Cañizares: el cardenal negacionista
El Card. Antonio Cañizares, prefecto de Culto Divino, ha sido contundente sobre la continuidad tradicional del Concilio Vaticano II. Leemos la reseña de ACI prensa, que pone de lo suyo, como siempre. Pero su eminencia incurre en negacionismo flagrante.
El Card. Antonio Cañizares, prefecto de Culto Divino, ha sido contundente sobre la continuidad tradicional del Concilio Vaticano II. Leemos la reseña de ACI prensa, que pone de lo suyo, como siempre. Pero su eminencia incurre en negacionismo flagrante.
El Cardenal Cañizares dijo a ACI Prensa que el principal obstáculo para el diálogo con los lefebvristas está en que estos no acepten «que la tradición no se ha interrumpido por nada, la tradición sigue viva, la tradición sigue abierta, y el Concilio Vaticano II es tradición«.
Según esto, no hay nada que discutir. Lo de los lefevbristas ha de ser meramente retractación o en su defecto, pertinacia en sus caprichos. Y sin embargo: «sí que sé una cosa, y es que el Papa, la Iglesia tiene una grandísima voluntad, un grandísimo deseo de que se produzca la unidad y el retorno de aquellos quienes han salido fuera de la Iglesia, el retorno a la comunión plena con Ella», asegura el Card. Cañizares.
¿Para qué tanto deseo de que “retornen” unos tipos tan mal llevados? Si son unos caprichosos que niegan lo evidente y se esfuerzan en hacer bulla por cualquier tontería, yo que el papa pensaría: más vale se queden donde están y nos dejen en paz… No entiendo la generosidad del papa y de la Iglesia a juzgar por los dichos del Card. Cañizares.
La novedad del pontificado benedictino
La novedad del pontificado en curso, sin la cual difícilmente el Card. Cañizares sería hoy prefecto del culto divino, es cierta apertura intelectual al reconocimiento de los problemas generados por el Vaticano II.
En el orden litúrgico, el papa reconoció la plena vigencia de la liturgia tradicional, en un acto formal, costoso y muy criticado. Podemos encontrar en ese reconocimiento gran cantidad de bemoles para afinar, pero el reconocimiento se hizo contra viento y marea.
Por un lado el papa debió tomar decisiones extraordinarias para que los obispos acepten lo obvio: que el rito romano tradicional está vigente y es la forma más genuina y perfecta de la liturgia romana, preeminente, además, entre las otras formas tradicionales, por ser la de la Sede Petrina, la más difundida, la más universal, aquella a la que todos los fieles tienen derecho. Debió crear un híbrido novedoso para no concluir en lo que la lógica pide frente al fenómeno del Novus Ordo. Ahora hay “dos formas del rito romano”. Pase, en honor a la santa diplomacia. Esas formas se parecen como un huevo a una castaña. Y no hablemos ni del sabor ni de los efectos nutricionales.
Efectos del Concilio y Concilio mismo
Por otro lado, no hay interrupción alguna, dice Cañizares, en la tradición apostólica que haya sido causada por el Concilio Vaticano II. Esto solo puede entenderse de una manera: lo que se ha escrito en los textos del Concilio Vaticano II no tiene ni sombra de discontinuidad doctrinal.
Hemos de creer en lo que nuestros ojos ven: la primera tradición interrumpida a ojos vista de todos ha sido la litúrgica, no solo por la introducción de la novedad de un rito fabricado, sino por su imposición manu militari (contra toda tradición) y la prohibición fáctica durante casi 40 años de celebrar según el ritual tradicional. Prohibición que hoy es una “restricción”, también fáctica, por la oposición de los obispos del mundo y en parte legal, resultado de ese difícil acomodamiento de lo nuevo y lo antiguo en pie de igualdad, que obliga a legislar sobre lo que no necesita legislación alguna.
Esto es un producto del Concilio. Hecho además como aplicación del Concilio y por el papa que completó la mayor parte del Concilio. Si no se ve, si no lo ve el Prefecto del Culto Divino, que además lidia todos los días con el desmadre litúrgico que nació con el Concilio…
Tras la evidencia litúrgica, el reconocimiento doctrinal
Por otro lado, el papa inicia unas conversaciones doctrinales con quienes cuestionan no solo la reforma litúrgica posconciliar, lo cual podría entenderse restringido a un intento de reencauzar la disciplina del culto divino, sino con los que fundamentalmente cuestionan el Concilio mismo. En su corpus doctrinal. En un porcentaje pequeño de lo dicho –que ha sido un Concilio muy declarativo este, de tomo y lomo- aunque un porcentaje esencial, porque es el de las definiciones.
El resto, ya lo sabemos, puede ser reducido a una interpretación ortodoxa, caso omiso hecho de las contradicciones, vaguedades y falta de rigor teológico de los documentos surgidos de la magna asamblea. Digámoslo así, un 95% que no vale la pena discutir, porque caído el obstáculo de lo inaceptable, el resto se debería acomodarse solo, o más bien sufrir el rigor del desuso, por inútil e inconducente.
Esta discusión todavía no está cerrada, y lo más interesante será cuando se conozca, porque ha sido ampliamente documentada. Más aún, quedan por entregar al papa las conclusiones formales y habrá que ver qué tiene que decir.
Todo esto se realiza ante las barbas del bueno del Card. Cañizares, pero para él el Concilio no contiene rupturas. Toda esta discusión ha sido más bien al cuete, como diría el paisano, por un deseo recuperar para la perfecta unidad a un grupo minoritario de fieles y clero. Unos cientos de miles, un milloncito o dos de feligreses díscolos y medio millar de curas mal llevados.
Curioso esfuerzo que no guarda proporción con la meta que se proclama, si es que este pequeño grupo se empeña, como parece decir Cañizares y proclama a voz en cuello ACI Prensa, en una interpretación puramente caprichosa y personal de la realidad, sin fundamento, porque el Concilio Vaticano II “es Tradición”. Demasiadas concesiones a unos locos nostálgicos…
Aquí hay más de un caprichoso, además del papa.
No, algo debe haber que preocupa, inclusive al propio Cañizares y que cuando habla ante el espejo debe confesarse… De no ser así, ¿para qué insistir en la otra tesis, de las dos hermenéuticas, que tanto han dado que hablar y que el propio Cañizares repite con fruición? No es tan fácil exprimir un texto sano en coherencia y precisión y sacarle tanto jugo fermentado de discontinuidad tradicional. Hay que sospechar el árbol tiene alguna cosa…
Uno tiene la impresión de que al Papa, y a un sector importante, aunque no quizás muy numeroso, de la jerarquía católica le parece que este pequeño grupo tiene algún punto a su favor en la argumentación.
Es más, el núcleo de las discusiones doctrinales es precisamente un conjunto de cuestionamientos que los tradicionalistas hacen a las “novedades conciliares”. Se ha puesto en entredicho lo que jamás pontificado alguno había cuestionado desde Juan XXIII a la fecha: el superdogma conciliar.
Lo de superdogma no se lo tome como chanza sino como comprobación fáctica. A partir del Vaticano II, notarán los católicos informados, no hay casi otro magisterio que se cite. Y con un carácter fundacional. Es “lo nuevo”. Lo que vale “ahora”. De lo anterior podemos hablar con cierto respeto, como de lo que “ya fue”, aunque el tono general es más bien de alivio: lo que hemos “superado”. Alivio y franca crítica. “¡Las cosas que decía la Iglesia antes del Concilio!”. No tienen nombre… Por suerte el Concilio nos salvó.
Si esto no es ruptura…
Bien, si esto no es ruptura… ¿qué nombre le ponemos? Si, ya sé. Hermenéutica de la ruptura.
Bueno, nos mordemos la cola. Y así contorsionados no vamos a llegar muy lejos. El Concilio ha dado sus frutos y de esos frutos se producen abundantes y variados venenos espirituales. Pero el árbol sigue siendo bueno, dice Cañizares, el gran negacionista.
Dios lo guarde, en su juvenil optimismo.
Texto de Referencia: ACI Prensa

