Al cabo de cinco siglos, descubrimos la verdad
Todo comenzó cuando la era moderna nacía. Un tal Martín Lutero, muy homenajeado en estos tiempos, hombre teatral, con excelentes condiciones para hacer carrera política en el Conurbano bonaerense, decidió que los votos -religiosos, aclaremos- en especial el de castidad, resultan demasiado gravosos.
Talento dramático e hidrografía teológica
Todo comenzó cuando la era moderna nacía. Un tal Martín Lutero, muy homenajeado en estos tiempos, hombre teatral, con excelentes condiciones para hacer carrera política en el Conurbano bonaerense, decidió que los votos -religiosos, aclaremos- en especial el de castidad, resultan demasiado gravosos. Y de allí, como era “doctor”, presentó un escrito a su modo, reclamando la ampliación de derechos de los cristianos. Sin hacer copia ni pasar por mesa de entradas, lo clavó en la puerta de una iglesia con un puñal.
Hubiera sido un gran actor.
El resto lo completaron algunos príncipes alemanes que más tarde se hicieron fuertes en la zona del Rihn, que como todos sabemos, desemboca en el Tiber. Lutero les dio los instrumentos para refinanciar sus deudas y abrirse camino en la vida.
No aguanto más a la gallega: me quiero divorciar
Y otro tanto ocurrió en la Pérfida Albión, pero con sus matices propios. Ahí nomás, a poco, un rey de Inglaterra se hartó de su mujer, que era española, y mandó a su canciller, a la sazón un cardenal, a Roma, a pedir que publicaran la Amoris Laetitia.
Al papa de ese tiempo le pareció que, con todo lo respetable que podía ser la monarquía e incluso la persona de este caballero, condecorado Defensor fidei por la propia Iglesia, faltaban algunos siglos para acceder a sus demandas, o sea, que no había llegado el tiempo en que ni Nuestro Señor hallaría “algo de Fe sobre la tierra”. De modo que dijo no.
Y el rey, en suma, decidió aplicar la Exhortación avant la lettre haciendo uso de su poderosa imaginación, para la cual tuvo que liquidar a unos cuantos curas, un par de obispos (los otros ya estaban listos para participar en el Sínodo) y a un tal Tomás Moro, que era su amigo, pero más amigo de Cristo. También a John Fisher, que no era un delantero del Manchester City, sino un digno prelado. Ambos fueron decapitados… un poco inútilmente, porque 500 años después el papa Francisco le daría la razón a Enrique, “good King Harry”, como le decían sus amigos y aplaudidores. Casi nos lo imaginamos hoy en audiencia privada, abrazado a Francisco tomándose una selfie.
¿Todo por qué? Porque su relación con Catalina de Aragón se quebró, dolorosamente, como le ocurre a tantos matrimonios después de una crisis. ¿A quién no le pasa? Y además porque le gustaba retozar con una cortesana, la cual cortesana, con gran astucia, decidió pedir al rey que la elevara al trono. “¡Legitimidad o nada, Harry!”, dijo, pero sin privarlo de un cierto grado de intimidad, como recomienda la citada exhortación. Por eso la nueva unión tuvo ciertos valores evangélicos, como la sinceridad y buena convivencia, hasta que la mandó decapitar porque halló un procedimiento más expedito para recuperar su aptitud nupcial. El buen rey creó la legitimidad, como sus predecesores creaban las modas. Y dejó picando el problema a la posteridad: lo que hace falta aquí es “legitimar” las cosas.
Ampliación de derechos
El rey cismático y sus sucesores, con la tolerancia característica de estos precursores de la misericordia, mataron también a muchos pertinaces en la “antigua fe” e inclusive a otros tantos disidentes evangélicos, o los expulsaron a América, para que dejaran de jorobar. En sus lugares de destino, además de criar pavos e inventar pararrayos, los expulsados llegaron a otro hito de madurez: pusieron en marcha los reclamos por la “ampliación de derechos”. Eso sí, siempre confiando en Dios. “Cualquiera sea el modo en que cada uno crea en él”.
Aunque las ideas venían en parte de Londres mismo, de las tabernas, donde las logias de la vieja Masonería operativa –que ya se las traía- decidió cambiar de rubro. Los muchachos largaron los ladrillos para dedicarse a la política. Buena gente. Algunos católicos inclusive. “Aquí nos reunimos para hacer el bien, cualquiera sea la forma en que el bien sea entendido, y respetamos a Dios, cualquiera sea el modo en que cada uno crea en él”. El partido inicial fue en 1717, pero la organización se extendió más rápido que la FIFA, y fue, en cierto modo, la inspiradora de sus métodos (los de la FIFA).
Por una cabeza…
Curas, reyes, nobles y acaudalados mercaderes se reunían en estas democráticas tenidas. En Inglaterra bebían por la salud del rey, y en Francia por la cabeza del rey. Del rey de Francia. Persevera y triunfarás: lograron la cabeza del rey, y otros millones más, de francos y de cabezas. En especial curas y católicos seglares, muchos de los cuales simpatizaban con ellos antes, y creían en esto de la igualdad y la fraternidad universal, sin importar raza, credo, etc. Conciliares avant la lettre también. Lección olvidada por los conciliares apres la lettre… Cierta visión de ciertos pastorcitos, sin embargo, se la recuerdan. El tercer secreto y esas cosas.
La ampliación de derechos siguió ampliándose, y sigue nomás, porque los derechos son infinitos: ideologías, inclinaciones morales, preferencias sexuales, en fin, mientras haya imaginación y anfetaminas habrá más derechos que realizar.
A estos fraternales compañeros lo único que les importa es que cada uno acepte ciertos principios, y luego crea y viva como le parezca. ¿Cristianamente? Pues claro, si ha habido muchos cristianos demócratas. Cristianos sí, pero nada de fundamentalismos. Es lógico. Haz lo que quieras, pero, ¡ojo con decir que estos no son los principios sobre los que se puede fundar una sociedad que no camine hacia su propia ruina! Ni siquiera opinar que puede haber otro tipo de orden social y moral. La paz y la fraternidad universales, el progreso, todos los “valores”, solo pueden existir en una sociedad laica. Usted sea libre y cállese la boca, ¿me entiende?
Siglo XX, el menos violento de la historia…
Paz y fraternidad universales casi logradas hoy, en todo el mundo. Como dijo cierto filósofo televisivo hace poco: “El siglo XX fue el menos violento de la historia de la humanidad”. Lo dijo en serio.
Tendrá sus fundamentos, no soy quien para discutirle a un filósofo, y menos si habla en la televisión. Algo de razón debe tener, porque de otro modo no habría tanto “entretenimiento” centrado en la violencia, la muerte, la crueldad y la perversión. La gente se embola si no pasa nada. Tanta paz aburre.
Yo apenas modestamente me atrevo a decir que según su perspectiva, el siglo XXI viene siendo todavía menos violento. Isis tiene seguidores porque nos saca de la monotonía degollando o crucificando cada tanto a alguna persona. Cada cuarto de hora. Y esto provee una cierta diversión… imagino será el fundamento del filósofo. Lo dicho, tanta paz aburre. No falta algún badulaque que pida algún acto de crueldad o al menos una guerrita breve para entretenerse. Me late que estos falsos atentados que ocurren por ahí son perpetrados por tipos que no tienen nada que hacer.
¡Che, qué embole! Matemos a alguien
Esto es lo que mantiene todavía una cierta sensación de violencia en el mundo. Pero miremos los datos de la realidad: los corresponsales de guerra han entrado en crisis y se van a dedicar a la información del tránsito o a fabricar horóscopos. Las cadenas internacionales solamente informan sobre el aumento de los cultivos, la ampliación de la escolaridad, que ya llega al 105% en todo el orbe y el colapso de los hospitales por falta de enfermos. Pululan las ONG’s para asistir a los ricos, porque pobres ya no hay. ¿Alguien ha visto a un pobre? Por cierto ya no quedan vicios, se han transformado en “derechos ampliados”.
Otro filósofo televisivo dijo también hace poquito: “Basta de pensar en una sociedad de masas, es hora de volver a una sociedad de individuos”. Quedé boquiabierto por la originalidad del pensamiento. Es algo que nunca se había dicho, ni practicado. Menos dicho a la inversa, muchísimo menos llevado a la práctica, ¿me entendés? O sea…
Me quedé pensando en qué parte de la sociedad deja este pensador a la familia. La familia no es el individuo. ¿Será la masa? Es como que se la han olvidado.
Pero no, hombre. Pierde cuidado. Si hubo -dos sínodos dos- sobre la misma. Y entonces entendí que todo cerraba: la Exhortación Apostólica Amoris Laetitia llegó tarde, pero llegó. Satisfizo las demandas de Lutero y del buen rey Enrique, y puso en blanco y negro lo que nunca entendimos del Evangelio y habría que suprimir. Son varios puntos, pero me parece que comenzaremos por la Iª carta a los Corintios.
Porque la familia está viva y vigorosa. ¿O no? Hace unos días hubo en Buenos Aires una fiesta electrónica (sea esto lo que sea) y por un lamentable accidente murieron cinco personas y otras muchas quedaron hospitalizadas por efecto de drogas y otras causas medioambientales, el efecto invernadero y la temperatura global.
Tuve el pensamiento, un mal pensamiento en verdad, de preguntarme por las familias de las víctimas de quienes fueron al lugar, en muchísimos casos en su mera condición de individuos asistiendo a un acto masivo. ¿Me siguen? Y la respuesta la dio el padre de una de ellas, que sobrevivió, al menos hasta hoy. Dijo que su hija, de 20 años había ido a festejar su cumpleaños… sola, a ese lugar, y que él sentía una gran angustia desde que supo lo que le había pasado. ¡Obvio! Entonces le preguntaron si él sabía dónde estaba su hija festejando su cumpleaños, sola. Dijo que no. Tras lo cual le preguntaron si sabía si su hija frecuentaba este tipo de fiestas. Confesó que no sabría decirlo. No sabía lo que su hija de 20 años hacía, ni la menor idea.
En el fondo está bien. Es su derecho. Uno es el derecho de la chica; otro es derecho del padre de no saber qué hacen sus hijos. Si uno anda detrás de sus hijos no tiene vida. Se la pasa pensando en ellos. ¿Eso es la felicidad? La felicidad, ¿no es un derecho?
Ahora lo entiendo
Voy entendiendo las claves de este documento profético que ciertamente cierra un período de cinco siglos de evolución del pensamiento moral, político y religioso. El Evangelio, tal como lo conocemos (habría que determinar todavía qué partes son apócrifas), no se puede practicar. Lo adelantó Lutero y lo perfeccionó Francisco.
Hay que pecar mucho (nada de corrupción, por favor) y darle a Dios la oportunidad de la Misericordia. Si no pecamos, decía el buen fraile Martín, ¿cómo podría el Señor manifestar su misericordia? Se dan cuenta que hoy vivimos la perfección de la doctrina que esbozó el gran pensador agustino. Pecar es una necesidad para la salvación. Y un acto debido a la gloria de Dios… Felix culpa! Ama y haz lo que quieras…
Es imposible practicar el Evangelio como nos lo han enseñado hasta ahora. Pongamos las cosas en claro de una santa vez. Todo bien, según las circunstancias, que hay que discernir y analizar en cada situación. Y para eso se han escrito estos 350 párrafos en defensa de la familia. Para poner en claro que gracias a Dios, cualquiera sea la forma en que cada uno lo conciba, la Iglesia ha reconocido el progreso de estos cinco siglos de modernidad. En especial el de la familia. Cualquiera sea la forma en que cada uno la conciba.
¿No?

