Fátima, 19 de Agosto de 1917 (Parte II)
En Su primera aparición en Fátima del 13 de mayo de 1917, la Santísima Virgen María pidió a Lucía, Francisco y Jacinta que fueran a la Cova da Iria durante seis meses consecutivos en ese mismo día. El 13 de agosto de 1917 los niños quisieron ir a ver a la «Señora» como los meses anteriores, pero ocurrieron cosas lamentables que les impidieron concurrir a la cita celestial.
IV. LA APARICION EN «VALINHOS»
En Su primera aparición en Fátima del 13 de mayo de 1917, la Santísima Virgen María pidió a Lucía, Francisco y Jacinta que fueran a la Cova da Iria durante seis meses consecutivos en ese mismo día. El 13 de agosto de 1917 los niños quisieron ir a ver a la «Señora» como los meses anteriores, pero ocurrieron cosas lamentables que les impidieron concurrir a la cita celestial.
IV. LA APARICION EN «VALINHOS»
El domingo 19 de agosto, después de la Misa parroquial, los tres videntes, acompañados por unas pocas personas, partieron para la Cova da Iria a rezar el Rosario allí. Por la tarde, Lucía y Francisco junto con Juan, su delgado hermano mayor, se pusieron en camino a Valinhos para apacentar sus ovejas. De todos los lugares de pastoreo, este era el más cercano y el más abundante en pastos, a medio camino, en las alturas entre Aljustrel y la cima del Cabeío.
EL ENCUENTRO INESPERADO. He aquí como Sor Lucía relata la inesperada aparición, que los llenó de una inmensa alegría:
«En aquel entonces, yo aún no sabía como contar los días de los meses, es posible que estuviera equivocada, pero pienso que era el día que volvimos de Vila Nova de Ourem…(45)
[1]sobrenatural nos envolvía…(46) sintiendo que alguna comunicación del Cielo se aproximaba, Francisco se mostraba preocupado por no estar presente Jacinta. (47)
«- Que pena -decía-, si Jacinta no llega a tiempo.
«Y pedía al hermano que fuese corriendo.»
Juan, sin embargo, quiso quedarse, ¡para poder ver también a Nuestra Señora! Entonces Lucía, que tenía dos monedas con ella, tuvo una idea:
«»Yo te daré dinero si vas y buscas a Jacinta. Mira, aquí hay algo para ti y podrás tener algo más cuando regreses!» El partió con toda prisa, cuando Francisco le gritó: «¡Dile que Nuestra Señora está por llegar.» (48) Esto fue alrededor de las cuatro de la tarde.»
Un detalle maravilloso que conmovió mucho a Ti Marto cuando lo escuchó, fue que Nuestra Señora había esperado pacientemente a su pequeña Jacinta…
«Entretanto vi, con Francisco, el reflejo de la luz que llamábamos relámpago, y habiendo llegado Jacinta, un instante después, vimos a Nuestra Señora sobre un carrasco.» (49)
EL DIALOGO CON NUESTRA SEÑORA (50)
HACIA EL 13 DE OCTUBRE…
«- ¿Qué quiere Usted de mí?
«- Yo quiero que continúen viniendo a la Cova da Iria los días 13, y que continúen rezando el Rosario todos los días. En el último mes, Yo haré un milagro para que todos puedan creer. Si no hubiesen sido llevados a la ciu dad, (51) el milagro hubiera sido aún más grandioso. San José vendrá con el Niño Jesús, para dar la paz al mundo. Nuestro Señor vendrá a bendecir a la gente. Nuestra Señora del Rosario y Nuestra Señora de los Dolores también vendrán. (52)
LA SOLEMNIDAD DE NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO.
-¿Qué quiere Usted que se haga con el dinero que la gente deja en la Cova da Iria? (53)
-Que hagan dos andas: una llévala tú con Jacinta y dos niñas más, vestidas de blanco; y otra, que la lleve Francisco y tres niños más. El dinero de las andas es para la fiesta de Nuestra Señora del Rosario; lo que sobre es para ayudar a una capilla que deben hacer. (54)
«Quería pedirle la curación de algunos enfermos.
«- Si, a algunos los curaré durante el año.
«Y tomando un aspecto más serio dijo:
«Rezad, rezad mucho, y haced sacrificios por los pecadores, pues van muchas almas al infierno, por no tener quien se sacrifique y pida por ellas.
«Y como de costumbre comenzó a elevarse en dirección al naciente.» (55)
«YO ABRI MIS OJOS TODO LO QUE PUDE.» Juan había estado presente en la aparición. Aquella tarde, él relató a su madre: «»Vi a Lucía, Francisco y Jacinta arrodillados cerca del árbol. Entonces, escuché a Lucía. Cuando ella dijo: ‘¡Allá va! ¡Mira, Jacinta’ Yo oí un ruido de trueno, similar al del disparo de un revolver. Sin embargo, no ví nada. No obstante, los ojos aún me duelen por haber mirado tanto en el aire.» Juan, sin embargo notó la modificación de la luz solar. Algunas otras personas de los alrededores, también dijeron que lo habían notado. Juan mismo, revisitando el sitio un día, dijo: «¡Yo abrí mis ojos tanto como pude, pero no vi nada…yo no era muy sabio!»» (56)
Así, solo los tres confidentes usuales habían gozado de la visión de la aparición. Francisco, quien había estado tan preocupado por que ya no volvería a verla, estaba rebosante de alegría. «Seguramente,» dijo, «Ella no se nos apareció el 13 para evitar ir a la casa del Administrador, ya que él es tan mal hombre.» Jacinta también estaba tan feliz, que quiso permanecer allí con sus compañeros por el resto de la tarde. Francisco, sin embargo, sabiamente le recordó: «No, tu debes volver, porque nuestra madre no te autorizó a venir aquí hoy con las ovejas.» Y para incitar la, la acompañó todo el camino a casa. (57) Su obedien cia fue recompensada con un nuevo prodigio.
«EL AROMA DE UN PERFUME EXTRAORDINARIO»
Antes de volver a Aljustrel, Francisco y Jacinta tomaron una rama de la encina sobre la que Nuestra Se ñora había descansado sus pies. Ellos regresaban a la aldea con la preciosa rama en sus manos, cuando encon traron a María Rosa la en puerta, con alguna otra gen te. Maria dos Anjos, que estaba presente, describió la escena al Padre de Marchi:
«Jacinta, toda excitada, se precipitó a mi madre y dijo: «¡Oh, tía, nosotros vimos a Nuestra Señora otra vez… en Valinhos!
«»Ah, Jacinta, ¿cuando terminarán estas mentiras? «Ahora tu has de ver a Nuestra Señora en todo lugar, a donde quiera que vayas!» «»¡Pero nosotros La vimos!» Y mostrando la rama: «Mira, tía, Nuestra Señora puso un pie sobre esta rama y el otro sobre esta otra.»
«Déjame ver, déjame ver,» dijo mi madre.
«Cuando Jacinta se la dio, ella aspiró y dijo: «¿Que aroma es éste? Esto no es perfume y no es el aroma de las rosas… nada que yo co nozca. Pero es un buen aroma.»
«Todos quisimos olerlo y lo encontramos muy agradable. Finalmente madre lo puso sobre la mesa y dijo: «Sería mejor que quede aquí hasta que podamos encontrar alguien que sepa lo que es.»
«Al atardecer, no pudimos encontrar la rama y nunca supimos adonde ella la había llevado.»
Jacinta simplemente la había llevado para mostrarla a su padre, al atardecer, cuando él volvió de los campos:
Entonces Jacinta vino luciendo tan feliz como que, trayendo una rama de este tamaño en su mano. «Mira, padre. Nuestra Señora se nos apareció otra vez en Valinhos.» Y cuando ella se acercó, sentí un perfume muy hermoso que no puedo describir. Yo extendí mi mano para tomar la rama y le pregunté: ¿Que tienes tu allí?
«»Es la rama en la que se paró Nuestra Señora.» La tomé y la olí, pero el perfume se había ido.» (58)
DESPUES DE LA APARICION
En vista de todas estas pruebas, Ti Marto creyó más y más firmemente en las apariciones. Como el patriarca Jacob, maravillado con los sueños de Josué, «él guardó todo esto en su memoria». Sin duda, Olimpia también creyó, pero sin atreverse a admitirlo en su interior, pues creía que su familia era indigna de tal favor. «Si solo fuéramos dignos», declaró muy afligi da, a un visitante el 7 de setiembre. «¡Solo pensar que mi hermano, el padre de Lucía, no va siquiera a la iglesia, y que bebe!» (59)
«También mi madre, durante este mes, comenzó a en contrar un poco más de paz,» (60) relata Lucía, «me parece que desde este momento,» observa Maria dos An jos, «nuestra madre comenzó a conmoverse y nuestro padre se volvió menos opuesto a Lucía.» (61)
V. EL MENSAJE DEL 19 DE AGOSTO (62)
El Cielo no estaba acostumbrado a realizar prodi gios que no tuvieran sentido. Las manifestaciones de la Santísima Virgen en Fátima no fueron excepción. Los milagros no son nunca asombrosos «tours de force» (hazañas, N. del T.), sino más bien «signos» que tienen un significado altamente simbólico y místico.
«EN EL OLOR DE TUS PERFUMES»
Los fenómenos de fragancias perfumadas, no son ra ros en las vidas de los santos. Ni es sorprendente que Nuestra Señora de Fátima, tan pródiga en grandes sig nos, quisiera manifestar también la dulzura embriagado ra de Su presencia…
¿No hay allí un contraste notable entre los fenóme nos aterrorizantes del 13 de Agosto, el trueno y el relámpago, -recordándonos la tormenta en la cual Dios tan a menudo reveló Su gloria y poder en las teofanías bíblicas- y estas dulces efusiones de un perfume miste rioso, reservadas a unas pocas almas privilegiadas?
Sin duda, nosotros debemos ver y reconocer en esto, uno de los atributos más celebrados de la Santa Desposada, la Virgen Inmaculada, que proclama nuestra liturgia, íntegramente inspirada por la Escritura. Pues los perfumes expresan de forma incomparable el encanto irresistible y el esplendor de Sus perfecciones. «Condúcenos, Virgen Inmaculada, nosotros Te seguiremos, en el olor de Tus perfumes,» canta una antífona de Víspe ras del 8 de Diciembre. Y los Maitines de la Santísima Virgen: «Como una mirra escogida, Tu has esparcido un dulce perfume, Santísima Madre de Dios!»
Aquí nuevamente, la alabanza que la Iglesia dirige a la Virgen es solo un eco de las oraciones que el Es poso Divino dirige a Su Desposada en el Cantar de los Cantares: «Ven del Líbano, esposa mía… Que dulce es tu amor… dulce más que el vino, y la fragancia de tus perfumes más que cualquier bálsamo… El olor de tus vestidos es como el perfume del Líbano.» (63)
HACIA EL 13 DE OCTUBRE…
Por segunda vez, Nuestra Señora renueva Su promesa: «En octubre haré un milagro, para que todos puedan creer.» Y Ella agrega un trozo importante de informa ción, que el interrogatorio del Padre Ferreira ha pre servado: «Si no hubiesen sido llevados a la aldeia * -esto es en referencia a Vila Nova de Ourem- el milagro pudo haber sido más grande.» Si, la multitud de bravos que habían ido el 13 de Agosto verdaderamente tuvieron razón de estar enojados ante la audacia impía del Hoja latero. Por este acto público, realizado en nombre de la autoridad que él ejercía sobre una pequeña parte de la nación, había afrentado y ultrajado a la Madre de Dios. Así contribuyó a desencadenar sobre su país un justo castigo divino. ¿Sin este acto odioso
* Nuestra Señora se refiere al nombre usado por la gen te local.
cometido descaradamente por la autoridad pública compe tente, el gran milagro del 13 de Octubre hubiera sido visto en todo Portugal? Es verdaderamente posible. ¡Que lección! ¡Que terrible responsabilidad para las autori dades indignas, que privan a sus pueblos de las gracias selectas con que Dios quiere colmarlos!
Otro nuevo elemento en este anuncio para el 13 de Octubre: aquí, además de un milagro, Nuestra Señora prometió una aparición múltiple de toda la Sagrada Fa milia.
LA FIESTA DE NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO
Y EL INICIO DE LAS PEREGRINACIONES
Sin haber pedido aún nada Nuestra Señora, ni un oratorio ni una capilla, los peregrinos del 13 de Agos to, con el entusiasmo de los signos extraordinarios que recién habían contemplado, quisieron manifestar su gra titud. Maria Carreira había colocado allí una pequeña mesa con flores; allí dejaban sus ofrendas:
«Cuando la gente en la Cova escuchó que los niños habían sido puestos en prisión aquel 13 de Agosto, y cuando vieron aquellos signos en el cielo, usted no puede imaginar cuanto dinero llovió sobre aquella mesa. La gente em pujaba tan fuerte alrededor de ella, que pensé en un momento que se iba a volcar. Ellos comen zaron a gritarme:
«»Lleve el dinero, señora, llévelo y en cárguese de él; vea que no se le pierda nada… «Yo tenía conmigo la bolsa con el almuerzo y comencé a guardar el dinero en ella.» (63a)
Ya que nadie quiso tomar la responsabilidad, Maria Carreira fue obligada a guardar el dinero, lo que era desagradable para ella y la (p.240) molestó grandemen te. El domingo 19 de Agosto, saliendo de Misa, ella había dicho a Lucía que preguntara a Nuestra Señora que debía hacerse con él. Así fue que en su nombre Lucía hizo la pregunta: «¿Que haremos con el dinero y las ofrendas que deja la gente en la Cova da Iria?»
La Santísima Virgen, siempre modesta y moderada en Sus pedidos, pidió que fuera solemnizada la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, que se celebraba el 7 de octubre. Ella pidió muy poco: que hicieran dos andas, que serían llevadas en procesión por los mismos viden tes, ayudados por otros niños como ellos. Observemos no obstante, que si el párroco de Fátima hubiera cumplido su pedido, por pequeño que este fuera, hubiera sido el principio de un reconocimiento oficial de las aparicio nes… Este vendría recién en 1918.
En Lourdes, la Virgen María había pedido: «Déjen los venir en procesión.» En Fátima, aunque en forma implícita, expresó el mismo pedido, el cual ya prefigu ra la «Ruta Mundial» de Su estatua, llevada en proce sión por casi todos los países del mundo, y venerada por millones de peregrinos.
¿Y LA CAPILLA? Sin embargo, cuando Lucía transmitió a Maria Carreira la respuesta de la Reina de los Cie los, la humilde campesina, quien ya había cuidado tanto el sitio bendito de la Cova da Iria, quedó muy decep cionada:
«»Oh, Lucía,» lamentó, «yo quería que el dinero pudiera haber sido para una capilla, ¿no te parece?
«»Si, yo también, pero Nuestra Señora me dijo eso. Nosotros debemos hacer lo que Ella dice.»
«»Lucía, ¿Le preguntarás el 13 de Setiem bre si podemos hacer una capilla, lo harás?» (64)
UN MISTERIO ASOMBROSO:
LA COMUNION DE LOS SANTOS
«Rezad, rezad mucho y hacéd sacrificios por los pecadores; pues muchas almas van al infierno porque no hay nadie que se sacrifique y rece por ellas.» Estas últimas palabras, que Nuestra Señora pronunció luciendo muy triste, fueron ciertamente las que dejaron la más profunda impresión en las almas de los visionarios. Es la preciosa perla que sobresale en el mensaje de este día.
Pero, ¡que afirmación sorprendente! ¿La salvación eterna de muchas almas depende realmente de nuestras oraciones y sacrificios? Es muy sorprendente que tantos teólogos traten de interpretar a su manera estas pala bras preocupantes, para disminuir su significado. (65)
En cuanto a nosotros mismos, contentémonos con mostrar como esta doctrina está en perfecta conformidad con la más pura Tradición Católica. El Papa Pío XII recuerda firmemente esta verdad en Mistici Corporis: «Hay un misterio impresionante sobre el que nunca po dremos meditar suficientemente: la salvación de muchas almas depende de las oraciones y penitencias volunta rias de los miembros del Cuerpo de Cristo.» Es un mis terio insondable, pero también admirable, que, comunión tan estrecha asocia a todos los miembros de la familia humana unos con otros, para su salvación o para su pér dida. Un oráculo del Deuteronomio ya expresa esta vo luntad de Dios con toda su fuerza: «Pues Yo, el Señor vuestro Dios, soy un Dios celoso, que castigo la ini quidad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de aquellos que Me aborrecen, pero mostrando constante amor a miles de aquellos que Me aman y guardan Mis mandamientos.» (Deut. 5, 9-10)
Aunque la parte terrible de este oráculo fue miti gada por las palabras de Ezequiel, quien sin negar la responsabilidad familiar deja en claro el rol de la responsabilidad individual (66), la segunda parte, al contrario, fue reforzada por el mensaje del Evangelio y la doctrina paulina de la co-redención: «Ahora, Yo me regocijo en mis sufrimientos por vuestro bien,» escri be San Pablo a sus queridos Colocenses, y en mi carne completo lo que falta de los sufrimientos de Cristo por Su Cuerpo, que es la Iglesia.» (Col. 1, 24) Y este poder co-redentor conferido por Cristo a los miembros de Su Cuerpo, -en favor de sus hermanos, que son tam bién redimidos- no tiene otra medida que el Amor ilimi tado y el precio infinito de la Sangre de Jesús, nues tro único y amado Salvador: «una sola alma, puede ob tener perdón para mil criminales,» dijo el Sagrado Corazón a Santa Margarita María.
Mas que hacer cálculos interminables, buscando son dear vanamente los misterios de la predestinación divi na y la libertad humana para reconciliar el rol del mérito personal y la comunión de los santos, es mejor imitar la sabiduría de los tres videntes, quienes cre yeron con todo candor las palabras de Nuestra Señora: Si, muchas almas van al infierno, porque no tienen a nadie que rece y haga sacrificios por ellas. Y ellos se imponen arrancarlas valerosamente, con todas las conse cuencias que derivan de este acto.
La primera consecuencia es que lo opuesto también es verdad: «Muchas almas pueden ir al Cielo, gracias a nuestras oraciones y sacrificios.» He aquí el inmenso campo del apostolado, abierto a todas las almas genero sas. ¡Quien puede decir, en adelante, que su vida es inútil, arruinada, estéril, cuando la obra sobrenatural más hermosa, la más útil y única, está propues ta a todos por Nuestra Señora, y con que insistencia!
«¡…HACED SACRIFICIOS POR LOS PECADORES!»
Ya que las pruebas que debían soportar no fueron iguales a la medida de su sed por salvar a los pecado res, después del 19 de Agosto, los tres pequeños pasto res procuraron encontrar nuevos sacrificios para ofre cer a Jesús, «por Su amor, por la conversión de los pecadores y en reparación por las ofensas contra el Inmaculado Corazón de María.» Prestemos atención a estos relatos de Sor Lucía:
«¡DEMOS NUESTRO ALMUERZO A ESTOS POBRES NIÑOS!» (67) Jacinta, tomó tan a pecho el sa crificio por la conversión de los pecadores que no dejaba escapar ninguna ocasión. Había allí unos niños, hijos de dos familias de Moita, que pedían de puerta en puerta. Los encontramos un día que íbamos con las ovejas. Jacinta, cuando los vio, nos dijo:
«- ¿Damos nuestra merienda a aquellos pobrecitos por la conversión de los pecadores?
«Y corrió a llevársela. Por la tarde dijo que tenía hambre. Había algunas encinas y ro bles. Las bellotas estaban todavía bastante verdes, sin embargo le dije que podíamos comer de ellas. Francisco subió a la encina para lle narse los bolsillos, pero a Jacinta le pareció comer bellotas amargas de los robles para hacer mejor los sacrificios. Y así, saboreamos aque lla tarde aquel delicioso manjar. Jacinta, tomó esto por uno de sus sacrificios habituales; cogía las bellotas amargas o las aceitunas de los olivos.
«Le dije un día:
«- Jacinta, no comas eso, que amarga mu cho.
«- Las como porque son amargas, para con vertir a los pecadores.
«No fueron solamente éstos nuestros ayu nos; acordamos dar a los niños nuestra comida, siempre que los encontrásemos y las pobres criaturas, contentas con nuestra generosidad, procuraban encontrarnos esperándonos en el ca mino. En cuanto los veíamos, corría Jacinta a llevarles toda nuestra comida de ese día, con tanta satisfacción como si no nos hiciese fal ta.
«ESTABAMOS ABRASADOS POR LA SED…» «Ja cinta parecía insaciable practicando sacrificios. Un día… encontramos a nuestros queridos pobrecitos, y Jacinta corrió a llevarles nues tra merienda. El día era hermoso, pero el sol muy ardiente, y en aquel erial lleno de pie dras, árido y seco, parecía abrasarlo todo. La sed se hacía sentir y no había una gota de agua para beber; al principio, ofrecíamos este sa crificios con generosidad, por la conversión de los pecadores; pero pasada la hora del medio día, no se resistía más.
«Propuse entonces a mis compañeros ir a un lugar cercano a pedir un poco de agua. Acep taron la propuesta y fui a llamar a la puerta de una viejecita, que al darme una jarra con agua me dio también un trocito de pan que acep té agradecida y corrí a repartirlo con mis com pañeros. Di la jarra a Francisco y le dije que bebiese:
«- No quiero – respondió.
«- Quiero sufrir por la conversión de los pecadores.
«- Bebe tu, Jacinta.
«- ¡También quiero ofrecer el sacrificio por los pecadores!
«Derramé entonces el agua de la jarra en una losa, para que la bebiesen las ovejas, y después fui a llevarle la jarra a su dueña. El calor se volvía cada vez más intenso, las cigarras y los grillos unían sus cantos a los de las ranas de una laguna cercana, y for maban un griterío insoportable. Jacinta, debi litada por la flaqueza y por la sed, me dijo con aquella simplicidad que le era natural:
«- Diles a los grillos y a las ranas que se callen; ¡me duele tanto la cabeza!
«Entonces Francisco preguntó:
«- No quieres sufrir esto por los pecado res?
«- Si, quiero: déjalos cantar – respondió la pobre criatura apretando la cabeza entre las manos.» (68)
«ESTE INSTRUMENTO… NOS CAUSABA UN SUFRI MIENTO TERRIBLE.» «Pasados algunos días íbamos con al ovejas por un camino, donde encontré un trozo de cuerda de un carro. La cogí y jugando la até a uno de mis brazos. No tardé en notar que la cuerda me lastimaba; dije entonces a mis primos:
«- Oid: esto hace daño. Podíamos atarla a la cintura y ofrecer a Dios este sacrificio.
«Las pobres criaturas aceptaron mi idea, y tratamos enseguida de dividirla para los tres. Las aristas de una piedra, a la que pegá bamos con otra, fue nuestra navaja. Fuese por el grosor o aspereza de la cuerda, fuese porque a veces la apretábamos mucho, este instrumento nos hacía, a veces, sufrir horriblemente. Ja cinta dejaba, en ocasiones, caer algunas lágri mas debido al dolor que le causaba; yo le decía entonces que se la quitase; pero ella me res pondía:
« ¡No!, quiero ofrecer este sacrificio a Nuestro Señor en reparación y por la conversión de los pecadores.» (69)
LAS ORTIGAS. «Otro día, jugábamos cogien do de las paredes unas hierbas que producen un estallido cuando se aprietan con las manos. Jacinta al recoger estas hierbas, cogió sin querer también una ortiga, con la que se produjo picor. Al sentir el dolor, las apretó más con las manos, y nos dijo:
«- Mirad, mirad, otra cosa con la que nos podemos mortificar.
«Desde entonces quedamos con la costumbre de dar, de vez en cuando, con las ortigas un golpe en las piernas, para ofrecer a Dios tam bién aquel sacrificio.» (70)
EL ESPLENDOR DE LA SANTIDAD
En este principio de setiembre, varios hechos con cretos, fechados con precisión, muestran hasta que gra do de perfección heroica ya habían llegado los tres videntes, tan píos, tan mortificados. Tan pronto como podían, buscaban refugio en su querida soledad del Ca beío, pleno del recuerdo del Angel. «¡Cuantas oracio nes y sacrificios ofreció Jacinta a Dios en este lugar!» exclama Lucía. (71)
No obstante, de día en día, la prueba más dolorosa era la sucesión ininterrumpida de interrogatorios, es pecialmente cuando éstos venían a menudo de los munda nos, de los curiosos o de los adversarios fanáticos que querían molestarlos sin razón.
«¡SI ELLOS NOS MATAN, IREMOS AL CIELO!» El Hojala tero no renunció, y esperó encontrar una forma de poner fin al gran movimiento de fe popular originado por las apariciones. A comienzos de setiembre, envió a tres de sus lugartenientes a amenazar otra vez a los videntes:
«Vinieron un día a hablarnos tres caba lleros. Después de su interrogatorio, bien poco agradable, se despidieron diciendo:
«- Mirad si os decidís a decir ese se creto; si no, el señor Administrador está di spuesto a quitaros la vida.
«Jacinta, dejando traslucir su alegría en el rostro, dijo:
«¡Que bien! ¡Con lo que me agradan Nues tro Señor y Nuestra Señora! Así vamos a verlos enseguida!
«Corriendo el rumor de que, efectivamen te, el Administrador nos quería matar, una de mis tías, casada en Casáis, vino a nuestra ca sa, con la intención de llevarnos a la suya, porque decía ella:
«- Yo vivo en otro ayuntamiento y por eso el Administrador no os puede ir a buscar allí.
«Pero su intención no se realizó, debido a que nosotros no quisimos ir y respondimos:
«Si nos matan, es lo mismo: vamos al Cielo.»
EL TESTIMONIO DE UN VISITANTE, 7 DE SETIEMBRE. El autor del relato fascinante que sigue, es el Dr. Carlos de Azevedo Mendes: «Durante julio y agosto, habíamos escuchado en Torres Novas sobre las apariciones en… En aquel momento yo era un joven abogado, próximo a contraer matrimonio; tenía cualquier cosa menos apari ciones en mi mente. (73) Sin embargo, el 7 de setiem bre, con algunos amigos, decidimos dar una vuelta por Fátima.» Después de una visita al presbiterio, él fue a Aljustrel. «Los pastores estaban en los campos. No sotros pudimos verlos y hablar con ellos.» Y el juris ta regresó a su casa totalmente conquistado por su en canto sobrenatural. Lo más importante es que a su re greso, escribió una larga carta a su prometida, rela tándole en detalle su visita a Fátima. Este texto, que fue redactado por un testigo directo y a la vez califi cado, tiene importancia crítica considerable para noso tros. Primero, el visitante traza un retrato muy vivo de cada uno de nuestros videntes:
«Jacinta, tan pequeña, tan tímida, vino cerca mío. Yo estaba sentado sobre un cajón, ubicado junto a ella. Te aseguro que es un an gelito… Su cabeza envuelta en un pañuelo, con flores rojas, con las puntas atadas atrás. El pañuelo ya es viejo y usado. Lleva una blusa, también algo usada, y su falda, muy larga a la usanza del país, es color rojizo. Tal el vestuario de nuestro angelito.
«Me gustaría describir su pequeña cara, pero pienso no ser capaz de hacerlo acabadamen te. La forma en que usa el pañuelo, hace desta car aún más sus facciones. Los ojos son negros, con una vivacidad encantadora, y la expresión angélica de la cara es de una bondad que nos seduce – todo nos atrae, yo no se por que. Como estaba muy intimidada, tuvimos bastantes proble mas para escuchar lo poco que dijo en respuesta a mis preguntas.
«Después que habíamos hablado un tiempo con ella, charlado e incluso jugado (¡no te rías!), llegó Francisco. El ya es un pequeño hombre, con un gorro de lana en la cabeza, ca miseta muy corta, un chaleco mostrando por de bajo la camisa, y sus pantalones apretados. ¡Que hermosa cara para un niño! Tiene mirada viva y aspecto travieso. Contesta mis preguntas con aire despreocupado. Jacinta comienza a ani marse con nosotros.
«Enseguida llega Lucía. ¡No puedes imagi nar la alegría de Jacinta cuando la ve! Todo en ella era una viva risa; corrió frente a su pri ma y no dejó de estar a su lado. Era un cuadro hermoso…
«Lucía no tiene rasgos que impresionen, solo su mirada es viva. Sus rasgos son los or dinarios y habituales en esa región. Al princi pio ella también fue reticente, (74) pero pron to la hice sentir cómoda, y contestó sin confu sión y satisfizo mi curiosidad… Interrogué a los tres separadamente. (75) Los tres dijeron lo mismo sin la menor alteración. La idea prin cipal que deduje de todo lo que ellos dijeron es que la aparición quiso difundir la devoción al Rosario…
«El aire natural y la ingenuidad con que hablan y relatan lo que vieron es admirable e impresionante… Francisco ve a la Señora, pero no La escucha…
«Escuchar a estos niños, verlos en su simplicidad, examinarlos sobre todos los pun tos, me impresionó de manera extraordinaria, y me hizo concluir que hay algo sobrenatural en todo lo que ellos dicen. El haberme encontrado con ellos me golpeó con fuerte intensidad. Hoy, mi convicción es que hay allí una realidad extraordinaria, que nuestra razón no puede com prender. ¿Cual es? Lo que es cierto es que yo estaba tan contento al lado de estos niños que comencé a olvidar el tiempo. Hay una atracción allí que no puedo explicar…»
Después, fueron a la Cova da Iria: «Los tres se arrodillaron. Lucía que está en el medio comienza a rezar el Rosario. La recolección y el fervor con que lo recita nos impresiona. La intención del Rosario es interesante: es por los soldados en la guerra.» Y en este punto el doctor cita la pequeña oración enseñada por Nuestra Señora el 13 de Julio, que los niños ya recitaban. (76)
Lo que nuestro buen jurista no escribe a su prome tida, y con razón, es vívidamente relatado por Sor Lu cía en sus Memorias:
«Llegados al lugar, puestos de rodillas, me pidió que rezase el Rosario con él para pe dir a la Santísima Virgen una gracia que él deseaba mucho: que una tal muchacha consintiese recibir con él el Sacramento del Matrimonio. Me extrañó la petición, y pensé: «si ella te tu viese tanto miedo como yo, nunca te diría que si.» Terminado el rezo de nuestro Rosario, el buen joven me acompañó hasta cerca de nuestro pueblo y me despidió amablemente recomendándome su intención.»
Decepcionado por la aparición del 13 de setiembre, el abogado regresó, sin embargo, el 13 de octubre y quedó convencido definitivamente por el milagro del sol.
«…y dicho personaje desapareció, hasta que pasado algún tiempo apareció de nuevo allí, con dicha muchacha, ya entonces su esposa, para agradecer a la Santísima Virgen la gracia reci bida y pedirle una abundante bendición.» (77)
UNA CONVERSION MILAGROSA, 12 DE SETIEMBRE. Nosotros tenemos otra prueba de la extraordinaria influencia sobrenatural de los niños en ese tiempo. Sor Lucía re lata la historia conmovedora:
«Había en nuestro pueblo una mujer que nos insultaba siempre que nos veía. Nos la en contramos cuando salía de la taberna; y la po bre, como no estaba en si, no se conformó esta vez solamente con insultarnos. Cuando terminó su tarea, Jacinta me dijo:
«- Tenemos que pedir a Nuestra Señora y ofrecer sacrificios por la conversión de esta mujer; dice tantos pecados, que como no se con fiese, va a ir al infierno.
«Unos días después pasábamos corriendo por delante de la casa de esta mujer. De repen te, Jacinta se detiene y, al volver atrás, ella le pregunta:
«- Oye. ¿Es mañana que veremos a esa mu jer?
«- Si.
«- Entonces no juguemos más; hacemos este sacrificio por la conversión de los pecadores.
«Y sin pensar que alguien la podía ver, levanta las manos y los ojos al Cielo y hace el ofrecimiento.
«La mujercita estaba espiando por el pos tigo de la casa; después dijo a mi madre que la había impresionado tanto aquella acción de Ja cinta, que no necesitaba más prueba para creer en la realidad de los hechos. Desde entonces no solo dejó de insultarnos, sino que también nos pedía continuamente que intercedié semos por ella a Nuestra Señora, para que le perdonase sus pecados.» (78)
La Santísima Virgen fue fiel a Su promesa, y al menos esta vez, quiso mostrarlo a ellos de manera invi sible. Sus insistentes oraciones, y todos sus sacrifi cios, tan generosamente aceptados o escogidos, estaban produciendo abundantes frutos sobrenaturales. La súbita conversión de esta pecadora endurecida fue la prueba. Nuestra Señora estaba complacida con Sus tres confiden tes. Al día siguiente, apareciendo por quinta vez en la Cova da Iria, Les dijo: «Dios está complacido con vuestros sacrificios. El no quiere que duerman con la soga puesta, sino que la usen durante el día.» (79) «Innecesario es decirlo, obedecimos prontamente Sus ordenes,» (80) comenta Lucía. Un diálogo maravilloso, en el cual el amor ardiente y la docilidad de los tres videntes, ilustra como respondieron a la tierna solici tud de Su Madre del Cielo.
Capítulo VII, del Tomo I, de la versión inglesa de «Toute La Vérité Sur Fatima», de Fr. Michel de la Sainte Trinité.
NOTAS
(1) Refiriéndose indudablemente al fenómeno atmosférico inusual observado en el momento de la aparición.
(2) Estos extractos están tomados del sólido estudio de Barthas, «La prensa portuguesa y las apariciones», en Fátima 1917-1968, p. 163-164.
(3) Ver Martins dos Reis, Sintese Critica, apéndice.
(4) Barthas, Fátima 1917-1968, «Las Sectas y el Poder Civil», el cual resume las conclusiones de los detallados estudios del Canónigo Galamba, p. 232-233.
(5) II, p. 74.
(6) De Marchi, p. 95; I. p.74.
(7) I, p. 34
(8) II, p. 74-75. Uno debe leer, en De Marchi, p. 89-90, el interesante relato sobre Ti Marto, quien probó ser muy valeroso aquí, afirmando resueltamente que él creyó en el testimonio de sus hijos, mientras su cuñado Antonio «cortó», «¡Todos son cuentos de comadres!»
(9) II, p. 74.
(10) IV, p. 133.
(11) I, p. 34-35.
(12) Carta de un testigo ocular, citada por el Canónigo Formigao en Os episodios de Fátima.
(13) II, p. 76.
(14) De Marchi, p. 91.
(15) De la investigación canónica, citado por De Mar chi, p. 92.
(16) De Marchi, p. 92.
(17) Aunque la persecución de la pobre Lucía continuó, este último detalle muestra que la familia dos Santos imaginó, al menos, la posibilidad de apariciones verda deras de Nuestra Señora.
(18) Otros testimonios dejan en claro que hubo dos des tellos de luz y «dos fuertes ruidos de trueno que todos escucharon». Barthas, Fátima 1917-1968, p. 147.
(19) Otros testigos afirman más precisamente que la nube se mantuvo visible unos diez minutos, como el 13 de Julio. Respecto a esta nube, ver también el testimo nio de Manuel Goníalves: «No había el menor resto de polvo en el aire. La nube pareció barrer el aire lim pio.» (De Marchi, p. 122)
(20) De Marchi, p. 93-94.
(21) De Marchi, p. 122.
(22) De Marchi, p. 94. Barthas recuerda que el Padre Ferreira fue compelido a ocultarlo en el presbiterio. (Fátima 1917-1968, p. 218)
(23) IV, p. 134.
(24) Al Dr. Fischer, uno de los primeros historiadores de Fátima. Citado por Dom Jean Nesmy, p. 92-93.
(25) «Fatima, a luz da historia,» p. 186-187, citado por dos Reis, Sintese Critica p. 79.
(26) Al Dr. Fischer, citado por Dom Jean Nesmy, p. 93.
(27) En realidad, esto fue cierto parcialmente: admiti do, después de escuchar sobre el secuestro, Maria Rosa había declarado friamente: «Si ellos están diciendo la verdad, Nuestra Señora los cuidará! Pero los Marto estaban muy preocupados, e inmediatamente enviaron dos de sus hijos mayores a buscar noticias.
(28) I, p. 35.
(29) IV, p. 134.
(30) En presencia de los niños, el Hojalatero ordenó que fuera preparado un caldero con aceite hirviendo, amenazando tirarlos en él si no revelaban el secreto. Los tres videntes, en su simplicidad, tomaron literal mente la amenaza.
(31) I, p. 36.
(32) I, p. 36.
(33) IV, p. 133.
(34) IV, (Ed. Franc.) p. 185; cfr. II, p. 77.
(35) I, p. 36.
(36) I. p. 36.
(37) IV, p. 133; Padre Fernando Leite, Jacinta, p. 38.
(38) Un hecho de importancia decisiva para nuestros propósitos críticos, es que Arturo de Oliveira Santos nunca pudo usar ninguna afirmación de los videntes para desacreditar las apariciones… Ni negó la escena del aceite hirviendo, la que alguna gente cuestionó, con el pretexto que el primer testimonio escrito de esta esce na es de la investigación canónica, del 8 de julio de 1924. Mas tarde, el Hojalatero guardó silencio de tumba sobre el tema de su acción contra Fátima. Murió desdi chadamente en Lisboa en 1955, sin haber mostrado ningún signo de arrepentimiento.
(39) Citado por De Marchi, p. 100.
(40) Ibid., p. 101.
(41) Citado por De Marchi, p. 94.
(42) Barthas, Fátima 1917-1968, La prensa portuguesa y las apariciones, p. 165-168.
(43) Cinco o seis mil, dijo más tarde, eligiendo el más bajo de todos los estimados.
(44) Extractos de la carta, tomados de De Marchi, p. 94-95 y Barthas, op. cit. p. 219.
(45) Realmente sobre este punto ella está equivocada, pues el Padre Ferreira, en su informe escrito del 21 de agosto, deja en claro que la aparición tuvo lugar el domingo precedente.
(46) Ella también había señalado el fenómeno habitual que precedió el arribo de Nuestra Señora: la luz estaba como apagada, y hubo un primer «destello de luz». Cfr. también IV.
(47) IV, p. 169.
(48) IV, p. 134.
(49) En ese lugar, fue construido por los exiliados húngaros, un hermoso monumento conmemorativo.
(50) El relato de la Cuarta Memoria (p. 169-171), y el interrogatorio del Padre Ferreira, (Documentos p. 500-501), se complementan muy bien uno con otra. El diálogo que nosotros citamos, está tomado íntegramente de estas dos fuentes.
(51) Se refiere al encarcelamiento en Vila Nova de Ou rem.
(52) Aquí dice el informe del Padre Ferreira: «Nuestra Señora vendrá con un ángel a cada lado. Nuestra Señora de los Dolores también vendrá, rodeada de flores.» Esta predicción también puede ser comprendida en un sentido condicional: San José hubiera venido, etc.
(53) El interrogatorio Ferreira, agrega más directamen te y con gran encanto: «¿Ese dinero que tenéis, que queréis hacer con él?»
(54) Aquí, Lucía probablemente atribuye a Nuestra Seño ra palabras que no dijo hasta el 13 de Setiembre. Vol veremos sobre este punto.
(55) IV, p. 171.
(56) Barthas, Fátima 1917-1968, p. 116.
(57) De Marchi, p. 134.
(58) Ibid., p. 107.
(59) Carta de Carlos Mendes a su prometida, 8 de se tiembre de 1917. Citada por Barthas, Fátima, Gran Milagro del Siglo Veinte, p. 322.
(60) II, p. 78.
(61) De Marchi, p. 107. Aún Maria Rosa no podía persua dirse de creer: «Yo antes acostumbraba a pensar, que si allí había otra persona que viera alguna cosa, entonces podría creer; pero ahora, ¡tanta gente dice que ha vis to algo, y todavía no creo!» Esto prueba que entre el reconocimiento de hechos extraordinarios y el acto fe, hay un gran salto que dar.
(62) Señalemos una coincidencia en las fechas que pen samos que es providencial: el 19 de agosto, aniversario de su muerte, la Iglesia celebra a San Juan Eudes, el primer gran Doctor de la devoción al Inmaculado Corazón de María.
(63) Cant., 4; 8, 10-12. Cfr. también Cant. 3, 6: «¿Que es aquello que sube del desierto como columna de humo, como humo de mirra e incienso, y de todos los perfumes exquisitos? (*); 4, 16; 7, 9; 7, 14.
(63a) Maria Carreira, citado por De Marchi, p. 101-102.
(64) Citado por De Marchi, p. 103. Muchos críticos piensan que Lucía está equivocada cuando, en sus Memo rias, pone el pedido de una capilla aquí. Las razones están en este recuerdo preciso de Maria Carreira, al igual que el hecho que el informe Ferreira del 21 de agosto no tiene referencia a éste. En realidad, es pro bable que ella no hizo esta pregunta hasta el 13 de Setiembre.
(65) Así Dom Jean Nesmy mismo, después de varias obser vaciones muy ilustrativas, se siente obligado a agre gar: «Sin duda, no es difícil para Dios, que quiere la salvación de los pecadores, encontrar otra forma de salvarlos, para que nadie sea condenado a causa de nuestra cobardía.» Lucie raconte Fatima, p. 218. ¡Ay! ¡Nuestra Señora no dice que incluso se atrevió a afir mar exactamente lo opuesto!
(66) Ez. 14, 12-23; 18, 1-32; 33, 10-20.
(67) I, p. 30-32. Confiando en el mismo orden incierto de la Primera Memoria, ciertos autores ubican este episodio en el mes de mayo o junio. No obstante, Sor Lucía en su Segunda Memoria da la fecha exacta: «Si no estoy equivocada, fue durante el mes en que adquirimos el hábito de dar el almuerzo a nuestros pequeños niños pobres, como lo he descripto en el relato sobre Jacin ta.» II, p. 78.
(68) I, p. 30-32.
(69) II, p. 77.
(70) II, p. 77-78.
(71) I, p. 37.
(72) II, p. 79.
(73) Doctor en jurisprudencia, más tarde se convirtió en Alcalde de Torres Novas, diputado de la Asamblea Nacional y secretario de la cámara municipal.
(74) En sus Memorias, Lucía da una razón humorística de esta dificultad: «Si no estoy equivocada, fue también durante este mes, que un hombre joven hizo su apari ción en nuestro hogar. Era de tan alta estatura, que temblé de temor. Cuando vi que debía inclinarse para pasar por la puerta para buscarme, pensé que debía es tar en presencia de un alemán… Mi miedo no pasó inad vertido para el joven, quien trató de calmarme; me hizo sentar en su rodilla y me interrogó con gran bondad.» (II, p. 80-81.) (75) «Siendo abogado y doctor en jurisprudencia,» dice el Dr. Azevedo, «procedí como si fuera un fiscal. Fue imposible confundirlos.»
(76) Nosotros ya hemos citado las partes esenciales de la carta, la cual está reproducida también en Barthas, Fátima, Gran Milagro del Siglo Veinte, p. 321-322.
(77) II, p. 39.
(78) I, p. 39.
(79) IV, p. 172.
(80) II, p. 79. (*) Sagrada Biblia, B.A.C., Madrid, 1954.

