Fiesta de Cristo Rey
Pilatos preguntó: “¿Tu eres Rey? Respondió Jesús: “Tu le dices: yo soy Rey, para esto nací, para esto vine al mundo”.
En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Queridos fieles,
Festejamos hoy la Realeza de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Cielo y de la tierra. Rey no solamente de los hombres sino también de las naciones.
Pilatos preguntó: “¿Tu eres Rey? Respondió Jesús: “Tu le dices: yo soy Rey, para esto nací, para esto vine al mundo”.
Nuestro Señor Jesucristo es Rey por naturaleza: es Dios, por nacimiento: es descendiente del rey David y por conquista: per Sanguinem crucis ejus, dice san Pablo, por la Sangre de su Cruz pacificó todas las cosas, salvándonos del pecado, del mundo y de la muerte. Dice San Pedro que No fue por oro y plata que nos redimió sino por su Preciosísima Sangre, consagrada por la primera vez en el Cáliz de la Última Cena y derramada en su Pasión. El cáliz que usa el celebrante, hoy, es sólo una fiel réplica del precioso Cáliz del Jueves Santo, pero, dentro de poco, la Sangre del sacrificio de Nuestro Señor estará realmente presente en el, y lo recibiremos en la Sagrada Comunión. No somos ni protestantes, ni modernistas: Jesús sacramentado santifica, restaura verdaderamente nuestras almas, como también quiere santificar y restaurar nuestras patrias, reinando sobre ellas HOY y no solamente en el fin del mundo. Todo esto lo canta la Iglesia en el magnífico himno de las Vísperas de este Domingo, PARA QUE ÉL REINE.
Para esto estás colgado de un árbol sangriento con los brazos abiertos, y muestras tu Corazón por cruel lanza traspasado y ardiendo de amor.
Para eso te ocultas en los altares bajo la figura de vino y de pan, derramando la salvación para tus hijos por tu traspasado pecho.
A Ti los que mandan en las naciones te ensalcen con públicos honores, te honren los maestros y los jueces, te reproduzcan las leyes y las artes.
En la Edad Media, un Rey recién católico de un país del este de Europa, instituyó leyes firmes para ayudar a la conversión de sus súbditos, los cuales eran bastante rebeldes. Así pues, se habían previsto severos castigos en caso de violaciones graves. Pero, un día, un ministro del Rey le comunicó que su propia madre había caído en una grave transgresión y el castigo previsto eran cincuenta latigazos dados públicamente. El Rey mantuvo la sentencia. Cuando llegó el día de su ejecución, la madre del Rey fue conducida hasta el lugar del suplicio donde la esperaba el verdugo. Se leyó el motivo de la condenación, el verdugo levantó el látigo; pero, de repente, el Rey se levantó, diciéndole: “Pare; hubo un crimen, yo lo repararé, pagaré por el”. Quitó su manto real, se dirigió hasta el verdugo, se arrodilló y recibió, por amor a su madre y a la ley divina que ella transgredió, delante de su pueblo muy emocionado, el castigo por el crimen que no había cometido.
… La aplicación de esta historia a la Pasión de Nuestro Señor es fácil: pagó en nuestro lugar el precio infinito de nuestros pecados y nos mostró el ejemplo para que sigamos su ejemplo, sacrificándonos también por nuestra salvación y la de nuestras Patrias.
Nuestro Señor no es capitán que se queda tranquilo en la trinchera mirando a sus soldados que marchan a la lucha, no dice: “marchad”, sino “venid, seguidme”. No se dispensó de la lucha enviando a ella a sus soldados, sino que luchó y venció él primero, para con su ejemplo animar a sus soldados, a nosotros, ayudarnos con el poder de su Santísima Eucaristía y coronarnos con el premio eterno. “Trabajad conmigo, nos pide Nuestro Señor, nuestro Capitán, para que mi Reino se establezca en sus almas, en sus familias, y también en su país”. Y esto se hará, incluso diré: SE HACE, de hecho, poco a poco, lentamente pero seguramente, porque la Sagrada Hostia, la comunión de los santos, la santificación de un cristiano, la oración perseverante del Santo Rosario son fuerzas terribles, muy superiores al poder y a la plata del mundo. Vuestras familias numerosas, vuestra piedad, vuestra fe, el cumplimiento fiel y sobrenatural de vuestros deberes de estado hacen necesariamente que los enemigos de Cristo Rey y de su Santa Iglesia, lentamente pero seguramente, ceden terreno. No se desanimen, nunca, al contrario, inscríbanse a un retiro de este verano (¡serán bienvenidos!), estudien la Sana doctrina, asistan a la Santa Misa durante la Semana, hagan un poco de meditación diariamente, seamos humildes, caritativos y apostólicos, sean muy buenos varones en sus oficios, muy buenas esposas y madres en su casa, jóvenes ardientes y ejemplares, niños y niñas re-obedientes…
Tengan la esperanza de que los Estados perseguidores de la Iglesia, como la Roma pagana, acabarán destruidos y substituidos por la ley cristiana. Tengan, por lo menos, la certeza que este combate no es vano, porque Nuestro Señor no nos engaña cuando nos dice: “SeguidMe”, y porque venció.
¿Conocen la parábola de “la paloma y del mono”, contada por un fabulista católico, Villefranche? Un mono y una paloma están sobre la misma rama de un árbol; el mono, enemigo furioso de la paloma, golpea violentamente con un hacha la rama para acabar con la paloma. Pero cuando la rama se rompe el mono cae y se mata, mientras que la paloma levanta tranquilamente el vuelo. La Iglesia tiene alas, es indestructible y con Ella sus hijos, sus testimonios – en griego “testimonio se dice “mártir” – se salvan y dominan a sus enemigos. Pero el Estado contra Dios y su Iglesia, como el pobre mono de la parábola, se auto destruye, no tiene ni paz, ni prosperidad, ¡basta ver lo que pasa hoy en nuestras naciones!…
Que la santísima Virgen, Madre y Reina nuestra, nos hace dóciles imitadores y instrumentos de su divino Hijo, Cristo Rey.
Ave María Purísima
En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

