¿Adonde iremos, Señor?
A mí como sacerdote me parece que la gente ya no presta atención a la homilía, yo ya no la preparo más porque si uno la prepara la gente lo entiende a uno para el lado que ellos quieren, si subo la voz dicen el «cura esta enojado» y miden la prédica no por el contenido sino por la duración… entonces ahora hablo unos minutos… pocos… trato de hablar lo menos posible y hablo de cosas dulces, pero de doctrina no me gasto en hablar.
A mí como sacerdote me parece que la gente ya no
presta atención a la homilía, yo ya no la preparo más porque si uno la prepara
la gente lo entiende a uno para el lado que ellos quieren, si subo la voz dicen
el «cura esta enojado» y miden la prédica no por el contenido sino
por la duración… entonces ahora hablo unos minutos… pocos… trato de
hablar lo menos posible y hablo de cosas dulces, pero de doctrina no me
gasto en hablar.
No castigo a mis fieles solo digo que estamos viviendo
un momento de «autismo» ni yo escucho a mis fieles ni mis fieles me
escuchan a mi y con ese afán de brevedad… brevedad … no vamos a llegar a
nada. Ahhh el otro día la homilía del Papa en
Epifanía duró 22 minutos…
Un
sacerdote
El párrafo que precede es un comentario, más que un
comentario, una confesión, se podría decir, de un sacerdote en Panorama
Católico. Breves párrafos que muestran la
realidad, realzada en este caso por ser una confesión de quien protagoniza
esa realidad desde el lado del altar.
«Estamos
viviendo un momento de «autismo»
ni yo
escucho a mis fieles ni mis fieles me escuchan a mi
«.
El deber del sacerdote es triple: enseñar, regir,
santificar. La homilía puede cumplir, al menos en parte, cualquiera de estos
tres deberes o mandatos.
El de enseñar resulta el más directamente
relacionado. La homilía forma parte de uno de los tres momentos de la misa, que
son, a saber, el penitencial, el didáctico y el sacrificial, siendo la homilía
parte del segundo.
La lectura de las escrituras (epístola, evangelio)
y la homilía principalmente tiene como fin instruir a los fieles en la doctrina.
Sin embargo, esa instrucción también permite
ejercer las otras misiones del sacerdote: la de regir, exhortando a los fieles
sobre a cumplir sus deberes, y hasta, hablando propiamente, «amenazar», i.e. «
Dar indicios de estar inminente algo malo o
desagradable», mentando los divinos castigos a los que se exponen
quienes por tibieza, dureza de corazón o espíritu hipócrita toman las dichas divinas
enseñanzas en vano.
Y también se los puede santificar, no ya
propiamente con la administración de los sacramentos, sino con la acción
movilizadora de la palabra sobre los corazones.
La palabra del sacerdote goza de un carisma
especial, a condición de que el sacerdote hable como tal, es decir, no en su
nombre sino en nombre de aquel a quien representa, de Cristo. Sacerdos
alter Christus.
Así, pues, lo primero que un sacerdote debe tener
en claro al salir a predicar, es que su palabra es eficaz cuando predica, no
con la eficacia sacramental, por cierto, pero sí con la eficacia de conmover
los corazones por la autoridad de su palabra.
Cuando el sacerdote pierde esta convicción y se
desanima ante la indiferencia de su auditorio realiza un juicio humano,
equivocado, olvida lo sobrenatural. Cree que su palabra ya no tiene el poder de
convertir, o bien que esa conversión depende se él por sus talentos humano, o
que ha de verse necesariamente reflejada en un resultado exterior inmediato.
El sacerdote es pastor. Y por lo tanto, siguiendo
las múltiples analogías que las Sagradas Escrituras nos ofrecen entre la misión
sacerdotal y la pastoral, no debe perder de vista algunas verdades:
Del pastor, destaca la escritura, que las ovejas «conocen su voz», una expresión que significa
mucho más que el reconocimiento de un timbre vocal, sino más bien, el de una
inconfundible identidad entre Cristo y su ministro.
Ya San Pablo junto con la tradición toda de la
Iglesia destaca el valor de la palabra
proferida como instrumento de conversión y perseverancia de los fieles. Fides
ex auditu.
La Iglesia, contrariamente al protestantismo, siempre
ha privilegiado la palabra proferida a la escrita. Nuestro Señor no dejó una
sola línea escrita. Y la Sagrada Tradición es esencialmente la enseñanza oral de N.S.J. no registrada por las
Sagradas Escrituras.
El propio San Pablo y el resto de los apóstoles
recomiendan incasablemente «exhortar». En su segunda epístola, San Pedro dice:
«Exhorto, pues, a los presbíteros que están entre vosotros, yo, co-presbítero y testigo de los padecimientos de Cristo,
como también partícipe de la futura gloria que va a ser revelada: apacentad la grey de Dios que está entre
vosotros, velando no como forzados sino de buen grado, según Dios; ni por
sórdido interés sino gustosamente; ni menos como quienes quieren ejercer
dominio sobre la herencia de Dios, sino haciéndoos modelo de la grey. Entonces, cuando se manifieste el Príncipe de los Pastores, recibiréis la
corona inmarcesible de la Gloria» (II Pet. V,1-4).
Si el buen pastor deja de serlo se convierte en
mercenario que huye cuando el lobo acecha, o en lobo él mismo. Se aterroriza,
paraliza, pierde la confianza.
Como bien decían algunos lectores respondiendo a
este comentario, es en la oración, la doctrina y el santo sacrificio donde el
sacerdote se encuentra a sí mismo encontrando a Cristo. Es su razón de ser. Y a
partir de ahí ya no puede existir ni autismo ni desencuentro.
Tal vez persecución, pero no hay nada más fecundo
para la Fe que la persecución…

