Hay que leer a Chesterton
Hace muchos, muchos años, charlando en su despacho con un genial periodista de este diario, Octavio Hornos Paz, mientras éste se mesaba su grueso bigote y alternaba su risa socarrona con su carraspeo habitual, se puso de pié y lanzó una de sus categóricas e inapelables sentencias: “Hay que leer a Chesterton”.
Hace muchos, muchos años, charlando en su despacho con un genial periodista de este diario, Octavio Hornos Paz, mientras éste se mesaba su grueso bigote y alternaba su risa socarrona con su carraspeo habitual, se puso de pié y lanzó una de sus categóricas e inapelables sentencias: “Hay que leer a Chesterton”.
Inmediatamente, apoyado en su viejo y grueso bastón y con la generosidad que lo caracterizaba, buscó un rato en su biblioteca para terminar obsequiándome un ejemplar de “El hombre que fue jueves”.

Confieso que por un tiempo no le hice mucho caso al bueno de Hornos (prefería por entonces las deslumbrantes y cínicas ironías de un Oscar Wilde o los sombríos relatos de terror de Edgar Alan Poe). Pero todo llega en la vida, y finalmente leí aquella vieja novela (era de 1908) y el talento del escritor británico Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) se hizo tan evidente, que prácticamente no ha pasado desde entonces un día de mi vida en el que no me haya pasado un rato leyendo (o releyendo en la actualidad) algo ideado por su inigualable pluma. Desde los encantadores relatos de misterio del inefable Padre Brown, hasta los medulares ensayos que se ocupaban de temas tan diversos como el divorcio, la religión o las aberraciones surgidas del mundo de las ciencias sociales.

Recuerdo incluso, que años después, en una mesa del legendario (y por desgracia ya desaparecido) restaurante El Navegante, en la bajada de la calle Viamonte, una larga tenida entre colegas redactores de La Nación estuvo centrada en la cuestión de si el clima surrealista de algunas de las historias de la serie televisiva británica “Los vengadores” (sobre todo las que ocurrían en mansiones campestres, resabios de la era victoriana), estaban inspiradas en el arte pop o en las drogas alucinógenas tan en boga a fines de los años 60.
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Yo no estaba demasiado de acuerdo en lo que se habló esa noche, frente a una humeante fuente de ternerita a la cazadora. Era clarísimo, para mí, que ese cautivante clima, entre onírico y humorístico de algunos episodios de esa memorable serie sólo podía venir de un solo lado: Chesterton.
En sus historias policiales del padre Brown, en la mismísima “El hombre que fue jueves” y sobre todo en “La esfera y la cruz” o en “La hostería volante”, campeaba muchas veces esa atmósfera entre fantástica y prosaica que generalmente uno puede hallar en las mejores narraciones británicas.
Por supuesto que un autor tan brillante como Chesterton (del que se llegó a publicar que visitaría nuestro país para el Congreso Eucarístico de 1934) encontró generoso espacio en las páginas de La Nación, con sus poemas, sus narraciones, y, sobre todo, con sus artículos periodísticos en los que encaraba con delicioso humor los temas más variados. También el diario se ocupó de su obra y su personalidad con notas aportadas por firmas importantes de la época.
Para los seguidores del Archivoscopio (y también como homenaje al queridísimo amigo Hornos Paz, un chestertoniano clásico el mismo, desde su volumen imponente hasta su ocurrente sentido del humor) seleccionamos aquí varios artículos del diario, desde alguno del propio Chesterton hasta otros que hacían justicia a su singular talento. Apenas un esbozo, claro, de la estatura de un genio tal vez inmerecidamente olvidado hoy en día.


Fuente: El Archivoscopio, Blog de La Nación On Line

