Ser tradi hoy… (II)
Uno de los grandes dilemas del tradi hoy es el apostolado.
Pongamos por analogía los esfuerzos que hace un joven para
conquistar a una señorita, con las más honestas intenciones matrimoniales. Es
un ejemplo que sirve para ilustrar, pero no deja de ser, además, una experiencia
viva de muchos jóvenes casaderos.
Imaginamos el siguiente diálogo:
-Beatriz, tenemos un destino en común. Casémonos.
-¡Ay! Así de
improviso. Tengo que pensarlo.
– Vamos, Beatriz, nos conocemos, tenemos onda. Vos querés
formar una familia, yo también. Envejecer juntos, ver crecer a nuestros hijos y
nietos…
– Sí, es cierto. Pero ni siquiera conozco a tu familia.
– Hem, sí, mi familia.
– Sí, tu familia. ¿Hay algún problema con tu familia?
– No… no.
-Tú padre, por ejemplo, ¿a qué se dedica?
– Bueno, mi padre es un hombre extraordinario, sabio,
prudente, respetadísimo. Un personaje célebre. Una mezcla de prudencia, buen
criterio, dulzura y rigor. Un tipo de un equilibrio notable.
-¿De qué trabaja?
– Eh… es una especie de jefe espiritual, de paterfamilias.
Enseña, dirige, amonesta, educa.
-¡Qué interesante! Pero no me hago una idea…
– Muy bueno, excelente, lástima que en los últimos años… se
ha aficionado… dejemos eso…
-Te noto triste. Contáme, me interesa.
-Bueno, el viejo se aficionó al trago… y cuando le da por
hablar… no es que haya perdido su elocuencia ni su elegancia expresiva, pero dice,
bueno, dice algunas tonterías…
-Claro, comprendo, me imagino que será un gran dolor para tu
madre…
-Sí, lo fue. Ahora creo que lo tiene asumido. Bueno,
supongo, porque hace un par de años que no la veo.
– ¿Por?
– Mirá, mi madre es una santa, una madre ejemplar. Nos
enseñó a mí y a mis 8 hermanos lo que es decencia, bondad, buen trato. Se lo
debo todo. Ha sido la luz de mi vida.
-Me encanta oírte hablar así de tu madre. Pero no entiendo
por qué no la ves desde hace tanto…
– Bueno, fue difícil superar… ciertas circunstancias
penosas… se fugó con el sodero. En fin…
– Hemm. Sí, claro, entiendo. ¿El sodero?
– Sí, el sodero. El que reparte la soda… ¿viste?
-Claro, el que reparte la soda…
-Una crisis, yo espero que la pueda superar. Estoy seguro.
En parte pienso que papá se dio a la bebida por esto, pero la verdad es que
venía aficionándose demasiado al trago desde hacía mucho tiempo. ¡Ojo! Estoy
seguro de que papá también va a volver a ser el de antes, alguna vez. No sé
cuándo.
-Sí… la esperanza nunca se pierde… casi nunca.
-No, no. Yo estoy seguro. Tengo la más firme confianza en la
recuperación de ellos, en especial cuando logre que mis hermanos me ayuden a
rescatarlos.
-¿Ellos que dicen?
-Bueno, hay uno que no habla.
-¿Mudo?
– No, entró en una… asociación religiosa oriental.
Una…digamos…
-¿ Secta?
-Algo así. Sí, podríamos decir, una especie de… cosa así,
como una secta.
-Ah… ¿Y los otros?
– Por diversos rumbos. A mis dos hermanas mayores les va muy
bien. Trabajan en una empresa de relaciones públicas.
-¡Qué interesante! Selección de personal, optimización de
recursos, imagen empresaria…
– No. Son escorts de alto nivel, para empresarios, viste.
Los que vienen a los congresos… los acompañan… servicios vip…
-¿Escorts?
-Sí, eso. Tendrías que verlas, son tan bonitas. Preciosas.
Tengo las fotos de la primera comunión, parecen unos ángeles. Pero, bueno,
después de lo del sodero… y papá diciendo tonterías…
– Mirá, Evaristo. Me parece que esto te resulta muy
doloroso.
– Sí, muy doloroso.
– Dale, habláme de las cosas buenas de tu familia…
– Sí, porque no quiero entrar en detalles sobre mis hermanos
varones. Uno lava dinero del narcotráfico, el otro está preso por violador…
– Por favor, te lo pido: necesito que me hables de las cosas
buenas de tu familia.
– Todo es bueno en mi familia: su historia, sus
convicciones, su amor, sus luchas, su unidad. Bueno, esto es lo que formó mi
familia, los fundamentos. Todo es bueno en sus fundamentos. El problema es que
hoy en día han tirado todo por la ventana. Yo espero y trabajo para que cada
uno de ellos vuelva a ser lo que fue, que regrese a sus orígenes, a los tiempos
felices. Pero hoy por hoy, mi familia es impresentable. Lo que yo te propongo
es que te cases conmigo para fundar una familia como era mi familia antes de
que a mi madre le diera por fugarse con el sodero, y a mi padre lo ganara la
bebida… con todas las consecuencias que esto tuvo para mis hermanos.
– ¿Y vos? Vos no sos así… ¿Por qué?
-No sé, no te puedo explicar. Sí te puedo decir que nunca
renegué de lo que mi padre y mi madre me enseñaron, aunque ellos hayan renegado,
o de alguna manera (tal vez no renegado) olvidado, confundido, en fin. Es
difícil.
-Sí, es difícil… lo voy a tener que pensar mucho…
-Claro.
¿Cómo podría el pobre Evaristo describir a Beatriz, un alma
buena, de buenas costumbres, con ideales nobles, a su familia en el estado en
que ella se encuentra hoy por hoy. No hay otro modo que mostrarle lo que hoy
es, y lo que fue y eternamente será como ideal y como convicción de repetir ese
ideal.
Claro que si dejamos la analogía y nos ceñimos a la realidad
que hemos querido analogar tenemos otras ventajas: la convicción de Evaristo no
es una esperanza puramente humana, sino que tienen un fundamento sobrenatural.
Y la buena disposición de Beatriz está movida por algo más que una simpatía
terrena: hay una gracia que opera en ella.
Lo que sí resulta inevitable es presentar a los ojos de
Beatriz las realidad fundantes y eternas. Nunca será convencida por una versión
dulzona o permisiva de los patéticos hechos de la familia.
Como en el cuento famoso de Bocaccio, aquel judío que
promete a su amigo cristiano convertirse si viajando a Roma ve en ella santidad
evangélica, pueda ser que se convierta nuestra Beatriz en la esposa de Evaristo
contemplando la eternidad de esa familia a pesar de todo. De esa familia que
renacerá en la nueva generación, y a luz de los hijos de este fecundo
matrimonio, tal vez el padre deje la bebida y la madre se aparte del sodero.
¿O acaso no es una realidad histórica que hijos y nietos han
sido con frecuencia redentores de sus padres y abuelos?

