio: «En cuanto a todos los que por algún motivo tienen por parte de la Sede Apostólica algún derecho para intervenir en la promoción de los futuros prelados o de alguna otra forma participan en ello, el santo Concilio los exhorta y los amonesta para que recuerden ante todo que ellos no pueden hacer nada que sea más útil para la gloria de Dios y la salvación de los pueblos que procurar se promuevan pastores buenos e idóneos para gobernar a la Iglesia».

Hay entonces verdadera necesidad de un Syllabus conciliar con valor doctrinal, y además existe la necesidad del aumento del número de pastores santos, valientes y profundamente arraigados en la Tradición de la Iglesia, despojados de toda especie de mentalidad de ruptura tanto en el campo doctrinal como en el campo litúrgico.

Estos dos elementos constituyen la condición indispensable para que la confusión doctrinal, litúrgica y pastoral disminuya notablemente y la obra pastoral del Concilio Vaticano II pueda proporcionar muchos y duraderos frutos en el espíritu de la Tradición, que nos enlaza con el espíritu que ha reinado en todo tiempo, en todas partes y en todos los verdaderos hijos de la Iglesia Católica, la cual es la única y la verdadera Iglesia de Dios en la tierra.

__________

El texto íntegro de la conferencia del obispo Athanasius Schneider, pronunciada en Roma el 17 de diciembre de 2010:

Il primato del culto di Dio come fondamento di ogni vera teologia pastorale. Proposte per una corretta lettura del Concilio Vaticano II



Comentario Druídico:



El autor expone (consideremos que es un sumario realizado por Sandro Magister) los lineamientos básicos del pontificado Benedictino, quizás el pensamiento íntimo que el Papa no sería capaz de expresar sin generar una reacción violenta. 


Notamos aquí, que la cuestión «hermenéutica» se asemeja una bestia que se muerde la cola. Particularmente si ponemos el tema en contexto histórico y comprobamos que han sido los propios papas conciliares y post-conciliares quienes han encabezado, promovido o tolerado en buena medida las desviaciones «protestantizantes», y que en cambio han tenido una actitud rigurosísima con el sector «tradicionalista». Las afirmaciones de Athanasius Schneider pecan de cierto angelismo, siendo, como son, sin embargo, de interesante valor para que la masa de los fieles comience a comprender en donde estamos y de donde venimos en la Iglesia, en los últimos 60 años.


Otro tema que omite esta versión del problema conciliar es el de las conversaciones entre la FSSPX y la comisión pontificia sobre los problemas doctrinales surgidos a partir del CVII.  Se trata de algo excepcional, solamente esperable de un hombre como Benedicto, capaz de tal audacia e integridad moral. El fruto de estos diálogos teológicos, que han recorrido toda una temática en algunos casos inexplorada, solo Dios podría anticipar. La intención política de Roma parece evidente: llegar a un consenso mínimo y «regularizar» a la FSSPX, una fuerza que Benedicto considera sana y provechosa para la Iglesia, solo que al precio de la aceptación de que el problema del CVII y su magisterio posterior es meramente hermenéutico.


Parece obvio que hay debajo de los errores de la reforma litúrgica mucho más que excesos: hay una nueva formulación teológica. Lo mismo que bajo las convocatorias de Asis, etc. Mal se puede atacar las consecuencias y seguir siendo fieles a las causas…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *