Panorama Católico

Sectarismo y contrasectarismo

La aparición de
la Instrucción Universae Ecclesiae (y previamente la beatificación de Juan
Pablo II) han hecho eclosionar el sectarismo reinante en el seno de la Iglesia.
Una mirada sobre este fenómeno ayudará a comprender la situación del
tradicionalista hoy.PerP

La aparición de
la Instrucción Universae Ecclesiae (y previamente la beatificación de Juan
Pablo II) han hecho eclosionar el sectarismo reinante en el seno de la Iglesia.
Una mirada sobre este fenómeno ayudará a comprender la situación del
tradicionalista hoy.

Hoy en día, si
hay algo evidente en la comunidad católica, es una cierta primacía del
divisionismo y aún del sectarismo. El origen de esta situación resulta también
evidente: es el debilitamiento de la autoridad jerárquica y magisterial, en particular de la
pontificia.

Resultaría fácil
endilgar este hecho a la categoría de “relajación disciplinaria”, aunque esta
concurra y con frecuencia sea protagónica, sinó en todos los casos, al menos en la mayoría de ellos. Pero el problema de fondo es doctrinal. En determinado momento, durante y después del
Concilio Vaticano II, tanto la jerarquía en una porción sustancial, así como
los fieles, por natural contagio, comenzaron a creer que era posible discutir
todo: doctrina, disciplina, sacramentos, liturgia… Los tibios intentos de los
papas para encauzar este equívoco tropezaron con un obstáculo mayor: los
ellos mismo fomentaban por omisión o mediante su protección, las novedades teológicas
que alentaban a este espíritu asambleario y jacobino.

Fue justamente
Juan Pablo II quien se hizo cargo de una Iglesia en desmadre completo y trató de poner coto a los desmanes, especialmente a
partir de que el Card. Ratzinger asumió como titular de Doctrina de la Fe. De donde provienen algunos documentos y declaraciones
doctrinales, o discursos y homilías en los que se llama a la subordinación, se
acotan ciertos abusos, etc. Lo curioso es que estos intentos tan poco eficaces
granjearon al papa Woyjtila el odio de los progresistas extremos, pero a la
vez, para equilibrar esta inclinación “a la derecha”, la Santa Sede descargó su
rigor contra los que cuestionaban el desorden in radice, es decir, en sus fundamentos doctrinales, o sea, contra los a partir de entonces llamados tradicionalistas.

De donde el
panorama eclesiástico se fue dibujando en tres sectores; dos de ellos
minoritarios y uno, mayoritario en su conjunto pero sin unidad doctrinal ni
disciplinaria, más allá de un predicado y casi nunca cumplido acatamiento de
tono “oficialista”. Entre los primeros se ubican los cultores del “espíritu del
Concilio”, para quienes Juan Pablo fue un “contrarrevolucionario”. Y también
los tradicionalistas, para quienes Juan Pablo fue un Bonaparte de la revolución
conciliar. Es decir, puso coto a la virulencia de los más exaltados, pero llevó los fundamentos de esta revolución a todas partes, aplicándola no solo a la liturgia, como ya lo había hecho
Paulo VI, sino al derecho, al catecismo, a las leyes claves que gobiernan la
Iglesia (elección de sumo pontífice, proceso de canonización), y a muchísimas
cosas más.

Juan Pablo tuvo
una visión ciertamente de “iluminado”, y delegó el gobierno de la Iglesia para
salir a conquistar el mundo con el poder de su carisma personal, aunque no debe
cometerse el error de pensar que carecía de un pensamiento estratégico, compartido
con los atlantistas europeos y los norteamericanos sobre el modo de
“replantear” ese mundo. Su cruzada fue político-espiritual.  El creía que lo
que estaba podrido en la Iglesia debía caer por su propio peso, y que había que
dejar que el Espíritu Santo volviera a inspirar la santidad por medio de los
“nuevos movimientos religiosos”, que protegió hasta límites inconcebibles. Y trabajó simultáneamente para dar sustento a un nuevo orden mundial. Lo cual naturalmente consolidó la nueva doctrina conciliar sobre el orden social que se resume hoy en la expresión «sano laicismo».

El resultado de
esta forma de ver y gobernar la realidad de la Iglesia es el de una
fragmentación escalofriante. Si vemos con ojos desapasionados la realidad
eclesiástica, contemplaremos un conjunto numerosísimo de grupos y grupúsculos, algunos más afortunados, que alcanzaron
un crecimiento notable. Todos bajo la fórmula “movimientista” de Juan Pablo.
Naturalmente, los tradicionalistas no quisieron participar ni tampoco se los recibió
(salvo excepcionalmente) en el seno de esta comunidad “oficial”.

Pero ellos han asumido un rol paradójico, porque a la vez que excluídos por antagonizar las tendencias novedosas del Concilio, algunos sus
reclamos fueron lentamente asumidos por los papas, Benedicto en particular,
y muy especialmente en materia litúrgica. Lo cual suma a su situación un
componente más: no ya solo la exclusión del gran paraguas en el que se cobijan
los movimientos conciliares, desde el costado más conservador y filo tradicionalista hasta
el más heterodoxo progresismo oficialista, sino el carácter de minoría
denostada pero influyente.

El resultado de
esta situación de división subsumida bajo el liderazgo de Juan Pablo, resulta en la
confrontación interna, a veces feroz, aunque casi nunca por razones de doctrina,  sino de posicionamientos y protagonismos. La «exhibición de doctrina” es con
frecuencia funcional a este posicionamiento, según los vientos que soplen desde
Roma.  Un poco de latín y prolijidad
litúrgica hoy, un poco de “sensibilidad social” mañana, así se inclinan la
mayoría de los obispos, como políticos avistando las señales del poder para
orientar las velas.

No sorprende,
pues, el crecimiento mórbido y hasta mortal del individualismo sectario. Hoy
parece reproducirse la situación que se vivió ya en los tiempos apostólicos
cuando los cristianos de Filipo seguían a Apolo, a Pablo, o a Cefas, unos contra
otros. Con más el agravante de que no son solo rencillas, sino banderías en las
que la defensa de la doctrina de la Fe es por muchos relegada y hasta
desconocida, porque se han formado en la convicción de que ser católico
significa ser parte de alguno de los “movimientos católicos”, habiéndose
perdido casi el sentido de pertenencia por la Fe, y la vivencia de esa Fe por
medio de la parroquia, sino por vía de algún “movimiento” independiente de ella, o a lo
más enquistado en ella, no por la parroquia en sí misma. Esto es una verdadera revolución.

Aquello que Dios
ha querido al desplegar su Iglesia en diócesis y parroquias, mostrarnos el rostro de la Iglesia en la figura concreta del pastor sacerdote (obispo, párroco, teniente cura, capellán, protagonistas de nuestras vidas porque nos
bautizaban, nos adoctrinaban, nos casaban o apadrinaban nuestra vocación
religiosa, y nos acompañaban en la vida y en la muerte,) se trasladó al
“movimiento,” con harto protagonismo laical, no solo en la militancia sino también en la dirección y en la inspiración, con frecuencia “líderes carismáticos”.

No pretendo
negar la importancia de los “padres fundadores” de órdenes religiosas o
congregaciones ni del particular “carisma” que, sobre todo en los tiempos modernos,
muchos les han impreso al apostolado (pienso en Don Bosco y en Don Orione, por
ejemplo), ni en la libertad que cada fiel tiene de seguir la espiritualidad de
uno u otro santo fundador, ni desconocer las rencillas entre órdenes religiosas, que
siempre han sido una mácula en el clero. Pero hoy esto ha pasado a un grado
superlativo de disgregación, porque estos movimientos ya no tienen “una Fe”,
“un bautismo”, “un pastor”, sino cada uno el suyo particular.

La causa sigue
siendo, pues, doctrinal, aunque la supresión de esta situación pueda requerir
medidas de carácter disciplinario, pasos intermedios, y también con seguridad
dolorosas pero necesarias escisiones de quienes ya se han endurecido
demasiado en sus opiniones personales

Esta larga
consideración apunta a explicar mejor el fenómeno tradicionalista, que es fruto
de esta dilución de la autoridad doctrinal, la cual así como ha producido
disgregación, también ha producido una
resistencia
a los cambios y un
aferramiento
a lo que la Iglesia siempre ha dicho y hecho, rezado y creído. Este es el carisma propio del tradicionalismo.

Pero esta
reacción, aunque en algún caso pueda estar liderada por una figura carismática,
como es la de Mons. Lefebvre, no deja de estar bajo el sino de la ausencia de
una autoridad superior e indiscutida, encarnada en un hombre, que obviamente
debe ser el Papa. No porque los tradicionalistas en general nieguen la
legitimidad de Benedicto o de sus predecesores conciliares como papas, sino
porque se sientes obligados a estar atentos, con una mirada crítica, a lo que estos papas hacen y dicen, o a
lo que callan, cuando parece ser necesario confesar la Fe.

Así, en el caso
reciente en que el Papa recibió a los representantes de la logia masónica judía
BeneBerith y les dedicó asombrosas propuestas de trabajo en común en el campo
espiritual, obviando que esta institución ha sido desde su fundación una de las más agresivas
militantes contra la Iglesia. Y digo “ha sido”, lo cual significa que sigue
siendo, solo que ahora actúa como una especie de FMI doctrinal, que viene a Roma
periódicamente a recordar cómo debe actuar la Iglesia en tales o cuales campos
de su ministerio. Ante esta situación descorazonadora y en cierto modo también
escandalosa, porque no todo se puede explicar con argumentos diplomáticos, el
tradicionalista se siente obligado en conciencia a resistir, lo que lo pone en
una situación de conciencia muy singular y dolorosa.

Naturalmente,
las reacciones personales ante estos hechos se tornan más o menos virulentas
según la sensibilidad de cada uno, el grado de influencia de personas menos
atemperadas, la angustia, la soledad y la tentación de la desesperanza. Esta es
una fórmula excelente para ir generando actitudes sectarias, que pueden llegar
a hacerse hábito con mucha facilidad en algunos.

Quienes
enarbolan la bandera del tradicionalismo esgrimiendo interpretaciones
inspiradas por este espíritu de respuesta destemplada, no ayudan ni a esclarecer sobre lo que el
tradicionalismo sostiene, ni a aquietar los ánimos, que, tibios muchas veces en
la caridad, descerrajan sus angustias por medio de la ira, el destrato y con
mucha frecuencia en la dogmatización de sus
opiniones
.

Dada la
excepcionalidad de los tiempos en que vivimos, el hecho de que se hayan
producido situaciones apenas si imaginadas por los teólogos en ejercicios de casuismo en otros tiempos, y dada la prolongación de la
crisis, y la violenta hostilidad de la jerarquía, estas personas corren serio
riesgo de ser víctimas de un espíritu sectario.

Pero lo mismo
pasa en el campo del conservadurismo conciliar y ni qué decir de los
“nuevos  movimientos” fundados casi
siempre en “novedades doctrinales”. Por eso en estos foros es común leer
intercambios de acusaciones formuladas con una seguridad que sorprende, en materias con frecuencia discutibles.

Por poner un
ejemplo de cada lado: cuando se cuestiona el Concilio Vaticano II o la reforma
litúrgica, muchos saltan como resortes al grito de cismáticos y heréticos. Es curioso: los problemas de las últimas
décadas para ellos no merecen siquiera una discusión, un intento de esclarecimiento, hasta tanto la Iglesia con su definición indiscutible zanje las cuestiones. Se podría aportar mucho, ayudando a tranquilizar a muchos católicos perplejos, y
esclareciendo sobre lo ya definido falsos dilemas que aquejan a muchas conciencias; pero ni siquiera conceden un reconocimiento de
la realidad más evidente, la existencia de un problema grave.

Por el otro
lado, en algunas materias que son novedosas porque las situaciones que se plantean son completamente inéditas en la historia de la Iglesia, muchos del
campo tradicionalista reaccionan con rigor dogmático en cuestiones discutibles.
Por poner un caso, sostienen los conciliares que la Nueva Misa, debidamente
rezada es fuente de gracias y santificación (conste que yo estoy en desacuerdo
con esta opinión). Pocos son los tradicionalistas que  admiten la posibilidad de discutir este punto
sin sentir que caen en una especie de “apostasía tradicionalista”. Lo cierto es que es
materia disputata y la verdad no será
definida por ningún particular, sino por la Iglesia y su Magisterio en su
tiempo, cuando Dios lo disponga.  Y si
bien la opinión de muchas personas muy respetadas en el tradicionalismo, entre
ellas Mons. Lefebvre, es contraria a la Nueva Misa , esa opinión no pasa de ser precisamente una
opinión, valiosa para cada uno según experiencias o convicciones personales,
pero de ningún modo exigible como “de
fide”.

En este campo se
pone en evidencia la inclinación y hasta el hábito del sectarismo. En el
ejercicio ilegal de la inteligencia que consiste usar los argumentos para
sostener mi posición ya tomada sin tomar siquiera en consideración los matices
de la materia en discusión, con prescindencia de la verdad, que queda relegada
a un medio para sostener una actitud de partido. Y con prescindencia de aquel
inspirado consejo del Santo Job: “Dios no
ha menester de nuestras mentiras”.

Valga esto como
advertencia para los filo tradicionalistas que aspiran a dar un paso a las
filas netamente tradicionalistas. Deberán lidiar con este espíritu, que sin ser
ni por mucho el de los fieles, “subsiste” entre las comunidades, más en algunas
que en otras, de un modo tal que, salvo un relevamiento generacional parece
difícil que se acabe por cambio de parecer en algunos individuos.

Y valga para los
conciliares que entran a discutir aquí. Se puede ser también (es bastante
común) un sectario oficialista. Elevemos las miras en bien de una discusión de
lo discutible, que nos ilumine en medio de esta crisis y nos sostenga en la Fe, haciendo la verdad en la caridad,
hasta que la Iglesia ponga luz definitiva allí donde hoy solo reina la
penumbra.

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