Panorama Católico

Santos, santos ¿santos?

Dio su vida a la actividad misionera, pero nunca, o al menos en gran parte de su vida, misionó. No convirtió a nadie a la fe católica, o al menos, esa no era su intención. Su trabajo de asistencia a los más desamparados es admirable, casi un Don Orione. Solo que para Don Orione la caridad era básicamente, hacer el bien por amor a Dios y llevar a todos a Dios, al Dios Uno y Trino de la Fe Católica.

Sin la fe no es posible agradar a Dios, porque es preciso que el que llega a Dios crea en su ser y que es remunerador de los que le buscan.

San Pablo, Carta a los Hebreos, 11, 6

Porque, en verdad, Nuestros Predecesores, defensores y vindicadores de la sacrosanta religión católica, de la verdad y de la justicia, llenos de solicitud por el bien de las almas en modo extraordinario, nada cuidaron tanto como descubrir y condenar con sus Cartas y Constituciones, llenas de sabiduría, todas las herejías y errores que, contrarios a nuestra fe divina, a la doctrina de la Iglesia católica, a la honestidad de las costumbres y a la eterna salvación de los hombres levantaron con frecuencia graves tormentas, y trajeron lamentables ruinas así sobre la Iglesia como sobre la misma sociedad civil.

SS Pío IX, Encíclica Quanta Cura

La Iglesia siempre ha tenido el máximo cuidado de no elevar a los altares, o al culto privado siquiera, a personas que tuviesen sospecha en su ortodoxia. Incluyendo las cuestiones sobre materias no dogmáticas. Además de los dogmas definidos, de lo que se llama “de fide”, o sea, lo que no ha sido proclamado como dogmático de un modo formal pero surge evidente de la Revelación, como la divinidad de Cristo, o la gravedad del adulterio, o la necesidad de la Fe para agradar a Dios, o sea, para salvarse.

Juan Pablo II inició, a su vez, una verdadera maratón de canonizaciones. 1300 beatos y 460 santos, en cifras redondas. Para ello debió abreviar los tiempos y bajar las exigencias del proceso, que hasta él había sido mucho más exigente: doble milagro en cada instancia, revisión completa de la obra del candidato, la pública y sus escritos privados, y obviamente, pureza absoluta de su fe, esto a partir de la conversión, si fuese el caso.

Parece superfluo recordarlo, pero la “fe” de los católicos, dicho esto en general, se ha convertido en un mero sentimiento casi vacío de doctrina y lo que constituye “la fe” para la mayoría hoy resulta “mi fe”, tan subjetivo que parece que la doctrina no existiera o fuese un reglamento pesado e innecesario que nadie cumple. O sea, el catolicismo se ha protestantizado profundamente.

A pocos años del Concilio era necesario tener “santos conciliares”. Es decir, santos que ya no profesaban la sólida doctrina tradicional sino que adherían al nuevo estilo magisterial: vago, ambiguo, opinativo, con pánico por las definiciones y horror a las condenas de errores. El proceso abreviado de Juan Pablo II sirvió también a este propósito. No solo podría sacar santos a mayor velocidad, un aumento de la productividad, dirían los economistas, sino para que entre ellos empezaran a colarse algunos que no cumplían los requisitos mínimos para llegar a los altares. Es decir, ser ortodoxos en la fe y tener virtudes heroicas.

Sin duda el viejo proceso ha dejado fuera de juego a muchos santos que están en el cielo, porque a la menor cuestión, proceso cerrado… Pero la Iglesia no canoniza para establecer un récord sino para poner ejemplos extraordinarios de ejercicio de las virtudes cristianas. Alguien podrá objetar que 50 años de espera para iniciar el proceso era un poco largo, pero eso ya lo había remediado Pío XI, al menos en la práctica, dispensando a Santa Teresita, y canonizándola en 1925. Otro tanto hizo Pío XII con San Pío X y otros.

Juan Pablo II decidió generalizar la práctica, establecer una especie de línea de montaje de santos. A su vez, el papa Woytila recibió todos los beneficios de sus métodos: dispensa del tiempo mínimo requerido para introducir la causa, revisión más bien ligera de su obra pública, y en el caso de los milagros, mucha manga ancha científica. Se aprobó un milagro que uno de los científicos de la comisión de la Santa Sede para estas consultas consideraba explicable por vías naturales. Y esto bastaba para rechazar el milagro, la falta de unanimidad. Terminaron rechazando al científico, que renunció y validando el milagro con otro que amaba más el cargo que la verdad.

Es curioso como en el siglo XX, que dio muchos mártires, fue mermando en santos confesores hechos a la antigua, esos que todo el mundo sabía eran santos. O sea, que tenían una merecida fama de santidad. Honestamente, el último que yo registro es el Padre Pío, no digo que lo sea. Digo que desde hace décadas los “santos en vida” son más producto de la prensa y la propaganda y tienen costados más que dudosos. Y varios han sido canonizados. Inclusive entre los “mártires” se han colado algunos.

No deseo derivar en una discusión sobre la infalibilidad de la canonización. Sobre todo porque para que las prerrogativas pontificias se cumplan, deben darse ciertas condiciones. Francisco acaba de confirmar, en su Exhortación Apostólica sobre los amores de Leticia, que un papa puede también escribir como si fuese Magisterio herejías del tamaño de la Basílica de San Pedro. Contrariando lo expresamente mandado por Nuestro Señor Jesucristo. No me pregunten como se arregla esto, pero las pruebas a la vista.

Lo que deseo es dar una opinión sobre Teresa de Calcuta. Opinión que no será agradable a muchos de los lectores de Panorama, según me parece. Y es esta, en dos partes:

1) Teresa de Calcula fue una religiosa que desde los 18 años se consagró a una vida de mortificación, penitencia y amor al prójimo. Dijo cosas maravillosas sobre la Eucaristía, la necesidad de la confesión, sobre el horror del aborto (mientras recibía el premio Nobel), y se consumió trabajando en obras de caridad.

2) Teresa de Calcuta era ecumenista, asistía y oraba con todas las religiones de la India (lo que es decir…), no bautizaba a los niños moribundos (privándolos del cielo) y dejaba que cada uno muriera en su propia religión. Para ella “conversión” significaba ser un piadoso practicante del …………. (ponga la religión que quiera). Así lo dijo expresamente. Muchos años antes de Asís realizó innumerables actos interreligiosos en los que oraba con sectas francamente diabólicas (los seguidores de Kali, por ejemplo). Avaló con su presencia Asís.

¿Cómo se entiende?

Dio su vida a la actividad misionera, pero nunca, o al menos en gran parte de su vida, misionó. No convirtió a nadie a la fe católica, o al menos, esa no era su intención. Su trabajo de asistencia a los más desamparados es admirable, casi un Don Orione. Solo que para Don Orione, San Luis Orione, padre de los cotolengos, la caridad era básicamente, hacer el bien por amor a Dios y llevar a todos a Dios, al Dios Uno y Trino de la Fe Católica, única verdadera, como es dogma de Fe. La madre Teresa de Calcuta hizo materialiter un beneficio parecido, pero formaliter lo contrario. Porque los llevaba a “el dios que cada uno elegía”.

¡Es raro esto! Porque a los herejes modernistas siempre se les ve la hilacha moral. Son vanidosos, renguean en la castidad, mienten, la pasan lo mejor posible o se desloman para lograr sus objetivos de gloria o poder. Teresa de Calcuta (claro que no puedo leer su corazón) parece haber sido una santa. Pero en su Fe tenía el cáncer del indiferentismo religioso…

Por eso no se que pensar. He leído una de sus biografías, la sigo desde hace tiempo y me despertó simpatía. Siempre anhelé encontrar que lo que de ella se decía era una mentira de los modernistas para utilizarla según sus propósitos. Lamentablemente, es como se decía en los ambientes tradicionales, respecto de la Fe era heterodoxa. Y uno de los milagros, al menos, de su canonización es también discutido. O dudoso, que para el caso es lo mismo. Por lo cual puede decirse que la canonización falla en su proceso ya que se introducen pruebas discutibles. Así como en la de Juan Pablo II se rechazaron informes minuciosos sobre sus errores doctrinales.

Teresa de Calcuta es una “santa” pujada a trancas y barrancas en lo procesal, porque mediáticamente tenía el camino bien allanado. Y por razones, hay que decirlo, atendibles. Parece que Juan Pablo II la quería beatificar y canonizar el mismo día, pero en la Curia Romana, gente más cuidadosa con las apariencias, lo disuadieron.

Me apena mucho que Teresa de Calcuta no haya sido ortodoxa en la Fe. No entiendo su amor al Santísimo Sacramento, su rechazo a la comunión en la mano, la regla durísima de vida de sus monjas que ella redactó, con muchas horas de oración y adoración… y su indiferentismo. Pero es así.

Son santos que el Concilio y los conciliares necesitan para mostrar los frutos de su nueva doctrina. Saben que los fieles tienen veneración por los santos, y como en el caso de la misa, necesitan cambiarlos. Poner otros que no digan lo que decían los santos de antes. Por eso los hacen pasar trampeando muchas veces el mismo proceso laxo que ellos introdujeron. Es como ganar un partido de fútbol haciendo un gol con la mano. Y que el referí mire para otra parte. O peor, que el referí marque un penal donde no lo hubo, para regalarse el gol.

Son formalmente santos, tienen fecha de celebración litúrgica, pero…

Lo peor de todo, sin embargo, de un modo más bien sensible y personal, para mí es que Ceferino Namuncurá, el Cura Brochero, la Madre Antula, etc., santos de los de antes, sean ahora promovidos porque el papa es argentino y los lleven a los altares deslegitimados por este procedimiento.

No merecen ganar haciendo goles con la mano.

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