De tensiones sueltas y lenguas refrenadas
La fuertes tensiones que marcan estos tiempos dentro del tradicionalismo, agudizadas por la filtración de dos cartas privadas en las que los obispos de la FSSPX discuten posiciones ante la propuesta de la Santa Sede para una regularización canónica resultan como un río revuelto en el cual afloran cosas que estaban bajo la superficie, y resulta oportuno describir y conjurar.
“Y si alguno se precia de tener religión, mas no refrena su lengua, se engaña a sí mismo en su corazón y su religión es vana. La religión pura y sin mancha delante del Padre consiste en visitar a los huérfanos y a la viudas en sus tribulaciones, y en preservarse de la corrupción de este mundo”.
Santiago, 1, 25-27
“Contra esa herejía coriácea, (el catarismo) al cabo de nervios y predicación, y como se acabara de asesinar a su legado Pierre de Castelnau, ordena el Papa Inocencio III una expedición armada. Para hacerles comprender que el cuerpo no es malo bien merece la pena que algunos los metan en cintura. El abad de Citeaux se pone al frente. Es Arnaud Amaury. Enseguida enrola al barón de Monfort, célebre por las palabras que había pronunciado durante el saqueo de Béziers. Palabras discutidas, porque el monje Cesáreo de Heisterbach, el único que las refiere las pone más bien en boca del mismo Amaury. Los soldados le habían preguntado al gran abad cómo distinguir, durante el ataque, a un hereje de un católico. Y el abad habría respondido “Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos”. Anécdota cuya veracidad hoy en día se cuestiona. Pero importa poco: el hecho de la violencia está ahí. El valor de esta orden es que da la réplica justa al dualismo cátaro. La línea del bien y el mal está aquí difuminada. Sólo Dios, en efecto, puede reconocer a los suyos.
“Pero ¿dónde está el diablo en esta historia? ¿Entre los cátaros que propagan el error o entre los católicos que perpetran la masacre? Está en los dos campamentos, el muy espiritual. Sabe muy bien que él no ha creado el mundo visible, que la carne es buena por naturaleza, que la Iglesia no miente; pero se alía con la herejía, porque eso lo divierte, e inflama a los ortodoxos, pues ello los provoca a cometer la más terrible falta. En un lado bajo la máscara del error; en el otro, con el vestido de la fidelidad. Y precisamente así, no como un hirsuto macho cabrío, sino como padre abad de Citeaux, es como resulta más horrendo”.
La Fe de los Demonios de los Demonios (o el ateísmo superado), de Fabrice Hadjadj
La fuertes tensiones que marcan estos tiempos dentro del tradicionalismo, agudizadas por la filtración de dos cartas privadas en las que los obispos de la FSSPX discuten posiciones ante la propuesta de la Santa Sede para una regularización canónica resultan como un río revuelto en el cual afloran cosas que estaban bajo la superficie, que resulta oportuno describir y conjurar.
Es sabido que el tradicionalismo no es una corriente homogénea en la composición de sus filas. Se distinguen al menos dos líneas: una de intransigencia absoluta en la relaciones con la Santa Sede, normalmente cercana al sedevacantismo o incursa en él. Probablemente menos numerosa que ruidosa. Y una segunda, que objeta y resiste las reformas doctrinales y consecuencias prácticas nacidas del Vaticano II (1), pero espera y desea que una pronta reconciliación con la Santa Sede sea posible, corregidos los obstáculos que llevaron a la situación de excepción.
En una dinámica de pensamiento evolucionista, la doctrina que prevalece hasta hoy en la Santa Sede es que todo el Concilio está en la línea de la “tradición”, faltando, con frecuencia pero meramente en el plano interpretativo, una “hermenéutica” adecuada para comprenderlo.
El tradicionalismo siempre ha sostenido, al menos en la posición oficial institucional de la FSSPX, que todo el Concilio Vaticano II está dañado por una melange filosófica, textos contradictorios y difusos, que sin embargo serían pasibles de una “hermenéutica” ortodoxa. O sea, ser leídos “a la luz de la Tradición”. Claro, esto como un mal menor, ante el hecho consumado. Pero los textos inaceptables, los que deben corregirse, sin posibilidad alguna de “interpretación ortodoxa” que no viole el principio de no contradicción, deben ser enmendados, no solo en su redacción, sino en su aplicación..
La política de la Santa Sede.
Otro aspecto de las relaciones que han signado al tradicionalismo con la Santa Sede es del orden práctico. Mons. Lefebvre pidió en su momento que se le diera lugar a la “experiencia de la Tradición”. Eran tiempos en que los papas avalaban una política de captación de las fuerzas tradicionalistas para amalgamarlas al conjunto liberal-neomodernista e ir digiriéndolas de a poco a aceptar lo novedoso. Épocas de fortaleza de las ideas del CVII, que ya pasaron, y de generaciones de neomodernismo combativo por convicción, que ya no existen. Solo quedan sus penosas secuelas.
Épocas en las que la “trampa” diplomática consistía en invitar a asumir un compromiso y cargar sobre quienes lo aceptaban, luego, una tremenda presión para que cedieran en sus posiciones tradicionales, en materia litúrgica principalmente, porque la misa tradicional ha sido uno de los objetos externos de odio de los neomodernistas, y lo sigue siendo. Recordemos las maniobras padecidas por la FSSP para introducir el birritualismo, y la gallarda resistencia de la gran mayoría de sus sacerdotes y fieles a tales intrigas. Y recordemos las recientes experiencias del Instituto del Buen Pastor
La libertad que obtuvo la FSSPX, en particular a partir de 1988, con obispos propios le permitió crecer, pero a la vez la empujó a una forma de aislamiento inevitable en esos tiempos en que todas las puertas de Roma estaban cerradas.
Uno de los gestores de esta ruptura fue el Card. Ratzinger, con sus exigencias crecientes y sus promesas cada vez más vagas en las negociaciones de 1988. Las primeras en el sentido de aceptar lo inaceptable para los tradicionalistas (aceptación de la liturgia nueva, o al menos indicios o signos de una futura aceptación); las segundas, demoras sine die para la consagración de un obispo sucesor de Mons. Lefebvre, vital para la continuidad de la obra. Esto fue lo que terminó con la posibilidad de un status canónico de convivencia en 1988 y el fuerte enojo de Mons. Lefebvre, que firmó, y se desdijo inmediatamente. No quería llegar a la excomunión, pero era inevitable.
Se sumaron hechos gravísimos: sucesivos Asís, los “mea culpas”, nuevas reformas y trabajos de institucionalización de las tendencias neomodernistas en forma de diversos instrumentos disciplinarios, legislativos, magisteriales y gestos políticos. Desmadre total del clero con poquísimas excepciones heroicas.
“Apostasía Silenciosa”
Ya en tiempos finales del Juan Pablo II, en sus años de decadencia física, en la Curia Romana se ven graves inquietudes por la situación de la Iglesia. Diagnósticos lábiles, pero pronósticos ciertos sobre lo que se viene: el colapso.
Diagnósticos lábiles, por cuanto no se reconocen las causas de fondo. Pronósticos más ciertos, porque nacen de la experiencia de gobierno y la realidad cotidiana. Pronósticos que suponen un deseo de algunos pocos de salvaguardar a la Iglesia de males mayores, aunque –ya sea por convicción o por factores determinantes en la relación de poderes que manejan la Santa Sede, o por ambos- mientras se aspira a o declara la necesidad de seguir caminos correctivos, se insiste en perseverar en los senderos de perdición.
Una de las últimas llamadas de atención de Juan Pablo II fue el reconocimiento de la apostasía de la sociedad europea. La llamó “apostasía silenciosa”.
Benedicto: un cambio.
Benedicto anunció ya con su nombre de pontífice un cierto cambio de tendencias: sus manifestaciones sobre la gravedad de la situación, su deseo expreso y -hasta cierto escaso grado efectivo- de corregir algunos aspectos más graves del desorden, tanto moral como doctrinal y litúrgico, sus esfuerzos en el plano disciplinario, introducen una novedad.
Pero la mayor novedad es su deseo de restañar la injusta expulsión de los tradicionalistas del seno de la Iglesia “legal”, a favor de lo cual dio pasos que le han acarreado durísimas críticas de los neomodernistas más lanzados, y del mundo de los medios de comunicación.
¿Se puede decir que Benedicto haya renunciado a sus ideas matrices de perito conciliar? Parece que no. ¿Se puede decir, en cambio, que ha variado su actitud práctica respecto al tradicionalismo si comparada con los papas conciliares anteriores? Esto resulta evidente, y los hechos cantan. ¿Se puede decir que apoyarlo en líneas generales en esta tendencia correctiva va en el mismo sentido de lo que propone el tradicionalismo? Parece claro que sí. Insuficiente para lo que se necesita, pero necesario para comenzar un camino.
¿Se puede hacer esto último y a la vez conservar la libertad de marcar con la crítica las doctrinas inaceptables de las que el Papa no ha abjurado? Es difícil, pero más que nada depende de él mismo y lo que decida conceder..
¿Se puede esperar que la Sede Romana haya hecho una abjuración formal de todos los errores que se toleran o promueven hoy para adherir a una lucha práctica con los sectores más sanos de la Iglesia? Es decisión prudencial, y quienes más aptos son para determinarlo son quienes mejor conocen el terreno. Sin embargo, la experiencia histórica indica que si tal camino se transita será gradual y comenzará cuando las aguas no estén del todo limpias, ni la cizaña separada del trigo..
Tensiones en la Iglesia, tensiones en la FSSPX
Las tensiones recientes, exacerbadas por la lamentable filtración de correspondencia privada de los obispos, es un signo claro de la pertenencia de la FSSPX a la Iglesia. Es víctima de las mismas tensiones que aquejan a la Iglesia hoy en día en todas partes. Porque si en el seno del tradicionalismo se discute, en el seno de la Iglesia oficial se discute más aún. Y una regularización de la FSSPX haría estallar una bomba bajo el escabel pontificio.
La FSSPX vive tensiones particularmente intensas porque se le plantea el aparente dilema práctico entre la fidelidad a la Fe y la necesidad y obligatoriedad de formar parte regular de la Iglesia como lo determinan las leyes canónicas, de ser reconocida públicamente como una parte de la Iglesia en algún momento. Es decir, del cese del estado de excepción. No solo por razón de beneficios, sino más bien para perfeccionar y hacer más eficaz su apostolado.
Dos decisiones, dos peligros
Dos peligros aquejan de hecho a la FSSPX. Firmar una regularización es uno. No firmarla es el otro.
En lo inmediato, las tensiones de la decisión y consecuencias que genera la posibilidad de aceptar una regularización canónica ya angustia mucho a los tradicionalistas.
En lo mediato, el peligro de no aceptar una regularización canónica y abrir así un período incierto, da fuerza a las tendencias que caminan peligrosamente hacia un espíritu de independencia absoluta, y no meramente de resistencia circunstancial y obligada
En el primer caso, temor de ser engañados por los neomodernistas, más allá de la buena fe de Benedicto, o de que se produzcan fracturas internas graves. En el segundo, temor de que prevalezcan quienes NO QUIEREN tener relación alguna con la Santa Sede, el Papa y la estructura formal de la Iglesia, ni ahora ni nunca, postergando esa posibilidad hasta la aparición de un papa de Neverland. Son un grupo pequeño, ruidoso y matizado, pero que fogonea permanentemente, con argumentos variados, algunos válidos y opinables, otros disparatados, el temor y la idea de la “traición” y el “suicidio institucional”.
Discusiones entre obispos
Las discusiones entre los obispos de la FSSPX que tan dolorosamente fueron expuestas al pisoteo público, se resumen en pocos conceptos sencillos: la importancia y oportunidad de conjurar uno u otro problema. Para Mons. Fellay, prevalece la oportunidad que ofrece este papa, de cuya buna fe no duda ninguno de los obispos, de encaminar la cuestión canónica. El ve que esto es posible.
Para los otros (Mons. Williamson, sin embargo tiene sus matices) no hay condiciones prácticas ni prudenciales. Lo primero es inviable, lo segundo peligroso para la unidad de la institución.
Los obispos no hablan de “traición”, ni “entrega”, etc. Hablan de prudencia, posibilidad, oportunidad
Mons. Fellay pide ayudar al Papa. Los otros obispos (Mons. Williamson incluido, porque él afirma que Benedicto es el papa legítimo) dicen que no se lo puede ayudar de esa manera.
La desdichada publicación de esta discusión ha potenciado la peligrosidad de ambas decisiones. Porque lo que se decía en la franqueza de una discusión privada, al pasar al manoseo de los medios y exacerbar opiniones de todo tipo, altera el juicio práctico que se podía tener antes sobre las consecuencias, por ejemplo, de una regularización, en vistas a la posible secuela de “confusión” que esto podría traer a las filas tradicionalistas.
Hoy la confusión es mayor, sin que nadie haya decidido nada.
Se marche en el sentido que se marche (por una regularización o contra ella en esta oportunidad), se ha de pagar un alto precio.
Pero si se marcha en dos sentidos contrarios, el precio será fatal.
Hoy en día, lo que debe hacer el Superior General resulta muy difícil de saber, para él mismo y para el resto, especialmente para el clero de a pie y para los fieles que acompañan a la FSSPX. Por lo cual sería muy conveniente que se dejara de opinar con toda soltura, en especial los más jóvenes, que apenas si saben donde están parados en toda esta historia.
Los viejos universales opinadores o pontificadores son incorregibles… Mejor ignorarlos.
Los prudentes, por lo mismo, callan y rezan. Y calman. Hacen la obra de Dios.
La unidad, el bien mayor
Pero sea lo que fuere aquello que se decida, toda la institución deberá acompañarlo. Porque si se equivoca y pone a la FSSPX en un peligro –aún con la mejor de las intenciones, que nadie en sus cabales pone en duda- la unidad del tradicionalismo podrá conjurarlo. Si se firma un acuerdo tramposo y se cae en la boca del lobo, cuanto más grande sea el bocado y más sólidamente unido, más difícil de tragar. El lobo deberá escupirlo.
En cambio, si se quiebra la unidad, de nada servirá, o de bien poco, decidir en un sentido o en otro. No ayudará al Papa, ni a la Fe. Por eso, si el Capítulo General que se aproxima se opone a una regularización, también deberán acompañar aquellos que ven con sincero deseo del bien de la Iglesia la realización de ésta regularización.
Las decisiones humanas son falibles. Si se toma la equivocada, habrá que apechugar y corregir. Si se destruye la unidad, poco quedará por corregir…
El demonio de los tradicionalistas
Citamos al comienzo un texto del interesante libro “La Fe de los Demonios”. Es vital recordar que el demonio no solo actúa en el campo de los heréticos inspirándoles la pertinacia en el error, sino en el de los ortodoxos, fogoneando su orgullo para volverse intransigentes donde deben ser flexibles, en las cuestiones prudenciales, y obstaculizar las soluciones bajo la excusa de la “integridad”.
Este ha sido el costado más lábil de los tradicionalistas siempre: una defensa de la Fe no debidamente reasegurada por las otras virtudes teologales, especialmente la Caridad, pero también escasa de Esperanza. Como si Dios no tuviese nada que decir, o no pudiese corregir con su providencia los errores humanos.
En esas grietas espirituales, graves por serlo precisamente entre personas más esclarecidas en algunos puntos doctrinales, se esconde el demonio. El demonio se viste de ángel de ortodoxia y pone en las lenguas de los que no se cuidan palabras de desmesura, acusaciones violentas y por momentos calumniosas, por exageradas y hasta disparatadas.
El demonio siembra el espíritu de independencia de pensamiento. El único juicio que vale sobre estos temas es el propio… Confianza cero en quienes tienen las responsabilidades de estado y las gracias de estado para conducir y decidir. Respeto nulo a sus méritos, y hasta a la dignidad de sus personas. Nula caridad para con sus pesadísimas cargas y dilemas morales ante hechos históricos como los que vivimos. Nulo respeto de las legítimas disidencias y de las humanas debilidades. Siempre implacables con el prójimo.
Refrenar la lengua
Por eso citamos también al comienzo las palabras de Santiago: “Y si alguno se precia de tener religión, mas no refrena su lengua, se engaña a sí mismo en su corazón y su religión es vana. La religión pura y sin mancha delante del Padre consiste en visitar a los huérfanos y a la viudas en sus tribulaciones, y en preservarse de la corrupción de este mundo”.
Hay un grupo tumultuoso que parece dispuesto a no refrenar su lengua, a no confiar en la Providencia, que actúa aún sobre los errores humanos. A no ejercer ni la menor caridad para con quienes no piensan como ellos, siquiera en materias discutibles. Y sobre todo, quienes se consideran oráculos de la verdad.
La Verdad que podemos afirmar con certeza es la que nos ha sido revelada por Dios. La verdad de los hechos y circunstancias en discusión está muy lejos de nuestro alcance completo. Y en muchos casos, la razón que demuestre verdaderos o falsos los argumentos de las partes en disputa, se conocerán en el curso de los años.
Refrenar la lengua, salvo para rezar, particularmente el Santo Rosario.
El solo refrenar la lengua será un sacrificio que hará mayores bienes a la causa de la Fe que toda otra discusión, información o especulación que las fértiles imaginaciones puedan pergeñar.
Hoy, un rosario más, muchas palabras menos, y el sacrificio de hacer lo que debemos con esmero para alcanzar la santidad. La Iglesia se renueva con santos. Y si hay necesidad de polemistas, que sean santos polemistas, dispuestos a callar cuando es inútil o dañino hablar.
Dios nos guarde a todos.
Nota: (1) Mayormente el corpus de documentos por confuso y de compromiso, pero categóricamente las formulaciones que no tienen interpretación posible según la doctrina tradicional. Estas formulaciones insalvables son numéricamente pocas, pero gravísimas e inaceptables. Sobre ellas versaron las conversaciones de la FSSPX y la comisión pontificia y no se pudo llegar a un acuerdo, entiéndase, una concesión de la Santa Sede de que esos puntos debían ser corregidos.

