No hacen nada…
Lo digo especialmente a los varones y a los jóvenes. Es fastidioso, a veces, escuchar lamentaciones y palabras, ciertamente inspiradas y emocionantes, sobre la situación gravísima de nuestros países, pero sin más. ¿Para qué? ¿Qué hacen? En general, casi nada. Rezan, de acuerdo, ojalá, pero ¿hacen rezar a los otros? ¿Argumentan? ¿Defienden sus ideas? ¿Los invitan a conferencias u otras actividades apostólicas? ¿Organizan un rosario en la facultad, en su barrio?
No. No hacen nada.
En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo. Amén.
Queridos fieles,
Buscad el Reino de Dios y su justicia; y todo lo
demás se os dará por añadidura.
Comentaré
un poco esta frase de Nuestro Señor, que el diácono acaba de cantar. Se puede
dividir en tres partes:
-
Buscad
el Reino de Dios
‚ -
Buscad
su justicia
-
Todo lo
demás se os dará por añadidura
. Insistiré en la primera.
Buscad el Reino de Dios
:
El reino de Dios es el cielo y también es su Reino en
las almas, en las familias, en la sociedad. Para eso vino Nuestro señor
Jesucristo entre nosotros y sufrió tanto. Para eso fundó su Iglesia, envió a
sus Apóstoles por todo el mundo, y les enviará a ustedes, queridos
seminaristas. ADVENIAT REGNUM TUUM, venga a nosotros tu Reino. Establecer,
difundir, el Reino de Nuestro Señor en todas partes es, por lo tanto, una obra
excelente, divina. ¡Y hoy en día, “tenemos trabajo para rato” en este mundo
descristianizado!
Digo “tenemos” porque también ustedes, queridos
fieles, que recibieron el sacramento de confirmación, y con él el carácter de
soldado de Cristo, deben participar en la cristianización de este mundo; por
supuesto, no como los sacerdotes, pero sí como soldados de Nuestro Señor
Jesucristo que viven en esta sociedad. No se trata solamente de vivir como
padres y madres católicos, de ejercer honestamente su profesión, de guardar la
fe y la gracia divina en su vida cotidiana, se trata de ganar terreno a los que
no son católicos, de hacer resplandecer la verdad y la caridad en este mundo
helado por el error y el pecado, de no reducir el horizonte de sus convicciones
a su hogar, a sus amigos tradicionalistas y a la Misa del Domingo.
Lo digo especialmente a los varones y a los jóvenes.
Es fastidioso, a veces, escuchar lamentaciones y palabras, ciertamente
inspiradas y emocionantes, sobre la situación gravísima de nuestros países,
pero sin más. ¿Para qué? ¿Qué hacen? En general, casi nada. Rezan, de acuerdo,
ojalá, pero ¿hacen rezar a los otros? ¿Argumentan? ¿Defienden sus ideas? ¿Los
invitan a conferencias u otras actividades apostólicas?
¿Organizan un rosario en la facultad, en su barrio?
No. No hacen nada. “¡Los sacerdotes son los que han de
convertirlos!”, dicen o piensan. Pero los sacerdotes no están en todas partes,
son ustedes que frecuentan estas almas, ¡condúzcanlas a los sacerdotes!
“Entonces, es Dios el que ha de convertirlos”. No, Dios no actúa así, salvo
rarísimas excepciones, sino que lo hace a través de causas secundas, y estas
causas secundas son ustedes, queridos fieles, queridos jóvenes, y, más aún,
futuros sacerdotes aquí presentes.
Una pequeña “parábola” ilustrará mis palabras:
Imaginen un hombre colgado por las manos en la cumbre de un acantilado a 200
metros por encima de peñascos y del mar; aguanta todavía con las fuerzas de sus
dedos, pero no será por mucho tiempo (la vida es corta). Pasa alguien, uno de
nosotros cerca de este pobre hombre. Hay cuatro actitudes posibles respecto a
él:
· La primera consiste en
pisar sus dedos. Es lo que hacen los mundanos, las sectas, los políticos en
general y otros enemigos de la sociedad y de la Iglesia; y las almas se
condenan, caen en el infierno. No podemos hacer eso.
· La secunda consiste en
un diálogo ecuménico y liberal, diciéndole: “Interesante su posición, su modo
de vivir, su concepción de la vida; la respeto mucho. En verdad, no es mi
manera de pensar, pero a cada uno su verdad, a cada uno su vida. Si quiere,
podemos dialogar, pero sin que uno imponga al otro su verdad”. Y lo deja
deslizándose poco a poco hacia el abismo… Tampoco podemos hacer eso.
· La tercera actitud es
la del católico mudo, lleno de respecto humano. No dice nada. Se aleja
discretamente, prometiendo oraciones y lleno de una farisaica compasión.
Piensa: “Tal vez un sacerdote pasará por aquí… No voy a me distinguir de los
otros que no me conservarán su estima si, al revés de ellos, hago algo por este
hombre. Corro también el riesgo de ser ridículo si no llego a un resultado”. Y
con el terrible respecto humano se mezcla el orgullo, y el que está en peligro
serio de perder la vida… la perderá, para siempre. No podemos ser así.
· La cuarta actitud
consiste en tenderle la mano. Hacer algo por él. Quizás humanamente poca cosa,
pero ALGO cristianamente suficiente para ayudar, sino salvar, a este hombre,
ser la humilde causa instrumental que Dios usará para que la convicción triunfe
sobre la duda, la valentía sobre el desánimo, la fortaleza sobre la debilidad,
la verdad sobre el error, la caridad sobre el mal, el catolicismo sobre el
espíritu de este mundo, Jesucristo sobre el demonio, y no solamente tener pena
y buenas intenciones pero estériles…
Buscad su justicia
:
Eso es, precisamente el medio que conduce al fin: el
establecimiento del Reino social de Jesucristo y el Cielo. La justicia es la
santidad: busquemos la santidad, la vida divina, la vitoria sobre el pecado, la
vida de oración, la unión con Dios; y la santidad cristiana es también el celo
apostólico, el espíritu de conquista, de cruzada, el testimonio del buen
ejemplo (¿quizás hasta el martirio?), y no la política del avestruz o de un
egoísmo miedoso, en gran parte responsable de la situación catastrófica de
nuestras patrias y de la Iglesia.
– En fin, si buscamos realmente el Reino de Dios y su
justicia, esto es con la santa y noble audacia que debe caracterizar a un
católico, entonces,
todo lo demás se os dará por añadidura
. Lo prometió Nuestro Señor Jesucristo. Y
tenemos el Santo Rosario, arma defensiva y ¡también ofensiva! Entonces, muchas
almas se salvarán. Otras se levantarán para defender con nosotros lo que se
puede todavía defender y reconstruir en la sociedad y la Iglesia. Los
resultados superarán nuestras esperanzas porque Jesucristo venció a este mundo,
y no lo vencerá sin nosotros y nuestra fe, una fe que no sea muerta, una fe con
obras. Por lo menos, no tendremos que escuchar a Nuestro Señor reprocharnos al
fin de nuestra vida y de este mundo: Tuviste vergüenza de Mí.
Busquemos todos al Reino de Dios, con su justicia,
difundámoslo.
Ave María Purísima
En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

