Panorama Católico

Un documento preconciliar…

Con ocasión de los 50 años de la carta apostólica Inde a Primis de S.S. Juan XXIII sobre el  culto a la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo y cuya versión completa hemos publicado en nuestra sección Magisterio, no podemos dejar de comentar la llamativa diferencia de los documentos del papa que convocó el Concilio Vaticano II, antes de dicho acontecimiento comparado con el magisterio posterior.

Escribe Marcelo González

Con ocasión de los 50 años de la carta apostólica Inde a Primis de S.S. Juan XXIII sobre el  culto a la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo y cuya versión completa hemos publicado en nuestra sección Magisterio, no podemos dejar de comentar la llamativa diferencia de los documentos del papa que convocó el Concilio Vaticano II, antes de dicho acontecimiento comparado con el magisterio posterior.

Escribe Marcelo González

En particular, el tema, el tratamiento y la precision conceptual de la carta, que reafirma la doctrina tradicional sobre la salvación merecida por el sacrificio redentor de Nuestro Señor Jesucristo, contrasta dramáticamente con la vaguedad conceptual, el tono sociológico y el circiterismo que domina una pléyade de documentos posteriores de distinto rango. También cabría hacer una comparación de las declaraciones de las conferencias episcopales preconciliares y las posteriores, lo que nos llevaría a contrastes marcadísimos.

Para no abundar en lo que resulta evidente, resaltaremos solo algunas frases señalando algunas implicancias teológicas que ponen en jaque las comunes aserciones de los modernos clérigos, de todo rango y región. Cabe destacar la expresa mención del Santo Padre Benedicto XVI de este documento en discurso reciente, como queriendo unir los asertos actuales con la doctrina clásica, y en cierto modo, rescatar el sentido más tradicional de la llamada “teología del misterio pascual”, sustento de la nueva liturgia. Esta redención conceptual parece imposible, aunque no deja de ser llamativo el propósito del papa actual de rectificar algunos conceptos básicos hoy olvidados o distorsionados.

Fieles a la exhortación saludable del Apóstol: "Mirad por vosotros y por todo el rebaño, sobre el cual el Espíritu Santo os ha constituido obispos, para apacentar la Iglesia de Dios, que El adquirió con su sangre", creemos, venerables Hermanos, que entre las solicitudes de nuestro ministerio pastoral universal, después de velar por la sana doctrina, debe tener un puesto preeminente la concerniente al adecuado desenvolvimiento e incremento de la piedad religiosa en las manifestaciones del culto público y privado. Por tanto, nos parece muy oportuno llamar la atención de nuestros queridos hijos sobre la conexión indisoluble que debe unir a las devociones, tan difundidas entre el pueblo cristiano, a saber, la del Santísimo Nombre de Jesús y su Sacratísimo Corazón, con la que tiende a honrar la Preciosísima Sangre del Verbo encarnado "derramada por muchos en remisión de los pecados".

Es noción sobreentendida tanto entre gran parte del clero como de los fieles, que la acción sacrificial redentora de Cristo es una especie de acto solidario, y hasta en cierto rubro teológico, precursor del martirio social para la redención de los oprimidos por regímenes políticos. El modelo dialéctico Imperio Romano explotador – Pueblo hebreo explotado que clama su liberación ha sustituido en el imaginario del pueblo católico la noción de sacrificio redentor que satisface la justicia divina por medio del derramamiento de sangre de la Víctima.

¿Qué sentido tendría dar culto de latría a la sangre preciosísima de Cristo, o a su sagrado corazón, estrechamente vinculado con esta, si no fuera porque, como se expresa sin ambigüedades en la liturgia tradicional, la muerte crudelísima de Cristo fue el medio elegido por Dios para que los hombres pudiesen reparar la ofensa del pecado. Y como este acto redentor se renueva incruentamente en la Misa, centro de la liturgia, el papa pone su atención sobre ella, como la segunda instancia más importante, después de la doctrina, para preservar la pureza conceptual y fidelidad de los católicos.

Sí, pues, es de suma importancia que entre el Credo católico y la acción litúrgica reine una saludable armonía, puesto que lex credendi legem statuat supplicandi (la ley de la fe es la pauta de la ley de la oración) y no se permitan en absoluto formas de culto que no broten de las fuentes purísimas de la verdadera fe, es justo que también florezca una armonía semejante entre las diferentes devociones, de tal modo que no haya oposición o separación entre las que se estiman como fundamentales y más santificantes, y al mismo tiempo prevalezcan sobre las devociones personales y secundarias, en el aprecio y práctica, las que realizan mejor la economía de la salvación universal efectuada por "el único Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que se entregó a sí mismo para redención de todos". Moviéndose en esta atmósfera de fe recta y sana piedad los creyentes están seguros de sentirse cum Ecclesia (sentir con la Iglesia), es decir, de vivir en unión de oración y de caridad con Jesucristo, Fundador y Sumo Sacerdote de aquella sublime religión que junto con el nombre toma de El toda su dignidad y valor.

Otro aserto sorprendente, que no presagia una casi inmediata radical reforma litúrgica se puede leer en el párrafo siguiente:

Si echamos ahora, una rápida ojeada sobre los admirables progresos que ha logrado la Iglesia Católica en el campo de la piedad litúrgica, en consonancia saludable con el desarrollo de la fe en la penetración de las verdades divinas, es consolador, sin duda, comprobar que en los siglos más cercanos a nosotros no han faltado por parte de esta Sede Apostólica claras y repetidas pruebas de asentimiento y estímulo respeto a las tres mencionadas devociones; […].

Dice más adelante el Santo Padre:

Que reflexionen, iluminados por las saludables enseñanzas que dimanan de los Libros Sagrados y de la doctrina de los Santos Padres y Doctores de la Iglesia en el valor sobreabundante, infinito, de esta Sangre verdaderamente preciosísima, cuius una stilla salvum facere totum mundum quit ab omni scelere (de la cual una sola gota puede salvar al mundo de todo pecado), como canta la Iglesia con el Doctor Angélico y como sabiamente lo confirmó nuestro Predecesor Clemente VI. Porque, si es infinito el valor de la Sangre del Hombre Dios e infinita la caridad que le impulsó a derramarla desde el octavo día de su nacimiento y después con mayor abundancia en la agonía del huerto, en la flagelación y coronación de espinas, en la subida al Calvario y en la Crucifixión y, finalmente, en la extensa herida del costado, como símbolo de esa misma divina Sangre, que fluye por todos los Sacramentos de la Iglesia, es no sólo conveniente sino muy justo que se le tribute homenaje de adoración y de amorosa gratitud por parte de los que han sido regenerados con sus ondas saludables.

¿Puede alguien mínimamente instruido en las cuestiones de la Fe no advertir en el párrafo precedente una condena a la misa-asamblea, a la confusion del rol del sacerdote como “animador” en lugar de “dador de lo sagrado”. Y hasta un vigoroso mentís a la comunión en la mano, donde en cada partícula manoseada por personas no consagradas, muchas veces sin la menor noción de lo que tienen en sus manos, está toda y completamente la sangre de Cristo, lo mismo que su cuerpo, alma y divinidad?

Y si no fuese suficientemente claro, el papa reafirma la sacralidad de las especies consagradas:

Y al culto de latría, [es decir, de adoración, y no se adora sino a Dios] que se debe al Cáliz de la Sangre del Nuevo Testamento, especialmente en el momento de la elevación en el sacrificio de la Misa, es muy conveniente y saludable suceda la Comunión con aquella misma Sangre indisolublemente unida al Cuerpo de Nuestro Salvador en el Sacramento de la Eucaristía. Entonces los fieles en unión con el celebrante podrán con toda verdad repetir mentalmente las palabras que él pronuncia en el momento de la Comunión: Calicem salutaris accipiam et nomem Domini invocabo… Sanguis Domini Nostri Iesu Christi custodiat animam meam in vitam aeternam. Amen. Tomaré el cáliz de salvación e invocaré el nombre del Señor… Que la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo guarde mi alma para la vida eterna. Así tal manera que los fieles que se acerquen a él dignamente percibirán con más abundancia los frutos de redención, resurrección y vida eterna, que la sangre derramada por Cristo "por inspiración del Espíritu Santo" mereció para el mundo entero.

Y no por nada se ha violentado el texto del paternoster, cambiando el término evangélico de “deudas” por el de “ofensas”. Porque la nueva teología pascual ya no reconoce deuda para con el Creador y Señor del universo. No cabe en la mente moderna el concepto de redención por medio de un sacrificio reparador ni la compra de nuestra libertad a precio imposible de encarecer:

Si prestasen más atento oído a la exhortación del Apóstol de las gentes: "Habéis sido comprados a gran precio. Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo" .

Y para mayor sorpresa, el habitual lector del magisterio posconciliar encontrará en este documento del Papa Juan XXIII una clara diferenciación entre la Fe católica y las creencias subsistentes del pueblo hebreo que no aceptó al Divino Redentor, cerrando el paso a la fantasiosa y perversa nueva religión noáquida que pone en plano de igualdad la fe de los judíos del Antiguo Testamento con los remanentes que cultivan los actuales, estableciendo así una imposible doble vía de salvación:

Debemos considerar esta sublime vocación a la que San Pablo invitaba a los fieles procedentes del pueblo escogido, tentados de pensar con nostalgia en un pasado que sólo fue una pálida figura y el preludio de la Nueva Alianza: "Vosotros os habéis acercado al monte de Sión, a la ciudad del Dios vivo, a la Jerusalén celestial y a las miríadas de ángeles, a la asamblea, a la congregación de los primogénitos, que están escritos en los cielos, y a Dios, Juez de todos, y a los espíritus de los justos perfectos, y al Mediador de la nueva Alianza, Jesús, y a la aspersión de la sangre, que habla mejor que la de Abel".

Quienes insistan en engañarse  sobre el cambio de conceptos esenciales de la Fe y lo atribuyan a cuestiones de estilo o de época, deberán explicar porqué el papa del aggiornamento decía en 1959 la doctrina que fue como mínimo puesta en entredicho y en muchos casos contradicha en los documentos conciliares y en sus sucesivas interpretaciones y aplicaciones.

La lectura de este documento plantea un desafío al principio de contradicción y a la más elemental honestidad intelectual.

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