Si la sal pierde su sabor
Nunca hago una búsqueda sistemática de este tipo de videos. No siendo médico, resulta inapropiado para el espíritu revolver los manuales de patologías o el basurero de vicios del alma.
Una cosa es no buscar, otra bien distinta no encontrar. Esto lo encontramos. La última vez que vi algo parecido fue en alguna película de Mel Brooks, ese ingenioso calumniador de la Iglesia.
Nunca
hago una búsqueda sistemática de este tipo de videos. No siendo médico, resulta
inapropiado para el espíritu revolver los manuales de patologías o el basurero
de vicios del alma.
Una
cosa es no buscar, otra bien distinta no encontrar. Esto lo encontramos. Y aún
más, lo encontramos elogiado como algo bueno, “alegre”. La última vez que vi
algo parecido fue en alguna película de Mel Brooks, ese ingenioso calumniador
de la Iglesia.
Pero
ahora ¿podemos enojarnos con Mel Brooks?
Hasta
hace no mucho tiempo, los católicos preocupados por el honor de la Iglesia
empleaban sus energías para impedir la difusión de filmes, publicidades y otro
tipo de espectáculos públicos en los que se tomaba a la Iglesia como objeto de
burla. Era común encontrar este tipo de escenas: frailes y monjas en medio de
un jolgorio más o menos desvergonzado.
Naturalmente,
para eso sí usaban el hábito, que casi nunca usan. Cuando quieren mostrar sin
ambigüedades la identidad católica, se ponen el tradicional hábito, o la
sotana. Nunca están de “laico”. Al atuendo laico lo dejan para el “culto”.
¿Podremos
ahora acusar a Mel Brooks de herir los “sentimientos religiosos” de los
católicos con sus burlas? Ya
habíamos renunciado (o tal vez no quedaba otra forma legal de hacerlo) a
exaltar el honor de la Iglesia. Nos refugiábamos penosamente en la
“sensibilidad”. Sentimientos heridos. Como si la ofensa a Dios fuera algo
inexistente o secundario. Mala harina para el pan que pretendíamos amasar.
Ahora
las cosas empeoran sustancialmente: son los propios frailes y monjas los que
protagonizan un show superador de la fantasía anticatólica de los guionistas de
Hollywood. Hoy Mel Brooks se ha quedado sin trabajo. No se puede hacer burla de
lo que es ridículo en sí mismo. Solo puede hacerse burla de lo digno. Imposible
parodiar la parodia. Imposible ofender a los que se anticipan y hacen burla de
sí mismos, de su orden religiosa y de sus santos fundadores. De su historia, de
su identidad.
Esto
es una blasfemia. Pero, en algún sentido es algo peor. Es la pérdida de la
esencia misma de lo religioso. Es la sal que ha perdido su sabor. Es la
levadura que no fermenta. Solo sirve para ser arrojada y pisoteada.
Aquí
no hay esperanza: no se trata de una herejía, que supone una idea falsa, un
concepto equivocado. Ni meramente de una blasfemia movida por el odio a la Fe.
Aquí se ha perdido todo, hasta el odio a la Fe, que a veces producía San
Pablos.
Esto
nos hace ver con cierto respeto y añoranza a los herejes, contra los cuales es
posible luchar y hasta convertir.
Esto
es la degradación ontológica, el absurdo. La nada al vacío total.

