¿Tú ya me olvidaste? Entre Karol Woytila y Juan Pablo II
He recibido la semana pasada un pps titulado: “3 aniversario”. Nos recuerda la muerte del Papa Juan Pablo II y, dado que en este año 2010 ya se cumplen cinco, parece destacarse un interés romántico en recordar su figura y su pontificado. Sin embargo, resulta que de la descarga sólo se aprecia lo primero, la figura, en un almibarado retrato del hombre por encima de la vicaría sobrenatural que le distingue en la historia. El pps empieza definiendo el concepto de olvido con estas tres acepciones:
1. Cesación de la memoria que se tenía. 2. m. Cesación del afecto que se tenía. 3. m. Descuido de algo que se debía tener presente. Y seguidamente arranca así: “¿Tú, ya me olvidaste? Si lo hiciste, te voy a recordar quién fui.”
He recibido la semana pasada un pps titulado: “3 aniversario”. Nos recuerda la muerte del Papa Juan Pablo II y, dado que en este año 2010 ya se cumplen cinco, parece destacarse un interés romántico en recordar su figura y su pontificado. Sin embargo, resulta que de la descarga sólo se aprecia lo primero, la figura, en un almibarado retrato del hombre por encima de la vicaría sobrenatural que le distingue en la historia. El pps empieza definiendo el concepto de olvido con estas tres acepciones:
1. Cesación de la memoria que se tenía. 2. m. Cesación del afecto que se tenía. 3. m. Descuido de algo que se debía tener presente. Y seguidamente arranca así: “¿Tú, ya me olvidaste? Si lo hiciste, te voy a recordar quién fui.” Y continúa mostrándonos a “Lolek”, nombre de Karol Woytila bebé, algunas fotos con sus padres… Reportaje centrado en un recuerdo personal que para el sentido común más elemental muestran una devoción desmesurada. Completamente afín a la que suelen manifestar algunas adolescentes por cantantes o actores famosos. La presentación finaliza pidiendo que la redistribuyamos para demostrar que a Juan Pablo II también lo hemos adoptado como amigo nuestro.
Voy a comentar el citado pps fijándome en la tercera acepción de la palabra “Olvido”: “Descuido de algo que se debía tener presente.”
Empecemos, pues, diciendo que Karol Woytila, el papa Juan Pablo II murió y fue enterrado en abril de 2005. Esto es, que desde entonces el Papa es Benedicto XVI.
Pero para el caso concreto de Juan Pablo II déjenme decir que no creo que aquel papa se gustase con el culto a su persona en el grado escandaloso que se estimuló por los mass media. Muy probablemente pensó, dirigido por sus asesores, comprometer toda su persona en la mayor difusión de la fe, aun si dudase de su eficacia. Pero estas fabulosas concentraciones resultaron en general inútiles. La religión católica es fuerza interior y no agit prop de masas. No hablemos de las jornadas mundiales de jóvenes de las que se ha visto no los devolvían a sus casas con más amor a Jesucristo ni se tradujeron en apostolados que llevasen más conversiones a la Iglesia, ni quedaba en las calles mayor presencia de moral católica. Las grandes aglomeraciones para ver a Juan Pablo II y para embutir a la buena gente en la masa delirante solo produjeron la exaltación de su persona, pero sin provecho consecuente en la fe ni de los propios enfervorizados. Cuántas veces se nos hacía virtual la presencia de Dom Bosco que cuando oía a sus chiquillos gritar “¡Viva Pio Nono!” él les corregía de inmediato con este ruego: “No digáis: ¡Viva Pío Nono!; decid: ¡Viva el Papa!”
¿Por qué? Porque los papas lo son en la Iglesia Católica si son buenos servidores suyos guardando el depósito de la fe, que no es otra que la que desde los Apóstoles fue transmitida por la Tradición. Por cierto, una de las paradojas más esperpénticas que se producen actualmente es que haya quienes llamándose tradicionalistas, o conservadores, se dejan atrapar por una idolatría al “Papa Servidor”, en detrimento de la Tradición de fe en que se fundamenta su servicio y su existencia. No les importa que en algunas parroquias seudo católicas la misa sea como un remedo del otrora innegable Santo Sacrificio. “¡Es que nosotros somos tradicionalistas…!” Pero ¿por qué? “¡Porque seguimos al papa, naturalmente! Ya sabe usted, donde está el Papa está la Iglesia.” Ingenuo retruécano a la sentencia de San Agustín que lo que dijo fue: “Donde está Pedro está la Iglesia” (Sermón 76,1), algo distinto y mucho más acertado pues que no señala al hombre sino a la delegación recibida del cielo. El Papa es representante de Cristo y sucesor de Pedro de donde recibe la transmisión de esa vicaría; no es el sucesor de Cristo, como algunos se empeñan con sensibilidades equivocadas. Con esta clave es con la que el Papa ata y desata, abre lo que nadie cierra, confirma en la fe invariable y su Magisterio es infalible. ¿Por qué es infalible ese magisterio suyo? Porque, en definitiva y sea el que sea, ese magisterio no es suyo sino de Jesucristo. El catecismo que aprendíamos de memoria, allá por los años en que Giuseppe Alberigo no tenía poder, nos enseñaba que “la Iglesia es la unión de todos los bautizados regidos por Cristo, y el Papa, su vicario.”
Y también instruía que los fieles, en cuanto Iglesia enseñada, tenemos autoridad para defender lo que no puede variar. Esto es, que la atención debida al papa es seguir sus enseñanzas en protección de la fe, obedecerle en lo que las guarda y, si es preciso, desobedecerle en lo que las vulnera. Porque si la ocasión obligase no se dará la vida por el Papa, ni por un santo de los altares, ni siquiera por la Iglesia como organización sino por fidelidad a sus enseñanzas, que son las de Jesucristo, único Salvador. “No todo el que diga: “¡Señor! ¡Señor!” entrará en el reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial”. (Mt 7, 21). Creo que imaginarnos en la disyuntiva del reto mayor a la fe nos reacomoda en nuestra condición religiosa, marca la teología, pone precio a nuestros pecados y facilita nuestras metas. Por el contrario, la sensiblería del papismo a ultranza es un desvío insensato.
Al ser coronado San Pio X, un papa santo hoy defenestrado por muchos pues es insoportable antípoda de buen número de congregaciones y enseñanzas posconciliares, al entrarle en San Pedro sobre la Silla Gestatoria, y al oír los aplausos que se le tributaban, dijo algo parecido a esto: “No está bien que aplaudan más al servidor que al dueño de la casa.”
Pasa con el anterior papa. Juan Pablo II, que se le tributó a él más idolatría mediática que adoración a Jesucristo, Señor y Dios Nuestro. Más inquietante, pasa que estos homenajes casi siempre llevan un componente solapado de oposición al Papa en funciones. Más evidente cuando poco se conocen las enseñanzas del fallecido y sólo se añora su figura, sus gestos, “su carisma”.
Cosa distinta es que el Papa guarde un recuerdo para su antecesor, como es fórmula en todo gobernante o jefe de estado. Así Benedicto XVI lo ha hecho ya con Juan Pablo II o, igualmente, el rey Juan Carlos I, ejemplo conocido, cuando se lo rindió en repetidas ocasiones a su antecesor Francisco Franco. Juan Pablo II, su espíritu y su Curriculum Vitae están hoy en las manos de Dios. Puede que ya sea santo en la eternidad, puede que algún día se le canonice aquí abajo… pero, mientras la santidad sea solo una hipótesis y no un dogma de fe, deberemos dejárselo a Dios. Lo de “santo súbito” ofrecería ante el mundo una frivolidad improcedente. A mi parecer, el homenaje que más le beneficiará al Papa Woytila será el que pueda aplicarse a la salvación de su alma. ¿Usted no quiere olvidarle? Pues rece por él a Dios.
Para la Iglesia quien merece todo el apoyo y oraciones de los fieles no es el papa muerto sino el que le sucede, el Papa, es decir el real. Un Benedicto XVI hoy enfrentado a enemigos que se revuelven con todo el poder de sus quintas columnas contra su valiente programa de limpieza; y, junto a aquellas, las jerarquías paralelas temerosas de que se descubra el precio que ya le pusieron a sus almas.
Fuente: Minuto Digital (citamos al autor, no a la fuente… que hoy por hoy no nos merece ningún respeto)
Comentario Druídico: ¿Puede tributarse una homenaje idolátrico a un santo? Sin duda, y esto no por culpa del santo. La adhesión ideológica, tonta, sentimental y hasta sensual por una figura del mayor mérito, como puede ser un santo canonizado, es una realidad. Los miembros de una secta orientalista con los que he tratado algún tiempo sienten esta adoración por Santa Teresa y San Juan de la Cruz. Los libros de estas dos cumbres de la mística católica están, como en cambalache, en las vidrieras de sus librerías, junto con distintos «babas» y » vedas».

