Principio Dogmático y Ecumenismo (Parte II)
Si no existiese una verdad religiosa objetiva sería indiferente quien sea «Dios», quien sea el «dios» al que el hombre rinde culto religioso; el Yahvé de los judíos, o el Yahvé «revelado en Cristo», o el Alá de los musulmanes, Shiva, Zeus, Astarté, el «Alma del Mundo», los animales de la zoolatría, los astros o los meteoros… Esa verdad es la Verdad Revelada por Cristo y conservada por la Iglesia.
Si no existiese una verdad religiosa objetiva sería indiferente quien sea «Dios», quien sea el «dios» al que el hombre rinde culto religioso; el Yahvé de los judíos, o el Yahvé «revelado en Cristo», o el Alá de los musulmanes, Shiva, Zeus, Astarté, el «Alma del Mundo», los animales de la zoolatría, los astros o los meteoros… Esa verdad es la Verdad Revelada por Cristo y conservada por la Iglesia.
Escribe Federico Mihura Seeber
III
Con lo cual, de la descripción de la situación por la que atraviesa hoy la catolicidad respecto del tema de la Verdad religiosa, que hemos hecho hasta aquí, se debe transitar al análisis del tema en sí mismo. Porque al término de esa descripción de la situación, el tema mismo de la Verdad ha sido tocado.
En efecto: o la Verdad es necesaria para la salvación del hombre, o no lo es. Pero siendo la Verdad «adecuación de la inteligencia a la cosa», y tratándose, en el caso, de la Verdad religiosa, si ella no es necesaria para la salvación, entonces no importa cual sea el «objeto» al que se dirige el culto. En otras palabras, que es indiferente quien sea «Dios», quien sea el «dios» al que el hombre rinde culto religioso; el Yahvé de los judíos, o el Yahvé «revelado en Cristo», o el Alá de los musulmanes, Shiva, Zeus, Astarté, el «Alma del Mundo», los animales de la zoolatría, los astros o los meteoros… Todos estos «dioses» han sido objeto de «revelaciones» de sus presuntos «profetas». Y estas revelaciones han pretendido ser lo que el término indica: manifestaciones del «verdadero Dios».
Ahora bien, semejante indiferencia de la verdad religiosa es manifiestamente «inhumana», ya que ninguna verdad puede ser más importante para el hombre. Por lo que si se admite que el acto de religión es el máximamente convocante para el hombre, no puede menos que ser valorada con idéntica intensidad la respuesta dada a cualquiera de las anteriores «revelaciones». Porque si una cualquiera de ellas es verdadera, las otras son necesariamente falsas: porque si Dios, siendo Uno, no puede ser Trino, entonces es verdadero el Dios de los judíos y el de los musulmanes, y el cristiano es falso; y si Dios es el «el Alma del Mundo», entonces no puede ser el Dios trascendente de los «cielos’ el Dios verdadero. Y, entonces, solo el culto del Dios verdadero es verdadero acto de religión, y los otros son impiedades. ¿O es que el falseamiento del acto más trascendental del hombre podría tener consecuencias indiferentes? Si en un acto de justicia conmutativa es importante reconocer al verdadero «acreedor» y distinguirlo del «deudor» ¿no será importante reconocer al verdadero Dios en el acto de culto que por justi-cia «trascendental» se le tributa?
Sé que esto ha de sonar risible, risible por «perimido», a los oídos de muchos católicos actuales. Pero es que, nos guste o no, esta es la doctrina de la Iglesia, de la Iglesia de siempre. Y lo que ocurre es que la gran mayoría de los fieles ac-tuales se halla convicto de deísmo: es un mismo «dios», un dios común, aquel al que se rinde culto según las diversas «revelaciones»: por lo tanto, no importa el «nom-bre» que se le ponga. Pero con ello se niega la idea misma de «revelación». Porque todas las «revelaciones» -la cristiana no es la única- presumen que por ellas Dios se ha dado a conocer a sí mismo, como «este» o como «aquel», y se ha dado un nombre. No hay distintos nombres del mismo Dios. El Dios verdadero, o es «este» o es «aquel». Y, como se ha dicho, si es «este» -el Dios trinitario- no es «aquel» -el Dios «solitario»-. Y se ha dado un nombre: porque Dios es «alguien», y no solamente «algo».
Y así pues, si se asume la revelación cristiana, no se puede practicar el «diálogo intereligioso» aceptando – como en el actual «ecumenismo» – que en cualquier culto el hombre puede salvarse, y que se deben salvaguardar las «legítimas diferencias». Si se afirma tal cosa, es porque se considera irrelevante la «relación de la verdad» – la adecuación del sujeto al objeto – y en cambio sólo importante la «sinceridad» o «coherencia» de la conciencia religiosa. Pero, entonces, la relación «cultual», o el acto religioso, se encuentra invertido: porque no es ya a Dios al que se rinde culto, sino a la propia «sinceridad religiosa».
En suma: si no importa cual sea la «verdad» religiosa por la que se rinde culto a Dios, y si no importa tal cosa para salvarse, es porque no importa quien sea Dios. Implica ignorar que sólo quien rinde culto al Dios verdadero cumple con esta obli-gación principal por la que se salva y que, al contrario, quien rinde culto a dio-ses falsos, comete suma impiedad, y está en vía de condenación. Es no ver que lo de «verdadera religión» y «religiones falsas» no es una antigualla «pre-conciliar», sino expresión de lógica elemental y que, por incómoda y chocante que sea, tiene una razón de ser inapelable: que la «religión verdadera» es la que rinde culto al Dios verdadero, y «religión falsa» la que lo hace a falsos dioses. Y que por este acto de religión, el hombre se salva o se condena.
IV
Pese a la marejada tremenda del relativismo, del pluralismo religioso y de la «tolerancia», la Iglesia Católica mantuvo públicamente el principio dogmático contra viento y marea… hasta hace un tiempo. Directamente considerado, ello significaba afirmar: la única Iglesia de Cristo, católica, apostólica y romana, posee en depósito la única Verdad por la que el hombre se salva: el culto al Unico Dios verdadero, revelado en Cristo. A esto no podría haberlo negado nunca sin desmentir a su propio Maestro, de boca de quien había oído: «Felipe: quien a mi me ve, ve al padre» [1] y «…nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo de a conocer» [2] y -todavía: «nadie va al Padre sino por el Hijo» [3]. A esto la Iglesia no lo desmintió nunca, corno así tampoco a la obligación misional que de ello se seguía: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio» o «El que creyere se salvará, mas el que no creyere se condenará».[4] A esto no lo desmintió nunca la Iglesia, y no lo desmiente todavía … con todas las letras, como hemos dicho. Sólo que lo calla, cada vez mas, y sugiere lo contrario: esto es, que el dios predicado por otras religiones es el mismo que el revelado por Cristo, y que, siguiéndolas, el hombre puede salvarse.
Pero cuando la Iglesia predicaba conforme al mandato de Cristo, esto es, manifestando la existencia de la única Verdad salvadora, su enseñanza trascendía, en realidad, el ámbito de la verdad religiosa. Porque la consecuencia obvia de su predicación era esta: que la verdad existe y es participable al hombre. Por la predicación de Cristo-Verdad substancial, la Iglesia se hacía testimonio de la existencia y participabilidad de la Verdad, contra todos los agnosticismos y relativismos, con-tra todos los «pluralismos» de la Verdad. Ello es lo que -como hemos dicho- acer-caba a la Iglesia a los náufragos del mundo escéptico.
Pero eso mismo fue, en realidad, el «atractivo» de la Iglesia de Cristo en todas las épocas de su predicación y difusión. En todas las épocas fue este alegre y confiado testimonio de la existencia de la Verdad, la antesala del ingreso del converso a los contenidos de la Fe.
Y ello porque -conviene ir al fondo ahora- hay en el hombre, en todo hombre, un anhelo irrenunciable de Verdad. Y este anhelo por la Verdad no es igual a la bús-queda de un «refugio de seguridad» para los avatares de su existencia material. Es un anhelo de penetración gozosa en la Verdad. Es el «deseo de saber», que pone Aris-tóteles en su Metafísica como connatural al hombre [5]. Porque, ¿que otra cosa sería este «deseo de saber»? ¿Acaso mera «curiosidad», acaso «afán de dominación», «gratificación social», mera «realización humana»? No: el deseo de saber, es anhelo por la Verdad: por conocer la Verdad, encontrarla y penetrarla. No es el pasatiem-po pueril de la «información», el «planteo de hipótesis» y la «discusión». No es indiferente, para el «deseo de conocer», que el conocimiento sea «verdadero» o «falso». El deseo de saber solo puede saciarse con la Verdad. Ahora bien, este deseo existe, y no existiría si su fin plenificante, la Verdad, no existiera: «desiderium naturae non potest esse vanum» [6]. El deseo de saber es testimonio de la existencia de la Verdad, y de su accesibilidad por la inteligencia.
Ahora bien, este deseo, y esta actitud, son naturales en el hombre. Responden ambos al funcionamiento normal, sano de nuestra inteligencia. La actitud relativista y escéptica, el racionalismo hipercrítico [7] son efectos del cansancio, de la senectud y el debilitamiento de una inteligencia y razón enfermas. Responden al estado de una inteligencia que ha claudicado frente a las dificultades en el descubrimien-to de la Verdad: porque la Verdad es accesible, pero no es fácil de alcanzar. El re-lativismo de la verdad, y el escepticismo, es la nota característica de las cultu-ras intelectuales vetustas y cansadas. La sofística griega, y todas las sofisticas se han dado en civilizaciones declinantes y corrompidas. Lo mismo que la corrupción moral y la proliferación de los vicios representan perversiones del apetito y de la voluntad, así el escepticismo es la decadencia y la decrepitud, y el vicio de la inteligencia, en las civilizaciones decadentes [8]. La inteligencia sana, en una cultura intelectual vigorosa y joven, lucha todavía contra los obstáculos del error y de la ignorancia. Y lucha porque sabe que la Verdad existe, que la Verdad está allí, esperándola con la promesa de la consumación amorosa que ofrece a quienes han combatido para alcanzarla. Y como las culturas intelectuales, cuando son sanas, luchan todavía por alcanzar y poseer la Verdad, así también luchan por ella los individuos sanos en las culturas enfermas. Sócrates luchó por ella en un medio que la negaba, en un medio relativista y escéptico que estuvo a punto de hacer abortar la cultura filosófica en Grecia. Dio por ella el testimonio supremo de la vida. Platón siguió los pasos de su maestro, Aristóteles le confirió el andamiaje críti-co que la protegería para la posteridad civilizada. Y cuando la civilización anti-gua volvió a abismarse en el escepticismo -dejándonos, sin embargo, el modelo pa-ra ulteriores renacimientos-, cuando la cultura helenística y romana volvió al coqueteo con el relativismo y a la frivolidad intelectual, cuando abandonadas las exigencias absolutas se volvió a la componenda y a la «tolerancia», al «respeto de todas las opiniones» para vivir en la «paz» del hedonismo … cuando el Imperio estoico y politeísta (propiamente, «ecuménico») hubo acogido a todos los dioses en un mismo Panteón, entonces, precisamente entonces, la Verdad Substancial irrum-pe en la historia: y el Verbo se hizo carne.
Los Evangelios narran lo que fue el choque entre ambas actitudes: el que se dio entre ese espíritu vetusto, el exponente de esa cultura intelectual enferma y desencanta-da de la Verdad, y el espíritu joven, eternamente joven, que testimonia su existencia:
«Yo para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la Verdad»;
«todo el que es de la verdad oye mi voz…»
«Pilato le dijo: ¿que es la verdad?..» [9]
A este diálogo, la sabiduría cristiana lo completó «inventando» la que podría haber sido la respuesta de Cristo a la pregunta irónica de Pilato, y que Cristo calló porque el que tenía delante no era digno de recibirla, por no «ser de la Verdad»:
«…¿Quid est Veritas? … Est vir qui adest …» : Es el que está enfrente tuyo» .
Pero es que la piedad cristiana solamente «inventó», en la respuesta, el juego de palabras [10] porque la realidad significada por ellas ya había sido afirmada por Cristo: «Yo soy el camino, y la Verdad, y la Vida».
Porque efectivamente, en Jesús de Nazareth el Verbo se hizo carne, es decir, la Verdad se hizo carne … y habitó entre nosotros [11]. Cristo se revela como la Verdad encarnada, porque era desde toda la eternidad, en el seno del Padre, el Verbo, la Verdad en persona, la Verdad substantiva, subsistente.
Menuda noticia para la inteligencia pagana, menuda «buena nueva». La Verdad a la que el hombre naturalmente tiende, la Verdad que anhela y por la que lucha, la Verdad que columbra en cada pequeño éxito de su inteligencia, aquella por la que habían bregado y muerto los mejores exponentes de la cultura intelectual pagana, esa Verdad se revela a sí misma, no solo como «existente» sino, aún más, como «subsistente». Lo cual equivale a poner a la Verdad en un punto de máxima honorabilidad y trascendencia objetiva. Porque la Verdad ya no es solo algo «adjetivo», una mera cualidad del intelecto humano sano, cuando triunfa trabajosamente del error, la ignorancia o la mentira. Esa verdad, solo atisbada por el hombre en cada comprobación de su mente o de sus sentidos, esa «luz que alumbra a todo hombre que viene a este mundo» [12], esa verdad no es algo adjetivo, sino sustantivo: es un ser substancial, persona: es el mismo que se ha hecho «carne», y al que «hemos visto, oído y tocado»; del que hemos «visto su gloria, gloria como del Hijo Unigénito, lleno de gracia y de verdad.» [13].
Y aquí «tocamos», entonces, la infinita gravedad que adquiere la actitud escéptica y relativista, a partir de la revelación cristiana.
Porque, ¿qué significa esta revelación de la Verdad «en persona», en la persona de Jesús de Nazareth? Significa algo enorme, algo enormemente superior al mensaje de cualquier otra «revelación». Significa sin duda algo que todos reconocemos como absolutamente distintivo del cristianismo: significa que Cristo es Dios: que Dios se ha abajado hasta asumir la «carne». Pero significa además algo que distingue a la teología y a la piedad cristianas: significa que el Dios «verdadero» es la Verdad. Que no es suficiente oponer al Dios cristiano a «otros dioses», como siendo El solo el «verdadero» Dios y los otros solo «dioses falsos». Porque El es la Verdad, y no sólo el «Dios verdadero». Las enseñanzas de Cristo lo han revelado: «Tu palabra es la Verdad» [14]. Esta fue la actitud de sus discípulos fieles. No fue: «Te creemos, Señor, porque lo que dices es verdadero o verosímil …, o porque nos has convencido». No fue un reconocimiento a que las palabras del Señor «expresaran la verdad». Mucho más que eso: ante la total inverosimilitud de las palabras que anunciaban el misterio eucarístico y que hicieran retroceder a muchos de ellos: «duras son estas palabras, ¿quien puede oírlas? … a la invitación de Cristo: «¿También vosotros queréis iros? … la respuesta de la Fe: «Señor, ¿a quien iríamos: tu tienes palabras de vida eter-na» [15]. Y esto es, en el verdadero creyente en Cristo, efectivamente así: que cree a la palabra de Cristo, no porque ella «sea verdadera», sino porque Quien la predica es la Verdad [16].
Lo dicho genera una responsabilidad especial en el predicador de la doctrina de Cristo. Dijimos que en la naturaleza humana hay un anhelo y una exigencia de ver-dad: que ello es testimonio de la existencia de la verdad, y de su participabilidad por la inteligencia. Y que este anhelo y exigencia persisten en toda cultura inte-lectual sana: que la caída en el escepticismo es indicativa de la morbosidad de una cultura intelectual corrompida. Y así, la revelación de Cristo como Verdad Substan-cial, o subsistente, se inscribe en la línea de dicho anhelo natural por la Verdad. De allí que un nexo de afinidad vincule, a todo aquel que aun anhela la verdad, consciente de su existencia y de su apetibilidad suma, a Cristo y a la doctrina de Cristo. La expresión usada por los Padres para significar que «las verdades» descu-biertas por la inteligencia pagana natural se inscriben en el patrimonio común del cristianismo: «Todo cuanto de verdadero ha sido dicho por los paganos, pertenece a Cristo», adquieren un sentido aún mas radical, si las referimos a la persistencia del «anhelo de verdad» en quienes sufren la atmósfera de una cultura indiferente a la verdad. También ellos, conscientes de la existencia de la verdad, anhelantes de la misma en medio de las incertidumbres, o aún comprometidos vitalmente con la que creen haber encontrado como verdad, aunque no lo sea, pertenecen en esperanza a Cristo y a la Iglesia.
Y es que no ha sido predicada en el mundo, no se ha oído en la historia, una doctrina que -como la doctrina de Cristo- confirme hasta tal punto el anhelo de la mente humana hacia la Verdad y el compromiso que deriva de haberla hallado. Desde que ha sido revelada la presencia en el mundo de Dios-Verdad subsistente, la búsqueda laboriosa de la verdad por el hombre ha quedado erigida en amor de Dios porque es amor del Verbo, y su hallazgo y fruición en beatitud. Quien mejor lo expresó fue aquel batallador incansable de la Verdad, aquel que sufrió las perturbaciones del escepticismo y de la duda como nadie, hasta alcanzarla en la efusión del amor que llamó «gaudium de Veritate»: el júbilo de la Verdad: «¡Tarde te amé, oh Verdad siempre antigua y siempre nueva, tarde te amé!»[17].
Pero también desde entonces, es decir desde Cristo-Verdad, el escepticismo y la indife-rencia por la Verdad ha quedado constituido en algo más grave que una mera imper-fección humana, moral o intelectual. La indiferencia por la Verdad es indiferencia por Dios, auténtica impiedad, porque rompe el vínculo religioso de la potencia mas alta del hombre: su inteligencia.-
V
¿Y entonces qué? ¿Cómo puede la Iglesia presentarse frente a nuestro Mundo actual de otro modo a como lo ha hecho en toda su historia? ¿Cómo puede decir otra cosa que ésta: que el Cristo que predica es la Verdad y la Vida, que la salvación del hombre es una vida de consumación inacabable de ese anhelo que ha signado la inquietud humana en toda su historia y en todas sus culturas? ¿Cómo puede presentarse a sí misma frente al Mundo sino manifestando que en Ella está la única Verdad que salva? Porque es preciso decirlo: no es la «salvación del hombre» un mero verso libre de las miserias que lo aquejan en esta vida terrena -ni es el llegar a gozar sin obstáculos de los bienes -ni siquiera legítimos- de esta vida terrena. La salvación es una participación en la Vida divina, la cual culmina en la comunión con Dios por su facultad mas alta, la inteligencia. Es la fruición eterna de su inte-ligencia, amorosa de la Verdad, en el abrazo inacabable de esa misma Verdad. Ello fue lo que, atisbado por la inteligencia pagana, la constituyó en receptora natu-ral de la Revelación de Cristo. Y esto mismo es lo que hoy, las pocas inteligencias sanas que padecen este Mundo enfermo, están clamando de la Iglesia. Cuando Aristóteles dijo que «la vida según la inteligencia es algo divino en relación al hombre» … y que «no por ello hay que dar oídos a quienes nos aconsejan … que pensemos en las cosas humanas, sino que en cuanto nos es posible debemos inmortalizarnos … y vivir según lo mejor que hay en nosotros» [18] estaba, en realidad, ponien-do a la inteligencia natural en expectación de la buena nueva: la Verdad hecha carne y «habitando entre nosotros».
¿Cómo puede, pues, la Iglesia de Cristo convivir, benévola y pacíficamente, con un Mundo que ha hecho de la negación radical de la Verdad la condición sine qua non de la convivencia o «comunicación» política? Porque ya no se trata, respecto de este Mundo, de predicar que «éste» es el verdadero Dios, Cristo; éste, y no el de las otras «revelaciones». La situación no es como la que se presentaba en cualquier otra evangelización, donde el misionero de Cristo predicaba la verdad de Cristo contra la de Júpiter, o Manitú, o Quetzacoatl. Porque este Mundo, el mundo que hoy nos rodea, no predica a ningún dios alternativo: los predica a todos por igual: lo mismo da que sea uno u otro. Y esto es así porque para este Mundo lo mismo da que la verdad sea una u otra. Lo que está en el negado no es sólo la verdad del Cristianismo: es la Verdad a secas. Pero en esto mismo representa la negación más radical de Cristo: porque Cristo es, precisamente, esa Verdad a secas: la Verdad substancial.
Convivir la Iglesia con «este» Mundo, no es lo mismo que con ningún otro. Porque lo que este Mundo niega es la Verdad como tal. Y es un engaño fatal [19] el que lleva hoy a la Iglesia a avenirse a «ocupar su lugar» en el Mundo del pluralismo, con el pretexto de que «ella también puede predicar a Cristo», que ella puede también ofre-cer «su» verdad. No puede. Si en este medio y bajo estas reglas de juego ella predicara «a Cristo» predica, en realidad, a un simulacro de Cristo. Cristo, que se ha revelado a sí mismo, no sólo como única verdad religiosa, sino como Verdad subsistente, no puede convivir «en pie de igualdad» con el «pluralismo» religioso, como «una opinión más».-
Alértense bien nuestros dignatarios eclesiásticos, tomen conciencia sobre lo que sig-nifica «predicar a Cristo» en un mundo cuyo relativismo destruye la noción misma de Verdad y su significado vital para el hombre. Alértense, y prepárense -y pre-parémosnos- para una de estas dos cosas: la persecución, o la apostasía. Porque no se puede predicar a Cristo, sin decir al mismo tiempo que la Verdad existe, que la Verdad apela a todo hombre, que la Verdad compromete a todo el hombre; que el hombre, para su salvación, no es libre de «tomarla o dejarla». Que debe estar dis-puesto a sacrificar todo por ella – aun su vida. Que si la «libertad de cultos» pu-do ser tolerada en razón de la debilidad política de la Iglesia, no puede ser apro-bada por ella como constituyendo una situación deseable. Porque representa una falacia con un efecto moral y religioso destructivo, y corta al hombre el camino de salvación. Porque esa verdad, a la cual todo hombre aspira con lo más alto de su ser -su inteligencia-, esa Verdad «se ha hecho hombre», y habitó entre nosotros. Y «ser libre» con respecto a Ella, ser libre de «tomarla o dejarla» es, sin duda, ser libre: pero ser libre de salvarse o de perderse. Ahora bien, decir todo eso, esto es, ser fiel a Cristo-Verdad, es nefando para los oídos del Mundo actual. Preparémonos, pues, para una de estas dos cosas – no va a haber otras -: la apostasía o la persecución. La apostasía: la admisión del relativismo e indiferentismo de la ver-dad -aun con un «lugar» para predicar «a Cristo»-, o la persecución por el testi-monio de la Verdad, única y substancial.
De intención he dicho «indiferentismo» e – inversamente – «testimonio», de la Verdad, y no «de Cristo». Porque el testimonio de la Verdad: la afirmación de que ella existe y de que exige el compromiso vital del hombre, implica, en cierto modo, el testimonio de Cristo, Verdad substancial. Y – es lamentable decirlo – muchos de quienes hoy son perseguidos por este testimonio, la mayoría de ellos, no son cris-tianos. ¿Quienes son? Son los parias para el Mundo occidental relativista: los exe-crados «fundamentalistas» [20]. Los fundamentalistas de cualquier convicción y de cualquier credo: errados, sin duda, en lo que afirman, pero comprometidos vitalmen-te con su presunta verdad. A su respecto, no parece leal que nuestros jerarcas, manteniendo el coqueteo con el Mundo relativista, aduzcan que «nosotros los cristia-nos» no somos como «ellos, los intolerantes», ya que hemos aprendido a moderar nues-tro dogmatismo. No parece leal ni conveniente, porque es muy posible que estos otros, por mas errados que estén en sus respectivos credos, y por abominables que sean, en muchos casos, sus métodos estén ocupando nuestro lugar en el testimonio de que «la Verdad existe». Y que sea precisamente por eso que se han puesto en la mira del Enemigo. [21]. Porque el Enemigo de la Verdad no se engaña: él sabe, con una intui-ción infalible, donde se asienta, en el mundo, la Piedra que inspira a toda confe-sión de la Verdad. Y porque el enemigo lo sabe, no es contra estos otros dogmatismos contra los que apunta, en último término, sus armas. Ninguno de estos dogmatismos es, en efecto, tan exigente como el nuestro. Cualquiera de ellos podría, quizás, adaptarse a las reglas de juego del relativismo, y entrar en el «panteón de dioses» que se les está ofreciendo. Cualquiera, menos la confesión y la Iglesia de Uno que ha dicho: «soy la Verdad». Que no ha dicho solamente «soy el Profeta del Dios verdadero», ni aún solamente «soy el Dios verdadero», sino esto: .»soy la Verdad. De un Único que así se ha revelado al Mundo, que así ha revelado el único camino de salvación, y que así ha dejado encomendado a sus discípulos que predicaran en Su Nombre. Porque no ha dicho: «enseñad este camino como el más conveniente para la felicidad humana», ni «enseñadlo a este pueblo, o a aquél». Sino que ha dicho, inter-giversablemente: «Id, Y enseñad a todos los pueblos, todo lo que yo os he mandado … el que crea se salvará, el que no crea se condenará».
¿Que hará, pues, la Iglesia, que harán nuestros jerarcas, gravados como están con tal depósito?
Lo he dicho y estoy convencido de ello: quedan, o están por quedar a corto pla-zo, sólo dos caminos: la apostasía o el testimonio. La apostasía será, como lo fue en la persecución romana -tipo histórico de toda persecución de la Iglesia de Cris-to- «sacrificar a los dioses». Sin duda que esto hoy se presenta bajo otra versión: pero que es, en el fondo, esencialmente idéntica a aquella. «Sacrificar a los dioses» es, en realidad, la adoración de un sistema que en su falaz tolerancia da cabida a todos los dioses, y erige en credo y en «dogma» el indiferentismo por la verdad religiosa [22]. Y el testimonio: que será, hoy como ayer, la confesión de Cristo como Verdad Substancial y, por eso, única verdad salvadora para todos aquellos cuya inteligencia no ha quedado estragada por la atmósfera letal del relativismo «ecumé-nico».-
8 Jn., 14,5
9 Lc., 10,22
10 «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie viene al Padre sino por mi», Jn, 14,6
11 Mc., 16,16
12 «Por naturaleza desean todos los hombres saber» Met. I,1
13 «El deseo de la naturaleza no puede ser vano».
14 Sin duda que es la «critica» una condición natural de la razón que busca conocer la verdad. Pero como auxiliar y medio de ese conocimiento. Por eso el «hipercriticismo» de la edad moderna representa el desarrollo monstruoso de un medio, que impide el logro del fin de la inteligencia: el conocimiento de la verdad.
15 Así como el hedonismo es una reversión antinatural del apetito sensible, que privilegia al placer sobre lo que es su objeto y finalidad, así el hipercriti-cismo representa una reversión antinatural de la razón sobre si misma, que deja de servir al intelecto y al objeto y se solaza en su propia función crítica. La que Castellani, citando a Claudel llama «quietud incestuosa del alma, asentada sobre su indiferencia específica».
16 Jn. 18,37.
17 El «anagrama»: expresión distinta, inventada con las mismas letras en disposición diversa.
18 Jn., 1,14.
19 Id., 1,9.
20 Id., 1,14.
21 «Santifícalos en la verdad, pues tu palabra es la verdad» Jn., 17,17.
22 Jn. 6,68.
23 Valga lo siguiente como expresión de tal experiencia de Fe: de Fé en la palabra de Quien-es- la Palabra: «… Me puse a leer los Evangelios en mi misal. Los he leído otras veces y he admirado la forma, pero hoy los leía por primera vez. En todos los libros se adivina al autor detrás de las palabras: el autor con sus tesis, sus prejuicios y sus pasiones. Pero aquí es como si no hubiera nada atrás; aquí las palabras son grandes piedras desnudas y eternas. La Verdad, eso fue lo que me parecieron … ¿Es esto lo que quieren decir cuando hablan de creer por un acto de fe? ¿Creer, a pesar que me demostraran cualquier cosa contraria a los Evange-lios? ¿Creer, porque al leer, algo adentro mío ha dicho – porque lo sabe con una seguridad que viene de mas hondo que la inteligencia consiente y la razón -esto es verdad?» Del Diario Personal de Susana Seeber de Mihura, Bs.As. 1995.
24 San Agustín «Confesiones».
25 Etica Nicomaquea, L.X. 7.
26 «Fatal» para la integridad de la Fe, se entiende, que no para la integridad de quienes de este modo se engañan .a sí mismos y a los demás-. Porque esta acomodación al Mundo pluralista es la condición que el Mundo impone a los predicadores de cualquier credo, hoy, para lograr audiencia y respetabilidad, mañana, quizás, para preservar su misma integridad física.
27 Cualquiera que sea el origen del término «fundamentalista», es evidente que lo que hoy se le hace significar es «el asentimiento cierto a verdades fundamenta-les, no sometidas a discusión», sean de orden especulativo o practico-moral. ¿Se-rá necesario decir que, no solo para el cristiano sino para cualquier hombre sen-sato hay verdades así?
28 No hay duda que es abominable la metodología terrorista. Pero adviértase que si el terrorismo es hoy condenado en el occidente relativista, no lo es por ser terrorismo, sino por el fundamentalismo que, en el islamismo, lo inspira. Si así no fuera, ¿cual sería la razón por la que los únicos execrados sean éstos que amenazan la hegemonía del relativismo, y no aquellos otros que ejer-cieron idéntico terrorismo, pero contra los gobiernos «autoritarios y dogmáti-cos» de otrora? ¿Cual es la razón por la que el «che» Guevara sea reconocido «ícono heroico» en la cultura occidental, mientras que los terroristas de Mahoma se pudren en las cárceles de Guantánamo? O – lo que es más sublevante aún, por qué razón los respectivos represores de ambos terrorismos reciben tan desi-gual trato: unos llevados a la Primera Magistratura de la primera potencia mun-dial, los otros cargando hasta el fin de sus vidas con condenas imprescriptibles?
29 Debemos acudir a la historia de la Iglesia para que ella ilumine nuestros jui-cios y nuestras opciones prácticas. Las repeticiones históricas deben ser interpretadas como analogías: acogen la diversidad en la unidad. El Imperio Romano, perseguidor «típico» de la Iglesia naciente era también, como el que hoy parece avecinarse, «pluralista» y «tolerante» para todas las religiones. Fue porque el Mensaje de Cristo no pudo avenirse a ello, por lo que fue perseguido. Ni hay que engañarse tampoco con la ridiculez del «politeismo»: ningún romano cul-to creía en él, sino mas bien en el «sistema político de la tolerancia»: en el que acogía a todos los dioses en el Panteón. Recíprocamente y en el mismo sen-tido, el sistema actual, de tolerancia universal puede llamarse «politeísta».-
[1]Jn., 14,5
[2]Lc., 10,22
[3]«Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie viene al Padre sino por mi», Jn, 14,6
[4]Mc., 16,16
[5]«Por naturaleza desean todos los hombres saber» Met. I,1
[6]«El deseo de la naturaleza no puede ser vano»
[7]Sin duda que es la «critica» una condición natural de la razón que busca conocer la verdad. Pero como auxiliar y medio de ese conocimiento. Por eso el «hipercriticismo» de la edad moderna representa el desarrollo monstruoso de un medio, que impide el logro del fin de la inteligencia: el conocimiento de la verdad.
[8]Así como el hedonismo es una reversión antinatural del apetito sensible, que privilegia al placer sobre lo que es su objeto y finalidad, así el hipercriti-cismo representa una reversión antinatural de la razón sobre si misma, que deja de servir al intelecto y al objeto y se solaza en su propia función crítica. La que Castellani, citando a Claudel llama «quietud incestuosa del alma, asentada sobre su indiferencia específica».
[9]Jn. 18,37
[10]El «anagrama»: expresión distinta, inventada con las mismas letras en disposición diversa.
[11]Jn., 1,14
[12]Id., 1,9
[13]Id., 1,14
[14]«Santifícalos en la verdad, pues tu palabra es la verdad» Jn., 17,17
[15]Jn. 6,68
[16]Valga lo siguiente como expresión de tal experiencia de Fe: de Fé en la palabra de Quien-es- la Palabra: «… Me puse a leer los Evangelios en mi misal. Los he leído otras veces y he admirado la forma, pero hoy los leía por primera vez. En todos los libros se adivina al autor detrás de las palabras: el autor con sus tesis, sus prejuicios y sus pasiones. Pero aquí es como si no hubiera nada atrás; aquí las palabras son grandes piedras desnudas y eternas. La Verdad, eso fue lo que me parecieron … ¿Es esto lo que quieren decir cuando hablan de creer por un acto de fe? ¿Creer, a pesar que me demostraran cualquier cosa contraria a los Evange-lios? ¿Creer, porque al leer, algo adentro mío ha dicho – porque lo sabe con una seguridad que viene de mas hondo que la inteligencia consiente y la razón -esto es verdad?» Del Diario Personal de Susana Seeber de Mihura, Bs.As. 1995,
[17]San Agustín «Confesiones».
[18]Etica Nicomaquea, L.X. 7
[19]«Fatal» para la integridad de la Fe, se entiende, que no para la integridad de quienes de este modo se engañan .a sí mismos y a los demás-. Porque esta acomodación al Mundo pluralista es la condición que el Mundo impone a los predicadores de cualquier credo, hoy, para lograr audiencia y respetabilidad, mañana, quizás, para preservar su misma integridad física.
[20]Cualquiera que sea el origen del término «fundamentalista», es evidente que lo que hoy se le hace significar es «el asentimiento cierto a verdades fundamenta-les, no sometidas a discusión», sean de orden especulativo o practico-moral. ¿Se-rá necesario decir que, no solo para el cristiano sino para cualquier hombre sen-sato hay verdades así?
[21]No hay duda que es abominable la metodología terrorista. Pero adviértase que si el terrorismo es hoy condenado en el occidente relativista, no lo es por ser terrorismo, sino por el fundamentalismo que, en el islamismo, lo inspira. Si así no fuera, ¿cual sería la razón por la que los únicos execrados sean éstos que amenazan la hegemonía del relativismo, y no aquellos otros que ejer-cieron idéntico terrorismo, pero contra los gobiernos «autoritarios y dogmáti-cos» de otrora? ¿Cual es la razón por la que el «che» Guevara sea reconocido «ícono heroico» en la cultura occidental, mientras que los terroristas de Mahoma se pudren en las cárceles de Guantánamo? O – lo que es más sublevante aún, por qué razón los respectivos represores de ambos terrorismos reciben tan desi-gual trato: unos llevados a la Primera Magistratura de la primera potencia mun-dial, los otros cargando hasta el fin de sus vidas con condenas imprescriptibles?
[22]Debemos acudir a la historia de la Iglesia para que ella ilumine nuestros jui-cios y nuestras opciones prácticas. Las repeticiones históricas deben ser interpretadas como analogías: acogen la diversidad en la unidad. El Imperio Romano, perseguidor «típico» de la Iglesia naciente era también, como el que hoy parece avecinarse, «pluralista» y «tolerante» para todas las religiones. Fue porque el Mensaje de Cristo no pudo avenirse a ello, por lo que fue perseguido. Ni hay que engañarse tampoco con la ridiculez del «politeismo»: ningún romano cul-to creía en él, sino mas bien en el «sistema político de la tolerancia»: en el que acogía a todos los dioses en el Panteón. Recíprocamente y en el mismo sen-tido, el sistema actual, de tolerancia universal puede llamarse «politeísta».-

