Panorama Católico

Carta del Papa a los Sacerdotes con Motivo del Año Sacerdotal

Una nueva primavera para la Iglesia

CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 18 junio 2009 (ZENIT.org).- Publicamos la carta que ha enviado Benedicto XVI a los sacerdotes al comenzar el Año Sacerdotal, que ha proclamado con motivo del 150° aniversario de la muerte (el dies natalis) de san Juan María Vianney, conocido como el cura de Ars.

* * *

Queridos hermanos en el Sacerdocio:

He resuelto convocar oficialmente un "Año Sacerdotal" con ocasión del 150 aniversario del "dies natalis" de Juan María Vianney, el Santo Patrón de todos los párrocos del mundo, que comenzará el viernes 19 de junio de 2009, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús -jornada tradicionalmente dedicada a la oración por la santificación del clero-.1 Este año desea contribuir a promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo, y se concluirá en la misma solemnidad de 2010.

"El Sacerdocio es el amor del corazón de Jesús", repetía con frecuencia el Santo Cura de Ars.2 Esta conmovedora expresión nos da pie para reconocer con devoción y admiración el inmenso don que suponen los sacerdotes, no sólo para la Iglesia, sino también para la humanidad misma. Tengo presente a todos los presbíteros que con humildad repiten cada día las palabras y los gestos de Cristo a los fieles cristianos y al mundo entero, identificándose con sus pensamientos, deseos y sentimientos, así como con su estilo de vida. ¿Cómo no destacar sus esfuerzos apostólicos, su servicio infatigable y oculto, su caridad que no excluye a nadie? Y ¿qué decir de la fidelidad entusiasta de tantos sacerdotes que, a pesar de las dificultades e incomprensiones, perseveran en su vocación de "amigos de Cristo", llamados personalmente, elegidos y enviados por Él?

Una nueva primavera para la Iglesia

CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 18 junio 2009 (ZENIT.org).- Publicamos la carta que ha enviado Benedicto XVI a los sacerdotes al comenzar el Año Sacerdotal, que ha proclamado con motivo del 150° aniversario de la muerte (el dies natalis) de san Juan María Vianney, conocido como el cura de Ars.

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Queridos hermanos en el Sacerdocio:

He resuelto convocar oficialmente un "Año Sacerdotal" con ocasión del 150 aniversario del "dies natalis" de Juan María Vianney, el Santo Patrón de todos los párrocos del mundo, que comenzará el viernes 19 de junio de 2009, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús -jornada tradicionalmente dedicada a la oración por la santificación del clero-.1 Este año desea contribuir a promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo, y se concluirá en la misma solemnidad de 2010.

"El Sacerdocio es el amor del corazón de Jesús", repetía con frecuencia el Santo Cura de Ars.2 Esta conmovedora expresión nos da pie para reconocer con devoción y admiración el inmenso don que suponen los sacerdotes, no sólo para la Iglesia, sino también para la humanidad misma. Tengo presente a todos los presbíteros que con humildad repiten cada día las palabras y los gestos de Cristo a los fieles cristianos y al mundo entero, identificándose con sus pensamientos, deseos y sentimientos, así como con su estilo de vida. ¿Cómo no destacar sus esfuerzos apostólicos, su servicio infatigable y oculto, su caridad que no excluye a nadie? Y ¿qué decir de la fidelidad entusiasta de tantos sacerdotes que, a pesar de las dificultades e incomprensiones, perseveran en su vocación de "amigos de Cristo", llamados personalmente, elegidos y enviados por Él?

Todavía conservo en el corazón el recuerdo del primer párroco con el que comencé mi ministerio como joven sacerdote: fue para mí un ejemplo de entrega sin reservas al propio ministerio pastoral, llegando a morir cuando llevaba el viático a un enfermo grave. También repaso los innumerables hermanos que he conocido a lo largo de mi vida y últimamente en mis viajes pastorales a diversas naciones, comprometidos generosamente en el ejercicio cotidiano de su ministerio sacerdotal.

Pero la expresión utilizada por el Santo Cura de Ars evoca también la herida abierta en el Corazón de Cristo y la corona de espinas que lo circunda. Y así, pienso en las numerosas situaciones de sufrimiento que aquejan a muchos sacerdotes, porque participan de la experiencia humana del dolor en sus múltiples manifestaciones o por las incomprensiones de los destinatarios mismos de su ministerio: ¿Cómo no recordar tantos sacerdotes ofendidos en su dignidad, obstaculizados en su misión, a veces incluso perseguidos hasta ofrecer el supremo testimonio de la sangre?

Sin embargo, también hay situaciones, nunca bastante deploradas, en las que la Iglesia misma sufre por la infidelidad de algunos de sus ministros. En estos casos, es el mundo el que sufre el escándalo y el abandono. Ante estas situaciones, lo más conveniente para la Iglesia no es tanto resaltar escrupulosamente las debilidades de sus ministros, cuanto renovar el reconocimiento gozoso de la grandeza del don de Dios, plasmado en espléndidas figuras de Pastores generosos, religiosos llenos de amor a Dios y a las almas, directores espirituales clarividentes y pacientes. En este sentido, la enseñanza y el ejemplo de san Juan María Vianney pueden ofrecer un punto de referencia significativo. El Cura de Ars era muy humilde, pero consciente de ser, como sacerdote, un inmenso don para su gente: "Un buen pastor, un pastor según el Corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina".3 Hablaba del sacerdocio como si no fuera posible llegar a percibir toda la grandeza del don y de la tarea confiados a una criatura humana: "¡Oh, qué grande es el sacerdote! Si se diese cuenta, moriría… Dios le obedece: pronuncia dos palabras y Nuestro Señor baja del cielo al oír su voz y se encierra en una pequeña hostia…".4 Explicando a sus fieles la importancia de los sacramentos decía: "Si desapareciese el sacramento del Orden, no tendríamos al Señor. ¿Quién lo ha puesto en el sagrario? El sacerdote. ¿Quién ha recibido vuestra alma apenas nacidos? El sacerdote. ¿Quién la nutre para que pueda terminar su peregrinación? El sacerdote. ¿Quién la preparará para comparecer ante Dios, lavándola por última vez en la sangre de Jesucristo? El sacerdote, siempre el sacerdote. Y si esta alma llegase a morir [a causa del pecado], ¿quién la resucitará y le dará el descanso y la paz? También el sacerdote… ¡Después de Dios, el sacerdote lo es todo!… Él mismo sólo lo entenderá en el cielo".5 Estas afirmaciones, nacidas del corazón sacerdotal del santo párroco, pueden parecer exageradas. Sin embargo, revelan la altísima consideración en que tenía el sacramento del sacerdocio. Parecía sobrecogido por un inmenso sentido de la responsabilidad: "Si comprendiéramos bien lo que representa un sacerdote sobre la tierra, moriríamos: no de pavor, sino de amor… Sin el sacerdote, la muerte y la pasión de Nuestro Señor no servirían de nada. El sacerdote continúa la obra de la redención sobre la tierra… ¿De qué nos serviría una casa llena de oro si no hubiera nadie que nos abriera la puerta? El sacerdote tiene la llave de los tesoros del cielo: él es quien abre la puerta; es el administrador del buen Dios; el administrador de sus bienes… Dejad una parroquia veinte años sin sacerdote y adorarán a las bestias… El sacerdote no es sacerdote para sí mismo, sino para vosotros".6

Llegó a Ars, una pequeña aldea de 230 habitantes, advertido por el Obispo sobre la precaria situación religiosa: "No hay mucho amor de Dios en esa parroquia; usted lo pondrá". Bien sabía él que tendría que encarnar la presencia de Cristo dando testimonio de la ternura de la salvación: "Dios mío, concédeme la conversión de mi parroquia; acepto sufrir todo lo que quieras durante toda mi vida". Con esta oración comenzó su misión.7 El Santo Cura de Ars se dedicó a la conversión de su parroquia con todas sus fuerzas, insistiendo por encima de todo en la formación cristiana del pueblo que le había sido confiado.

Queridos hermanos en el Sacerdocio, pidamos al Señor Jesús la gracia de aprender también nosotros el método pastoral de san Juan María Vianney. En primer lugar, su total identificación con el propio ministerio. En Jesús, Persona y Misión tienden a coincidir: toda su obra salvífica era y es expresión de su "Yo filial", que está ante el Padre, desde toda la eternidad, en actitud de amorosa sumisión a su voluntad. De modo análogo y con toda humildad, también el sacerdote debe aspirar a esta identificación. Aunque no se puede olvidar que la eficacia sustancial del ministerio no depende de la santidad del ministro, tampoco se puede dejar de lado la extraordinaria fecundidad que se deriva de la confluencia de la santidad objetiva del ministerio con la subjetiva del ministro. El Cura de Ars emprendió en seguida esta humilde y paciente tarea de armonizar su vida como ministro con la santidad del ministerio confiado, "viviendo" incluso materialmente en su Iglesia parroquial: "En cuanto llegó, consideró la Iglesia como su casa… Entraba en la Iglesia antes de la aurora y no salía hasta después del Angelus de la tarde. Si alguno tenía necesidad de él, allí lo podía encontrar", se lee en su primera biografía.8

La devota exageración del piadoso hagiógrafo no nos debe hacer perder de vista que el Santo Cura de Ars también supo "hacerse presente" en todo el territorio de su parroquia: visitaba sistemáticamente a los enfermos y a las familias; organizaba misiones populares y fiestas patronales; recogía y administraba dinero para sus obras de caridad y para las misiones; adornaba la iglesia y la dotaba de paramentos sacerdotales; se ocupaba de las niñas huérfanas de la "Providence" (un Instituto que fundó) y de sus formadoras; se interesaba por la educación de los niños; fundaba hermandades y llamaba a los laicos a colaborar con él.

Su ejemplo me lleva a poner de relieve los ámbitos de colaboración en los que se debe dar cada vez más cabida a los laicos, con los que los presbíteros forman un único pueblo sacerdotal9 y entre los cuales, en virtud del sacerdocio ministerial, están puestos "para llevar a todos a la unidad del amor: ‘amándose mutuamente con amor fraterno, rivalizando en la estima mutua’ (Rm 12, 10)".10 En este contexto, hay que tener en cuenta la encarecida recomendación del Concilio Vaticano II a los presbíteros de "reconocer sinceramente y promover la dignidad de los laicos y la función que tienen como propia en la misión de la Iglesia… Deben escuchar de buena gana a los laicos, teniendo fraternalmente en cuenta sus deseos y reconociendo su experiencia y competencia en los diversos campos de la actividad humana, para poder junto con ellos reconocer los signos de los tiempos".11

El Santo Cura de Ars enseñaba a sus parroquianos sobre todo con el testimonio de su vida. De su ejemplo aprendían los fieles a orar, acudiendo con gusto al sagrario para hacer una visita a Jesús Eucaristía.12 "No hay necesidad de hablar mucho para orar bien", les enseñaba el Cura de Ars. "Sabemos que Jesús está allí, en el sagrario: abrámosle nuestro corazón, alegrémonos de su presencia. Ésta es la mejor oración".13 Y les persuadía: "Venid a comulgar, hijos míos, venid donde Jesús. Venid a vivir de Él para poder vivir con Él…".14 "Es verdad que no sois dignos, pero lo necesitáis".15 Dicha educación de los fieles en la presencia eucarística y en la comunión era particularmente eficaz cuando lo veían celebrar el Santo Sacrificio de la Misa. Los que asistían decían que "no se podía encontrar una figura que expresase mejor la adoración… Contemplaba la hostia con amor".16 Les decía: "Todas las buenas obras juntas no son comparables al Sacrificio de la Misa, porque son obras de hombres, mientras la Santa Misa es obra de Dios".17 Estaba convencido de que todo el fervor en la vida de un sacerdote dependía de la Misa: "La causa de la relajación del sacerdote es que descuida la Misa. Dios mío, ¡qué pena el sacerdote que celebra como si estuviese haciendo algo ordinario!".18 Siempre que celebraba, tenía la costumbre de ofrecer también la propia vida como sacrificio: "¡Cómo aprovecha a un sacerdote ofrecerse a Dios en sacrificio todas las mañanas!".19

Esta identificación personal con el Sacrificio de la Cruz lo llevaba -con una sola moción interior- del altar al confesonario. Los sacerdotes no deberían resignarse nunca a ver vacíos sus confesonarios ni limitarse a constatar la indiferencia de los fieles hacia este sacramento. En Francia, en tiempos del Santo Cura de Ars, la confesión no era ni más fácil ni más frecuente que en nuestros días, pues el vendaval revolucionario había arrasado desde hacía tiempo la práctica religiosa. Pero él intentó por todos los medios, en la predicación y con consejos persuasivos, que sus parroquianos redescubriesen el significado y la belleza de la Penitencia sacramental, mostrándola como una íntima exigencia de la presencia eucarística. Supo iniciar así un "círculo virtuoso". Con su prolongado estar ante el sagrario en la Iglesia, consiguió que los fieles comenzasen a imitarlo, yendo a visitar a Jesús, seguros de que allí encontrarían también a su párroco, disponible para escucharlos y perdonarlos. Al final, una muchedumbre cada vez mayor de penitentes, provenientes de toda Francia, lo retenía en el confesonario hasta 16 horas al día. Se comentaba que Ars se había convertido en "el gran hospital de las almas".20 Su primer biógrafo afirma: "La gracia que conseguía [para que los pecadores se convirtiesen] era tan abundante que salía en su búsqueda sin dejarles un momento de tregua".21 En este mismo sentido, el Santo Cura de Ars decía: "No es el pecador el que vuelve a Dios para pedirle perdón, sino Dios mismo quien va tras el pecador y lo hace volver a Él".22 "Este buen Salvador está tan lleno de amor que nos busca por todas partes".23

Todos los sacerdotes hemos de considerar como dirigidas personalmente a nosotros aquellas palabras que él ponía en boca de Jesús: "Encargaré a mis ministros que anuncien a los pecadores que estoy siempre dispuesto a recibirlos, que mi misericordia es infinita".24 Los sacerdotes podemos aprender del Santo Cura de Ars no sólo una confianza infinita en el sacramento de la Penitencia, que nos impulse a ponerlo en el centro de nuestras preocupaciones pastorales, sino también el método del "diálogo de salvación" que en él se debe entablar. El Cura de Ars se comportaba de manera diferente con cada penitente. Quien se acercaba a su confesonario con una necesidad profunda y humilde del perdón de Dios, encontraba en él palabras de ánimo para sumergirse en el "torrente de la divina misericordia" que arrastra todo con su fuerza. Y si alguno estaba afligido por su debilidad e inconstancia, con miedo a futuras recaídas, el Cura de Ars le revelaba el secreto de Dios con una expresión de una belleza conmovedora: "El buen Dios lo sabe todo. Antes incluso de que se lo confeséis, sabe ya que pecaréis nuevamente y sin embargo os perdona. ¡Qué grande es el amor de nuestro Dios que le lleva incluso a olvidar voluntariamente el futuro, con tal de perdonarnos!".25 A quien, en cambio, se acusaba de manera fría y casi indolente, le mostraba, con sus propias lágrimas, la evidencia seria y dolorosa de lo "abominable" de su actitud: "Lloro porque vosotros no lloráis",26 decía. "Si el Señor no fuese tan bueno… pero lo es. Hay que ser un bárbaro para comportarse de esta manera ante un Padre tan bueno".27 Provocaba el arrepentimiento en el corazón de los tibios, obligándoles a ver con sus propios ojos el sufrimiento de Dios por los pecados como "encarnado" en el rostro del sacerdote que los confesaba. Si alguno manifestaba deseos y actitudes de una vida espiritual más profunda, le mostraba abiertamente las profundidades del amor, explicándole la inefable belleza de vivir unidos a Dios y estar en su presencia: "Todo bajo los ojos de Dios, todo con Dios, todo para agradar a Dios… ¡Qué maravilla!".28 Y les enseñaba a orar: "Dios mío, concédeme la gracia de amarte tanto cuanto yo sea capaz".29

El Cura de Ars consiguió en su tiempo cambiar el corazón y la vida de muchas personas, porque fue capaz de hacerles sentir el amor misericordioso del Señor. Urge también en nuestro tiempo un anuncio y un testimonio similar de la verdad del Amor: Deus caritas est (1 Jn 4, 8). Con la Palabra y con los Sacramentos de su Jesús, Juan María Vianney edificaba a su pueblo, aunque a veces se agitaba interiormente porque no se sentía a la altura, hasta el punto de pensar muchas veces en abandonar las responsabilidades del ministerio parroquial para el que se sentía indigno. Sin embargo, con un sentido de la obediencia ejemplar, permaneció siempre en su puesto, porque lo consumía el celo apostólico por la salvación de las almas. Se entregaba totalmente a su propia vocación y misión con una ascesis severa: "La mayor desgracia para nosotros los párrocos -deploraba el Santo- es que el alma se endurezca"; con esto se refería al peligro de que el pastor se acostumbre al estado de pecado o indiferencia en que viven muchas de sus ovejas.30 Dominaba su cuerpo con vigilias y ayunos para evitar que opusiera resistencia a su alma sacerdotal. Y se mortificaba voluntariamente en favor de las almas que le habían sido confiadas y para unirse a la expiación de tantos pecados oídos en confesión. A un hermano sacerdote, le explicaba: "Le diré cuál es mi receta: doy a los pecadores una penitencia pequeña y el resto lo hago yo por ellos".31 Más allá de las penitencias concretas que el Cura de Ars hacía, el núcleo de su enseñanza sigue siendo en cualquier caso válido para todos: las almas cuestan la sangre de Cristo y el sacerdote no puede dedicarse a su salvación sin participar personalmente en el "alto precio" de la redención.

En la actualidad, como en los tiempos difíciles del Cura de Ars, es preciso que los sacerdotes, con su vida y obras, se distingan por un vigoroso testimonio evangélico. Pablo VI ha observado oportunamente: "El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan, es porque dan testimonio".32 Para que no nos quedemos existencialmente vacíos, comprometiendo con ello la eficacia de nuestro ministerio, debemos preguntarnos constantemente: "¿Estamos realmente impregnados por la palabra de Dios? ¿Es ella en verdad el alimento del que vivimos, más que lo que pueda ser el pan y las cosas de este mundo? ¿La conocemos verdaderamente? ¿La amamos? ¿Nos ocupamos interiormente de esta palabra hasta el punto de que realmente deja una impronta en nuestra vida y forma nuestro pensamiento?".33 Así como Jesús llamó a los Doce para que estuvieran con Él (cf. Mc 3, 14), y sólo después los mandó a predicar, también en nuestros días los sacerdotes están llamados a asimilar el "nuevo estilo de vida" que el Señor Jesús inauguró y que los Apóstoles hicieron suyo.34

La identificación sin reservas con este "nuevo estilo de vida" caracterizó la dedicación al ministerio del Cura de Ars. El Papa Juan XXIII en la Carta encíclica Sacerdotii nostri primordia, publicada en 1959, en el primer centenario de la muerte de san Juan María Vianney, presentaba su fisonomía ascética refiriéndose particularmente a los tres consejos evangélicos, considerados como necesarios también para los presbíteros: "Y, si para alcanzar esta santidad de vida, no se impone al sacerdote, en virtud del estado clerical, la práctica de los consejos evangélicos, ciertamente que a él, y a todos los discípulos del Señor, se le presenta como el camino real de la santificación cristiana".35 El Cura de Ars supo vivir los "consejos evangélicos" de acuerdo a su condición de presbítero. En efecto, su pobreza no fue la de un religioso o un monje, sino la que se pide a un sacerdote: a pesar de manejar mucho dinero (ya que los peregrinos más pudientes se interesaban por sus obras de caridad), era consciente de que todo era para su iglesia, sus pobres, sus huérfanos, sus niñas de la "Providence",36 sus familias más necesitadas. Por eso "era rico para dar a los otros y era muy pobre para sí mismo".37 Y explicaba: "Mi secreto es simple: dar todo y no conservar nada".38 Cuando se encontraba con las manos vacías, decía contento a los pobres que le pedían: "Hoy soy pobre como vosotros, soy uno de vosotros".39 Así, al final de su vida, pudo decir con absoluta serenidad: "No tengo nada… Ahora el buen Dios me puede llamar cuando quiera".40 También su castidad era la que se pide a un sacerdote para su ministerio. Se puede decir que era la castidad que conviene a quien debe tocar habitualmente con sus manos la Eucaristía y contemplarla con todo su corazón arrebatado y con el mismo entusiasmo la distribuye a sus fieles. Decían de él que "la castidad brillaba en su mirada", y los fieles se daban cuenta cuando clavaba la mirada en el sagrario con los ojos de un enamorado.41 También la obediencia de san Juan María Vianney quedó plasmada totalmente en la entrega abnegada a las exigencias cotidianas de su ministerio. Se sabe cuánto le atormentaba no sentirse idóneo para el ministerio parroquial y su deseo de retirarse "a llorar su pobre vida, en soledad".42 Sólo la obediencia y la pasión por las almas conseguían convencerlo para seguir en su puesto. A los fieles y a sí mismo explicaba: "No hay dos maneras buenas de servir a Dios. Hay una sola: servirlo como Él quiere ser servido".43 Consideraba que la regla de oro para una vida obediente era: "Hacer sólo aquello que puede ser ofrecido al buen Dios".44

En el contexto de la espiritualidad apoyada en la práctica de los consejos evangélicos, me complace invitar particularmente a los sacerdotes, en este Año dedicado a ellos, a percibir la nueva primavera que el Espíritu está suscitando en nuestros días en la Iglesia, a la que los Movimientos eclesiales y las nuevas Comunidades han contribuido positivamente. "El Espíritu es multiforme en sus dones… Él sopla donde quiere. Lo hace de modo inesperado, en lugares inesperados y en formas nunca antes imaginadas… Él quiere vuestra multiformidad y os quiere para el único Cuerpo".45 A este propósito vale la indicación del Decreto Presbyterorum ordinis: "Examinando los espíritus para ver si son de Dios, [los presbíteros] han de descubrir mediante el sentido de la fe los múltiples carismas de los laicos, tanto los humildes como los más altos, reconocerlos con alegría y fomentarlos con empeño".46 Dichos dones, que llevan a muchos a una vida espiritual más elevada, pueden hacer bien no sólo a los fieles laicos sino también a los ministros mismos. La comunión entre ministros ordenados y carismas "puede impulsar un renovado compromiso de la Iglesia en el anuncio y en el testimonio del Evangelio de la esperanza y de la caridad en todos los rincones del mundo".47 Quisiera añadir además, en línea con la Exhortación apostólica Pastores dabo vobis del Papa Juan Pablo II, que el ministerio ordenado tiene una radical "forma comunitaria" y sólo puede ser desempeñado en la comunión de los presbíteros con su Obispo.48 Es necesario que esta comunión entre los sacerdotes y con el propio Obispo, basada en el sacramento del Orden y manifestada en la concelebración eucarística, se traduzca en diversas formas concretas de fraternidad sacerdotal efectiva y afectiva.49 Sólo así los sacerdotes sabrán vivir en plenitud el don del celibato y serán capaces de hacer florecer comunidades cristianas en las cuales se repitan los prodigios de la primera predicación del Evangelio.

El Año Paulino que está por concluir orienta nuestro pensamiento también hacia el Apóstol de los gentiles, en quien podemos ver un espléndido modelo sacerdotal, totalmente "entregado" a su ministerio. "Nos apremia el amor de Cristo -escribía-, al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron" (2 Co 5, 14). Y añadía: "Cristo murió por todos, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos" (2 Co 5, 15). ¿Qué mejor programa se podría proponer a un sacerdote que quiera avanzar en el camino de la perfección cristiana?

Queridos sacerdotes, la celebración del 150 aniversario de la muerte de San Juan María Vianney (1859) viene inmediatamente después de las celebraciones apenas concluidas del 150 aniversario de las apariciones de Lourdes (1858). Ya en 1959, el Beato Papa Juan XXIII había hecho notar: "Poco antes de que el Cura de Ars terminase su carrera tan llena de méritos, la Virgen Inmaculada se había aparecido en otra región de Francia a una joven humilde y pura, para comunicarle un mensaje de oración y de penitencia, cuya inmensa resonancia espiritual es bien conocida desde hace un siglo. En realidad, la vida de este sacerdote cuya memoria celebramos, era anticipadamente una viva ilustración de las grandes verdades sobrenaturales enseñadas a la vidente de Massabielle. Él mismo sentía una devoción vivísima hacia la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen; él, que ya en 1836 había consagrado su parroquia a María concebida sin pecado, y que con tanta fe y alegría había de acoger la definición dogmática de 1854".50 El Santo Cura de Ars recordaba siempre a sus fieles que "Jesucristo, cuando nos dio todo lo que nos podía dar, quiso hacernos herederos de lo más precioso que tenía, es decir de su Santa Madre".51

Confío este Año Sacerdotal a la Santísima Virgen María, pidiéndole que suscite en cada presbítero un generoso y renovado impulso de los ideales de total donación a Cristo y a la Iglesia que inspiraron el pensamiento y la tarea del Santo Cura de Ars. Con su ferviente vida de oración y su apasionado amor a Jesús crucificado, Juan María Vianney alimentó su entrega cotidiana sin reservas a Dios y a la Iglesia. Que su ejemplo fomente en los sacerdotes el testimonio de unidad con el Obispo, entre ellos y con los laicos, tan necesario hoy como siempre. A pesar del mal que hay en el mundo, conservan siempre su actualidad las palabras de Cristo a sus discípulos en el Cenáculo: "En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo" (Jn 16, 33). La fe en el Maestro divino nos da la fuerza para mirar con confianza el futuro. Queridos sacerdotes, Cristo cuenta con vosotros. A ejemplo del Santo Cura de Ars, dejaos conquistar por Él y seréis también vosotros, en el mundo de hoy, mensajeros de esperanza, reconciliación y paz.

Con mi bendición.
Vaticano, 16 de junio de 2009.

BENEDICTUS PP.XVI

1. Así lo proclamó el Sumo Pontífice Pío XI en 1929.
2."Le Sacerdoce, c’est l’amour du coeur de Jésus" (in Le curé d’Ars. Sa pensée – Son Coeur. Présentés par l’Abbé Bernard Nodet, éd. Xavier Mappus, Foi Vivante 1966, p. 98). En adelante: NODET. La expresión aparece citada también en el Catecismo de la Iglesia católica, n. 1589.
3.Nodet, p. 101.
4.Ibíd.,p. 97.
5.Ibíd.,pp. 98-99.
6.Ibíd.,pp. 98-100.
7.Ibíd.,p. 183.
8.A. Monnin,Il Curato d’Ars. Vita di Gian-Battista-Maria Vianney, vol. I, Ed. Marietti, Torino 1870, p. 122.
9. Cf. Lumen gentium, 10.
10.Presbyterorum ordinis, 9.
11.Ibid.
12."La contemplación es mirada de fe, fijada en Jesús. ‘Yo le miro y él me mira’, decía a su santo cura un campesino de Ars que oraba ante el Sagrario": Catecismo de la Iglesia católica, n. 2715.
13.Nodet,p.85.
14.Ibíd.,p. 114.
15.Ibíd.,p. 119.
16.A. Monnin,o.c., II, pp. 430 ss.
17.Nodet, p. 105.
18.Ibíd.,p. 105.
19.Ibíd.,p. 104.
20.A. Monnin,o.c., II, p. 293.
21.Ibíd.,II, p. 10.
22.Nodet, p. 128.
23.Ibíd.,p. 50.
24.Ibíd.,p. 131.
25.Ibíd.,p. 130.
26.Ibíd.,p. 27.
27.Ibíd.,p. 139.
28.Ibíd.,p. 28.
29.Ibíd.,p. 77.
30.Ibíd.,p. 102.
31.Ibíd.,p. 189.
32.Evangelii nuntiandi, 41.
33.Benedicto XVI,Homilía en la solemne Misa Crismal, 9 de abril de 2009.
34. Cf. Benedicto XVI,Discurso a los participantes en la Asamblea plenaria de la Congregación para el Clero. 16 de marzo de 2009.
35. P. I.
36. Nombre que dio a la casa para la acogida y educación de 60 niñas abandonadas. Fue capaz de todo con tal de mantenerla: "J’ai fait tous les commerces imaginables", decía sonriendo (Nodet, p. 214).
37.Nodet, p. 216.
38.Ibíd.,p. 215.
39.Ibíd.,p. 216.
40.Ibíd.,p. 214.
41.Cf. Ibíd., p. 212.
42. Cf. Ibíd., pp. 82-84; 102-103.
43.Ibíd.,p. 75.
44.Ibíd.,p. 76.
45.Benedicto XVI,Homilía en la celebración de las primeras vísperas en la vigilia de Pentecostés, 3 de junio de 2006.
46. N. 9.
47.Benedicto XVI,Discurso a un grupo de Obispos amigos del Movimiento de los Focolares y a otro de amigos de la Comunidad de San Egidio,8 de febrero de 2007.
48. Cf. n. 17.
49. Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. Pastores dabo vobis, 74.
50. Carta enc. Sacerdotii nostri primordia, P. III.
51.Nodet, p. 244.

Fuente y traducción: Zenit

Comentarios

Anónimo
19/06/2009 a las 6:50 pm

Y además…

¿Qué misa habrá celebrado el santo cura de Ars, qué catecismo y que teología de la misa habrá enseñado, que oraciones y que canciones habrá rezado, como daba la comunión, en la mano y de pié, que grado de participación le daba a los fieles durante la misa, que ecumenismo practicaba, que enseñaba sobre la salvación?… le faltó preguntarse al Papa.

Y añadiría además, ¿que nos habrá querido decir la bienaventurada beata Ana Catalina Emmerith en sus profecías sobre la Iglesia y especialmente sobre el sacerdocio?. Veamos:

http://www.capillacatolica.org/ProfeciasAnaCatalinaEmmerich.html

Mucho gozo y alegría en el discurso pero no quieren ni remotamente ver el CAOS en el que está la Iglesia y el sacerdocio a causa del Vaticano II y la nueva misa… ¿o será que no quieren ver su responsabilidad tampoco?. Sigamos gozando y gozando con la DESOLACIÓN en los altares…

Saludos

Matías



    Anónimo
    21/06/2009 a las 4:22 am

    Estimado Matías:

    No sé

    Estimado Matías:

    No sé quien en usted, pero tiene toda la razón, contra los que se ilusionan con el supuesto tradicionalismo de Benedicto XVI.

    P. Juan José Turco.

    FSSPX



      Anónimo
      22/06/2009 a las 6:45 pm

      Gracias

      Estimado Padre:

      Solo soy un fiel amigo de la FSSPX, bastante temerario a veces, que anhela el avance de la misa tradicional. Es posible que el Papa realmente quiera un avance hacia la restauración y que la realidad lo presione tanto que sienta la necesidad de reafirmar publicamente la "autoridad" del Vaticano II y otras novedades en la Iglesia… no lo sé, pero puede ser. La paciencia y la esperanza no son mis fuertes, debo orientarme a trabajar estas y otras virtudes en retiro interior espiritual. Los fieles muchas veces estamos demasiado en la realidad institucional  y descuidamos las cosas espirituales por las cuales se nos pedirán cuenta en nuestro juicio particular. En fin, gracias Padre.

      Saludos

      Matías Catalá



    Anónimo
    21/06/2009 a las 8:47 pm

    El Santo cura de Ars

    El Santo cura de Ars convertía almas pero no enseñando teología, lo hacía con su ejemplo de vida y con un catecismo simple como para que los campesinos y habitantes de Ars pudieran entenderlo, La simplicidad y sus mortificaciones eran conocidas y no fue su intelectualidad sino su sencillés y su amor por las almas lo que movilizó todo un pueblo.  Era un hombre simple con virtudes heroicas inmensas.  No importa si daba la comunión en la mano o de pie o de rodillas, lo importante era que quien la recibía sabía a Quien estaba recibiendo.   ¿Qué ecumenismo podría practicar un santo sacerdote en un pueblito como Ars?   Decir eso es no conocerlo.     Logró que multitudes se movilizaran al pueblo buscando confesión. 

    Creo que no debemos preguntarnos tanto cómo celebraba o que teología predicaba sino qué hacía para convertir a tanta gente, hacerlas amar a Dios cuando sus vidas se dirigían en sentido contrario.

    Cualquier sacerdote bien dispuesto puede celebrar la Misa Tradicional, puede enseñar la correcta teología pero no creo que muchos, ni siquiera pocos puedan llevar la vida de santidad de ese sacerdote. Tal vez haya alguno en algún lugar pero santos así dificil.  Lea su vida, hay una muy buena edición de Francis Trochu de Ediciones Palabra, se la recomiendo.

    Y no sea tan severo al juzgar al Santo Padre, él está tratando de arreglar lo que se desarregló tal como el Santo Cura de Ars lo hizo con ese pueblito.  Tal vez no tenga su santidad pero con nuestras oraciones, sin criticar ni denostar logrará recomponer lo torcido.  Tenga confianza.    

    Alejandra



Anónimo
20/06/2009 a las 12:28 am

No que No.

Ahí está la respuesta, esta carta es conmovedora y esencialmente Tradicionalista ( desde el punto de vista de la Biografía del Santo Cura de Ars ) Todo los frutos que este Santo Sacerdote le brindó a la Humanidad y a tantas almas a él encomendadas fueron Gracias a la Doctrina verdadera de la Iglesia al igual que a la Celebración de la Santa Misa Estrictamente Tridentina. Econtramos en cada párrafo una enseñanza que proviene de lo que es un Santo Sacerdote en estado de Gracia y conciente de su ministerio puede lograr y  debe lograr, ya que a él se le han confiado lo mas Preciado para Nuestro Señor, LAS ALMAS.

Me quedo con una pregunta ¿será o no será Tradicionalista el Papa?

Hasta Pronto.

Saludos ABIGAIL



Anónimo
21/06/2009 a las 4:41 am

Leyendo esta carta en el

Leyendo esta carta en el contexto de la situación actual de la Iglesia, uno se da cuenta que NO  ES  TRADICIONAL, es UNA  FALLA TÍPICA DEL PSEUDO RESTAURADOR Benedicto XVI.

  Veo dos errores graves:

Uno general: usar lenguaje católico (que es bueno) pero aplicándolo a la realidad modernista:  es el engaño (para no ser mal pensado) de Benedicto XVI.  Por ejemplo, habla dela grandeza del sacerdote o de la Misa, usando palabras católicas, pero lo que hay "oficialmente" hoy en día es la misa nueva, memoria de la Última Cena, o sacerdotes que son los "presidentes de la Asamblea".  Entonces el Papa va a incitar a que sean buenos sacerdotes… MODERNISTAS.  O que hagan con mucho respeto la misa… NUEVA.  O que tengan mucha devoción… a la Eucaristía consagrada al menos dudosamente en el rito nuevo.

Otro particular: cuando cita al concilio vaticano II, hablando de  "reconocer sinceramente y promover la dignidad de los laicos y la función que tienen como propia en la misión de la Iglesia",   ¿Acaso el Cura de Ars fomentaba a los laicos arriba del altar, las mujeres dando la comunión, "proclamando las lecturas", los "diáconos permanentes" (o sea simples laicos) haciendo supuestas ceremonias que reemplazan a la misa, y engañan a la gente sencilla?

No nos autoengañemos: Benedicto XVI  NO quiere quitar el modernismo de la Iglesia, sino barnizarlo de conservadorismo.

P. Juan José Turco.

FSSPX



    Anónimo
    22/06/2009 a las 4:00 pm

    Estimados P. Turco

    Que dolor me produce su falta de unión con el Santo Padre. Creo que Ud. es de esos que piensan que lo que no están con usted son traidores…. pobre almas las que usted "ayuda"…  lo tendré muy presente en mi misa "NUEVA" todos los días.



    Anónimo
    22/06/2009 a las 11:57 pm

    P. Turco, creo que se

    P. Turco, creo que se confunde y me entristece profundamente ver las posturas tan rígidas de un lado o de otro.  Soy una convencida que en épocas de Juan Pablo II se soltaron un poco las riendas de la Iglesia lo que permitió abusos y nuevos movimientos bastante confundidos en lo que es doctrina, liturgia y hasta me atrevo a decir dogmas.   Me ha tocado vivirlos y sufrirlos.    Hoy, estoy absolutamente convencida que el Santo Padre está tomando las riendas y dirigiendo la Iglesia tratando de erradicar los vicios y desórdenes que en ella encontramos.    Confío en él.    Me duele ver como diferentes fracciones de una misma Iglesia tiran cada uno desde lados opuestos.

    Si apoyáramos en algo al Santo Padre, tal vez podríamos llegar a un buen fin.   

    Le comento que hace  catorce años, vivía en Santiago de Chile, mi marido trabajaba en la embajada Argentina y debido a eso yo tenía relación con gente de diferentes países.  Siempre amé el rezo del Santo Rosario y más aún si es entre varios amigos o en familia.  Un día lo comenté y una señora muy joven, colombiana, me invitó a su casa un jueves por la tarde, al llegar me encontré con más o menos veinte personas que se aprontaban a comenzar el rezo del Santo Rosario. Eran todas esposas de diplomáticos, de Francia, España, Venezuela, Colombia, Brasil, también de Chile y llegué yo de Argentina.  Usted no se puede imaginar o tal vez sí, a veinte mujeres de rodillas rezando  con la entonación de diferentes países.

    Siempre nos visitaba un sacerdote de algún lugar que ellas conocían yo era todavía muy nueva en el país.  Un día una de ellas invitó a un sacerdote con sotana, algo diferente a la que conocíamos, era un sacerdote de la FSSPX.  Una de ellas dijo que no rezaría porque este no era un sacerdote verdadero, que rechazaba al Papa y que no lo iba a tolerar.    La dueña de casa, esa joven colombiana, le dijo que estaba bien, que era su decisión pero que no dejara de rezar a María por él y por la unidad de la Iglesia de Cristo.  Luego muy dulcemente la invitó a quedarse y se quedó.  Se que muchos rosarios fueron para esa unión, muchas veces lo recordamos y este sacerdote cuyo nombre no recuerdo nos habló, nos enriqueció y quedamos todas muy llenas de tanta sabiduría, tolerancia ante nuestras preguntas y buen trato.

    Es posible P. Turco, es posible encontrar un lugar de diálogo, amor y comprensión como ese sacerdote de la Fraternidad lo consiguió hace catorce años.  No seamos tan cerrados, Cristo no lo era, se tomaba su tiempo y con sus Palabras sanaba, salvaba, consolaba y enseñaba.

    Ayudemos al Santo Padre, seguro que saldrá algo bueno de su esfuerzo.

    Alejandra

     



    Anónimo
    22/07/2009 a las 5:44 pm

    ¡Gracias Padre Turco!

    Realmente me alegra, y mucho, encontrar un mensaje tan claro y nítido, tan necesario en este presente continuo que vive la FSSPX, el Clero y la Iglesia toda, en que las Palabras de Ntro S. Jesucristo parecen más audibles que nunca cuando inquiría sobre la escasa Fe de los tiempos de su Venida.

    Nuestro querido y tan indebidamente apoyado Papa no sólo es no tradicionalista, como Ud bien dice, sino un envenenador sutilísimo, paladín del Modernismo que cuando afirma una verdad, no parece otra cosa que lo hace para rehabilitar todas las objeciones falaces que contra ella se impusieron a la Pequeña Grey Católica desde el Falible Concilio Vaticano Segundo. Así entonces me refiero a las Excomuniones a la Tradición, a la Misa de Siempre, al Holocausto Verdadero, al Reinado Social de Cristo, a la Música Sagrada, a las Misiones, a la Eucaristía, al Orden Sagrado e Imitación de Cristo y de sus Santos.

    La trampa mortal se ha profundizado. Y muchos siguen las perlas perdidas, cuando arrojadas a los cerdos (por el N(e)O-tradicionalismo vaticano), sólo les sirven para revolcarse en el mismo fango de siempre.

    Besando sus benditas manos. Adrián López



leonardo
21/06/2009 a las 1:42 pm

Estimado Padre

Es evidente que usted por Benedicto XVI no tiene ni simpatía, ni reconoce su autoridad, ni siquiera se permite un análisis caritativo en el tremendo aquelarre que es la Iglesia hoy y que el Papa, como puede, debe gobernar.
Además sus juicios, que son definitivos, como por ejemplo: "Benedicto No quiere…" y en verdad, ¿usted sabe realmente lo que quiere y lo que puede el Papa?, ¿usted puede con toda certeza afirmar que el Papa solo quiere barnizar y seguir con los desvarios liturgicos?, si lo sabe y lo dice con tanta seguridad, realmetne lo admiro por su conocimiento de los íntimos pensamientos y deseos del Papa.
Ahora bien, usted me responderá que por "sus frutos los conocereis" y esto es verdad, y yo conincido con usted y creáme que comparto mucho de su opinión. Pero también debemos ver el horizonte, negro horizonte, en el contexto total, es decir, ¿cuanto puede hacer o resolver o restaurar el Papa hoy por hoy?, no cree usted que, sin olvidar sus propias contradicciones y considerando que es un sacerdote de estos tiempos modernos, está rodeado de enemigos tremendos, que su poder (real) de maniobra está muy acotado, que se enfrenta a una presión interna y externa que de desatarse pueden hacer volar por los aires lo que queda de la Iglesia, en fin las cuestiones estratégicas y tácticas no deben ser despreciadas el futuro ciertamente es dificil y creo que el Papa ciertamente quiere y desea la salvación de la mayor cantidad de almas y maniobra con sutileza y en un camino estrecho. Si, yo concozco las promesas de Nuestros Señor, creo firmemente en la asistencia del Espíritu Santo, se que nuestra Señora y Reina protejerá a sus hijos, todo esto lo se, confio y espero con ánimo y esperanza,  pero no conozco nada de lo que si conoce el Papa, este conocimiento de una realidad mucho mas negra de lo que usted y yo nos imaginamos, seguramente debe pesar fuertemente en su espíritu, yo al menos, no podría soportarlo.
Pienso que la discusión doctrinal con la FSSPX puede desencadenar, finalmente, el enfrentamiento entre el modernismo apóstata y la sana y única doctrina católica y supongo que el Papa lo sabe (y ¿quiere?, eso no lo se) y quizas sea una sutil maniobra y medida, dentro de aquellas posiblidades tan acotadas que dispone, para abrir el camino hacia la restauración. Padre me permito invitarlo a rezar sinceramente por el Papa, mas allá de sus errores y contradicciones es un buen hombre, necesita de esta asistencia urgente, lo sugiero que atempere ese espíritu tan duro y, disculpe el atrevimiento, tan áspero y un poco resentido contra Su Santidad, en estos tiempos los católicos debemos velar armas y prepararnos para la defensa de la fe, yo creo que el Papa es el Papa, jefe de la Iglesia y Pastor universal y lo seguiré a menos que me demuestre que el también apostató, cosa que hasta ahora no creo. Un saludo en NSJ, Mario Bianchet

 



Anónimo
24/06/2009 a las 11:53 pm

Estimado P. Turco

Estimo que P.  es por Padre no?

Podrá informarme usted que horarios dedica para el sacramento de la reconciliación y en que parroquia?



Anónimo
25/06/2009 a las 2:51 pm

¿Diáconos permanentes…

simples laicos?

Eso es demostrar ignorancia acerca del Diaconado y de la historia de la Iglesia.

W. Foster D.



Anónimo
22/07/2009 a las 10:14 pm

coincidimos en pleno con Alejandra

 desde Uruguay, no puedo dejar pasar el comentario de ALEJANDRA, E INVITAR a nuestros hermanos en la Fe a orar con el corazón y dando testimonio de firmeza, perseverando en la fidelidad a la Iglesia en Cristo Jesús…



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