Lo de Maccarone
San Gregorio Magno papa -que aparece colocado en las postrimerías de los tiempos bárbaros dando el paso hacia la modernidad cristiana que se conoce como Edad Media- escribió estas palabras de una actualidad, si se nos permite la expresión, aterradora: “…Es nefando que un obispo declare lo que no es decente siquiera para un laico”….
Por Víctor Eduardo Ordóñez
San Gregorio Magno papa -que aparece colocado en las postrimerías de los tiempos bárbaros dando el paso hacia la modernidad cristiana que se conoce como Edad Media- escribió estas palabras de una actualidad, si se nos permite la expresión, aterradora: “…Es nefando que un obispo declare lo que no es decente siquiera para un laico”….
Por Víctor Eduardo Ordóñez
Si algo desagradable y especialmente doloroso le pudo sobrevenir a la Iglesia en la Argentina es sorprender a un obispo en circunstancias por cierto que nada equívocas… por el contrario escandalosas al máximo. No tenemos memoria de un caso similar en nuestro país, por lo menos conocido y reconocido como éste, protagonizado por el ex obispo de Santiago del Estero. Su conducta -en la que no sería preciso detenerse sino fuera por lo que hicieron y dijeron y no dijeron sus pares del Episcopado- es tan violatoria de la moral cristiana y natural que, en otro contexto, merecería el más piadoso silencio. Pero, en cambio, la actitud de la Conferencia Episcopal -lejos de aventar el caso, como prudencialmente hubiere correspondido y hubiera sido lícito- contribuyó a agravarlo al deformarlo, en la pretensión de justificarlo.
Hay comportamientos que no se pueden explicar ni se deben disimular… hay culpas que tampoco se pueden ni se deben eximir del respectivo y merecido castigo. La Iglesia -que es maestra en humanidad por lo mismo que es divina- tiene sus medios para corregir en silencio al pecador y silenciando también, si es posible, el pecado que debe quedar fuera del escarnio público. Sabe actuar según las adecuadas leyes de amor y de discreción de inspiración evangélica con las que cuenta en su misma estructura. No necesita recurrir a subterfugios para disimular el hecho afrentoso. No necesita tampoco distraer a la opinión de los fieles -sin duda los más doloridos por la falta de un purpurado que, para peor, estaba siendo preparado para destinos mayores… y también los más desconcertados por la labilidad casi cómplice de sus obispos- centrando el motivo de queja en que lo de Mons. Maccarone fue una maniobra política. No está probado que así haya sido pero, en todo caso, tal dato no le agrega ni le quita perversidad a la conducta imputada. Esta es de por sí lo suficientemente grave y condenable como para que se pretenda disminuir su repugnancia y trasladar su epicentro a otra problemática.
Que es, lamentablemente, lo que ha hecho la Jerarquía. Actuó como si se tratara de un acontecimiento mundano, como si no hubiese pecado (pecado mortal) que se resuelve aplicando reglas y criterios también mundanos… aquí se optó por reaccionar no sobre lo evidente y central sino sobre lo adjetivo, no sobre lo evidente sino sobre lo discutible y accesorio. Hay como una liviandad en el tratamiento del escándalo que pudo y debió ser enfocado desde otra perspectiva, una perspectiva -para llamarla de un modo rotundo que todos entiendan- “…tradicional”…, esto es ajustándose a lo que la Iglesia siempre enseñó y practicó: lo que está mal está mal y hay que evitarlo y sancionarlo aun al precio de enfrentar alguna reacción o alguna incomprensión. La Iglesia es la depositaria y la guardiana de la verdad revelada y de la moral que le es inherente. Asombra que haya que explicar y recordar en el siglo XXI lo que es sabido por todos, creyentes o no, desde los inicios del cristianismo. Esto significa que la humanidad -incluso la feligresía- está olvidando lo que la Iglesia es y tiene que ser a lo largo de la historia, cual es su misión y cual es su poder. Actitudes como la que comentamos -que es profundamente cobarde- concurren a ahondar el desconcierto de todos -incluso de los no creyentes que siempre pueden esperar una palabra esclarecedora de la Esposa, a la que suelen recibir, por lo demás, con beneplácito y provecho- y a perder hasta la moral simplemente natural (que ciertamente no se opone en nada a la sobrenatural de la que es su presupuesto, colocada por Dios en el corazón de los hombres). Hay que decirlo con tanta alarma como decisión: los pastores, de hecho, han llevado a la conciencia del pueblo fiel una eximición o justificación de una falta, a lo que no tienen derecho porque ellos están obligados, como bautizados y por deber de estado, a reiterar -repetimos: con adaptación prudente pero sin alterar un ápice la verdad recibida- la moral tradicional (en rigor no hay otra)… cuidando asimismo que su magisterio -que es ejercido en todo momento, aunque ellos no lo quieran ni lo sepan- no conmueva ni confunda ni promueva innovaciones ilegítimas no teóricas pero sí prácticas. Como podría darse en este episodio ¿Qué puede llegar a pensar un fiel cuando ve que la máxima autoridad de su iglesia protege al pecador público? Y, dicho de paso, ¿qué puede entender si advierte que no han tenido idéntica ni parecida consideración con otros obispos -altamente virtuosos-, zamarreados sin compasión por el poder político o por los medios, como los casos de dos obispos dignísimos como Aguer y Basseoto, aquel acusado de ser protector de delincuentes económicos y éste que fuera desplazado de su diócesis? Nadie salió en su oportunidad en su defensa, nadie levantó la voz para responder a una calumnia ni para enfrentar un abuso, nadie se preocupó del buen nombre y honor de sus hermanos, como con dudosa sinceridad suelen denominarse entre sí.
San Gregorio Magno papa -que aparece colocado en las postrimerías de los tiempos bárbaros dando el paso hacia la modernidad cristiana que se conoce como Edad Media- escribió estas palabras de una actualidad, si se nos permite la expresión, aterradora: “…Es nefando que un obispo declare lo que no es decente siquiera para un laico”…. Se pondrá en duda su vigencia después de más de 1500 años. En tal caso recurramos al todavía Cardenal Joseph Ratzinger, hoy Benedicto XVI, quien dijo refiriéndose al actual momento histórico en el que cada vez más se tiende a prescindir de Dios: “…la vida termina en lo que nosotros podemos hacer, construir y demostrar”… O sea que para el hombre moderno todo se reduce a lo que desee y piense. Que es lo que han hecho los obispos argentinos al manejar el episodio Maccarone con una estrategia de virtualidad: ocurrió como ellos lo describieron y obedeció a las razones que ellos dieron.
Por su parte, Meter Seewald -que le hiciera al cardenal dos amplios reportajes que le brindaron a éste la ocasión de pronunciarse sobre buena parte de la problemática contemporánea- escribió: “…Aunque el nombre de Dios se usa con más frecuencia que nunca, en el fondo nadie sabe ya de qué se habla cuando se refiere a cuestiones religiosas”…. Pareciera una observación formulada reflexionando sobre esta realidad argentina que nos agobia, la de los obispos más preocupados por lo que el mundo dirá (de ahí que adopten sus parámetros y que se salteen un pecado que ese mundo empezó a aceptar y a legitimar) que por lo que Dios juzgará según sus normas inalterables. Porque, si como afirma el autor citado, cada vez se sabe menos de religión, es porque los encargados de interpretar y enseñar al Altísimo Juez adaptan sus leyes a sus intereses individuales o corporativos.

