Panorama Católico

Lo que hay que agradecer a Francisco

Francisco enoja, asusta, confunde a los católicos más serios. Entusiasma, sí, a muchos que se cuelgan de toda novedad, o que buscan legitimar sus pecados, o que viven en el umbral del sentimiento y menosprecian la doctrina, como si no hubiese sido revelada, enseñada y mandada enseñar por Cristo mismo.

Tengo la impresión de que parte de los lectores de Panorama está oscilando entre el enojo y la perplejidad.  Aunque parezca mentira, lo que en este sitio se reseña del Papa es muy poco, quizás lo más preocupante, pero por lejos un pequeño porcentaje de sus dichos.  Me parece importante traerlos al comentario (o a la lectura sin comentario) por la gravedad de los temas que toca, y del modo en que los toca. No por ninguna suerte de “obsesión”.

Este es un papa extrañamente hablador. No que los anteriores no hayan hablado un poquitín demasiado, pero Francisco los supera cualitativa y cuantitativamente en el arte parlero, aunque, claro sacrificando el rigor de su pensamiento.  En inversa proporción.

Pío XII se hubiera cortado una mano antes de leer un discurso o predicar una homilía que no hubiese sido rigurosamente preparada –por él- hasta en sus más finos detalles.

Juan XXIII fue dócil a los modos de la curia, que impone formalidad y cuidado en lo que se dice. Dijo muy formalmente algunas cosas de trágicas consecuencias. De haber vivido, probablemente hubiese terminado siendo muy locuaz, pero Dios se lo llevó relativamente pronto, después de armar el revuelo del concilio.

Paulo VI tuvo siempre en contra su rostro avinagrado. Realmente no fue muy popular. Pero como era un hombre de buena formación (sólida, quiero decir, no ortodoxa sino mariteneana, pero con hábitos pensantes), hizo lo suyo. Más bien dejó hacer, y salió de bombero cuando las llamas llegaban al techo.

A Juan Pablo I no le dieron mucho tiempo para hablar.

Juan Pablo II, en cambio, tuvo 27 años de reinado y habló tanto que Dios lo llamó a silencio en los últimos de su vida. Seguramente por el bien de su alma.

Benedicto XVI es un teólogo y un intelectual. Modernista, por cierto, como Juan Pablo II, pero con una cabeza más ordenada. O más desordenada, según se entienda la expresión. Una cabeza alemana contra una cabeza polaca. Una cabeza de estudioso y catedrático contra una de actor y político. Uno chapuceaba la teología, el otro ordenaba una teología más bien chapucera, para darle un cariz católico. Claro que tuvo sus épocas, pero se retiró del papado, a juzgar por su declaración, en abstinencia completa de teología tomista, intacto de ese pensamiento tan recomendado por el Magisterio.  Benedicto pudo no ser popular en los medios de comunicación, y no porque la gente no lo quisiera. De hecho su bondad se traslucía. Y su deseo de hacer bien a la Iglesia, lo que resulta difícil sin pensar como manda la Iglesia. Fue mediáticamente impopular fue porque tenía aristas de “conservador”, y cometió ese pecado que no perdona ni el Espírtu Santo: tener una cierta debilidad para con los tradicionalistas.

Francisco… contrariando todos los consejos de los padres espirituales, no cesa de hablar. Tomás de Kempis nos advierte en su famosa obra “La Imitación de Cristo” bajo el acápite “Se ha de cercenar la demasía de palabras”:

Excusa cuanto pudieres el ruido de los hombres; pues mucho estorba el tratar de las cosas del siglo, aunque se digan con buena intención.  Porque presto somos amancillados y cautivos de la vanidad.  Muchas veces quisiera haber callado y no haber estado entre los hombres.  Pero, cuál es la causa que tan de gana hablamos y platicamos. unos con otros, viendo cuán pocas  veces volvemos al silencio sin daño de la conciencia? (…) Por eso, velemos y oremos, no se nos pase el tiempo en balde.  Si puedes y conviene hablar, sean cosas que edifiquen. La mala costumbre y la negligencia de aprovechar ayudan mucho a la poca guarda de nuestra lengua.

Hasta Don Quijote aconseja a Sancho ser tardo en hablar y presto para oír, o Polonio a Laertes, qué más da, consejo que recogen de la sabiduría cristiana.

Francisco habla sin parar. ¿Con fruto?  Hasta ahora la gente está cada vez más confundida, feliz pero confundida. Los medios lo aclaman, y hasta el presidente de los EE.UU. ha dicho sentirse edificado por su humildad y don para la comunicación, esto último una virtud que no he visto nunca en el catecismo.  Pero ya se siente muy clara la reacción enojada o perpleja de católicos de a pie y del clero, inclusive del alto clero. Y también de esa raza sui generis, que son los vaticanistas, voceros discretos de los sectores curiales.

Francisco enoja, asusta, confunde a los católicos más serios. Entusiasma, sí, a muchos que se cuelgan de toda novedad, o que buscan legitimar sus pecados, o que viven en el umbral del sentimiento y menosprecian la doctrina, como si no hubiese sido revelada, enseñada y mandada enseñar por Cristo mismo.

Y casi cotidianamente, Francisco dice frases que navegan por las procelosas aguas de la ambigüedad, cuando no por las del error material en temas de fide, atizando el desánimo creciente de los que más luchan contra el espíritu del mundo, uno de los enemigos del alma.

¡Qué podemos hacer! Es lo que hay.

Y sin embargo, un hecho debemos destacar que ha logrado como quizás ningún otro de los papas conciliares: ha hecho que esos católicos perplejos y enojados comiencen a establecer la distinción entre los dichos personales del papa y el Magisterio. Hasta la propia Santa Sede ha debido poner las homilías diarias en Santa Marta en una categoría inclasificable, porque ninguna irá a formar parte de las actas de la Sede Apostólica. Para eso deberían, al menos,  entenderse.

Por esto hay que agradecerle. Al fin nos pone en razón. Que de no, corremos el riesgo de terminar aceptando todo, hasta lo absurdo, como dogma de fe.

 

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