Las Dos Ciudades
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El P. Emmanuel, Prior del Monasterio de Mesnil-Saint-Loup, a quien hemos dedicado dos largos artículos en Panorama Católico (edición en papel) escribió una obra extensa. Hemos publicado también sus ensayos interpretativos de los últimos tiempos. Ahora dedicamos este comentario a un librito suyo, Las Dos Ciudades, que Panorama Católico publica en formato digital. Es una explicación breve de la teología agustiniana sobre enemistad irreconciliable entre la ciudad de Dios y la ciudad del hombre. |
Padre Emmanuel
Las Dos Ciudades
Edicion PCI Digital
76 páginas
Formato PDF
Buenos Aires, 2005
Dada la dificultad de conseguir este texto, PCI Digital ha editado una versión que, eventualmente puede imprimirse también en soporte físico según la modalidad que el lector prefiera. Se trata de una colección de ensayos del P. Emmanuel sobre la Ciudad de Dios y la Ciudad del Hombre, imagen en la que el gran San Agustín sintetizó la lucha irreconciliable que es el argumento central de la historia de la salvación.
Después de una reseña de los conceptos básicos sobre la moral, el autor entra en materia explicando qué debe entenderse por «dos ciudades», su principio y constitución, su formación, representada bíblicamente por Caín y Abel. Después de compararlas se explaya sobre los hábitos y costumbres del mundo para luego contraponerlos a los de la ciudad de Dios.
Estas dos ciudades están en lucha permanente; sus figuras bíblicas han sido Jerusalén y Babilonia: en una o en otra los hombres, en su libre albedrío, optan por vivir, si bien se puede pasar, en un movimiento ascendente, de la ciudad de los hombres a la ciudad de Dios, por medio de la conversión. Y también descender, por medio del pecado y el abandono de la vida recta.
La lucha no será, sin embargo, eterna. Durará hasta el fin de la historia, momento en el cual caerá definitivamente Babilonia y los justos tendrán morada eterna en la Jerusalén celestial.
Como anexo hemos publicado algunos ensayos espirituales, cartas y consideraciones sobre el mundo moderno, con proféticas anticipaciones sobre su tencencia a prevaricar de la moral natural como consecuencia del abandono de la ley divina.
Como anticipo del texto, reproducimos un breve capítulo:
Ill. EL PRINCIPIO DE CONSTITUCIÓN DE LAS DOS ClUDADES
SAN AGUSTíN, que nos ha dado la primera definición de una ciudad, va a darnos la segunda, idéntica en el fondo a la primera, pero más breve:
«Civitas, concors hominum multitudo».
Una ciudad es una reunión de hombres unidos de corazón o, con otras palabras, que tienen el mismo amor en sus corazones. Los hombres se unen o se separan por el amor. Dos hombres que tienen el mismo amor, están unidos; dos hombres que no tienen el mismo amor no pueden dejar de estar desunidos.
Si hay dos ciudades es porque hay dos amores.
Dice San Agustín:
«Dos amores han erigido las dos ciudades».
Y el mismo Santo Doctor describe los dos principios constitutivos de las dos ciudades del modo siguiente:
«Estos dos amores, de los cuales uno es santo, el otro impuro; uno es unitivo, el otro disociativo; uno quiere el bien de todos con la mira puesta en la sociedad celestial, el otro se apodera del bien de todos y lo somete a su propio poder para orgullo y dominación; uno, sumiso a Dios, el otro, celoso de Dios; uno, tranquilo, el otro, turbulento; uno, pacifico, el otro sedicioso; uno ama más la verdad que las alabanzas de los charlatanes,el otro, ávido de lisonjas, sin importarle de donde vengan; uno desea al prójimo el mismo bien que para si mismo, el otro, desea someter al prójimo; uno gobierna a los hombres para el bien del prójimo el otro, para su propia conveniencia; estos dos amores que existieron ya entre los ángeles, uno en los buenos, el otro, en los malos, esos dos amores han erigido las dos ciudades entre los hombres.
La naturaleza viciada por el pecado engendra los ciudadanos de la ciudad terrestre. En cuanto a los de la ciudad celestial nacen de la gracia que libera a la naturaleza del pecado. En la ciudad terrestre los hombres no tienen otro fin que la tierra y su amor propio; en la ciudad celestial todo tiene por único fin a Dios, y en Él, la eterna bienaventuranza.
Toda esta doctrina se halla condensada en la tan conocida máxima de SAN AGUSTíN:
«Dos amores han erigido dos ciudades: una terrestre, obra del amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios; la otra celestial, obra del amor a Dios hasta el propio desprecio».
«Fecerunt itaque civitates duas amores duo: terrenam scilicet, amor sui usque ad contemptum Dei; coelestem vero, amor Dei usque ad contemptum sui».
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