Respuesta a un objetor de la regularización canónica
El silencio es lo único prudente que podemos hacer antes de que sepamos los detalles de las cosas. Si lo que se sepa, una vez revelados los hechos, queda en el campo de las decisiones prudenciales, el sentido común nos manda aceptarlo aunque no nos parezca la mejor decisión. Y si no lo fuera, es obligación estar dispuestos a defender el terreno ganado si alguien quisiera avasal
Actualización al 31 de mayo: Me permito hacer un comentario de aclaración, por si no es suficientemente claro el texto. Al tomar las objeciones de un lector, y responder principalmente con interrogantes, mi intención ha sido matizar los razonamientos demasiado simplistas y lineales de estas objeciones. Poner en duda que estas objeciones se fundamenten en razonamientos sólidos, porque, para comenzar, asumen como conceptos claros lo expresado por frases un tanto vagas. Estas requieren precisiones que nadie da por el momento.
Por lo pronto, la primera traba para el establecimiento de un juicio es la falta de elementos de juicio. Nadie sabe sobre los términos reales de una regularización canónica, en el supuesto caso de que esta tenga lugar y aún en el caso de que estos términos estén establecidos a la fecha. Por ahí se puntualizan detalles que por lo menos resultan fantasiosos. Esperemos a ver lo que se informa, en caso de que esta situación prospere.
Cuando hago este comentario argumento principalmente en la línea de la imposibilidad de hacer juicios y por lo tanto en la necesidad de esperar en prudente silencio hasta que haya algo que analizar más allá de informaciones «de buena fuente que no podemos revelar todavía». Por lo tanto, no contradigo mi llamado al silencio, sino que argumento en su favor. Por eso la preguntas… o cuestionamientos a la posibilidad de realizar un análisis prudente y ponderado de la situación por falta, insisto, de elementos de juicio.
E insisto en la necesidad de aceptar una decisión que resiuelva en el plano de lo prudencial; en el de lo doctrinal, nadie tendrá dudas. Naturalmente, entiendo que una decisión que comprometa la libertad del tradicionalismo, tiene una consecuencia directa sobre lo doctrinal, de modo que pasa la línea de lo prudencial.
Digo, en definitiva, que se especula demasiado, sobre bases poco sólidas, más bien impulsados por temores (que por lícitos que sean, debe quedar sometidos al control de la razón y la prudencia, como es obligatorio para todo hombre virtuoso).
Digo también que una gran mayoría de los objetores a la corta a la larga (y espero que estos últimos no estén practicando alguna suerte de engaño, fingiendo ser quienes no son) terminan planteando las tesis delirantes de los personajes que hoy pescan en el río revuelto de la confusión. Que bajo capa de defensa de la Fe erosionan la confianza y acusan si ton ni son, produciendo un ambiente de angustia y desconfianza.
Una calma espera de los hechos es el mejor remedio para estos sindromes de ansiedad. Como dije antes, cuando la angustia apremia, confesión, comunión y adoración eucarística para recuperar la paz. Y dejar las acusaciones personales. Es mucho pedir para algunos, pero no para la gente de buena fe y prudente juicio.
Artículo original
Las objeciones del comentarista pueden leerse aquí.
He tratado de resumir sus argumentos a formulaciones mínimas:
1) Roma debe convertirse como paso previo a toda conversación.
2) Roma debe convertirse porque es modernista.
3) No descreo de la Omnipotencia de Dios, pero todo movimiento que parezca optimista está equivocado porque así lo señalan las profecías.
4) Benedicto sigue elogiando y promoviendo movimientos heréticos.
5) El silencio es impuesto por los que negocian y es dañino porque tiende a apagar la resistencia al error.
Respondo mi parecer con preguntas o cuestiones que matizan cierto simplismo en sus planteos:
A 1 y 2
“Roma”, en su expresión, no queda delimitada: ¿qué es, quién es? ¿Solo el papa, el papa y la curia completa, o el papa y un grupo selecto? Si para hablar con “Roma” ella se debe convertir, no tendría razón de ser ningún diálogo posterior. Solo ir a ponerse a sus órdenes. Pero si no se convierte pero acepta debatir sobre los puntos que se objetan a la doctrina modernista ¿tampoco hay que hablar?
¿Qué determina o prueba la conversión de Roma? ¿Basta que el papa y unos pocos quieran favorecer al tradicionalismo para ver en ello un síntoma o comienzo de una tendencia? ¿Debe haber una abjuración completa, pública? ¿Tenemos una noción clara de cuanto arriesgan o comprometen quienes parecen estar dispuestos a favorecer al tradicionalismo? Si alguien se juega la vida en esta empresa, ¿podría decirse que el grado de compromiso y sinceridad con el tradicionalismo es suficiente índice de un comienzo de conversión? ¿Se exige a un mártir la ortodoxia o basta que muera por odio a la Fe? Esto hay que tenerlo en cuenta por lo que se viene.
A 3
¿Tememos la certeza de la etapa de las profecías en la que estamos? ¿Acaso Santo Domingo de Guzmán no resucitó un muerto como prueba del fin del mundo? Los tiempos de las profecías, ¿están sujetos a movimientos de penitencia y reparación de la humanidad? ¿Es posible que le sea dado al mundo un tiempo de paz, como dice la profecía de Fátima? En tal caso, ¿podría ser dicho tiempo introducido por un movimiento de alejamiento del Roma de las herejías de la Reforma (hacia donde pide Hans Küng que vaya el papa) y un acercamiento a la Ortodoxia con su consecuente conversión?
A 4
Sin duda, Benedicto sigue promoviendo movimientos heterodoxos. En su concepción de la Iglesia (a-tomista) parece que se pudiera hacer así a la vez con la tradición, sin contradicción. Lo cual obviamente es un error, pero ¿necesariamente significa que él mienta o trate de engañar a otros, o puede transmitir su propio pensamiento sincero y equivocado? ¿Puede Dios valerse de un papa confundido pero sincero para hacer un bien a la Iglesia? Si este papa pagara un gran precio por favorecer al tradicionalismo, ¿sería prueba suficiente de su buena fe?
A 5 respondo:
El silencio que se recomienda es sobre los temas en los que no es posible llegar a una conclusión objetiva. Como bien dice Ud., podemos discutir meses. Antes ocurrirán cosas. Discutamos los resultados de las cosas, pero aguardemos a que se vean. Lo que se ha producido desde el penoso episodio de las cartas publicadas es una situación sin retorno. Creo que los mismos obispos que objetaban la oportunidad o posibilidad de una regularización canónica, ante el daño irreversible que causaría la desunión del tradicionalismo, optarán por aceptar, en caso de que se dé, una regularización. Tal vez no Mons. Williamson, no lo sé. Sospecho que los otros sí.
El silencio es lo único prudente que podemos hacer antes de que sepamos los detalles de las cosas. Si lo que se sepa, una vez revelados los hechos, queda en el campo de las decisiones prudenciales, el sentido común nos manda aceptarlo aunque no nos parezca la mejor decisión. Y si no lo fuera, es obligación estar dispuestos a defender el terreno ganado si alguien quisiera avasallarlo.
Finalmente, digo que Mons. Fellay evidentemente se expresa en dos registros distintos: uno cuando habla para el catolicismo en general y otro cuando habla para los tradicionalistas. Esto es un hecho público y basta ver los videos de sus entrevistas. A ciertas personas esto les produce un resquemor, una cierta desagradable sospecha.
Resulta obvio que cuando uno se dirige a cierto público debe hablar en los términos en que ese público pueda entender los conceptos básicos que se desean transmitir. Yo veo en esto una actitud pedagógica y no un “doble discurso”. Porque si fuera lo segundo, sería no solo demasiado obvio sino hasta francamente estúpido.
Si Mons. Fellay dice a los católicos norteamericanos que el concepto de “libertad religiosa” que usa el Concilio esta ideológicamene “restringido”, y da un contexto explicativo de la “tolerancia” y niega que haya un “derecho” al error, me parece que dice todo lo que debe decir para defender la verdadera noción que en la materia nos enseña nuestra doctrina. No la está aguando, la está poniendo al alcance de un público poco instruido y muy confundido.
En fin, mi pensamiento, estimado Oscar, es el que le expreso aquí. No oculto nada. Aunque sí descreo mucho de la teoría de los infiltrados que Ud. me sugiere en un mensaje que no publiqué, porque hasta Ud. mismo me señalaba que tal vez no fuera para el público general. No lo es. Ni para cierto público en particular tampoco. Me parece disparatada.
Los últimos acontecimientos en Roma (escándalo de los “corvos”, montaje de la prensa para dejar a Benedicto “solo con su alma”. es un indicio bastante sospechoso de que no muchos poderosos no quieren permitirle avanzar en este camino de reconocimiento del tradicionalismo. Y le van mostrando el precio que va a pagar por ello.
Creo que hay dudas razonables como para conceder el beneficio de una espera tanto al papa como a las autoridades de la FSSPX.

