Cuando la resistencia se quema…
En tiempos de paz sobresalen las virtudes de la paz. En los tiempos de guerra, las virtudes guerreras. El problema del guerrero comienza cuando no sabe ya quien es su amigo ni qué causa defiende.
Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle? … Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma.
Sant. 2, 14
En estos días, lo único que se puede comprobar con absoluta claridad es que todo está confundido. Quien pueda hacer esa comprobación –por desgracia no la mayoría, porque si no la sentencia sería falsa– tiene una ventaja por sobre el resto. Va un paso o dos por delante. Ve a futuro como aquel que atraviesa un banco de niebla denso auxiliado por una luz muy potente. No ve mucho. Ve poco, casi nada, pero algo ve. Por lo menos sabe que debe ir despacio y tener tiempo de frenarse si a sus pies se abre un abismo de repente. Y que Dios guía sus pasos.
La niebla es nuestro tiempo, donde se ha opacado casi hasta la extinción el faro de la Iglesia. El foco potente es la Fe, a la que se llama también “luz oscura”.
La Fe, para no estar muerta, requiere de las obras de la Fe, como afirma el apóstol. Hoy parece que las obras de la Fe fuesen solamente las corporales de misericordia, que por cierto lo son. Pero pocos recuerdan las obras espirituales. Y si algo caracteriza a estas obras de misericordia espirituales es precisamente que llevan luz a la inteligencia y consuelo al alma.
Por lo tanto, no puede tener una Fe viva por las obras quien lleve confusión a la inteligencia y desaliento a las almas.
La inteligencia, limitada, por más portentosa que pueda ser, solo alcanza plenamente su objetivo cuando se auxilia con la Fe. La razón nos puede elevar solo a las certezas de la evidencia, inclusive sobre la existencia misma de Dios. La Fe nos dice con absoluta claridad cómo es Dios y qué nos pide. Cómo quiere ser alabado. Cómo nos compensará o castigará si rechazamos su Ley. De allí derraman todas las otras certezas y se iluminan con un brillo extraordinario las inteligencias en todos los órdenes. De allí surge la civilización cristiana.
Pero esto vale tanto para las épocas luminosas de la civilización cristiana como para los tiempos tenebrosos en que la sana doctrina ya no es tolerada por los hombres, y en los que parece hacerse una inquietante realidad esa pregunta misteriosa de Nuestro Señor: “Acaso cuando vuelva ¿hallaré Fe sobre la tierra?”
Dirijo esta reflexión, por lo que valga, a quienes tienen la Fe. Todos los que la tenemos, lo hacemos de un modo más o menos imperfecto, módicamente. La Fe, como el músculo, se desarrolla con el ejercicio. La oración para pedir su incremento, y la obra para practicarla. ¿Puede decirse que practique la Fe quien siembra la confusión en las inteligencias? Lo mismo, ¿puede decirse que tiene la Fe quien olvida o desprecia al necesitado?
La respuesta es compleja: hasta cierto punto. Sí, en cierta medida, no en otra. Imperfectamente. Claro que esta imperfección tiene un grado deficitario, pasado el cual se vuelve mortal. Se llega a perder la Fe. No por el mero hecho de ser pecadores, sino porque el pecado progresa a veces y cambia de calidad. De imperfección se transforma en rechazo. No es una caída, sino un regocijo en la caída, y un deseo de permanecer allí donde se quiso ir.
Hay poca gente, comparativamente, que milita por la Fe y con la Fe. De entre ellos un sector parece más preocupado por probar sus juicios sobre la realidad que por conocer la realidad misma. Concernidos en su visión de las cosas, desestiman las cosas (lo cual sería una actitud descarriada, pasible de corrección) o, peor, se empeñan en negarlas. En este caso la corrección no es tan fácil. Ha triunfado, por sobre la debilidad, el regocijo en la caída. Es un modo de decir non serviam. No me importa la realidad, me importa lo que yo digo sobre la realidad. Ya no hay un servicio a la verdad sino a sí mismo.
Para ellos, en el orden práctico, Dios ya no está al mando de la historia. No hay providencia ni designios. Ya no se pueden leer los signos de la Misericordia de Dios sobre nosotros. No son capaces de agradecer por los males de los que Dios nos preserva, ni creer que sea posible que los confusos se esclarezcan, al menos en ciertos aspectos. Todo es insuficiente, y lo insuficiente es malo. Afortunadamente, el día del juicio, Dios considerará suficientes los esfuerzos de muchos pobres pecadores insuficientemente enmendados según el juicio humano. Afortunadamente para todos nosotros, y para ellos también.
En tiempos de paz sobresalen las virtudes de la paz. En los tiempos de guerra, las virtudes guerreras. El problema del guerrero comienza cuando no sabe ya quien es su amigo ni qué causa defiende. Se vuelve como el famoso Coronel Kurtz, figura que tanto conmueve a muchos en la guerra de resistencia, un resistente a todo y contra todo lo que no sea su propio juicio. De soldados se transforman en generales autocéfalos. De defensores de una causa terminan siendo ellos mismos su propia causa: ¿Qué otra causa queda por defender si todos son traidores? Ni aunque Dios mismo se me aparezca voy a creer que se puede confiar en alguien. Que nos se atreva a aparecer para decirme esto, porque le voy a decir lo que pienso…
No que todos la practiquen, sería injusto decirlo, pero al menos en la teoría, la brutalidad inmisericorde pasa a ser una virtud. ¿No estamos en guerra? Lo que resulta al menos curioso para quienes pretenden defender a la Iglesia, firme e irreductible con el error, pero suave y maternal con los que yerran. Una Iglesia que, según el modelo de su Fundador y Cabeza, perdona y bendice a sus enemigos, pero los refuta en sus malas doctrinas y en sus malas obras. Para esta “resistencia”, los enemigos son intrínsecamente perversos. Hay que maldecirlos e insultarlos (de hecho lo hacen) y usar contra ellos cualquier medio, hasta la mentira. Como si Dios se complaciera en lo que condena y prohíbe.
Hay en esta resistencia algo temperamental y algo de vicio espiritual. Detesto que me contradigan, a mí, que siempre tengo el juicio exacto de todas las cosas. Quien me contradice es un tarambana como mínimo, si estoy en un buen día. Normalmente un flojo, casi siempre un traidor en potencia. Todos se engañan y pretenden engañarme. Pero no podrán conmigo, porque “yo” (yo es una palabra muy importante entre los resistentes de esta categoría) no soy estúpido y además puedo elaborar silogismos perfectos. Partiendo de premisas debidamente comprobadas por mí… en mi fuero interno. Debo reconocer que ciertas enemistades personales inciden algo en mi juicio, aunque igualmente sigue siendo ecuánime y luminoso…
Del guerrero se pide corazón. Si es posible, corazón de león. La cordura, virtud del corazón, conjugada con la razón, hace la diferencia entre la bestia y el hombre en el combate. El hombre actuando como bestia acorralada es una imagen poco feliz para describir al cristiano, inclusive al cristiano de los últimos tiempos, si acaso estos lo fueran. Parece más adecuada la imagen del hombre enfrentando a los leones que convertido en león que da zarpazos a ciegas.
Poco se puede hacer sino un llamado a la cordura para que esta resistencia no se queme por recalentamiento de conclusiones evidentes. La cordura es algo que se debe pedir a Dios. Es un aquietamiento de las pasiones y un esclarecimiento de la inteligencia, al menos en un sentido negativo. No necesariamente entiendo, pero no condeno lo que no entiendo. Espero confiado humildemente en Dios, que hace las cosas a su modo.
Dios lo premia.
Nota: Sobre este tema ver también: Los Riesgos del Celo Amargo

