Amenazar al Demonio
» ¡Oh raza incrédula y perversa! ¡Hasta cuando he de vivir con vosotros! ¡Hasta cuando he de sufriros! Traédmelo acá. Entonces Jesús amenazó al demonio y salió del muchacho, el cual quedó curado desde aquel momento». ( Mt. XVII, 16-17)
Escribe Marcelo González
» ¡Oh raza incrédula y perversa! ¡Hasta cuando he de vivir con vosotros! ¡Hasta cuando he de sufriros! Traédmelo acá. Entonces Jesús amenazó al demonio y salió del muchacho, el cual quedó curado desde aquel momento». ( Mt. XVII, 16-17)
Escribe Marcelo González
A causa del gran desconcierto de líderes, doctrinas y movimientos en que se ha convertido la Iglesia Católica en las últimas décadas, advertimos, como consecuencia natural, la ruptura de la unidad de la Fe, del Culto y de la disciplina o gobierno. Y en el orden práctico, del sentido de la fe y de la pertenencia. Muchos que se consideran católicos no adhieren a la Iglesia en sí, sino a través de…… el movimiento, el líder, la corriente eclesial, la opinión teológica, o apenas a una estructura influyente. Este modo de injertarse en el tronco de la fe es harto precario.
No es novedoso que en la Iglesia han existido muchísimas congregaciones, órdenes y en cierto modo «movimientos» liderados por grandes santos. Movimientos de santificación, conversión, penitencia, adoración e, inclusive, de reconquista, como las cruzadas, que, en su espíritu, fueron un llamado a la recuperación de la Tierra Santa profanada por los infieles musulmanes para consagrarla nuevamente al culto del único Dios.
También existieron movimientos liderados por personas muy carentes de santidad -aunque con frecuencia hábiles teólogos, predicadores eficaces o falsos místicos-. Ellos han producido los grandes desgarramientos de la Iglesia: las herejías y cismas.
Con todo, la Iglesia ha sido y es amplia y generosa al acoger en su seno tantos y tantos «carismas». Lo importante es que todos ellos sean sarmientos directamente unidos al tronco de la vid, no mediante la opinión crítica del líder o del movimiento de turno. Podemos juzgar, por los frutos y por las definiciones del Magisterio aquello que en el pasado ha sido trigo y separarlo claramente de la cizaña. En cuanto el tiempo presente este juicio se vuelve muy arduo en muchos casos y en otros imposible.
¿Por qué? Porque estamos en medio de una crisis gigantesca, y las apariencias engañan con frecuencia… y porque la autoridad magisterial parece ausente en los dichos y en los hechos. Hemos sido sepultados por un monstruoso acopio de discursos, documentos, declaraciones…… pero no sentimos la presencia magisterial sino en contadas ocasiones. Las multitud de palabras atenta contra «la Palabra». Y las novedades contra el esplendor de la Verdad. Estamos en medio de las tinieblas.
¿Será inútil, entonces, que algunos, aunque seamos pocos, recordemos el Magisterio atemporal? Sin duda que no. Pero para una eficaz aplicación, son las propias autoridades jerárquicas de la Iglesia quienes, además de recordarlo y venerarlo, lo deberán poner en práctica en sus actos de gobierno. Y esto es lo que, en general, no se ve o se ve muy poco. El patético caso Maccarone ha sido en la Argentina un catalizador de elementos que han permitido analizar la situación patológica de nuestra jerarquía.
Es frecuente que los obispos más lúcidos y fieles a la Iglesia se limiten a diagnosticar los males de sus diócesis, a clasificar a su clero y a observar «lo poco que se puede hacer». Los menos lúcidos ni siquiera ven esto con claridad. Del resto mejor ni hablar.
Entonces, ¿no hay esperanza?
Obviamente sí, la esperanza sobrenatural y la fe firme en las palabras de Jesús. Ahí está el problema de los buenos: en la falta de fe. ¡Con qué frecuencia el Señor nos reprocha la flojedad de nuestra fe! Recordamos vivamente este pasaje evangélico:
Llevan ante Jesús a un joven lunático endemoniado. El padre del joven se queja: «Yo lo he presentado a tus discípulos y no han podido curarlo». Entonces Jesús recrimina: » ¡Oh raza incrédula y perversa! ¡Hasta cuando he de vivir con vosotros! ¡Hasta cuando he de sufriros! Traédmelo acá».
Observemos que Jesús no llama a su vocero a hacer una declaración ni reúne a los apóstoles para firmar un documento. Ordena sin lugar a dubitaciones: Traédmelo acá. Va al problema.
«Entonces Jesús amenazó al demonio y salió del muchacho, el cual quedó curado desde aquel momento».
Jesús amenazó al demonio. No lo invitó a dialogar, ni llamó la atención sobre los «elementos positivos que esta posesión podría tener» ni se «interpeló ante la angustiosa realidad del joven poseso». Amenazó al demonio. Lo conjuró. Y el demonio se retiró del pobre desgraciado.
«Entonces los discípulos hablaron aparte a Jesús, y le dijeron. ¿Por qué causa no hemos podido nosotros echarlo?»
Veamos: los discípulos le hablaron aparte a Jesús: ¿por qué causa no hemos podido nosotros echarlo? Esto supone que se sabían portadores de la potestad de conjurar y expulsar al demonio, y destruir sus pompas y sus obras. Eran conscientes de la potestad sacerdotal. ¿Se preguntan, prelados y sacerdotes por qué no pueden expulsar al demonio? ¿Se apartan para hablar con Jesús y requerirle una respuesta?
«Respondioles Jesús: Porque tenéis poca fe. Pues ciertamente os aseguro que si tuvieseis fe tan grande como un granito de mostaza, podréis decir a ese monte: trasládate de aquí a allá… y se trasladará… y nada os será imposible».
«Porque tenéis poca fe». (La fe en la Verdad, esplendor del Ser, Dios mismo).
«Y además, que esta casta de demonios no se lanza sino mediante el ayuno y la oración«. (Mt. XVII, 15 y ss.)
Ayuno y oración. La fe se aumenta y alimenta con la claridad de la doctrina y con la mortificación y la oración. Y con la oración por excelencia, el culto divino. La misa, el oficio de las horas.
Ahí está la respuesta. La da Jesús.
Pero en el capítulo anterior del propio Mateo encontramos un episodio que parece complementar adecuadamente esta recriminación sobre la «poca fe» de la jerarquía eclesiástica. Jesús se ha revelado abiertamente a sus discípulos como el Mesías y les anuncia que irá a Jerusalén, donde padecerá mucho de parte de los ancianos, y de los escribas y de los príncipes de los sacerdotes, y que será muerto y que resucitará al tercer día.
Pedro, el príncipe de los apóstoles, la piedra, la cabeza de la Iglesia militante lo llama aparte y le dice: «Ah, Señor, de ningún modo: no, no ha de verificarse eso en ti». Es decir, me niego a la pasión, me niego a la humillación y a la muerte de Cristo, es decir, me niego a la Redención. Arreglemos con los escribas y fariseos. Abramos las puertas al mundo. No nos metamos en problemas……
A lo cual Jesús responde: «Apártate de mí, Satanás que me escandalizas… porque no tienes gusto de las cosas de Dios, sino de las de los hombres». Agregando a continuación, esta vez a todos sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame. Pues quien quisiere salvar su vida la perderá… más quien perdiere su vida por amor a mí, la encontrará». (Cfr. Mt. XVI, en general y vs. 22 y ss en particular).
¿Hace falta decir que Pedro representa allí la tentación de pactar con el mundo que ha sufrido la jerarquía de todos los tiempos? ¿Es necesario señalar la convergencia del «ayuno y la oración» por medio de los cuales se expulsa a cierto tipo de demonios y el «niéguese a sí mismo». Finalmente, ¿no es obvio que todo aquel que «quisiere salvar su vida», en especial si es clérigo, no tiene «el gusto de las cosas de Dios, sino de las de los hombres». Y por eso habla tratando de salvarse, aunque el Señor le ha anticipado hace casi 2000 años que de ese modo «perderá su vida». Y lo que es peor, perderá la «vida» de sus fieles.
De donde, si queremos que esta clase de demonios sea expulsada deberemos rogar a Dios que mueva los corazones de todos, fieles y clero. Y a los propios pastores que vuelquen su vida al ayuno y la oración, que no teman amenazar al demonio -aun con una fe del tamaño de un granito de mostaza, será suficiente- y que hagan brillar el esplendor de la verdad hablando como doctores de la Fe en sus dichos y confirmado su potestad de pastores en sus actos de gobierno.
De ese modo salvarán sus vidas y las de su rebaño. El resto quedará en manos del Señor hasta que llegue la hora de la cosecha. La Iglesia ha padecido y tiene aún mucho que padecer bajo los ancianos, los escribas y los fariseos. No es tiempo de negociar. Es la hora, más que nunca, de amenazar al demonio.

