Amoris laetitia, tres percepciones, tres reacciones
«La ley natural no debería ser presentada como un conjunto ya constituido de reglas que se imponen a priori al sujeto moral, sino que es más bien una fuente de inspiración objetiva para su proceso, eminentemente personal, de toma de decisión».
«Por ello, un pastor no puede sentirse satisfecho sólo aplicando leyes morales a quienes viven en situaciones irregulares», como si fueran rocas que se lanzan sobre la vida de las personas. Es el caso de los corazones cerrados, que suelen esconderse aun detrás de las enseñanzas de la Iglesia «para sentarse en la cátedra de Moisés y juzgar, a veces con superioridad y superficialidad, los casos difíciles y las familias heridas». En esta misma línea se expresó la Comisión Teológica Internacional: «La ley natural no debería ser presentada como un conjunto ya constituido de reglas que se imponen a priori al sujeto moral, sino que es más bien una fuente de inspiración objetiva para su proceso, eminentemente personal, de toma de decisión. A causa de los condicionamientos o factores atenuantes, es posible que, en medio de una situación objetiva de pecado -que no sea subjetivamente culpable o que no lo sea de modo pleno- se pueda vivir en la gracia de Dios, se pueda amar, y también se pueda crecer en la vida de la gracia y la caridad, recibiendo para ello la ayuda de la Iglesia».
Exhortación Apostólica Amoris laetitia, Nº 305
Parece útil sintetizar en tres posturas la reacción de los católicos que adhieren a la moral tradicional ante la ExhortaciónAmoris Laetitia, que ha producido una explosión.
Naturalmente, nadie que haya analizado AL siquiera rápidamente pasa por alto los puntos oscuros del documento. Pero las cualificaciones difieren. Para simplificar los desafíos de este análisis nos parece que se impone simplificar las cosas en un esquema básico que definiríamos como tres percepciones – tres reacciones.
Me parece que estas son, a saber:
1) El documento es insustancial, pleno de vaguedades, retórico. Sus efectos son agregar más confusión a la confusión reinante. No hay afirmaciones contra la Fe o la Moral sino más bien frases ambiguas y un hilo conceptual inconsistente.
2) El documento no es magisterial, sino solo un conjunto de reflexiones sobre las conclusiones de los sínodos. De modo que no obliga y se lo debe analizar a la luz de del Magisterio precedente.
3) Amoris laetitia es una pieza voluntariamente enredada, pero no por déficit intelectual de sus autores, sino por estrategia. Se pretende proteger una praxis heterodoxa bajo el resguardo de algunas afirmaciones ortodoxas salpicadas aquí y allá, aunque a renglón seguido se las contradiga o diluya, casi siempre en la propuesta pastoral.
Un breve análisis de cada posición
La primera posición parece resguardarse de las consecuencias que obliga a asumir esta kilométrica exhortación. En el caso de los sacerdotes tal vez busquen preservar la Fe de los católicos en la Ley de Dios, mantener la certeza de que Ella es algo revelado e inmutable quitando importancia a los dichos de Francisco.
Algunos se sienten desarmados y traicionados cuando se los iguala, y hasta se los pone por debajo de los que la incumplen con la ley moral. Mientras ellos predican la indisolubilidad del matrimonio, Francisco los desautoriza con su forma impiadosa -aun en el Año de la Misericordia- de señalarlos como rigoristas. Quienes enseñan lo que la Iglesia manda y lo que prohíbe en materia moral son –según Francisco- los defensores de la letra muerta, los hipócritas. Son los fariseos duros de corazón, por practicar el Decálogo y condenar el abandono de su práctica sin piedad por los que sufren situaciones difíciles: son personas inmisericordes.
Su contraparte, por oposición, son los sacerdotes que han abandonado la doctrina y llevan adelante una “pastoral” en la que el protagonismo virtuoso aparece del lado de los divorciados y re-casados, los que no guardan la castidad, los concubinos, los homosexuales… ahora paladines de la misericordia.
Muchos de estos sacerdotes -y también sus fieles- han elegido una posición más bien prescindente: no hay nada contra la Fe en el documento. Es uno más, ya pasará. ¿Lo creen? Tal vez, como protección psicológica frente a una realidad brutal y espantosa, difícil de soportar.
Además, Francisco ha pensado para ellos, a fin de acentuar cierta impresión, expresiones consoladoras para quien lo lee muy superficialmente. Algunos párrafos que sugieren un hilo de continuidad con la doctrina tradicional, aunque los fundamentos que se arguyen se alejen de un modo impresionante de los que ha sostenido siempre la Iglesia.
Ciertos párrafos y frases consoladoras para estos católicos perplejos. Frases que algunos – muy optimistas– han dado en llamar “condenas” de faltas morales graves.
Por ejemplo el número 52:
Nadie puede pensar que debilitar a la familia como sociedad natural fundada en el matrimonio es algo que favorece a la sociedad. Ocurre lo contrario: perjudica la maduración de las personas, el cultivo de los valores comunitarios y el desarrollo ético de las ciudades y de los pueblos.
Ya no se advierte con claridad que sólo la unión exclusiva e indisoluble entre un varón y una mujer cumple una función social plena, por ser un compromiso estable y por hacer posible la fecundidad.
Debemos reconocer la gran variedad de situaciones familiares que pueden brindar cierta estabilidad, pero las uniones de hecho o entre personas del mismo sexo, por ejemplo, no pueden equipararse sin más al matrimonio.Ninguna unión precaria o cerrada a la comunicación de la vida nos asegura el futuro de la sociedad.
(Subrayados nuestros)
La condena: una necesidad moral
Se impone aquí una digresión antes de analizar el párrafo. Algunos se espantan de oír la palabra “condena”. En el sentido doctrinal significa que se tacha una afirmación como error. No se dirige necesariamente a personas, salvo cuando estas sostienen un error habiendo sido advertidas y llamadas a la retractación por la autoridad competente. Es decir, sostienen el error pertinazmente. Y esta condena de las personas pertinaces en el error está siempre sujeta a la retractación. Eso sí, la condena a su persona se puede levantar, pero no la del error. Esto ha significado siempre la “condena” o “anatema” en la Iglesia, hablando del orden doctrinal.
Por eso la condena es una necesidad moral. No puede sostenerse que existe una verdad objetiva si no hay un señalamiento oportuno de los errores que la contradicen. En particular la Verdad Revelada, aunque también conceptos de evidencia racional. La Iglesia formula su doctrina de dos maneras, entonces, afirmándola y fundamentándola, por un lado, y condenando su negación o distorsión por otro.
Aclarado lo cual resulta difícil decir que el párrafo arriba citado (52) contenga una condena de algo. En cuanto a la homosexualidad, formula argumentos naturalistas sobre la inconveniencia de que el modelo de Sodoma triunfe en el mundo. Es más, en la negación supuestamente condenatoria de un “matrimonio gay” o un concubinato, simple o adulterino, hasta se atenúa la frase con un giro que abre consecuencias desconocidas: “no pueden equipararse sin más a los matrimonios”… O sea que, con matices tal vez sí podría haber cierta equiparación. Por ejemplo si existe la “fidelidad”, algo ya se repetido durante los sínodos.
No deseo extenderme, pero los ejemplos son necesarios. Se “condena” también, con este estilo vago y sociológico la ideología de género, la contracepción y el aborto. Veamos la formulación, la intensidad y la claridad de tales “condenas”:
«Asimismo, el descenso demográfico, debido a una mentalidad antinatalista y promovido por las políticas mundiales de salud reproductiva, no sólo determina una situación en la que el sucederse de las generaciones ya no está asegurado, sino que se corre el riesgo de que con el tiempo lleve a un empobrecimiento económico y a una pérdida de esperanza en el futuro.
El avance de las biotecnologías también ha tenido un fuerte impacto sobre la natalidad». Pueden agregarse otros factores como «la industrialización, la revolución sexual, el miedo a la superpoblación, los problemas económicos. La sociedad de consumo también puede disuadir a las personas de tener hijos sólo para mantener su libertad y estilo de vida».
Es verdad que la conciencia recta de los esposos, cuando han sido muy generosos en la comunicación de la vida, puede orientarlos a la decisión de limitar el número de hijos por motivos suficientemente serios, pero también, «por amor a esta dignidad de la conciencia, la Iglesia rechaza con todas sus fuerzas las intervenciones coercitivas del Estado en favor de la anticoncepción, la esterilización e incluso del aborto».
Estas medidas son inaceptables incluso en lugares con alta tasa de natalidad, pero llama la atención que los políticos las alienten también en algunos países que sufren el drama de una tasa de natalidad muy baja. Como indicaron los Obispos de Corea, esto es «actuar de un modo contradictorio y descuidando el propio deber». (Nº 42)
(Subrayados nuestros)
Por amor a la dignidad de la conciencia, no por amor a la Ley de Dios. No dice Nuestro Señor “bienaventurado el que guarda la dignidad de su conciencia”, cualquiera sea el sentido de la frase tan del gusto moderno. De las familias numerosas, que deberían al menos ser alabadas, se dice que pueden en conciencia limitar sus hijos por motivos suficientemente serios… otra vez, según su conciencia. Sin guardar siquiera una pudorosa coherencia con la cita inicial del documento en la que, con el salmista, Francisco alaba la fecundidad del matrimonio como una bendición de Dios:
Tu esposa, como parra fecunda,
en medio de tu casa;
tus hijos como brotes de olivo,
alrededor de tu mesa.
Esta es la bendición del hombre
que teme al Señor.
Se deben guardar los Mandamientos por motivos muy diferentes de los argumentados aquí: “El que tiene Mis mandamientos y los guarda, ése es el que Me ama; y el que Me ama será amado por Mi Padre; y Yo lo amaré y Me manifestaré a él.» (Jn. 14-21). No conozco familia con muchos hijos que cargue tal responsabilidad para sostener la tasa de reposición poblacional u oponerse al estilo de vida consumista. El católico trae al mundo los hijos que Dios le da por amor a Dios.
A cuento de esto, para cerrar el punto, la Exhortación se inicia con bellos textos bíblicos sobre la familia, los hijos, la tradición, el respeto filial, etc. que bien pronto quedan en el olvido en aras de una terminología bien alejada de la Biblia. Quien lea hasta allí se sentirá consolado, pero si lee solo hasta allí se verá también cruelmente engañado por esas citas, quizás deliberadamente distractoras del sentido final de la exhortación.
La segunda postura, que representa a mi ver el Card. Burke, al menos en sus primeras manifestaciones, apunta a la categoría jurídica del documento. Esto ya lo había dicho en su momento –siendo presidente del Tribunal de la Prelatura Apostólica, la corte de Justicia de la Iglesia- lo que le costó su cargo. Lo dijo entonces a propósito de la Evangelii gaudium, a la que calificó de “documento programático” pero no magisterial.
Para que tenga carácter magisterial deberá declarar una doctrina conforme a la que la Iglesia ha sostenido siempre en su Magisterio. Y deberá “imponerla”, es decir dejar expreso con toda claridad que tal doctrina obliga a su observación bajo pena de pecado.
Dos cosas pues son necesarias a la doctrina: 1) ser clara y coherente con el Magisterio. 2) Ser obligatoria. En el caso de que la exponga un papa, se agrega la carga más grave: el ser Vicario de Cristo, instancia humana última de la autoridad de Cristo, le impone el deber de confirmar a sus hermanos en la Fe.
Lo que dice Burke es que los dichos de Francisco son sus propias opiniones como doctor privado sobre otros dichos de los sínodos que sintetiza, tal y como fueron amañados (que ya es otra historia). Pero no tienen validez magisterial ni obligan a nada. Y que deben interpretarse a la luz del Magisterio de la Iglesia. Trabajo que nadie se tomará, porque sería absolutamente inútil. Puesto que lo que entendemos ya lo sabíamos, y lo otro no lo entendemos… o preferimos no entenderlo.
Pero el Card. Burke no dice –por cierto tampoco lo ignora- que este documento parece destinado a legitimar prácticas ya establecidas ampliamente en la Iglesia. Será la fuente en la que todos beberán los argumentos para hacer lo que les parezca. Señalar este propósito es vital para entender la gravedad enorme del documento. Se ha quedado corto, lamentablemente, el estimado Cardenal Burke.
La tercera postura, es la que ya se insinúa en el tradicionalismo, en varios defensores de la doctrina moral católica del mundo filotradicional, y hasta ahora en algunos pocos miembros de la jerarquía, a la espera de que se sumen más y de más alto rango en días venideros.
Esta postura no excluye a la segunda pero da una visión más amplia y profunda del objetivo del documento. La cual se resume en el hecho de que la Exhortación es el perfeccionamiento de la doctrina modernista en el campo de la moral.
Dogma evolutivo, moral evolutiva. Fe inmanente, moral subjetiva…
Se ha trasladado el inmanentismo religioso, que está en la base del modernismo, a ese lugar donde les resultó más arduo de imponer en la práctica, porque el atavismo de las costumbres cristianas ha sido reacio a ceder. Para decirlo de un modo simple, hasta hoy teníamos sectores católicos que sostenían “misa nueva, sí; Asís, sí; todas las religiones adoran al mismo Dios, sí, pero adulterio y anticoncepción, no”. Ahora les presentan un documento que dice: “adulterio y anticoncepción: hay que ver cada caso…”
Se ha dicho muchas veces ya, pero es la clave. Si el dogma fuera evolutivo, ¿cómo no lo sería la moral? Sobre todo cuando la conciencia tiene, en los temas morales, un protagonismo tan principal. Al punto que a la mayoría de los católicos hoy, incluyendo a muchos conservadores, les parece que todo el tema moral se resuelve según su propia conciencia. Y Francisco con sus adláteres fogonean este error fatal para la salvación de las almas.
Las realidades morales son objetivas. Nuestras obligaciones también. Algunas las conocemos por la recta razón, pero otras han sido reveladas por Dios desde el Sinaí, paciente y detalladamente en las Escrituras; confirmadas por la doctrina y la praxis de la Iglesia durante 2000 años. Entre ellas, la institución del matrimonio, sus fines, su indisolubilidad -salvo por la muerte- y sus condiciones de validez. Hoy todo eso está cuestionado por un documento firmado por un papa.
Católicos oficialistas desarmados
Hasta hoy, de un modo general, se podría decir que había un sustento documental posconciliar para defender la objetividad de la moral. Muy relativo en sus efectos, pero al menos “oficial”, con autoridad, un recurso al que asirse para los que no quieren ni considerar la posibilidad de que un magisterio confuso y heretizante haya conducido a la crisis actual. Hoy ya no.
Hoy la moral parece haberse convertido, oficialmente, en un “como me parece” o “como yo lo siento”. Estoy casado o no según me parezca. Estoy en pecado mortal o no “si así lo siento”. Más aún, no existe el pecado mortal, ni ninguno otro. Es el triunfo de la subjetividad por sobre el Magisterio.
Jesucristo ha instituido un sacramento en el cual el sacerdote es juez de nuestros pecados. Y no pocas veces nos descarga de culpas que no eran tales o nos desayuna de pecados que no teníamos en claro. Por cierto que la conciencia -o su ausencia- pueden variar la culpa subjetiva del pecador, pero no la existencia objetiva del hecho pecaminoso o virtuoso.
Quizás el concepto central al que apela el documento sea la “conciencia”. Es el triunfo de la “moral de circunstancias”, que nació en el seno del protestantismo y se colaba ya en la Iglesia en tiempos de Pío XII. (2)
Un texto lleno de afirmaciones heretizantes
“Naturalmente, en la Iglesia es necesaria una unidad de doctrina y de praxis … pero ello no impide que subsistandiferentes maneras de interpretar algunos aspectos de la doctrina o algunas consecuencias que se derivan de ella. Esto sucederá hasta que el Espíritu nos lleve a la verdad completa (cf. Jn 16,13), es decir, cuando nos introduzca perfectamente en el misterio de Cristo y podamos ver todo con su mirada”. (Nº3)
(Subrayados nuestros)
El texto es de la Exhortación AL. La aplicación de la cita de San Juan al punto resulta asombrosa. El evangelista repite las palabras de Cristo cuando promete el Espíritu Santo en Pentecostés, en modo alguno en un futuro incierto aún no realizado, como sugiere Francisco, una revelación “abierta” a novedades futuras.
Francisco, por cierto, separa la doctrina (palabra usada 18 veces) de la pastoral (palabra usada 85 veces) sugiriendo que la discusión doctrinal sobre estos temas no está completa. La separa y la niega, cuando dice que subsisten diferentes maneras de interpretar algunos aspectos de la doctrina y sus consecuencias como si aún faltara que el Espíritu nos conduzca a la verdad completa.
De lo que se puede entender que la formulación de la doctrina moral de la Iglesia en materia matrimonial y sexual no se ha completado, algo que los católicos creíamos firmemente hasta hace algunos días; o que la Revelación no se ha cerrado y de algún modo se ha completado en la palabra de los apóstoles sino por las virtudes proféticas del Sínodo, que el Papa, interpreta también proféticamente.
Es complejo decir que estos textos son heréticos. Pero no lo es en absoluto afirmar que son heretizantes. La particular sensibilidad de la materia que se analiza, el interés de los medios, las pasiones desordenadas de tantos, darán particular realce al carácter oficial que las praxis ya comunes en muchas parroquias y diócesis adquieren ahora. Se habrá oficializado y se celebrará con la venia de Roma aquello que Nuestro Señor prohíbe expresamente en el Evangelio. Y se condenará lo que El manda…
Es difícil coincidir en que el documento es insustancial. Es sustancialmente malo. Y conforme a las percepciones de cada uno se pueden esperar las reacciones. Por eso es deber grave estar advertido y advertir.
Notas:
(1) En esta materia ver el interesantísimo reportaje al Card. Schömberg, uno de los presentadores de la Exhortación: insiste varias veces en que esta continuidad existe.
(2) En este vínculo se puede acceder a un resumen explicativo de este error. Sobre este tema leer el discurso de Pío XII del 18 de abril de 1952 sobre la moral de situación, w2.vatican.va/content/pius-xii/es/speeches/1952/documents/hf_p-xii_spe_19520418_soyez-bienvenues.html

