Sobre tragedias, castigos y pecados…
Habiendo leído con sorpresa e interés la polémica que lanzó el artículo «Ante el desastre natural producido en Chile», y muchos comentarios atinados, me ha quedado una duda, sin embargo, sobre el punto en cuestión.
El principal argumento contra la teoría del «castigo divino» por medio de desastres naturales ha sido este: «Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia». Dios no quiere la perdición del pecador, sino su salvación.
Nada que objetar, más bien por el contrario, estas afirmaciones son sólidas verdades católicas.
Habiendo leído con sorpresa e interés la polémica que lanzó el artículo «Ante el desastre natural producido en Chile», y muchos comentarios atinados, me ha quedado una duda, sin embargo, sobre el punto en cuestión.
El principal argumento contra la teoría del «castigo divino» por medio de desastres naturales ha sido este: «Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia». Dios no quiere la perdición del pecador, sino su salvación.
Nada que objetar, más bien por el contrario, estas afirmaciones son sólidas verdades católicas.
Pero la piedra angular de la discusión sigue siendo si el castigo es o puede ser una consecuencia «directa» del pecado de aquellos sobre los cuales sobrevino el castigo.
Se ha recordado que el desorden del cosmos y el mal en el mundo son consecuencia del pecado, pero de un modo remoto e indirecto. Uno de los comentaristas postuló la teoría de que el mal sobreviene sobre los descendientes de aquellos que cometieron los pecados, y no actualmente sobre los pecadores. No hay un automatismo: pecado- consecuencias cósmicas del pecado, dice este comentarista. En cuyo caso tampoco las habría entre el pecado y las consecuencias personales del mismo.
No necesariamente, diría yo.
Nunca, responde con toda seguridad el polemista.
La consecuencia directa del pecado en el cosmos o la creación se vio después del pecado original: el hombre perdió su impadividad, se hizo víctima de las enfermedades, la muerte, y además la naturaleza se volvió hostil contra él. Verdad de catecismo.
Se postuló también el argumento de la diferencia radical entre el mundo antes y después de la Redención, admitiendo algunos que Dios castigaba a la humanidad de un modo directo antes de ella pero que no se testimonia en el Nuevo Testamento una acción punitiva de la misma índole. Tildándose esta creencia en la intervención divina directa o indirecta como castigo de los hombres pecadores, de idea judaizante.
También se ha recordado que Dios actœa normalmente sobre la vida humana con una providencia indirecta, por medio de las causas segundas y rara vez por intervención directa. De modo que así como los contratiempos y desgracias personales son permitidos por Dios para provecho de las almas individuales, así las catástrofes telœricas, (no importa aquí si son atribuibles o no a la desidia humana o inevitables e impredecibles) tienen como propósito el bien de las almas, algunas por medio de la penitencia por sus mœltiples pecados, otras para su perfeccionamiento y progreso espiritual.
Queda, a mi ver, en pie la cuestión: Àes esta voluntad de permisión (ya que no voluntad activa) de Dios un modo de castigo directo y actual de los pecados? Y si así fuera, Àha de entenderse que es un castigo de carácter general y no particular sobre los afectados?
La cuestión se ha recalentado más aœn con la sucesión de varios terremotos en los œltimos 10 días en distintos lugares del mundo, así como otras catástrofes. A esto debemos agregar, lo que estaba fuera de la discusión pero parece oportuno incluir, el las penas producidas por las guerras, las pestes, el hambre, etc.
Movido por este interés recurrí al texto de la Misa y al ritual de bendiciones de la Iglesia Católica, versión tradicional, aprobado por el papa Paulo V, segœn una edición de 1952 autorizada por el Santo Padre Pío XII.
En la primera recogí estas oraciones: (omito el Kyrie y el Agnus Dei que son invocaciones pidiendo misericordia).
Te suplicamos, Señor, te dignes aceptar aplacado esta oblaci»n de tus siervos, que es también la de toda tu familia. Dispon en tu paz los días de nuestra vida… etc.
Claramente, se antepone el Santo Sacrificio como ofrenda para «aplacar» la justicia divina y se pide a Dios que disponga «en paz» los días de nuestra vida (terrena).
Después del Paternoster:
Líbranos, Señor, de todos los males, pasados, presentes y venideros… da propicio la paz a nuestros días… para que vivamos siempre libres de pecado y seguros de toda perturbaci»n.
Después de Agnus Dei:
Señor mío, Jesucristo, que dijiste a tus ap»stoles «La paz os dejo, mi paz os doy», no mires mis pecados sino la Fe de tu Iglesia y dígnate darle la paz y juntarla en la unidad, según tu voluntad.
«No mires mis pecados…» (por los cuales reo soy de tu ira) y «dígnate darle la paz» ( a la Iglesia, es decir, evitar las perturbaciones que son consecuencia de mis pecados).
Por otra parte, recorriendo los cientos de páginas de bendiciones, exorcismos y rogativas (me resultó curioso ver que hay una bendición propia de los aparatos sismográficos) determiné analizar el carácter de las oraciones, para ver si de ellas surgía la idea de estas calamidades como castigo de los pecados.
Cabe advertir que muchas de estas bendiciones son preventivas, es decir, se realizan para evitar el mal (lo que supone que Dios tiene una voluntad de permisión que puede ser alterada por los ruegos, de modo que dejaría de permitir el mal ante un acto de penitencia y reparaci»n), y otras son rogativas para que se alivie o cese ese mal (Ad pentendam pluviam, por ejemplo) en los que la misma idea es evidente.
Es comœn, he podido advertir, que en las oraciones que consignan la petición se repitan estos conceptos:
Oh Dios, que por nuestras culpas te hemos ofendido, aplácate por nuestra penitencia.
Escucha las oraciones de tu pueblo y aparta de nosotros los flagelos de tu ira, que merecemos por nuestros pecados.
Y luego se pide cese la calamidad (penurias meteorológicas, hambre, guerra, inundaciones, rayos, pestilencias, sequías, cataclismos, etc.)
Es normal el uso parcial o completo de textos de los salmos:
Domine est nobis refugium et robu, adjutorem in angustiis probavit se valde.
Propterea no timemus, dum subvertitur terra et montes cadunt in medium mare… (Salmo 45) en los que, como se sabe, la idea el castigo de Dios a los pecadores es constante, en particular en los llamados penitenciales.
Y no nada extra–o el uso de imágenes de catástrofes naturales, las cuales no han de ser necesariamente entendidas de un modo literal, aunque tampoco puede excluirse esa interpretación en todos los casos.
La idea del castigo por el pecado es bien patente y la acción preventiva de los castigandos por medio de la penitencia supone que Dios ha previsto ese castigo para ellos:
Da nobis, quaesumus, Domine, piae petitionis effectum, et pestilentiam mortalitatemque propitiatus averte, ut mortalium corda cognoscant et te indignante talia flagella prodire, et te miserante cessare.
Difícilmente la Iglesia tenga en su liturgia tan claramente expresada la idea del castigo, actual o potencial, que puede evitarse o cesar con la penitencia si Dios no castigase a los hombres por sus pecados actuales.
No olvidemos que «lex orandi, lex credendi».


Comentarios
ESTIMADO MARCELO
El asunto del mal ha sido fuente de más herejías y desviaciones que ningún otro en la historia. Está en la base del judaísmo y del protestantismo, como así de miles de desviaciones ortodoxas. No resulta en cuestiones filosóficas y teológicas una buena práctica el consultar textos litúrgicos sin antes adentrarse en los tratados pertinentes donde estos cobran su verdadera significación. El tratado por exelencia es la Suma contra Gentiles en su tomo III y a partir de su estudio (que no es nada fácil) se puede encarar el tema como corresponde.
Le adelanto unas conclusiones. Dios no hace el mal, nunca y de ninguna manera. Dios a creado los seres para que lleguen o cumplan si fin último. El mal no ES, es la ausencia del bien debido. El mal no obedece a una causa eficiente, sino que surge de una causa deficiente en la operación de los seres creados. En suma, Dios no puede hacer el mal. Ya vimos porqué puede tolerarlo.
Ahora bien, una cosa el peccatum de los seres privados de razón (el mal en la naturaleza) que no es fácil de ver, ya que muchas veces puede ser un bien (sufre el ciervo para que subsista el león, o quizá el acomodamiento de las placas subterráneas es un bien para el funcionamiento de la tierra) o simplemente puede ser un mal (enfermedades de las plantas o no se me ocurre qué) que obedecen a causas deficientes.
En cuanto al hombre, veamos que Dios no le dijo a Adán que producido el hecho de la desobediencia El le iba a mandar tal castigo e iba a instigar a Caín para que mate a Abel, sino que las consecuencias de que el hombre no se sirviera a Dios y por ende a su razón y a su fin debido, le iba a trae consecuencias, entre ellas que la misma naturaleza no le iba a estar sujeta como hasta ese momento y el paraíso se iba a convertir en tierra que niega sus frutos y obliga al trabajo, pero no por razón de que Dios iba a obrar ese retorcimiento, sino que por ser consecuencia de causa deficiente del mismo hombre, que al situarse fuera del orden querido por Dios, iba a poner desorden en las cosas que le debían estar sujetas.
No surge en ningún momento de la reflexión tomista, la idea de un Dios castigador, Dios es esencialmente su Bondad, principio y fin de la creación.
Por otra parte, ¿no es acaso una evidencia que a los malos les esta yendo mejor que a los buenos en este mundo? «No envidies la suerte de los malos» dice la escritura. Sus negocios son mejores, tiene hijos saludables, amantes simpáticas, etc. Y a veces vemos gente buena o por lo menos inocente que sufre enormes males. Si nosotros simplificamos y ponemos como silogismo que al bueno Dios lo premia en este mundo y al malo lo castiga, terminamos en la mayor de las atrocidades que es la cultura del¨»éxito» de claro cuño protestante, «el espíritu del capitalismo», quiere decir que al que le va bien es el señalado y viceversa. No es tan simple, es más, analizando el tema con un teólogo cuyo nombre no quiero delatar, me decía este «hummm, este… es posible, que Dios le de a quienes sólo desean los bienes naturales, una superabundancia de estos bienes, y estee… no permita que los suyos se desbarranquen por el saciamiento… una especie de justicia… ejem… divina… esto es lo que quieres, pues toma… y no digas mañana que no te dí lo que me pedías…»
Querido Marcelo, lisa y llanamente no creo que Dios en este mundo haga pagar a los malos con males y los buenos con bienes, ya que lo primero que debería hacer es separarlos completamente, de lo contrario, y como de hecho sucede, los malos se viven beneficiando de la compañía de los buenos y los buenos perjudicando de la de los malos. Pero no separará la cizaña del trigo sino hasta el final. Es más, estoy convencido por aquel teólogo que les va mucho mejor a los malos en este mundo que a los buenos, y no es un capricho, tiene su explicación filosófica, ellos procuran los bienes subalternos con mucho más ahinco que los buenos, que al procurar el Bien último, sufren las consecuencias.
Tomar el ocurrimiento de un mal o una desgracia como un claro apercibimiento de conducta por parte de DIOS a quienes lo sufren, es una forma atroz de deformar la idea de Dios. Debo reconocer que me es aceptable el hecho de que Dios pueda castigar en forma directa a alguien, pero como hecho extraordinario y milagroso, y es más, debo reconocer que no se me ocurre ni un ejemplo fuera de los dos o tres del antiguo testamento. En todos los demás lo que tiendo a ver es el mal que se causa por unos pocos muy malos y que lo terminan sufriendo la multitud de los inocentes. Mi madrina, anciana muy sabia, virtuosa y creyente, sufre una horrible enfermedad de su marido y como consuelo las viejas le decían «Dios sabrá porqué lo hace» y ella con gran humor y sabiduría contestó, «Hija, Dios no tiene criterio». Todo dicho con muy poco, no es Dios quien ha hecho esto y n o reduzcmos a Dios según nuestro criterio.
Dejo la consideración mesurada, ponderada y prudente para los sabios, a fin de que este asunto se resuelva como se debe y acepto lo argumentado, pero mi afirmación rotunda y agradecida de merecedor de grandes castigos, es que Dios no castiga, ni acá ni allá, basta y sobra con los males que nosotros mismos nos acarreamos y por los cuales anticipamos y nos creamos un infierno. El calor de la refriega ya viene como descargo personal, Marcelo… si Dios mandara los castigo que merecemos por nuestros pecados… yo estaría produciendo un par de sunamis, y sin embargo, mañana estaré gozando de un lindo día de sol a caballo entre mis cerros queridos y con todos los crios sanos y un par de billetes en el bolsillo. La misericordia de Dios es infinita.
DARDO CALDERON.
Estimado Dardo,
No siendo ducho en filosofías, acepto su indicación.
Pero no me satisface su explicación: Tomemos el caso del Santo Job. Dios permite pruebas terribles sobre su familia, sus bienes y su propio cuerpo. Pero limita al demonio sobre el daño el daño que puede hacerle. Luego caen sobre él enormes pruebas morales: los que -en esto le dan la razón a Ud.- dicen que sus males provienen de sus pecados. Finalmente, la fidelidad del santo produce el cese de la prueba y la compensación de sus pérdidas, al menos materiales y de buen nombre.
¿No dice el Evangelio que el bueno tendrá el ciento por uno aún en esta tierra? (Que no deja de ser un valle de lágrimas).
Encuentro algo extrema su posición sobre la prescindencia de Dios respecto a buenos y malos en este mundo. No todos los buenos son desgraciados. ¿En que para la Providencia, que según el Evangelio no descuida ni a los lirios del campo, ni a las aves del cielo y siquiera deja al azar la caída de un solo cabello de nuestra cabeza?
Conozco muchas personas nobles y virtuosísimas sacudidas por tremendas pruebas. Claro que el mal es un misterio y la administración que Dios hace de él (no lo quiere, no lo produce, pero evidentemente lo administra) se nota porque yo pasé bajo el balcón y el que venía detrás de mí recibió la maceta un segundo después. ¿Dios no tiene nada que ver en esto?
¿Para qué usamos sacramentales? ¿Para qué bendecimos las casas, los animales, los autos, etc? ¿Para qué encendemos velas benditas cuando hay rayos? ¿Para que nos caigan en la cabeza o para impedir que nos caigan en la cabeza? Si pido a Dios me libre del mal y él me libra ¿no obra según su voluntad y providencia para mi bien? Y si no me libra, también. Ese es el misterio, porque de ese mal que no impide, aunque se lo haya rogado, me hará, misteriosamente, un bien.
Por otra parte, Dios castiga a los malos con su propia maldad. El señor con la amante simpática seguramente se pescará el sida, o se ganará el odio de su familia, o tendrá la conciencia molesta, o será demandado y tendrá que pagar lo que no tiene. O no, pero no es cierto que a los malos las cosas les van bien. Les van bien según el criterio de los malos sobre lo que es bueno, no según nuestra certeza de lo que es bueno.
Anímese, Dardo, que veo en esto un dejo de amargura.
Hay castigos y castigos
Estimado Marcelo:
Creo que en su discusión con el queridísimo Dardo (cuya primera intervención he de decir que me ha gustado más que esta última, aunque tampoco estaba en todo de acuerdo con aquella) es necesario hacer algunas distinciones que permiten aclarar un poco las cosas. Puesto que ya lo ha hecho Dardo con sus razones, referiré estas distinciones a la autoridad casi definitiva de Santo Tomás (en quien todos nosotros no hacemos acto de Fe, pero casi… Nuestro recordado padre Osvaldo Lira decía que le era muy provechoso leer, cada tanto, aquél pasaje en que el Aquinate cuestiona la Inmaculada Concepción de María, porque así se acordaba de que Santo Tomás no era infalible… je).
La primera distinción que hay que hacer, para entender adecuadamente la naturaleza del castigo, es aquella entre mal ‘simpliciter’ y mal ‘secundum quid’, es decir, entre lo que es malo sólo relativamente o bajo algún respecto y lo que es malo absolutamente. Esta distinción es importantísima, porque resulta que el castigo es un mal ‘secundum quid’, pero no ‘simpliciter’, al punto que, por el contrario, es ‘simpliciter’ un bien y, por lo mismo, puede proceder directamente de Dios. Santo Tomás, en este punto, es categórico: “De Dios, en verdad, nos puede sobrevenir el mal de pena, que no es mal ‘simpliciter’, sino mal ‘secundum quid’ y bueno ‘simpliciter’. Efectivamente, dado que el bien dice orden al fin y el mal conlleva la privación de ese orden, es mal ‘simpliciter’ lo que excluye totalmente el orden al fin último, cual es el mal de culpa. El mal de pena, en cambio, es ciertamente un mal, en cuanto priva de un bien particular; pero simpliciter es bien, en cuanto que está dentro del orden al fin último.” (S. Th. IIa IIae, 19, 1, in c.).
Son muchos los textos en los que Santo Tomás insiste en la idea de que el castigo es bien y que, como tal, puede ser querido por Dios. Vayan algunos, sólo a modo ejemplar (ahora mismo sólo tengo a mano la Suma, pero es posible encontrar textos semejantes en otras obras del Aquinate):“La otra manera de combatir (los demonios) a los hombres es castigándolos (puniendo), y para esto sí son enviados por Dios, como fue enviado el espíritu falaz a castigar (ad puniendum) a Achab, rey de Israel, porque la pena puede venir de Dios como de su primer autor.” (S Th. Ia, 114, 1, ad 1); “El autor del mal de culpa no es Dios, sino nosotros mismos por apartarnos de Él; el mal de pena, en cambio, proviene en realidad de Dios en cuanto a su aspecto de bien, a saber, por ser pena justa.” (S. Th. IIa IIae, 19, 1, ad 3); “Algunas cosas suceden actualmente no porque Dios quiere que sucedan, sino que las permite, como los pecados. Por consiguiente, la voluntad que rechaza el pecado existente en sí o en otro, no está en desacuerdo con la voluntad divina. Los males penales, en cambio, se dan actualmente, incluso por voluntad divina.” (S. Th. Ia IIae 39, 2, ad 3). He aquí, entonces, la primera distinción relevante, que esconde una objeción a la argumentación de Dardo: Dios castiga, porque el castigo es un bien y, en su relación con los hombres, Dios no hace más que procurarnos bienes.
Una segunda distinción que merece la pena considerar, dice relación con el sentido del castigo, que es doble: el primer y más fuerte sentido del castigo es aquél que podríamos llamar “penal” (aquí la historia del lenguaje nos juega una mala pasada, porque en el latín que manejaba Santo Tomás, como queda manifiesto en las primeras frases del texto que sigue -y de algún modo, también, en las citas pasadas-, no existía una diferencia terminológica semejante a la que nosotros tenemos con las voces ‘castigo’ y ‘pena’), pero hay también un segundo sentido del castigo, que podríamos llamar “pedagógico” o, con Santo Tomás, “medicinal”: “Se puede considerar la pena de dos modos. Primero, según la razón de pena. Y según esto, la pena no es debida sino por el pecado (…) De otro modo, puede ser considerada la pena en cuanto que es medicina, no sólo sanadora del pecado pasado, sino también preservativa del pecado futuro y promotora de algún bien. Según esto, uno es castigado a veces sin culpa, aunque nunca sin causa. Sin embargo, hay que tener en cuenta que nunca la medicina priva de un bien mayor para procurar un bien menor -por ejemplo, dejarle a uno sin vista para curarle el calcaño-, sino que, a veces, infiere un daño en lo menor para prestar ayuda en lo mayor. Y porque los bienes espirituales son máximamente buenos y los temporales mínimamente, por esto a veces se le castiga a uno en los temporales sin culpa, por ejemplo, con muchas penalidades de esta vida presente, que Dios le inflige para que le sirvan de humillación o de prueba.” (S. Th. IIa IIae, 108, 4, in c.). Este sentido medicinal del castigo, aunque distinto del sentido penal, no se divide necesariamente de aquél, sino que pueden estar perfectamente integrados: el que sufre un castigo con culpa puede, no obstante, sacar provecho medicinal o pedagógico del mismo. Todos los que somos padres hemos tenido la experiencia de castigar a nuestros hijos, y todos sabemos que esos castigos no son sólo importantes por nuestro deber de impartir justicia sino también, y sobre todo, por nuestro deber de educar. Estos son ejemplos claros de castigos que tienen, a la vez, sentido penal y sentido medicinal (en realidad, todas las penas -o castigo en sentido fuerte- de esta vida, si son justas, aspiran a tener, también, una dimensión medicinal o pedagógica). Pero, como dice Santo Tomás, el castigo puede darse incluso sin culpa, caso en el cual sólo tiene valor medicinal: esto es lo que llamamos, habitualmente, ‘prueba’. Todos los santos han sido ‘probados’, en este sentido, por Dios, y así fortalecidos y perfeccionados en su virtud, para asemejarse más a Cristo. Esta es la segunda distinción, y también ella esconde una objeción a la doctrina dardiana: el castigo en su sentido medicinal explica que los buenos puedan sufrir males en esta vida dispuestos providencialmente por Dios para su salud espiritual. En cuanto a los bienes que alcanzan los malos, sin negar la razón que le ha aportado el teólogo innominado, hay otra que es opinión frecuente entre los padres de la Iglesia: también los malos han realizado obras buenas, de manera que es razonable pensar que aquellos que se condenarán en el infierno reciban el premio por sus buenas obras en esta vida (es decir, Dios no sólo castiga, sino que también premia mediante su gobierno providente de las cosas de este mundo).
Atendidas y entendidas estas dos distinciones, pienso que caen las razones que impedían a Dardo admitir que Dios dispone, providencialmente, ciertos castigos y pruebas en la vida de los hombres, lo cual me parece fundamental para evitar un error que se halla implícito en su argumentación: que Dios actúa por causas segundas no se opone, de ningún modo, a la afirmación de que gobierna directa e inmediatamente todas las cosas del universo. Desde luego que el terremoto que hemos sufrido en Chile ha sido causado por unas fallas geológicas que proceden de hace siglos incontables, y quizá hace siglos incontables que estaba ya físicamente todo dispuesto para que el furor de la tierra se desatara el 27 de febrero a las 03:34. Pero ello en nada obsta al hecho de que Dios haya dispuesto providentemente que yo, que no vivo más que hace unos cuantos años, haya recibido ese terremoto debajo de mi casa, como prueba o castigo. Dios opera en el mundo por causas segundas, ¡pero opera! Hasta el más pequeño de los movimientos de cualquiera de los pelos de nuestra cabeza está gobernado por la Providencia Divina, sea que al pelo lo mueva el viento o el marco de la puerta contra el que azoto mi cabeza. Y es posible que Dios quiera el movimiento del pelo para que me venga un resfriado, para que así aprenda a ser más prudente y llevar sombrero. ¿O es que acaso a Dios no le importa ni se fija en si llevo o no llevo sombrero? Nada hay que no le importe a Dios, ni nada que no gobierne. También esto lo declara Santo Tomás con claridad: “Así, pues, como Dios es el previsor universal de todo ser, a su providencia pertenece el que permita la existencia de algunos defectos en cosas concretas para que no se pierda el bien del universo entero. Pues si se impidieran muchos males, muchos bienes desaparecerían del universo. Ejemplo: No existiría la vida del león si no existiera la muerte de animales; no existiría la paciencia de los mártires si no existiera la persecución de los tiranos. Por eso dice Agustín: ‘de ningún modo hubiera permitido Dios omnipotente la presencia del mal en sus obras, de no ser tan bueno y poderoso que del mal pudiera sacar un bien’.” (S. Th. Ia, 22, 2, ad 2).
Ya es escandaloso lo que me he extendido, así que pido disculpas por ello. Quisiera decir otras cosas (también tengo varias objeciones a sus argumentos, estimado Marcelo), pero me parece que sería abusar de vuestra paciencia.
Affe.
Mambrú
Abuse nomás.
Espero con mucho interés sus objeciones a mis (pobres) argumentos.
En esta discusión yo represento al pueblo fiel, es decir, hablo no en carácter de persona formada (es un modo elegante de decir que no lo soy) sino de alguien que oyó hablar de estos temas y razona según su leal saber y entender.
Toda aclaración se agradece.
D acord
Queridos Marcelo y Mambrù, soy claramente consciente de que nuestra discusiòn (la que me agrada enormemente) no pone a ninguno en un error, sino que balancea segùn el talante. Lo de Mambrù no tiene objeciòn alguna toda vez que es Santo Tomàs quien habla, pero… no todo, ni contemplando otras cosas. Lo de Marcelo, y quiero en esto ser cabalmente cordial, me preocupa un poco, asì como èl se preocupa de una cierta amargura de mi caràcter, a mi me preocupa un cierto rasgo …. que no alcanzo a definir, pero que me choca en este punto con la idea que de èl me voy formando. Recuerdo la anècdota de aquel Nicodemo que frente a Neròn afirmò que en efecto habìa sido el Dios de los cristianos quien habìa incendiado a Roma con parecido criterio al aquì usado, Creo que fue Cleto quien defendiò lo contrario, y de resultas cuatrocientos cristianos resultaron crucificados. Nicodemo no habìa dicho una mentira total, sòlo una inconveniente simplificaciòn y una grave petulancia al sentenciar desde su ignorancia cuàl era la voluntad del altìsimo. El asunto es que a Roma le prendiò fuego Neròn e igualmente el crucificò a los cuatrocientos inocentes màrtires. El asunto del terremoto me sonaba parecido, resultaba un tanto exagerado decir lisa y llanamente a los chilenos «ahì va, nuestro Dios los a castigado por vuestra impiedad» hecho que producirà odio hacia Dios y especialmente hacia quienes nos arrogamos la facultad de ser intèrpretes de Su Voluntad. En el capìtulo LXX y los siguientes de la Suma contra Gentiles Libro III, aclara el aquinate de què modo el mismo efecto procede de Dios y del agente natural, sigue con De que la providencia divina no excluye totalmente de las cosas el mal, aùn màs, Que la Providencia Divina no excluye de las cosas la contingencia, no excluye el libre albedrìo, y aùn màs todavìa, no excluye el acaso y la fortuna,
No podemos repasar toda la obra, pero tomemos conciencia que Dios no gobierna al mundo como a tìteres ( Marcelo ha defendido esto con el tema de la infalibilidad, soy infalible si quiero serlo) y el normal de los hechos y acontencimientos humanos son producto de la voluntad de los agentes naturales, son libres, muchas veces fortuitos, sin que esto quiera obviar la Divina Providencia, quien actùa conjuntamente con el agente natural pero de muy diversa manera y con diversa finalidad. Lo primero que aprendemos para no ser naturalistas, es que la creaciòn y su historia no son el lugar donde conocemos a Dios, necesitamos la revelaciòn, necesitamos que El se nos manifieste, ya que la sòla creaciòn aunque da testimonio de su existencia no puede darnos razòn de su vida ìntima ni de su voluntad. Para esto ùltimo està la Ley. Quiero decir con esto que sacar de un hecho natural la conclusiòn de la voluntad Divina, es simplemente un craso error. La historia explica al hombre y los hechos de la naturaleza explican la naturaleza y punto. Adentrarse a partir de ellos en la voluntad Divina que contienen, es entrar en la vida misma de Dios, es pretender entrar a un misterio que por ahora nos està vedado. Quien como Hegel pretende ver en la historia a Dios y construye una teologìa de la historia, simplemente yerra. Quien quiere ver en los hechos naturales la expresiòn de la voluntad Divina, simplemente està poniendo las cosas patas para arriba. Esa costumbre de viejitas devotas de ver la voluntad divina en cada hecho anecdòtico que les ocurre, no deja de ser piadosa, pero comienza a dar una idea de Dios bastante deformada, un Dios que esconde las agujas, que le produce cayos a la vecina, que castiga a la liviana del barrio, y que màs tarde o màs temprano comienza a parecerse a ella misma.
Este ùltimo efecto es el que yo estaba buscando evitar, a travès de nuestra forma de ver los hechos y una vez imputados a la voluntad divina, nos erigimos en intèrpretes de Su Voluntad y hacemos de Dios un tipo bastante parecido a nosotros mismos. La voluntad de Dios se expresa a travès de la revelaciòn de forma inequìvoca. Es cierto que se expresa en su providencia a partir de aquello «dado» como circunstancias, pero esta lectura es difusa y depende de una sabidurìa que suele dar la santidad. Mi consejo – humilde por cierto- es que frente a los acontencimientos naturales y salvo una expresa revelaciòn de su sentido, nos mantengamos dentro de las explicaciones posibles y no hagamos uso de vocaciones especiales de intèrpretes u oràculos. Un terremoto es un terremoto, la voluntad Divina que obra tras èl, permanece oculta y sòlo en la eternidad comprenderemos la verdadera armonia que encerrò la creaciòn a pesar de toda su aparente torpeza. DARDO CALDERON
Touché
Querido amigo Dardo,
Es posible que yo razone como una viejecita devota o como una vieja beata… O tal vez sea una mezcla de ambas.
Pero no soy ni tan devota ni tan beata (con perdón por la perspectiva de género) que no saque provecho de estos intercambios. Y sin meterme en filosofías, porque, como Sancho, no estoy para esos trotes, le pregunto así nomás y con el mejor ánimo (digo, no para tener algo que decir, sino porque percibo una leve variación en su posición):
Pregunto: Cuando Ud. dice » Un terremoto es un terremoto, la voluntad Divina que obra tras èl, permanece oculta y sòlo en la eternidad comprenderemos la verdadera armonia que encerrò la creaciòn a pesar de toda su aparente torpeza»… ¿está admitiendo la posibilidad de que entre las distintas voluntades de permisión que motivaron el terremoto pueda acaso estar la voluntad de castigo?
Porque no me cierra lo que le pregunto y Ud. no me contesta: ¿Qué sentido tiene pedir a Dios que nos evite las calamidades, y pedirlo oficialmente en la oración de la Iglesia, es decir, la liturgia, si Dios prescinde de intervenir en las cuestiones meteóricas y las deja libradas al azar de las leyes naturales? ¿No nos dice Nuestro Señor, cuando calma la tempestad, -además de que tenemos poca Fe- «¿por qué teméis?». Mt. IV, 35.
A mi me parece que «¿por qué teméis?» implica «si yo estoy aquí, aunque dormido». Porque, razones para temer no les faltaban a los apóstoles puesto que la barca iba a zozobrar (y eran marineros, de modo que la cosa ha de haber sido brava).
Tal vez pretenda desentrañar un misterio, no se, pero desde mi perspectiva o talante beato-piadoso no puedo más que hacerme violencia para aceptar que Dios no rige el mundo con una mirada personal sobre cada hombre, y que lo pone en estos aprietos para su provecho. Y a veces lo castiga, concedo la distinción de Mambrú, «secundum quid».
Posdata ortográfica: Los acentos graves ¿son parte de su inveterado afrancesamiento?
Obligado, quiero
Los acentos obedecen a la máquina de mis hijos que es diferente a la mia. A lo demás, pienso que indudablemente tenemos que pedir que Dios aparte las calamiades y males de nuestra vida, ya que El puede en su omnipotencia, impedir el mal, romper esa cadena causal (que como dije no es propiamente causal) y aún más, debemos pedirle que impida el mal que va a sucederse por nuestros pecados y así achicar la condena del purgatorio. Querido Marcelo, no es que me desvíe, si no que partiendo de la base que coincido con Ud en todo, no sólo respecto de este tema sino de todos los otros, y de que lo siento y lo reconozco como un hermano en la Fe, le salgo al cruce cuando entiendo que está siendo víctima de su carácter. En grueso, Ud dijo que el terremoto era un castigo divino enviado al pueblo chileno por sus pecados. Tratando de no ser directo le quise decir que dicha afirmación era una imprudencia mediante algunas consideraciones teológicas, las que llevaban el rumbo de que si vemos la historia, el 99% de las veces que Dios se inm,iscuye en ella de forma directa, lo hace para hacernos un bien, enderezar un mal que hemos provocado y tratar de salvarnos de los males espirituales y físicos que nos merecemos por nuestros propios actos. El Dios castigador sólo aparece las menos de las veces y como bien dijo Mambrú, en la medida que el castigo es un bien. Que dentro de la economía del mal en el mundo, las causas de los males que vemos no son la más de las veces la consecuencia directa de un pecado de quien los sufre, sino que la más de las veces, lo sufren inocentes del pecado que las causa. Por otra parte su falta de ponderación de la forma en que actúa la providencia, hacía parecer un Dios lleno de furia mandando sunamis, terremotos, cánceres y demás desgracias a la gente, cuya ocurrencia los evidenciaba como culpables y dignos de oprobio, asunto por demás incorrecto y que sé que Ud no dice tal cosa, sino que podía mal entenderse con el asunto traído a coleto.
Muy lejos de mí estuvo el decirle vieja beata, este era sólo un ejemplo, lo que me permití decirle es mucho peor, y me lo permití porque es mi mismo defecto y el de casi todos nosotros, cuando pretendemos leer en el decurso histórico la intención de Dios, reducimos a Dios a nuestro entendimiento. Es decir que le quería decir que no era Dios quien castigaba a los chilenos, sino que era Ud quien quería castigar a los chilenos. Mambrú me demostró que probablemente yo quería un Dios bastante más laxo, porque me conviene que sea bastante más laxo; es cierto. Mi consejo era que no veamos en Dios la causa de los males de esta tierra, ya sea para interpretarlos como castigos (bienes sucundum) o como sea, atengámonos a nuestra propia causación y no nos pongamos en intérpretes de la voluntad Divina que es insondable, tratando de evitar el riesgo de anular en la historia el juego del libre albedrío y la operatividad de las causas segundas. Como principio rector y cuando veamos un mal, pensemos que es del hombre y su pecado la causa, así como cuando vemos el bien, es Dios su causa. Eso era todo. DARDO
Vale
Me doy por satisfecho y allano a su explicación. Gracias también a Mambrú.
Un abrazo fraternal ambos.
Marcelo
Marcelo, Dardo y Mambrú.
Si es una cuestión de castigos, no pensaron en que se los merece la Argentina más que Chile y sin embargo aquí nos pasó nada y Chile quedó hecho añicos?
Para decirlo de otra forma: no pensaron en que sucedió el desastre en Chile por estar geográficamente ubicado en una zona propicia a estas cosas y la Argentina no?
Marcos.
C A S T I G O S
Este es un tema muy interesante al que creo que tendríamos que dedicarle una particular atención.
Si el amable moderador lo considera conveniente, me permito arrimar alguna astilla al fogoso intercambio de opiniones:
A mediados del año 1861…
“De la editorial de Paravía salió el número de “Lecturas Católicas” correspondiente al mes de julio. “Descanso laboral en los días festivos “por M. D. Olivieri, antiguo miembro de la asamblea legislativa de Francia. Se demuestra en él la necesidad moral, física, comercial y universal del descanso dominical.
En los apéndices se exponen las antiguas leyes sardas de Su Majestad Carlos Manuel sobre las fiestas de guardar y el compendio de una monografía enológica de monseñor Losana, Obispo de Biella, acerca del empleo del azufre en la viña. Observa el ilustre prelado que hace ya diez años que la enfermedad de la uva empobrece a provincias enteras; que la Virgen aparecida en los montes de La Salette ya había anunciado que las uvas se pudrirían por culpa de los pecados de los hombres y especialmente por la profanación de los días festivos; y que se repitió el castigo con el que Dios había castigado en otro tiempo al pueblo hebreo: «El mosto estaba triste, la viña mustia; se trocaron en suspiros todas las alegrías del corazón… No beben vino cantando 1: No hay racimos en la vid y están mustias sus hojas» 2.”
1 Isaías XXIV, 7.
2 Jeremías VIII, 13.
Copiado de las “Memorias Biográficas de San Juan Bosco”, versión en español, tomo 6, capítulo XXLII, pagina 741.
Saludos de Félix Renée
Amigo Feliz Renée
Le propongo abrir un foro sobre el tema.
A modo de esquema
Sin ánimo de agotar el tema, ni entrar en polémica con quienes ya han comentado, me parece que se puede explicar (siguiendo al P. Garrigou-Lagrange) el tema del mal sobreviniente al modo de las desgracias de la siguiente manera.
Como queda dicho, Dios no *quiere* el mal, pero lo permite. ¿Porque no es todo amor, todo bien? ¿Porque no es omnipotente? No, no es eso. En primer lugar, Dios lo permite en vista de bienes futuros que hoy no podemos siquiera calcular… «félix culpa». En segundo lugar, recordar que el mal «ingresa» al mundo a través del pecado del primer hombre, el pecado original, que -como onda expansiva- va alborotando el cosmos (mundus) y convirtiéndolo en caos (inmundus), y se extiende *también* al mundo natural (por eso dice San Pablo que la naturaleza también necesita de la Redención de Cristo). Por lo tanto, Dios no puede ir contra las propias leyes por el infusas en la naturaleza (de las cosas, de los animales… y también del hombre, aunque el hombre sí puede violar este orden natural,y de hecho lo hace); esto lo recuerda bien S. Agustín al hablar de los milagros. (Recordemos que en Dios no puede haber contradicción.) En tercer lugar, recordemos que el mundo tiene *su* Príncipe, y más allá de todo lo que haga, a través del ejercicio de su potestad *sobre* este mundo («mi reino no es del mundo éste», subraya el texto griego), también él tiene su lugar en el plan de Dios [el diablo está en el infierno donde ya ha sido arrojado, está en la tierra «para la perdición de las almas» y está en el cielo junto a Dios «acusando» a los hombres].
Ahora bien, la diferencia está en el hombre que es sujeto de estas desgracias. Para algunos son castigos, para otros son pruebas (su noche oscura), para otros son llamados de atención (dice S. Agustín que las desgracias despiertan a las almas dormidas), para otros son purgación de la pena por pecados cometidos (por él o por otros, recordemos la comunión de los santos), para otros son simplemente una participación en la Pasión de Nuestro Señor como dice San Pablo («lo que falta…», lo que nos falta *a* nosotros, no a Cristo pues ésta fue perfecta)… Y, en cierto sentido, creo yo, son un poco de todo esto para todos nosotros.
¿Pero por qué Dios manda esto a los chilenos y no a los argentinos? Acá ya es ponernos a hacer quinielas. Pero quizá, en la economía de Salvación, esta desgracia que ha caído tan terriblemente sobre nuestros hermanos trasandinos sea un bien, para una sociedad que, quizá, a los ojos del Señor, aún es salvable. Quizá, nosotros, los argentinos, revolcados en toda nuestra mediocridad y asidia, habiendo derrochado los infinitos talentos conque el Señor nos ha regalado, no nos merecemos ni esto… y nuestro castigo será mayor, cuando ya no haya posibilidad de vuelta atrás.
¡Dies iræ! dies illa
Solvet sæclum in favilla:
¡Teste David cum Sibylla!
— Walter E. Kurtz