Primavera en Paraná
Es un tema remanido ya hasta el hartazgo. La primavera prometida por el Concilio Vaticano II nunca llegó y, en su lugar, nos encontramos con un crudelísimo invierno. La evidencia no suele ser aceptada por nuestros prelados que siguen imaginando brotes y florecillas donde sólo hay ramas secas.
Según ellos, una de las muestras más evidentes de los aires primaverales fue la reforma litúrgica que, en los hechos, significó la destrucción de la tradición litúrgica latina reemplazada por inventos de eruditos cuando no por la creatividad de cualquier curita inculto y vulgar, que son los que abundan. Y, por eso mismo, todo intento de retornar a la liturgia tradicional latina no es más que los deseos completamente absurdos y peligrosos de los reaccionarios que nunca faltan. Les resulta incomprensible que, aún hoy, haya gente que añora lo que no conoció, porque son justamente los jóvenes que nunca vieron una misa tradicional los que más bregan por su retorno.
Sin embargo, de vez en cuando afloran las buenas noticias que tapan la boca a los prelados. Este pasado fin de semana se celebró en Paraná, por primera vez en forma pública luego de décadas, la misa latina tradicional. Sus promotores fueron laicos, simples laicos, que nunca fueron tradicionalistas y, mucho menos, afiliados al lefebvrismo. Laicos hartos ya de la vacuidad de las liturgias de hoy, con amor a la Iglesia y buscando el bien de las almas.
Lo asombroso es que asistieron más de 500 personas. Es un número altísimo, que dejará con la boca abierta a los prelados. Por cierto, la inmensa mayoría eran jóvenes. ¿Cómo explicaran los promotores de las jornadas de jóvenes católicos tinellizadas este hecho? ¿Serán tantas las mentes enfermizas que aún desean asistir a tal espectáculo medieval, rezado en una lengua incomprensible, aburrido, sin ritmo y sin onda?

