Algo Huele a Podrido en Dinamarca
El fariseísmo, esa lacra espiritual que ha carcomido a tantos católicos, cuyo nombre arraiga en la secta de los doctores de la ley del Antiguo Testamento a quienes Nuestro Señor llama con notable insistencia «hipócritas»…… ese fariseísmo está presente en la Iglesia desde siempre, en distintos grados, en la pre y en la post conciliar. Solo que en la segunda suma al horror de la impostura el error de la doctrina.
Escribe Ricardo Fraga
El fariseísmo, esa lacra espiritual que ha carcomido a tantos católicos, cuyo nombre arraiga en la secta de los doctores de la ley del Antiguo Testamento a quienes Nuestro Señor llama con notable insistencia «hipócritas»…… ese fariseísmo está presente en la Iglesia desde siempre, en distintos grados, en la pre y en la post conciliar. Solo que en la segunda suma al horror de la impostura el error de la doctrina.
Escribe Ricardo Fraga
Corría el año 1987 cuando, en el estadio deportivo de Vélez (Buenos Aires), el Papa Juan Pablo II convocaba (o, más bien, desafiaba) a la Iglesia argentina con aquellas palabras eficaces que Jesucristo dirigiera una vez a un paralítico: » ¡levántate y camina!».
El sucesor de Pedro (quizás con la gracia de estado que le ha sido prometida) intuía el hondo mal que, a lo largo de una centuria, ha recorrido el cuerpo moral de la Iglesia en nuestra patria, particularmente de su clero, de su jerarquía: la parálisis, la cual ha conllevado a la inacción, a la infecundidad, a la esterilidad y a la crónica inutilidad de todas las empresas, así como (last but not least) a la ausencia casi total de toda genuina contemplación mística e intelectual, de toda producción literaria de envergadura, de toda santidad institucional.
Alguna «rara avis» no modifica dicho cuadro y, antes al contrario, emerge como la tremenda excepción que confirma la regla.
Hay, con todo, una situación particular extraordinaria que marca (como un carácter que se imprime en el alma) la significación espiritual, no diría yo de la crisis (porque la crisis es manifestación de vida), del estado desértico en que se encuentra la Iglesia nacional.
Esa excepcionalidad es el Padre Leonardo Castellani.
El describió, padeció y profetizó todas las purulentas lacras que entonces, y ahora, la afectan. Fue el «mesías sufriente» de una causa (humanamente) perdida.
Con ser el don más precioso que la Providencia nos concediera (y, va sin decir, el mejor teólogo y exégeta del país, sin hablar de sus dotes filosóficas y de sus condiciones literarias) es todavía hoy casi desconocido del gran público eclesiástico, cuando no considerado «clandestino» o «sospechoso de heterodoxia» por muchísimos núcleos clericales. (Puedo atestiguar bajo juramento que, cuanto menos, en un seminario semivacío de una diócesis del gran Buenos Aires de emérito y publicitado pastor, Castellani es un perfecto desconocido de profesores y discípulos).
Y, sin embargo, en el dolor de Castellani o, mejor, en la injusticia canónica con que sus pares lo trataron está todo el meollo del espanto moral que hoy nos asquea y que humilla, ante un mundo desbordado de cinismo y vileza, a la «casta e inmaculada Esposa del Cordero», salpicada por la hipócrita conducta de algunas de sus miembros (jerarcas) más representativos y que va más allá de la «santidad pecadora» a que alude Joseph Ratzinger en su «Introducción al cristianismo».
Es que, «una injusticia no reparada es una cosa inmortal» y el daño causado en Castellani es el fruto de un fariseísmo «conventual» cuyas perversiones (incluso en el resbaladizo terreno de la castidad) el insigne escritor denunció (y le fue en ello la vida) a lo largo de todos sus escritos, algunos de los cuales han sido milagrosamente rescatados y editados por sus amigos en «Cristo y los fariseos», obra cuya lectura (o relectura) se torna imperiosa en estos trágicos momentos de perturbación.
La castidad es una plenitud y un equilibrio no fácil de alcanzar. Está vinculada (como toda virtud) a la esfera intelectual de los afectos y se manifiesta, no tanto en una pura negatividad compulsiva (como quebranto de la ley), sino en el «orden del amor» que es contemplación gozosa y posesiva de la verdad, del bien y de la belleza.
Por estas razones la castidad no está tan sólo vinculada a la voluntad, cuanto a la inteligencia que dirige e ilumina todos los actos de nuestra vida.
En esa dirección (y por estrictas razones sobrenaturales) la Iglesia de Roma ha impuesto a su clero la (dura) cruz del celibato, como ordenación sacra de los propios impulsos, y aún de la misma vocación humana, a un servicio mejor y más sublime: la alabanza de Dios. Por este motivo no es de extrañar que, en medio de un sacerdocio absolutamente secularizado, surjan cuestionamientos severos a la vigencia de tan (fuera de ese contexto) enojosa imposición.
Dicho más francamente: en una iglesia que renunció al primado de la inteligencia y a la sacralizad latréutica y sacrificial del culto, el celibato carece de todo razonable sentido. Sólo engendra tedio, desdén y rechazo que aceleran y multiplican las caídas, más allá de todas las atendibles que (naturalmente) emerjan de la fragilidad de nuestra naturaleza.
Pero el celibato (una vez aceptado) implica castidad y, cuando ello no es posible, al menos el decoroso cumplimiento de los deberes de estado. Y esto es una disciplina que a todos nos alcanza: célibes o casados, hetero u homosexuales, hombres o mujeres, laicos o clérigos.
Nadie está exento de una debilidad y todos cuando caemos, con el auxilio de la gracia, nos debemos levantar. Sin justificar ni disculpar jamás nuestro pecado, librados tan sólo a la misericordiosa comprensión de lo Alto, siempre y cuando no se hayan, con la torpeza sexual, comprometido también las rigurosas exigencias de la virtud de la justicia, punto que el Episcopado argentino parece escandalosamente olvidar al enfocar el «caso Maccarone» ya que de él, en definitiva, estamos escribiendo.
Antes de «saltar a la luz» esa extraña relación con un remisero (que, a estar a los periódicos, principió cuando éste tenía 19 años y finalizó a los 23), algún obispo, ¿se preocupó en indagar el tendal de víctimas que pudo haber quedado a lo largo de un «cursus honorum» que incluyó también la actividad en seminarios? (y no es una presunción apresurada si se tiene en cuenta el antecedente de «acoso» ventilado hace ya un largo tiempo, cuando el nombrado era obispo de Chascomús y ahora llamativamente olvidado por la prensa que entonces lo publicitó).
Naturalmente que todo esto no implica justificar (si los hubo) procedimientos extorsivos empleados y de los cuales, dolorosamente, ninguna persona con tendencias homosexuales está exenta (recuérdese el viejo film inglés, con Dirk Bogarde, «Víctimas»).
Aquí no cuestionamos dicha tendencia (si la hay) en Mons. J.C.Maccarone. Desde el punto de vista del derecho positivo vigente es su propia (e incuestionable) opción. Mas, desde el ángulo de la teología moral debió atenerse a las normas pastorales de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe (publicadas en tiempo del cardenal Ratzinger), que intentan socorrer con misericordia y discreción a todos los cristianos que atraviesan por dicha conflictividad.
Y, siendo como es, un obispo de la Iglesia de Dios, al ver sucumbidos todos sus esfuerzos (la relación de que se trata duró cuatro años) tener el coraje espontáneo de renunciar, y no hacerlo recién bajo la presión de un estallido que amenaza y compromete la fe de los sencillos.
No cabe duda de que si el involucrado hubiese sido un representante de la denostada «derecha fascista» ( ¿existe algo así?) hubiese sido catapultado al último círculo del infierno mediático.
Empero, tratándose de un cofrade del «mismo palo» la cuestión se deriva a la oprobiosa «conjura» de un feudalismo provincial (que seguramente existe).
Ha quedado mal parado «el obispo del gobierno» (cf. tedeum del 9 de julio de 2005 en Santiago del Estero) y el malo de la película (Mons. Baseotto) ha pasado a integrar el elenco de los personajes del Antiguo Testamento (del vocero episcopal, «La Nación», 25/8/2005).
La conferencia episcopal no ha estado a la altura de la circunstancias y sus vacuas exhortaciones a la «conmiseración personal» (amén de su intolerable tufillo clerical) ha dejado al descubierto su olímpico desprecio por las repercusiones específicamente morales del asunto, como si una presunta trayectoria pastoral alcanzase para disimular una catástrofe.
Con todo, no nos engañemos, y menos con histéricos grititos de «masculinidad»: el problema homosexual (si así cabe impropiamente llamarlo) existe (y existirá) en todos los ambientes, sin que ninguno de ellos quede exento (izquierdas y derechas, tradicionalistas, nacionalistas y socialistas, «laica» o «libre») y por ello no es conveniente (ni prudente) desgajar el árbol que se tiene en pie o apagar la mecha que aún humea.
La Santa Sede lo sabe bien (y son de alabar sus rápidos reflejos en este tema). La Iglesia Católica es «experta en humanidad» (Pablo VI) y «nada de lo que es humano le es ajeno».
El «caso Maccarone» no es, en definitiva, una «cuestión sexual» sino ontológica: Castellani fue suspendido «a divinis» (él, que por sus talentos, estaba llamado a regir) y estos obispos de morondanga (que están destinados a barrer) son los que comandan (en medio de un fariseísmo sin igual) los destinos del Pueblo de Dios. Algo huele a podrido en Dinamarca.

