Panorama Católico

El voto tomista del pueblo argentino

Después de la costosísima encuesta primaria, universal y obligatoria los argentinos tenemos la obligación de ver la realidad a la cara. En poco más de dos meses probablemente se instale en forma permanente un régimen cuasi-autoritario, avalado por el 50% de los sufragios emitidos, poco más o menos. No digo legitimado, sino sustentado por el poder que otorga, en el sistema electoral vigente en la Argentina, una mayoría técnica.

Después de la costosísima encuesta primaria, universal y obligatoria los argentinos tenemos la obligación de ver la realidad a la cara. En poco más de dos meses probablemente se instale en forma permanente un régimen cuasi-autoritario, avalado por el 50% de los sufragios emitidos, poco más o menos. No digo legitimado, sino sustentado por el poder que otorga, en el sistema electoral vigente en la Argentina, una mayoría técnica.

Tenemos obligación de mirar esta realidad sin permitirnos ni desesperanzas ni juicios ligeros. No es lícito atribuir el sorprendente resultado de las elecciones -sorprendente por la amplitud de triunfo oficial que superó holgadamente sus propias esperanzas- meramente a la degradación de una gran parte de la población argentina, que es, sin duda, víctima del abandono de quienes deben ser sus jefes espirituales, lo obispos católicos y de la ausencia de jefes políticos legítimos. Hay también  razones más vinculadas con el sentido común de una población que carga con una larga historia de frustraciones  y un vacío de caminos políticos alternativos.

Los argentinos votaron en un sentido tomista: mantener el gobierno malo antes que aventurarse a uno peor o sencillamente al caos.

Lo obvio ante todo.

Desde una mirada reflexiva y con los pies en lo sobrenatural, ¿qué duda cabe respecto a los intereses que concitan la preocupación de la sociedad argentina? Hay un olvido de lo sobrenatural, y aún mucha ligereza y despreocupación por las cuestiones básicas del  orden natural, lo que es consecuencia de lo anterior.

Todos los discursos políticos apuntaron a las cuestiones materiales inmediatas, como las vinculadas con la economía, la seguridad y la prosperidad. Y si en algún sentido tuvieron un matiz referido al orden moral, este vino de la izquierda,  cuando habló de justicia y equidad (pero entendiendo por esto siempre el reparto de bienes materiales o actitudes reivindicativas); o la educación (concebida como una capacitación en el orden de las potencialidades económicas o un modo de “reconstruir” el alma argentina sobre un nuevo “relato” no solo de los hechos históricos, sino más profundamente, de las esencias espirituales  y religiosas).

Casi no se ha oído hablar de familia (salvo para defender las “nuevas formas de familia”) ni de virtudes morales (apenas de desdibujados “valores”).  Cuando apareció, de un modo cercano a lo grotesco, la cuestión religiosa, fue motivo de queja en virtud de cacareados principios de laicismo. Si alguien hizo un discurso de tronco histórico, fue el candidato socialista, reivindicando los principios de la Revolución Francesa, tan solemnemente como su estampa de logista nos permite esperar.

El pueblo no puede saber de qué se trata

Apenas sabe que su futuro está vinculado a quienes se harán del poder en el próximo ciclo. Y alejados de toda orientación y buen estímulo, busca la inmediatez del beneficio o asegurarse  la ventaja  que ha podido agregar, si es que alguna, a su módica existencia. Y los espejos y vidrios de colores de la modernidad: el celular, la pantalla plana o la computadora, el shopping, el cine 3 D. Son las baratijas por las que intercambian un inimaginado futuro (para la mayoría de ellos no hay futuro imaginable, sino cruda inmediatez o perpetuo presente).  Estar mejor es padecer menos necesidades, y entre los que roban y mienten pero dan dádivas y los que van  a robar y mentir sin garantizar nada, prefiere quedarse con lo que tiene.

¿Para qué cambiar lo que está?

¿Para qué cambiar un beneficio contante por una incertidumbre futura? Ese cambio supone la elevación moral de tomar un riesgo, a cambio de un valor intangible, sin buscar un beneficio útil o lucro. Por amor a un valor moral, a algo noble, que nos saque del provecho inmediato. ¿En donde encontraría el pobre ciudadano sencillo argentino fuerzas para conmover su alma y decidir un acto de generosidad tal? ¿En la epopeya de un pasado de héroes, o en los ideales que le proponen sus dirigentes?

Convengamos, además, que el oficialismo fue quien planteó un discurso más cercano a cierta epopeya.  En términos patrióticos, la campaña oficial fue la más lucida, seguida quizás por la de Duhalde. Banderas, apelación a un cierto (o incierto) nacionalismo, el planteo de un proyecto común de los argentinos. Todo hueco y sin fundamento, a todas luces, para el ciudadano reflexivo, pero no tanto para el hombre de a pie.

No ha habido casi ningún dirigente nacional  capaz de presentar de un modo creíble, objetivos elevados por encima de las necesidades inmediatas de la subsistencia.  Elisa Carrió, quien en definitiva, del pelotón de los que podía terciar, centró su campaña en la “verdad” y los “valores republicanos”, fue pulverizada por la indiferencia.  Sus legisladores obtuvieron muchos más votos que ella. Quienes aún piensan en estas cuestiones  prefieren que den testimonio , pero no les tienen confianza para gobernar.

En definitiva, ha sido el oficialismo quien más agitó banderas de una ética  y de una justicia (disociadas de toda realidad, bochornosamente hipócritas). Si todos mienten, para qué cambiar. Lo que tenemos, ya lo conocemos. El futuro ¿quién lo puede conocer?

En definitiva, el pueblo optó por lo malo conocido, ya que no tiene ni siquiera indicio de algo bueno por conocer, y mucho menos capaz de ganar y gobernar. Es decir, siguió el consejo de Santo Tomás de Aquino, del cual probablemente nunca en  toda su vida haya oído ni palabra.

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