Utopía o Reinado Social de Jesucristo
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La extensa disertación del Cardenal Jorge Bergoglio al inaugurar la VIII Jornada de Pastoral Social de la Arquidiócesis de Buenos Aires ha causado una profunda impresión. Fue tapa de diarios de circulación nacional y ha sido interpretada como una crítica a la dirigencia política local, en particular al oficialismo. Pero el documento es extenso y se propone como un ideario o guía de los dirigentes políticos y sociales católicos, de modo que, más allá de la circunstancia coyuntural conviene analizarlo en detalle a la luz del Magisterio, de cuya comparación se desprenden contrastes sorprendentes. |
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Escribe Agustín Moreno Wester
«Nuestro cargo apostólico nos impone la obligación de velar por la pureza de la fe y la integridad de la disciplina católica y de preservar a los fieles de los peligros del error y del mal, mayormente cuando el error y el mal se presentan con un lenguaje atrayente que, cubriendo la vaguedad de las ideas y el equívoco de las expresiones con el ardor del sentimiento y la sonoridad de las palabras, puede inflamar los corazones en el amor de causas seductoras pero funestas».
San Pío X. Carta Notre Charge Apostolique
Algunos párrafos del discurso de S.E.R. Mons. Jorge Bergolio en ocasión de la VIII Jornada de Pastoral Social de la Arquidiócesis de Buenos Aires nos han conmovido:
«No será a través de la entronización del individualismo que se dará su lugar a los derechos de la persona. El máximo derecho de una persona no es solamente que nadie le impida realizar sus fines, sino efectivamente realizarlos. No basta con evitar la injusticia si no se promueve la justicia. No basta con proteger a los niños de negligencias, abusos y maltratos, si no se educa a los jóvenes para un amor pleno e integral a sus futuros hijos. Si no se brinda a las familias los recursos de todo tipo que necesitan para cumplir su imprescindible misión. Si no se favorece en la sociedad toda, una actitud de acogida y amor a la vida de todos y cada uno de sus miembros, a través de los distintos medios con los cuales el Estado debe contribuir»…
«Estamos justamente en uno de esos momentos decisivos. Pero no individualmente, sino como Nación. Es una convicción compartida por muchos, incluso por el Santo Padre, como nos lo dio a entender en nuestra última visita episcopal a Roma. La Argentina llegó al momento de una decisión crítica, global y fundante, que compete a cada uno de sus habitantes; la decisión de seguir siendo un país, aprender de la experiencia dolorosa de estos años e iniciar un camino nuevo, o hundirse en la miseria, el caos, la pérdida de valores y la descomposición como sociedad»…
«Lo cierto es esto: Somos personas históricas. Vivimos en el tiempo y el espacio. Cada generación necesita de las anteriores y se debe a las que la siguen. Y eso, en gran medida, es ser una Nación: entenderse como continuadores de la tarea de otros hombres y mujeres que ya dieron lo suyo, y como constructores de un ámbito común, de una casa, para los que vendrán después.»…
«Los proyectos reales son siempre agresivos y siempre causan problemas. En cambio, es propio del eticista el proyecto formal porque no causa problema. Relacionémoslo con la palabra: el nominalismo formal y no la palabra con chispa que hace el poeta y aporta creatividad. Es la primacía de la formalidad sobre la realidad. Un ejemplo es la fascinación por los organigramas»…
«Es una invitación a redescubrir la política, a restituirle el alma que la partidocracia le ha quitado. Los partidos políticos son instrumentos para impulsar ideas, cosmovisiones diferentes. Cuando esto se confunde, los instrumentos se declaran independientes y se pasa del partido político a la partidocracia y se pierde la dimensión de trascendencia a los otros, de servicio a la comunidad. Esto es lo que origina el internismo«… (reslatados nuestros).
El texto «La Nación por construir: Utopía-pensamiento-compromiso» para usar una expresión que será del paladar de su autor, nos ha dejado de una pieza (para lectores no argentinos = perplejos).
Al leer el título presumimos esperanzados que el término «utopía» formaba parte de una contraposición de conceptos: El pensamiento y el compromiso frente al engaño de la utopía. Más no, para nuestra sorpresa. El Cardenal propone la utopía como meta o ideal del restablecimiento de la estructura social argentina.
«No podemos caminar sin saber hacia dónde estamos andando. Es criminal privar a un pueblo de la utopía, porque eso nos lleva a privarlo también de la esperanza. La utopía supone saber hacia dónde tiende cada uno».
La palabra utopía pide al menos una definición, una distinción entre aquel significado que normalmente le asigna el lenguaje cotidiano, el ideológico y luego, una discriminación conceptual: establecer qué valor semántico le asigna el autor (dejamos aparte un juicio sobre el acierto o desacierto en la elección de término) para finalmente establecer un (no afirmamos que imposible, pero…) dificultoso engarce de la palabra con el lenguaje del Magisterio que expresa los valores fundamentales de la Doctrina Social de la Iglesia. Es decir, como mínimo distinguir el sentido que la tradición cristiana le asigna a la utopía y el que le atribuyen las ideologías anticristianas. Si vamos a jugar con fuego, usemos al menos guantes de amianto.
Pero S.E. no ha visto la necesidad de alargar su discurso con estas precisiones. Es verdad, hemos de conceder, que ellas hubiesen roto el encanto dialéctico… El término utopía, de haberse explicado en un sentido acorde al pensamiento cristiano (por medios que no podemos imaginar) habría hecho bostezar a la audiencia o generado un sinfín de polémicas. (Tampoco hay para qué caer en esa manía de acotar el sentido de las palabras). De modo que, a los efectos y para los efectismos comunicacionales, la mejor decisión ha sido no definir nada.
Pero dado que un orador de gran predicamento social, como S.E. se reconoce, y más aún cuando su palabra tiene autoridad magisterial -por ser el arzobispo primado- sobre una inmensa mayoría de sus oyentes, no puede olvidar que la razón de ser de su discurso, en especial uno tan solemnizado es transmitir ideas, esclarecer y, en este caso particular, dar directivas de acción. Funciones que parecen haber quedado aquí postergadas en beneficio de otros objetivos.
El lenguaje, medio de comunicación o instrumento de confusión
De allí que nos viniese a la mente el texto de Rafael Gambra en su obra «El Lenguaje y los Mitos»: «La misteriosa eficacia del lenguaje para la confusión de las almas y para la dispersión de los pueblos aparece en los orígenes no menos claramente que, como reverso, su necesidad para explicar la formación del pensamiento y de la comunicación humana». Queda, pues, sintéticamente plasmada en esta frase la doble cualidad, el doble filo de la palabra; la capacidad iluminadora y a la vez entenebrecedora del lenguaje según el uso que de él se haga. Lo mismo que el fuego, da luz y calor, o destruye. Por eso no es conveniente jugar con fuego, ni siquiera con guantes de amianto, a no ser en casos de extrema necesidad. ¿Será este uno de ellos?
Juan Pablo vs. Bergoglio
Porque los que hemos leído textos del Papa Juan Pablo II tales como: «Recordando las palabras de Cristo ‘la verdad os hará libres’, queremos edificar la cultura evangélica liberada de las ilusiones y las utopías, que han traído tantos sufrimientos en el siglo XX». (Discurso a los intelectuales, Castelgandolfo, 8-8-03) no podemos sino quedar desconcertados con la propuesta cardenalicia. ¿Cómo podría ser criminal el privar al pueblo de la utopía, si la utopía (y las ilusiones que ella conlleva) han traído tantos sufrimientos en el siglo XX? Mas la otra parte de la frase cardenalicia contiene también un concepto que extrema nuestra perplejidad: «porque eso nos lleva a privarlo (al pueblo) también de la esperanza. La utopía supone saber hacia dónde tiende cada uno«, dice el Cardenal. ¿Debemos entender que la utopía es el soporte de la esperanza? Y en todo caso, ¿de la esperanza sobrenatural o de la mera esperanza humana, la cual el Papa Juan Pablo ha definido como ilusión?
«Los que confían en el Señor son como el monte Sión, que no se bambolea, que dura para siempre…» dice el salmo 124, recordándonos en dónde está sustentanda la esperanza. Y el Eclesiatés: Maldito el hombre que confía en el hombre. Parecen duras condenas a la utopía.
Y si bien el lícito sostenerse amarrados a la imaginación de bienes como quien se agarra a una barandilla en la tormenta de los vaivenes del mundo, estos bienes que imaginamos deben ser, para volverse lícitos, bienes capitalizables en las postrimerías. Pero, de allí a darle cadena libre a la «loca de la casa» hay un abismo. Y ¿qué es predicar la utopía sino generar una ilusión colectiva de bienes o certezas que no se sustentan sobre la piedra de la realidad sino sobre la arena, y a veces sobre las arenas movedizas de la ideología?
El Cardenal Ratziner y la Utopía
El actual pontífice ha dedicado innumerables textos al concepto de la utopía, y no precisamente a su exaltación. En su obra, Iglesia, Ecumenismo y Política, Nuevos ensayos de eclesiología, Biblioteca de Autores Cristianos de La Editorial Católica, 1987 el entonces cardenal llama la atención sobre las consecuencias negativas que tiene la noción de una sociedad utópica en la que sus estructuras sean perfectamente justas. Eso significa perder la idea de que la persona es el centro y eje de la sociedad. Dar a las estructuras sociales la responsabilidad de la moral es quitarle esa responsabilidad al hombre y mutilar así su esencia.
En otro texto sobre el Cristianismo: «En la llamada a la conversión está implícito, como su condición fundamental, el anuncio del Dios vivo. El teocentrismo es fundamental en el mensaje de Jesús y debe ser también el núcleo de la nueva evangelización. La palabra clave del anuncio de Jesús es: reino de Dios. Pero reino de Dios no es una cosa, una estructura social o política, una utopía. El reino de Dios es Dios». (La Nueva Evangelización, 2000)
La propuesta bergogliana
¿Es esta la utopía que el Cardenal Bergoglio ha puesto como concepto medular en su propuesta de reconstrucción de la sociedad argentina? Queremos creer que no. ¿Acaso no nos previene él mismo contra algunos de los males del utopismo?
Seguimos debiéndonos, sin embargo, una definición de utopía, ese término tan frecuentemente usado por los teólogos de la liberación (v. gr. Leonardo Boff) o los clérigos contestatarios que dan por rescindida avant la lettre la autoridad magisterial y la disciplina eclesiástica, anticipándose a lo que ellos suponen sucederá inexorablemente dentro de algún tiempo (v. gr. Juan José Tamayo).
O el impune presbítero Quito Mariani, que ha dicho, respecto a la elección del Papa Benedicto: «Se avecinan tiempos sombríos para aquellos que aun creemos en la fuerza liberadora del Evangelio. Especialmente para aquellos que aun soñamos con la utopía de la justicia, de la libertad, de la fraternidad y de la igualdad también hacia el interior de las iglesias«. (La Cripta)
Ellos aman la palabra utopía. Por eso debemos temerle tanto.
Dice la Real Academia Española: utopía o utopia.
(Del gr. ou = no, topos, lugar: lugar que no existe). 1. f. Plan, proyecto, doctrina o sistema optimista que aparece como irrealizable en el momento de su formulación. En el lenguaje occidental la «utopía» ha sido siempre lo irrealizable, lo contrario a la visión realista de las cosas. Hasta la famosa obra de Tomás Moro ha de leerse en clave de crítica, comenzando por el título, de los vicios de la sociedad de su época.
Pero cualquiera sea el significado que los escurridizos conceptos de las modernas iderologías y la nueva teología hayan querido darle al término utopía, si es que han querido darle alguno, entendemos que el Cardenal no concibe la palabra adoptando esos sentidos. Los neoteólogos utilizan con fruición ciertos términos como eslogans o lo que en otros tiempos se denominaba, con más dignidad, ideas-fuerza. Aquí sí podemos atisbar la intención cardenalicia. Busca conmover, más que esclarecer.
Sin embargo, por otra parte y en lo que aparece como una contradicción flagrante con el estilo general de su texto, él mismo nos habla del peligro del «nominalismo» y condena la «moralina» de los hombres que preconizan una ética relativista, dos señalamientos, el uno explícito el otro implícito en contra de la utopía. Más, a pesar de esta condena, nos invita a poner por estrella del derrotero social a esa misma utopía que acaba de condenar.
Utiliza -sin definir- un término de las entrañas del progresismo y luego nos invita a no caer el «progresismo adolescente». ¿Estamos ante la disyuntiva de un buen progresismo contrapuesto a un progresismo malo? ¿O es un juego de palabras para zaherir al Presidente de la República, que se ha autodefinido como «progresista adolescente», alusión que busca saldar viejos te deums no natos? Ambas posibilidades nos hacen temblar. En el primer caso tememos una distinción, uno de cuyos términos no alcanzamos a imaginar. En el segundo, nos aterroriza la desición de sacrificar tan peligrosamente la claridad doctrinal en el altar de la ironía.
«Ante la mala globalización que es paralizante, es necesario determinar la utopía, reformularla, reivindicarla. Cuando no hay utopía, priva lo coyuntural y nos quedamos en una acción tacticista, o en la involución. Cuando priva la involución, toda la acción social y política se vuelve sobre el sujeto mismo y anula la edificación del bien común. La verdadera utopía no es ideológica sino que ya está en germen en las raíces fundacionales. Desde allí debe crecer», nos dice en otro pasaje utópico el Cardenal.
¿Cuáles pueden ser las raíces fundacionales de una sociedad católica sino la Fe y la moral reflejadas en sus instituciones y costumbres, en su legislación y su vida pública? ¿Es lícito llamar a esto «utopía»? ¿Qué sentido práctico o docente justifica el hacerlo? ¿No ha llamado siempre la Iglesia a «la edificación del bien común» reinado social de Jesucristo¿Cuándo ha usado la palabra utopía, fuera de las ya mencionadas corrientes de la teología de la liberación y el neomodernismo?
«Para refundar los vínculos sociales, debemos apelar a la ética de la solidaridad, y generar una cultura del encuentro. Ante la cultura del fragmento, como algunos la han querido llamar, o de la no integración, se nos exige, aún más en los tiempos difíciles, no favorecer a quienes pretenden capitalizar el resentimiento, el olvido de nuestra historia compartida, o se regodean en debilitar vínculos, manipular la memoria, comercializar con utopías de utilería«.
Nos anoticiamos aquí de una nueva especie utópica, la de las utopías de utilería, que suponen, como la lógica pide, algunas utopías que formen parte de un auténtico mobiliario social, si se nos permite continuar la imagen poética…
«El ejercicio del diálogo, es la vía más humana de comunicación. Y hay que instaurar en todos los ámbitos, un espacio de diálogo serio, conducente, no meramente formal o distractivo. Intercambio que destruye prejuicios y construye, en función de la búsqueda común, del compartir, y que conlleva intentar la interacción de voluntades en pro de un trabajo en común o de un proyecto compartido. No resignemos nuestras ideas, utopías, propiedades ni derechos, sino renunciemos solamente a la pretensión de que sean únicos o absolutos».
En el párrafo precedente se nos enreda más la definición de la utopía según el pensamiento bergogliano: además de su condición restrictiva de no pertenecer a la especie de las de utilería, la utopía que postula el Cardenal –enumerada aquí en plural (utopías) y puesta en el orden de las ideas, propiedades (¿muebles e inmuebles?) y derechos, debe renunciar a la pretensión de ser única o absoluta. Luego la sociedad ha de tener utopías, pero ninguna de ellas única o absoluta, sino más bien un conglomerado de utopías que convivan en una sana tolerancia. O algo parecido. De modo que si la «utopía» de algunos argentinos fuese tener una patria «libre, justa y soberana», deberían renunciar a la pretención de ser la única, frene a otros argentinos que quisieran ser subditos de una nación «próspera aunque sometida y dadivosa aunque injusta», porque la realizaciónde la utopía de unos incomodaría seriamente la de los otros… Difícil prenda de unidad es este concepto de «la utopía no exclusiva». Y difícil de conciliar con una moral objetiva, ajena al relativismo que el propio Cardenal condena…
«En la retaguardia de la superficialidad y del coyunturalismo inmediatista (flores que no dan fruto) existe un pueblo con memoria colectiva que no renuncia a caminar con la nobleza que lo caracteriza: los esfuerzos y emprendimientos comunitarios, el crecimiento de las iniciativas vecinales, el auge de tantos movimientos de ayuda mutua, están marcando la presencia de un signo de Dios en un torbellino de participación, sin particularismos, pocas veces visto en el país. Nuestra gente, que sabe organizarse espontánea y naturalmente, protagonista de este nuevo vínculo social, pide un lugar de consulta, control y creativa participación en todos los ámbitos de la vida social que le incumben. Los dirigentes debemos acompañar esta vitalidad del nuevo vínculo. Potenciarlo y protegerlo puede llegar a ser nuestra principal misión».
Dios aparece, gracias a Dios. ¿Los dirigentes católicos tendrán como principal misión potenciar y proteger el nuevo vínculo social? ¿Por qué nuevo, si el único vínculo que puede reconciliar a la sociedad cristiana es tan antiguo como el Evangelio, o la Encarnación? Pero estamos hablando de cosas prácticas, directivas concretas, podrá objetar el lector. Podemos pensar en una directiva política, por ejemplo, promover un vecinalismo que supere y desplace la partidocracia pseudodemocrática que padecemos hoy… Es una idea atrayente, y tradicional. Así se conformó la sociedad cristiana siempre: a partir de la familia y la comunidad vecinal. ¿Bastará el acompañamiento «social» para que estos grupos, muchos de los cuales están fuertemente influídos por ideas marxistas, acepten el vínculo de la caridad cristiana y cambien la mentalidad dialéctica? Por otra parte, ¿será posible este acompañamiento si no recurrimos al plano sobrenatural, limitándonos a la mera mención de Dios apenas figurado en un «signo de los tiempos», otra frase muy del paladar de la utopía progresista? Además, ¿ donde se sostendrá la virtud de los dirigentes sociales que no esté arraigada en y esclarecida por la Fe, y fortalecida por la vida sacramental? ¿No habrá que comenzar por una auditoría prolija de la vida parroquial, allí donde con frecuencia los mejores miembros del clero y de la feligrasía están postergados y escarnecidos a causa de su fidelidad a la Iglesia
«Lo religioso es una fuerza creativa al interior de la vida de la humanidad y de su historia, y dinamizadora de cada existencia que se abre a dicha experiencia. ¿Cómo entender que en muchos ámbitos se ponga de moda el tratar todos los temas y cuestiones, pero haya un único proscripto, un gran marginado: Dios? La esfera de lo laico se está deslizando, peligrosamente, hacia un laicismo militante: un dios más del difuso teísmo-profano spray que se nos propone».
Aquí aparecería lo sobrenatural que hemos echado de menos. Pero, además de una sintaxis ardua, notamos una minimización del papel de la Iglesia, que suponemos incluída en la expresión «lo religioso». Aunque «lo religioso» es un giro de amenazadora indefinición, porque podría ir en ello desde el culto eucarístico hasta el umbandismo, si lo vemos con los ojos generosamente interreligiosos con que suelen verse todas estas cuestiones en la Arquidiócesis. En una jornada de dirigentes católicos, ¿no había cabido hablar de la Iglesia Católica, en lugar de aludir tan etéreamente a «lo religioso».
«Dicho de otra manera: la libertad no es un fin en sí mismo, un agujero negro detrás del cual no hay nada. Se ordena a la vida más plena del ser humano, de todo el hombre y todos los hombres. Se rige por el amor, como afirmación incondicional de la vida y el valor de todos y cada uno. En ese sentido, podemos dar todavía un paso más: la madurez no sólo implica la capacidad de decidir libremente, de ser sujeto de las propias opciones en medio de las múltiples situaciones y configuraciones históricas en las que nos veamos incluidos, sino que incluye la afirmación plena del amor como vínculo entre los seres humanos en las distintas formas en que ese vínculo se realiza: interpersonales, íntimas, sociales, políticas, intelectuales… Una personalidad madura, así, es aquella que ha logrado insertar su carácter único e irrepetible en la comunidad de los semejantes. No basta con la diferencia: hace falta también reconocer la semejanza».
Aquí aparecería la caridad, formulada bajo el término más vago y mundano de «amor» como vínculo de la perfección social. Al menos eso queremos creer significa este rumboso giro dialéctico. Pero nuevamente, apenas asoma un concepto, se esconde en los aconceptos en una fraseología escurridiza, por momentos incomprensible que orilla lo poético, aunque lamentablemente no en su más alta expresión. Parece un discurso dirigido a una especie de intelectualidad arrabalera, pleno de sugerencias y escaso de realidades. El discurso ideal para una audiencia sin doctrina.
Finalmente una propuesta programática.
«De manera enumerativa se pueden señalar algunas pautas que nos ayuden en el proceso de rejerarquizar la política…
a. Pasar del nominalismo formal que estanca los conceptos a la objetividad armoniosa de toda palabra, camino de creatividad.
b. Desde el desarraigo retomar las raíces constitutivas.
c. Salir de los refugios culturales y llegar a la trascendencia que funda.
d. Caminar desde lo inculto al señorío sobre el poder.
e. Desde el sincretismo conciliador que termina en una cultura de collage hay que caminar hacia la pluriformidad en la unidad de los valores. Y desde la puridad nihilista, a la captación del límite de los procesos».
Qui potest capere, capiat. Nos non possumus.
¿Conclusiones?
Conmovidos y advertidos por una admonición de tal jerarquía emprendimos, como solemos hacer, bajo la advertencia pontificia que encabeza este comentario, la lectura del texto cardenalicio. Nos vimos allí enfrentados a diversas invitaciones, propuestas, exhortaciones, evocaciones de principios y recuerdos de personas que los han encarnado, en fin, a una multitud de elementos que se amalgaman en un menú de conceptos más o menos permanentes, más o menos efímeros, atrayentes por momentos, pero cuya sustancia se insinúa sin dejarse ver. Para despejar lo cual emprendimos este ensayo de interpretación. Intento particularmente difícil porque los conceptos que se muestran durante unos segundos, como un flash que nos deslumbra y nos confunde al mismo tiempo, derivan rápidamente hacia otras formulaciones de sonora pero inasible conceptualidad. La verdad es que nos vimos en un atolladero para entender el documento in toto. La verdad es que no logramos entenderlo.
Formulado en un lenguaje extraño, de registros diversos, que da fuertes rolidos entre lo filosófico a estribor y lo dicharachero a babor, conforma un amasijo dialéctico cuya coherencia resulta ardua de establecer, impregnado, como está, de la característica volatilidad semántica bergogliana -arte que el Cardenal ha cultivado con esmero- y que, modestamente, consideramos ha alcanzado con esta obra los umbrales de su propia areté.
Sin lugar a dudas, logrará complacer a muchos oídos. Y lo hará al mismo tiempo y bajo diversos aspectos, lo cual es filosóficamente posible. Pero debemos presumir que ni las mentes y a veces ni siquiera los corazones de los escuchas y lectores obtendrán por fruto nociones o mociones que sean prenda de unidad doctrinal, ni siquiera de sentimientos en común, sino más bien quedarán unidos por la confusión.
No pretendemos agotar el tema ni agobiar al lector, por lo cual nos detenemos aquí, con la plena consciencia del deber incumplido. Hemos pretendido desentrañar ideas y nos hemos quedado con las cáscaras de ideas y una resaca verbal formidable. Creemos que hay que volver a leer la Quas Primas, El utopismo, la herejía perenne, de Thomas Molnar, Buenos Aires, Eudeba, 1970, Escatología y Utopía del Cardenal Ratzinger en su: Iglesia, Ecumenismo y Política, BAC, 1987. Y luego reinterpretar este mensaje a la luz estos textos esclarecedores. Porque, la verdad es que, como decía un cura amigo: lo que entendimos aquí ya lo sabíamos. Y lo otro… lo otro no lo entedimos.
¡Qué difícil habría resultado a San Pedro o San Pablo, o a cualquiera de los Apóstoles convertir a los gentiles y a los propios judíos utilizando un lenguaje de este tenor! … ¿Y si volvemos al entrañable encanto de un lenguaje formulado bajo la consigna luminosa: Sí,Sí, No,No? ¡Es posible! ¡No es una utopía!
Descargar el Documento del Card. Bergoglio


