Panorama Católico

Hoy por ser día de tu santo…Santa Perpetua y Felicidad (Felicitas)

«Quien ama a su padre o a su madre más que a Mí, no es digo de Mí. Quien ama a su hijo o a su hija más que a Mí, no es digo no es digno de Mí». Mt. X, 35-39

Los nombres de las Santas Perpetua y Felícitas  figuran de antiguo en el canon de la misa. Habían muerto en el anfiteatro de  Cartago el año 203. En el calendario filocaliano de Roma del tiempo de San  Dámaso, aparece su fiesta el 7 de marzo. Después se perdió la memoria de su  celebración, que a principios de este siglo restauró San Pío X.  Fue con motivo de las excavaciones que se  realizaban cerca de Túnez, en el emplazamiento de la vieja Cartago. Aparecieron  los restos de una basílica paleocristiana y fue hallado el epitafio de estas  célebres mártires. Mas como el día siete estaba ocupado por Santo Tomás de  Aquino se anticipó la fiesta un día.

perpetua y felicidad

6 de marzo

Santas Perpetua y Felicidad (Felicitas)
Mártires

«Quien ama a su padre o a su madre más que a Mí, no es digo de Mí. Quien ama a su hijo o a su hija más que a Mí, no es digo no es digno de Mí». 

Mt. X, 35-39

Los nombres de las Santas Perpetua y Felícitas  figuran de antiguo en el canon de la misa. Habían muerto en el anfiteatro de  Cartago el año 203. En el calendario filocaliano de Roma del tiempo de San  Dámaso, aparece su fiesta el 7 de marzo. Después se perdió la memoria de su  celebración, que a principios de este siglo restauró San Pío X.  Fue con motivo de las excavaciones que se  realizaban cerca de Túnez, en el emplazamiento de la vieja Cartago. Aparecieron  los restos de una basílica paleocristiana y fue hallado el epitafio de estas  célebres mártires. Mas como el día siete estaba ocupado por Santo Tomás de  Aquino se anticipó la fiesta un día.

Las actas auténticas del martirio de las  célebres santas es uno de los documentos más realistas y emocionantes que se conocen.  Habremos de contentarnos con espigar algunos de sus más bellos párrafos.

Las Actas constan de tres partes, dos  autobiográficas y una narrativa. La primera escrita por la pluma de la misma  mártir protagonista: Santa Perpetua; la segunda débese a Sáturo, compañero de  martirio de la misma, y lo restante —preámbulo y epílogo— corresponde al  armonizador de toda la pieza literaria, tal vez Tertuliano, que la debió  ofrecer al público en griego y latín.

Como consecuencia del edicto de Septimio Severo  contra los cristianos, promulgado el 202, fueron apresados al año siguiente  varios cristianos de Cartago, todavía catecúmenos: Revocato y Felícitas, que  eran de condición servil, o sea, esclavos, y Saturnino y Secúndulo. Con ellos  estaba Vibia Perpetua, de ilustre cuna, de exquisita formación, casada con la  dignidad de las matronas, a quien vivían sus padres y dos hermanos y un niño de  pecho. Tendría la santa como veintidós años.

A estos mártires se les agregó después  espontáneamente Sáturo, diácono, que había sido su maestro de catecumenado y  fue quien después les sostuvo en la larga lucha, Santa Perpetua nos va narrando  los incidentes del proceso. Primero fueron detenidos en una casa particular,  con guardias de vista. Allí comenzaron las luchas con su padre, que era pagano.  Estando en esta custodia atenuada recibieron el bautismo y a los pocos días  fueron metidas en la cárcel pública.

Quien haya visto la cárcel mamertina de Roma  puede imaginarse lo que era una cárcel de los tiempos del Imperio.

«Me horroricé —dice la Santa—, jamás había sentido  sensación de tal oscuridad. ¡Terrible día!, insoportable estrechez por el  hacinamiento; pero mi mayor preocupación era por el chiquitín».

Entonces intervinieron dos diáconos ante los  carceleros y trasladaron a los presos a las celdas del piso superior, desde  donde podía verse el mar. Y dice la   Santa con una frase muy meridional: «sentimos un  refrigerio».

Porque, además, le permitieron tener consigo al  niño. «Yo daba el pecho al niño, que estaba esmirriado por no haber mamado  nada». Mas la preocupación por su familia no la dejaba sosegar. «Me  consumía viendo lo que ellos se consumían por lo que me querían.

Cuando al fin, tras algunas gestiones, logró que  le dejaran consigo al niño, «noté como si la cárcel se me hubiese  convertido en pretorio», y ya prefería estar allí a ningún otro sitio. Sí,  el pretorio era el palacio del procónsul o gobernador, algo equivalente a  nuestras capitanías generales.

Aquellos días Santa Perpetua tiene una visión.  Sube por una larga escalera, a cuyos lados aparecen innumerables instrumentos  de suplicio y cuyo primer peldaño, custodia un terrible dragón. El diácono  Sáturo la anima y hollando la cabeza del dragón sube hasta lo alto. «Y  ante mis ojos —dice— se abrió como un inmenso jardín».

La Santa nos hace la más bella descripción del paraíso,  llena de alusiones a la representación iconográfica de Cristo en la primitiva  Iglesia y a los ritos de la   Eucaristía. «En medio del jardín estaba sentado un  hombre alto, como en traje de pastor, y ordeñaba las ovejas. Y a su alrededor,  millares de personas vestidas de blanco. Y levantando la cabeza fijó los ojos  en mí y me dijo: «Bienvenida, hija». Y pronunciando mi nombre, me dio  a comer un bocado de queso que estaba cuajando. Yo lo recibí con las manos  juntas y lo comí. Y todos los circunstantes dijeron: Amén. Al ruido de las  voces volví en mí y todavía me quedaba no sé qué saboreo de dulcedumbre».

La Santa comprendió que la esperaba el martirio, que no  se reduciría exclusivamente a dar la vida por la fe, sino a sufrir antes mucho  por el dolor de su padre pagano.

La escena que se desarrolla ante el tribunal, al  tiempo del interrogatorio, es de un patetismo conmovedor.

Subió mi padre a donde yo estaba (el tablado del  tribunal) para hacerme cambiar y me dijo: «Hija mía, ten compasión de mis  canas; ten compasión de tu padre, si es que merezco de ti el nombre de padre.  Y, pues, he hecho con el trabajo de estas manos que llegases hasta la flor de  la edad, e incluso te he mejorado sobre todos tus hermanos, no seas al fin mi  baldón a los ojos de los hombres. Mira a tu madre, mira a tus hermanos, mira a  tu madre y a tu tía materna, mira a tu hijito que no podrá sobrevivir a tu muerte.  No seas empedernida ni la ruina de todos nosotros. ¿Quién de nosotros osará  abrir la boca con libertad si te cae esta pasión?»

«Estas palabras poníale en los labios su  corazón de padre. Me besaba las manos, se echaba a mis pies, y con lágrimas me  suplicaba, llamándome no hija, sino señora suya. Yo era la primera en sentir el  trance de mi padre, y veía que él sería el único de toda la parentela que no se  alegraría de mi martirio».
  La Santa le dio ánimos como pudo y el padre se apartó  del tribunal entristecido.

Al día siguiente, con motivo del interrogatorio  en el foro, en que todos confesaron ante el procurador Hilariano su fe  cristiana, el padre volvió a la carga.

«Y como mi padre insistiera para que yo  renegase, Hilariano, cansado, mandó que le echasen fuera y le golpearon con una  vara. Sentí los varazos como si me los hubieran dado a mí. Entonces Hilariano  falló sentencia contra todos nosotros, condenándonos a las fieras. Y todos,  alegres, bajamos a la cárcel».

—Como ya el niño se había habituado a tomarme el  pecho y sentía placer en estar conmigo, mandé aprisa al diácono Pomponio para  que se lo pidiese a mi padre. Este se negó a darlo. Pero gracias a Dios resultó  que el niño no tenía más ganas de mamar, con lo que me sentí aliviada al verme  libre de la preocupación del pequeño y de la molestia de los pechos».

Se acercaba el aniversario de Geta, hijo del  emperador, en cuyo honor se darían unos juegos, siendo el número fuerte del  programa el martirio de los encarcelados. La víspera les permiten recibir la  visita de los parientes, y, por última vez, el padre de Perpetua quiere  disuadirla. «Decía tales cosas que ablandarían a los peñascos. A mí me  afligía tan infeliz vejez».

La víspera del combate Perpetua volvió a tener  otra visión. Se encontró en medio del anfiteatro ante la expectación de la  muchedumbre. Le tocaba luchar contra un atleta de proporciones ciclópeas, un  egipcio de mala catadura. En los escritos primitivos el demonio es representado  en tipo de egipcio, quizás por el color negro de la piel. La Santa logró vencerle y  recibir de manos del presidente del combate un ramo con manzanas de oro, al  tiempo que la besaba, diciendo: «Hija, la paz contigo». «En esto  desperté. Y conocí que mi lucha acabaría no con las bestias, sino contra el  diablo. Pero no dudaba de la victoria». Y termina así su relación:  «Esto lo he anotado yo misma hasta la víspera de la lucha: si alguno  quiere, escriba lo que ocurrirá el mismo día del «juego».

El diácono Sáturo dejó la reseña de otra visión,  que venía a confirmar la victoria por el martirio, mas la relación de éste se  la debemos a un autor anónimo, a quien todos identifican como Tertuliano.

Él nos refiere cómo Felícitas, la esclava, que  estaba encinta de ocho meses y temía no poder acompañar al suplicio a sus  compañeros por causa del embarazo, dio finalmente a luz merced a las oraciones  de todos los mártires, que unánimemente lo pidieron.

Y como se quejase por los dolores del  alumbramiento, díjole uno de los guardianes:

—Pues si ahora sientes esos dolores, ¿qué será  echada a las fieras?

—Ahora soy yo la que sufro —replicó ella—, pero  allí otro será quien sufrirá por mí, ya que yo sufriré por Él.

Dio a luz una niña, encargándose una hermana,  esto es, una cristiana, de su crianza y educación.

Perpetua lleva hasta el último momento la  dirección del pequeño grupo. Ella se enfrenta con dignidad con el tribuno de la  cárcel, que en los últimos días extrema su rigor con los detenidos.

—¿Cómo no miras un poco más por nuestro bien  para que aparezcamos lustrosos en las luchas del aniversario del César?

El tribuno se ruboriza y les permite la visita  de amigos y parientes.

La víspera de los juegos se les concede la  «cena líbera», como era uso en tales casos. Una comida que ellos  convierten en ágape cristiano. Sáturo reprende la curiosidad de los paganos que  acuden a la cárcel a contemplar las víctimas del día siguiente. Muchos marchan  confusos, otros se convierten a la fe.

Brilla por fin el día del sacrificio. Van todos  al anfiteatro «como en viaje al cielo, alegres, con los rostros bañados de  satisfacción. Perpetua marcha llena de majestad, como matrona de Cristo,  resplandeciente el semblante. Cerca Felícitas, jubilosa por haber dado ya a  luz».

Llegadas a la puerta, quieren vestirles con  ornamentos que recuerden los juegos paganos: los hombres como los sacerdotes de  Saturno; las mujeres como las sacerdotisas de Ceres.

Perpetua se opone al atropello y al fin les  ahorran tal injuria.

Tuvieron suerte los mártires en morir de la  muerte que habían deseado. Ellos, a zarpazos y dentelladas de las fieras.  Perpetua y Felícitas, envueltas en redes, fueron expuestas a las embestidas de  una vaca, que las derribó.

Perpetua, digna hasta el fin, «apenas cayó,  más preocupada del pudor que del dolor, atrajo la túnica al lado de la  rasgadura para tapar el muslo. Después —bello rasgo femenino—, tomando una  horquilla, se sujetó los cabellos desordenados, pues no era decoroso que una  mártir diera en el momento de su gloria sensación de plañidera».

Los santos mártires no murieron del todo a causa  de las heridas de las bestias. Fueron llevados a la puerta sanavivaria, donde  antes de recibir el golpe de gracia, «se besaron mutuamente para completar  así su martirio con el signo litúrgico de la paz».

Allí todavía Perpetua tuvo que asir la mano  vacilante del verdugo y guiarla hacia su propio cuello. «Tal vez una mujer  tan varonil y tan temida por el diablo no podía, morir de otro modo sino  queriéndolo ella. Este es el relato de la «pasión» de los que  Tertuliano llama «fortísimos y bienaventurados mártires». Una página  tiernísima de la historia de la   Iglesia. Él, contemporáneo del suceso, dice que «estos  maravillosos ejemplos de nuestros días, no menos que los antiguos, sirven para  edificación de la Iglesia».  Ciertamente, y su fondo familiar y humano nos parece recordar hechos de las  persecuciones que actualmente ocurren. El heroísmo martirial que sin cesar se  repite.
 

CASIMIRO SÁNCHEZ ALISEDA

Fuente: Mercaba
 

Martirologio Romano del 6 de marzo

1. En Tortona, en la   Liguria, san Marciano, venerado como obispo y mártir (s.inc.).

2. En Nicomedia, de Bitinia, san Victorino, mártir (sec. inc.).

3. En Tréveris, en la Galia Bélgica, san Quirico, presbítero (s. IV  in.).

4. Conmemoración de san Evagrio, obispo de Constantinopla, que,  desterrado por el emperador Valente, descansó en el Señor como confesor eximio (c.  378).

5. En Toledo, en Hispania, san Julián, obispo, que reunió tres  concilios en esta ciudad y expuso con escritos la doctrina ortodoxa, dando  muestras de caridad y celo por las almas (690).

6. En Säckingen, entre los helvecios (hoy Suiza), san  Fridolino, abad, que siendo oriundo de Irlanda, peregrinó por Francia hasta que  en esta localidad fundó un doble monasterio en honor de san Hilario (s. VIII). 182

7. En Metz, en Austrasia, san Crodegango, obispo, el cual impuso al  clero que viviese dentro del recinto del claustro bajo una íntegra norma de  vida, y promovió de modo admirable el canto en la Iglesia (766).

8. En Siria, pasión de cuarenta y dos santos mártires, que  apresados en Amorio de Frigia y llevados al río Éufrates, recibieron con  egregio combate la palma del martirio (848).

9*. En Barcelona, de Cataluña, en España, san Olegario, obispo, que  asumió también la cátedra de Tarragona cuando esta antiquísima sede fue  liberada del yugo de los musulmanes (1137).

10*. En Viterbo, en la   Toscana, beata Rosa, virgen de la Tercera Orden de San  Francisco, que, asidua en las obras de caridad, a los dieciocho años de edad consumó  rápidamente el breve curso de su vida (1253).

11. En Gante, en Flandes, santa Coleta Boylet, virgen, que durante  tres años llevó una austerísima vida, encerrada en una pequeña casa junto a la iglesia,  y después, tras profesar en la   Regla de san Francisco, recondujo muchos monasterios de  Clarisas a la forma primitiva de vida, insistiendo principalmente en el  espíritu de pobreza y de penitencia (1447).

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