Deseamos atacar el problema en la crisis actual
propuesta que dice: «Estamos dispuestos a reconocerlos a ustedes». El
problema es que sigue habiendo una condición. Esta condición ha podido
variar un poco en su formulación, pero en el fondo sigue siendo la
misma. Esta condición es: hay que aceptar el Concilio. Podría resumirse
la situación actual diciendo: «Sí, ustedes pueden criticar el
Concilio, pero con una condición: primero hay que aceptarlo». Y
nosotros decimos: «¿Que se puede criticar después?»
Queridos seminaristas,
queridos hermanos,
Hoy celebramos la fiesta de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen. Algunos, curiosamente, tal vez debido a la palabra «concepción», relacionándola con lo que se dice en el Ángelus: «Y concibió por obra y gracia del Espíritu Santo», piensan que esta fiesta se referiría a la maternidad virginal de la Santísima Virgen: María concibió al Niño Jesús al propio tiempo que permanecía virgen. Pero no se trata de esto. Al hablar de la Inmaculada Concepción, se expresa la concepción inmaculada de la Santísima Virgen. La Santísima Virgen fue concebida y vino al mundo sin falta alguna, preservada de la culpa del pecado original. Esta ley había sido impuesta a todos los hijos de Adán y Eva, pues todos nosotros tenemos la herencia del pecado original.
Adán y Eva pecaron, y cometieron aquel primer pecado en cuanto cabeza de todo el género humano. Con aquel pecado, comprometieron, por decirlo de algún modo, a todo el género humano, o sea a toda su descendencia. Así que todos los hijos e hijas de Adán y Eva vienen al mundo con esta terrible herencia: una deuda con Dios. Y más que una deuda, pues quedan privados de lo que puede constituir su felicidad, la gracia. Esta privación de la gracia no es un estado neutro, sino un estado de enemistad contra Dios. Un estado de encarcelamiento y de esclavitud en manos del demonio, consecuencia de aquel primer pecado que se denomina pecado original. Pero una criatura fue preservada de él, la Santísima Virgen.
La Inmaculada Concepción, privilegio extraordinario de la Santísima Madre de Dios
La fiesta de hoy celebra precisamente este privilegio absolutamente extraordinario. Ella no recibió aquella herencia. ¿Por qué? En previsión de los méritos de su Hijo. Su Hijo es Nuestro Señor, el Salvador. Y Dios quiso que su Hijo –el Hijo de Dios– viniera al mundo de una madre que había sido preservada del pecado, o sea, de la oposición a Dios, desde el principio mismo de su existencia. ¡Inmaculada! Inmaculada incluso en su concepción. Y esta Inmaculada Concepción conservó su carácter inmaculado durante toda su vida. La Santísima Virgen, durante toda su vida, no pecó ni ofendió jamás a Dios. ¡Privilegio realmente extraordinario! ¡Saludemos en verdad, saludemos a la Madre de Dios, a la Reina del cielo y de la tierra, y a nuestra madre, por este privilegio tan hermoso y magnífico!
Preservada y librada; se trata de algo que puede darnos cierta idea negativa. Pero cuando se dice, por ejemplo, que un mantel, no tiene ninguna mancha, con ello no se dice algo negativo. Si un mantel no tiene ninguna mancha, si está inmaculado, es que es muy hermoso. Y la Santísima Virgen no se encuentra en un estado de neutralidad con relación a Dios, cuando decimos que fue preservada del pecado, sino que se encuentra en un estado de gracia, y no de una gracia cualquiera. Para establecer este dogma de la Inmaculada Concepción, Pío IX se basó en la palabra del saludo del ángel que acabamos de escuchar en el Evangelio: «llena de gracia», «Dios te salve, llena de gracia». El ángel llama a María «llena de gracia» (Lc 1, 28). Este es el título que le da. Una plenitud de gracia, una gracia santificante, una participación a la vida de Dios. Como vemos, al principio de la historia de los hombres, no había un estado de naturaleza opuesto al estado sobrenatural. Dios, desde el principio, había destinado al hombre a algo mucho más alto de lo que el hombre puede hacer. Lo había destinado a convertirse en hijo de Dios y lo había destinado al Cielo; y cuando decimos al Cielo, queremos decir: a participar a su propia felicidad y bienaventuranza. Cuando creó al hombre, quiso que llegara a participar de la naturaleza y vida divinas. En aquel estado de naturaleza, consideramos la naturaleza humana tal como Dios la había creado; siendo que no existe un estado neutro, es decir, de naturaleza pura. O estamos con Dios, o estamos contra Dios. Es algo terrible, pero es así. Incluso los niños que mueren sin bautismo, y que no han pecado personalmente ni tienen tal responsabilidad, permanecerán no obstante para siempre privados de la visión beatífica y privados de esta vida de Dios, o sea, de la vida con Dios. Permanecerán en un estado que se denomina el limbo, un estado en donde hay precisamente una privación de esta felicidad de Dios. Habrá una felicidad, que denominamos natural y humana, pero eso es todo. No es el infierno de las penas que está destinado a los que han pecado personalmente, pero no es la felicidad que Dios nos quiere dar. Por lo tanto, de nuevo, cuando saludamos a la Inmaculada Concepción, saludamos a la maravilla y a la más hermosa de todas las criaturas, la que fue más colmada por Dios.
Santo Tomás no vacila en decirnos que Ella alcanza hasta los confines –si así podemos expresarnos – de la infinidad y de la perfección de Dios. Ella es la que ha recibido la mayor cantidad de gracias y beneficios de Dios. Así, al llamarla Inmaculada Concepción, decimos algo extraordinario, extremadamente hermoso y perfecto. Además, Ella fue en igual grado enriquecida con todas las virtudes y dones, realmente colmada, en consideración del Salvador y, por lo tanto, de la salvación de los hombres. Es el triunfo de Dios. Es una victoria y una victoria extraordinaria para nosotros, que vemos a nuestro alrededor tantos males, tantos pecados, y tantas faltas, oposiciones, arrogancias e insolencias contra Dios. Algunos llegan incluso a dudar de Dios; se trata de esa conocida objeción: «¡Hay tanto mal! ¡Si Dios estuviera ahí, no habría tantos males!», y lo demás que sigue. Pues bien, en la Inmaculada Concepción, Dios nos da el signo de que El es Dios y de que sobrepasa infinitamente todas esas miserias que podemos ver en la creación.
Es algo más que un simple anuncio; ya es la victoria de Dios sobre el pecado y el demonio, victoria que será completa con Nuestro Señor Jesucristo.
Los compromisos en la Fraternidad Sacerdotal San Pío X
Y en el día de esta fiesta tan hermosa de la santidad, quiso Mons. Lefebvre que los miembros de la Fraternidad renueven su compromiso, y que los que desean entrar en ella hagan su compromiso en la Fraternidad. Los seminaristas entran en la Fraternidad en este día, bajo este patrocinio tan hermoso y bajo su protección.
Es un día importante para ustedes, queridos seminaristas, así que no hay que tomarlo a la ligera. Las preguntas que se les hace a ustedes en este día, y las respuestas que ustedes dan a tales preguntas, son muy serias y exigentes. Y no porque no se trate de votos y porque sean compromisos canónicamente inferiores a ellos en un grado, a saber, una promesa solemne hecha ante Dios –no muy distante de la definición del voto, pero canónicamente un grado por debajo de aquél–, no por ello, digo, se deben tomar las cosas a la ligera. Las renuncias de que se habla en la fórmula del compromiso son renuncias que corresponden a los consejos evangélicos. Si Mons. Lefebvre no quiso que los miembros de la Fraternidad hicieran directamente votos fue únicamente a causa de las circunstancias en que vivimos, circunstancias en las que se ejerce nuestro apostolado y en las que muchas veces no pueden observarse materialmente los votos como debería ser. Por ejemplo, en la obediencia, hay que pedir permiso; pero estando totalmente solo en una misión, hay que tomar decisiones sin poder referirse al superior, cosa que se opone al voto de obediencia, por lo menos a la letra de la obediencia. Hablando de la pobreza, a veces hay que decidir una compra rápidamente, mientras que con los votos habría que pedir el permiso. Así que debido a estas condiciones tan prácticas, Monseñor no quiso que los miembros de la Fraternidad hicieran votos. Pero esto no significa que Monseñor quiso o hubiera querido dispensarnos del espíritu de los votos. Más en concreto, la exigencia de la renuncia, la exigencia del don total a Dios y a la Santísima Virgen –que es la consagración a la Santísima Virgen que figura en nuestros compromisos– es algo muy valioso y que nos compromete clarísimamente; nos comprometemos a la prosecución de la perfección. Igualmente, no nos hemos de sustraer a estas obligaciones, diciendo: «Nosotros no somos religiosos, sino sacerdotes seculares». Decir eso, sería cometer una ofensa contra la Fraternidad. No es lo que ella espera de sus miembros. Cuando nos fijamos en las virtudes –pues Monseñor quiso describir en los Estatutos algunas de las virtudes de los miembros– nos puede llamar la atención la elevación de estas exigencias. La primera virtud es la caridad, una caridad hacia Dios –nos dice Monseñor– y hacia la Santísima Trinidad, que es tal que engendra naturalmente todos los desprendimientos que encontramos precisamente en los votos y consejos evangélicos. Por supuesto, el desprendimiento del mundo, la pobreza; el desprendimiento que encontramos en la castidad; y el desprendimiento de la propia voluntad mediante la obediencia.
Me parece que hoy, en esta fiesta de la Inmaculada Concepción, al fijarnos en la Santísima Virgen, vemos en ella el modelo más hermoso de la práctica de estas virtudes.
El combate espiritual de la Fraternidad San Pío X
Al saludar a la Santísima Virgen y sus virtudes, aunque no pensamos inmediatamente en ello, la Iglesia nos recuerda que no se trata únicamente de una hermosísima perfección, sino al mismo tiempo de una victoria. Y quien dice victoria, dice igualmente combate y lucha. Si la Fraternidad quiere tender a esta santidad, ha de luchar. Sus miembros han de luchar. Contra sí mismos, desde luego, pero también contra el mundo. Se trata un poco de todo nuestro programa. Ahí descubrimos algo muy misterioso: la época en que vivimos. Por un gran misterio, Dios ha permitido que el espíritu del mundo intente introducirse en la Iglesia. No hay que luchar únicamente contra los enemigos exteriores, sino también contra un espíritu no católico que ha entrado en la Iglesia. Manifiestamente, se ve con claridad que con todos los cambios recientes, la introducción de este espíritu se efectuó en el momento del concilio Vaticano II. Es una tragedia atroz. Este mal es un gran misterio. Pablo VI habló del «humo de Satanás». Es como si el demonio hubiera puesto un pie en el santuario. Es una realidad que nos deja helados, radicalmente lo contrario de lo que es la Iglesia. En el Credo, cantamos que ella es santa y nosotros creemos que lo es. Y resulta que algunos prelados, obispos, cardenales e incluso Papas invitan a hacer lo que la Iglesia siempre ha prohibido, con graves prohibiciones y con amenazas que llegaban hasta la excomunión. Éste es el motivo por el cual Mons. Lefebvre dijo «no puedo». Y si ustedes mismos están aquí es por el mismo motivo: no, no podemos, porque tales cosas ofenden a Dios.
Es un gran misterio, porque al mismo tiempo que vemos estas cosas y que se debe decir «no», hay que seguir diciendo también que la Iglesia tiene las promesas de Dios: «Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Lc 16, 18). Por una parte hay que mantener que es la Iglesia de Cristo, la Iglesia fundada por Dios, y por otra vemos muchos elementos que no son de la Iglesia, que son lo contrario de ella y que están en su interior. Demos una imagen concreta que nos ayude a comprender esto: es como una enfermedad que se ha introducido en un cuerpo; tal enfermedad es como un cuerpo extraño, pero ese cuerpo extraño está en el interior. ¿Cómo reaccionan las células que se encuentran en presencia de esos cuerpos extraños? Es evidente: ¡intentan defenderse! Y resulta que ahí, peor aún, los órganos de control nos dicen: «Ustedes no tienen que defenderse». Hay que tragárselo todo y aceptarlo todo. Y desde hace 40 años, pronto 50, estamos en ese estado, pues hasta ahora no vemos un gran cambio.
Las propuestas recientes de Roma
Ustedes se han enterado de que ha habido una propuesta de Roma, propuesta que dice: «Estamos dispuestos a reconocerlos a ustedes». El problema es que sigue habiendo una condición. Esta condición ha podido variar un poco en su formulación, pero en el fondo sigue siendo la misma. Esta condición es: hay que aceptar el Concilio. Podría resumirse la situación actual diciendo: «Sí, ustedes pueden criticar el Concilio, pero con una condición: primero hay que aceptarlo». Y nosotros decimos: «¿Que se puede criticar después?»
Creo que este es un resumen honesto de la situación actual. No es difícil describirles a ustedes nuestra respuesta.
Evidentemente, las fórmulas son cada vez más interesantes y cada vez más próximas a lo que decimos nosotros. Actualmente, estamos llegando a un punto que manifiesta la profundidad del problema. En esa famosa propuesta, se nos dice: «Ustedes se comprometen a reconocer que en los puntos del Concilio que plantean dificultad, el único modo de comprenderlos es entenderlos a la luz de la Tradición continua y perpetua, o sea, a la luz del Magisterio precedente». La luz de la Tradición es el único modo con el que se pueden comprender los puntos dudosos. Van incluso más lejos: «Cualquier proposición e interpretación de estos textos dudosos, que se opusieran al Magisterio perpetuo y continuo de la Iglesia, debe rechazarse…». Es lo que nosotros hemos hecho siempre. Pero hay un diminuto inciso que añade: «…como dice el Nuevo Catecismo»; ahora bien, el Nuevo Catecismo repite lo que dice el Concilio.
Dicho de otro modo, sobre el principio no podemos estar sino de acuerdo. En cambio, la aplicación es completamente opuesta. Ellos pretenden que están aplicando el principio, diciendo: todo lo que se hizo en el Concilio es fiel a la Tradición y está en coherencia con ella, ya se trate del ecumenismo o de la libertad religiosa. Esto les muestra a ustedes la gravedad del problema. Hay un problema en algún lado. No puede ser de otro modo. El problema radica en la comprensión de algunas palabras, y por supuesto éstas son: «Tradición» y «Magisterio». El modo con que ellos comprenden estas palabras es subjetivo. Desde luego, la palabra «tradición» se puede comprender eventualmente en el sentido de «transmitir»: el acto de transmitir. Es una transmisión. Pero el modo habitual de comprender esta palabra versa sobre su contenido. ¿Qué es lo que se transmite? ¿Qué es lo que se transmite de generación en generación? La definición clásica de la Tradición es «lo que se ha creído siempre y en todas partes» (Conmonitorio de San Vicente de Lerins). «Lo que» designa aquí el objeto. Pero ahora es como si se pasara del objeto al sujeto, no fijándose sino en quién transmite.
Por lo cual, nos hablan de «tradición viva», por que el que transmite, cuando transmite, está vivo. Ahora bien, la vida se mueve y cambia. Los Papas cambian… y, por consiguiente, la tradición cambia, pero sigue siendo la tradición. Se trata de la misma tradición, pero que cambia. La Iglesia ha considerado también este sentido, pero de un modo completamente secundario. No se refiere a esto cuando habla de la Tradición, sino a lo que se denomina el depósito de la fe, el conjunto de verdades que Dios ha confiado a la Iglesia para que lo transmita de generación en generación, para que las almas se salven. Se trata del contenido. Por esta razón, con la definición de la infalibilidad en el concilio Vaticano I, la Iglesia enseña que el Espíritu Santo fue efectivamente prometido a San Pedro y a sus sucesores, es decir, a los Papas; pero no fue prometido de tal modo que, mediante una nueva revelación, los Papas enseñasen algo nuevo. Fue prometido para que, con la ayuda del Espíritu Santo, San Pedro y los Papas conserven santamente y transmitan fielmente algo que no cambia, eto es, el depósito revelado.
¿Dónde está el verdadero problema de la Iglesia?
Ahí estamos. Esto es lo que intentamos hacer; ya que efectivamente hay un gesto de Roma hacia nosotros, hay que reconocerlo, un gesto sorprendente después de las discusiones doctrinales en las que se comprobó que no estábamos de acuerdo. En efecto, se trata de una situación parecida a la de dos personas que se encuentran, discuten y llegan a la conclusión de que no están de acuerdo. ¿Entonces, qué estamos haciendo? Roma nos dice: ¡ustedes tienen que aceptar! Y nosotros respondemos: no podemos. Por lo cual, lo que decidimos hacer, además de responderles que no podemos, es decirles: ¿no podrían ustedes mirar las cosas de un modo un poco distinto? ¿no podrían ustedes intentar comprender que no es la Fraternidad la que constituye un problema? Hay efectivamente un problema en la Iglesia, pero no es la Fraternidad; nosotros no somos un problema sino porque les estamos diciendo a ustedes que hay un problema. Así que les pedimos que se ocupen del verdadero problema. Estamos dispuestos, y no deseamos sino una cosa: atacar precisamente el verdadero problema.
Ustedes se dan cuenta de que humanamente no hay mucha esperanza de que acepten cambiar su postura. ¿Tal vez los sinsabores de la Iglesia? El hecho de que actualmente se está manifestando de un modo mucho más claro el desastre y la infertilidad: ya no hay vocaciones. Es algo espantoso. Estaba viendo hace unos momentos el número de Hermanas de la Caridad, aquellas hermanas que estaban por todas partes en Francia: creo que ya no quedan en toda Francia sino 3 de entre 30 y 40 años; e igualmente 3 de entre 40 y 50 años; la mayor parte, es decir unas 200, se sitúan entre 70 y 80 años, o entre 80 y 90 años. Algunas ya tienen más de 100 años, y resulta que numéricamente son más que las que tienen 20, 30, 40 ó 50 años. Y si consideramos el conjunto de 20 a 50 años, tan sólo hay una más que las que tienen 100 o más años: 9 contra 8. ¡Las hermanas que en todas partes en el campo se ocupaban de todas las obras caritativas! Se acabó. Y este es un ejemplo entre miles. Veamos los sacerdotes, desde el punto de vista que se quiera: es una Iglesia que está muriendo y desapareciendo. Es algo que debería hacer reflexionar. Pensamos y esperamos que algunos empiezan a reflexionar, pero tenemos la impresión de que no basta. Por supuesto, hace falta una gracia. Hay que rezar.
¡Recen! Recen para que Dios libere realmente a la Iglesia y para que la Santísima Virgen haga algo. Ella es la que prometió que al fin triunfaría su Corazón Inmaculado, para sacar a la Iglesia de este desastre. Para nosotros, que estamos implicados en esta gran batalla por la Iglesia, hoy resulta un honor extraordinario poder ser miembros de esta Fraternidad. Por ello, le pedimos a la Santísima Virgen ser dignos miembros de esta Fraternidad. Vivamos según sus estatutos, fielmente. Observen ustedes el reglamento del seminario, como se les pide, de todo corazón, poniendo en ello la gran caridad que nos piden los Estatutos de la Fraternidad. Se la hemos de pedir a la Santísima Virgen, para que realmente, cada día, agrademos a Dios y nos santifiquemos, y mediante ello, podamos ganar almas para Dios, las almas que se nos confían, para la mayor gloria de Dios, y el honor de la Santísima Virgen y de la Iglesia. Así sea.
Para conservar este sermón con su caráter propio, se ha respetado el estilo oral. (Fuente: FSSPX/Ecône – Transcripción y títulos de DICI – 14/12/11)
Fuente: Dici

