Panorama Católico

Sacramentos de vivos o sacramentos de vivillos

Es doctrina clásica de la Iglesia la distinción entre los llamados “sacramentos de vivos” y los “sacramentos de muertos”.  No obstante lo cual, una observación detenida de lo que está ocurriendo en los últimos tiempos nos lleva a pensar la posible incorporación de una nueva categoría: la de “sacramentos de vivillos”.

Es doctrina clásica de la Iglesia la distinción entre los llamados “sacramentos de vivos” y los “sacramentos de muertos”.  No obstante lo cual, una observación detenida de lo que está ocurriendo en los últimos tiempos nos lleva a pensar la posible incorporación de una nueva categoría: la de “sacramentos de vivillos”.

La teología distingue dos tipos de sacramentos: los llamados de “vivos”, que se reciben en gracia de Dios. Y los denominados de “muertos”, en alusión al estado del alma de quienes los reciben –pecado mortal-. O sea, privación de la gracia santificante sin la cual no hay salvación posible.

Los primeros son todos, menos el bautismo y la penitencia o confesión, que se reciben en pecado, para perdonarlo y adquirir o recuperar la gracia santificante. La gracia es una participación que Dios nos da en su vida divina, en su santidad, y aunque no está limitada a los sacramentos, sí se recibe de forma ordinaria por medio de ellos.

Quien no ha sido bautizado está en pecado. Si es párvulo, viene marcado por el pecado original, que lo priva de la visión beatífica en caso de muerte, aunque no lo condena. Pero por sobre todo, al llegar a la edad de la razón, lo mantiene bajo la influencia del demonio. Por lo cual más fácilmente es inducido al pecado, inclusive al pecado grave y aún gravísimo. Por eso los paganos han caído bajo el poder de Satanás, sus pompas y sus obras con tanta abyección, como lo señala la historia y la realidad contemporánea de los pueblos que continúan en la oscuridad de la idolatría. De allí se sale por la Fe infundida en los párvulos con el bautismo y en los adultos por la predicación completada por el bautismo. De la muerte pasan a la vida espiritual.

Y como a ningún bautizado –pese a los efectos benéficos de la gracia sacramental de todos los sacramentos de vivos- le es imposible caer en pecados graves que lo priven de la gracia santificante, o dicho de otro modo, que le den muerte al alma, se ha instituido la confesión como el otro sacramento de muertos: por ella se recupera esa gracia, se revive el alma, aún aquella que ha caído en las peores abyecciones, siempre que reúna las condiciones que requiere el sacramento: contrición, confesión sacramental, propósito de enmienda, cumplimiento de la penitencia.

Realidades consoladoras

Estas son realidades bien consoladoras: nacemos en pecado, caemos en pecado con mucha frecuencia (“el justo peca siete veces al día”, dice la Biblia), no obstante lo cual podemos recuperar la gracia prontamente.

Otras realidades consoladoras. Hay más sacramentos, especialmente instituidos por Nuestro Señor Jesucristo para sostener en la virtud y progresar el alma hacia la perfección: la eucaristía, la confirmación, la unción de los enfermos, al alcance de todos los fieles. Y en particular, el matrimonio y el orden sagrado, que por razones disciplinarias no se pueden dar simultáneamente en condiciones normales, establecen vínculos indisolubles. En el primer caso con el cónyuge durante la vida, en el segundo, por toda la eternidad con Dios.

Los sacramentos de vivos se reciben en gracia de Dios. Uno se casa en gracia de Dios, y se ordena en gracia de Dios. Un esposo infiel pierde la gracia de Dios y no puede recibir el sacramento de la eucaristía, o la confirmación, si no pasa antes por el tribunal de la confesión donde el sacerdote –juez y médico de las almas- lo absuelve, con las debidas disposiciones del penitente.

Sacramentos de vivillos

¿Por qué habría que inaugurar la nueva categoría de “sacramentos de vivillos”? Por la sencilla razón de que hay personas ansiosas por recibir sacramentos de vivos sin pasar por los sacramentos de muertos, ni siquiera cuando este paso es no meramente “recomendable” sino absolutamente necesario.

Hoy es práctica común que la gente comulgue, pero no tanto que confiese con frecuencia sus pecados, siendo mandato de la Iglesia hacerlo al menos una vez al año para Pascua. Mandato que pone un tiempo límite, pero que no es una recomendación de frecuencia. Un católico que desea vivir en gracia de Dios necesita sostener y revitalizar el alma con la confesión frecuente, y queda privado de la comunión, el más frecuente de los sacramentos, si no está en gracia de Dios, o sea, sin pecado mortal.

Estar en pecado mortal ya es muy malo, peor si se recibe a Cristo mismo bajo las especies sacramentales del pan y del vino en estas condiciones, que el apóstol San Pablo señala tan gravemente: “Aquel que come el cuerpo y bebe la sangre de Cristo indignamente come y bebe su propia condenación”. Duras palabras llenas de misericordia, porque nos advierten sobre la gravedad de este sacrilegio y sus irreversibles consecuencias eternas.

Pecados habituales

 Cuando la pérdida de la gracia no se produce solo por tentaciones o debilidades ocasionales, sino por vivir de un modo incompatible con la gracia, a fin recibir los sacramentos de vivos, no basta la confesión ocasional, sino que se requiere la enmienda de la vida: la cual puede ser, dejar de robar si el pecador es ladrón; pagar salario justo si el pecador abusa de la necesidad de sus empleados para lucrar; dejar de prestar a tasa usuraria si el pecador se dedica a las finanzas… etc. Enmiendas que suponen un cambio sin el cual no es posible, al confesarse, recibir la absolución, al menos no con un sacerdote que cumpla a conciencia su función de juez de almas. (El sacerdote sí es alguien para juzgar, recordemos.

Ni tampoco puede, por poner otro caso muy común, quien vive amancebado recibir la absolución sin el propósito de separarse de la mujer o del hombre con quien tiene relaciones ilícitas, o, si es posible, hacerlas lícitas por medio del matrimonio o algún otro medio que prevé la Iglesia.

¿Y si no es posible?

Si no es posible legitimar las relaciones entre mancebos (o sea personas “juntadas”, no debidamente casadas) solo queda la separación. Sin esta separación no hay sacramento posible, ni de vivos, porque se necesita la gracia, ni estrictamente de muertos, porque la absolución supone el propósito de enmienda que en este caso no se está dispuesto a intentar siquiera.

Hoy parece que todo el problema de la Iglesia se centrara en las personas que han cometido el pecado de dejar a su mujer o a su marido (lo cual solo bajo ciertas circunstancias puede ser lícito) y juntarse con otro u otra en convivencia conyugal, lo cual nunca es lícito. Estas personas, estando muertas espiritualmente, quieren recibir sacramentos de vivos, en particular, la comunión, de la que, también en particular, el apóstol San Pablo, como se ha dicho, advierte lleva a la condenación eterna indignamente recibida.

Toda la preocupación de muchos pastores parece ser hoy cómo encontrar el modo de “vivificar” a los muertos sin que los muertos quieran abandonar la causa de su muerte. Lo cual no es misericordia sino insensatez. Porque la misericordia no busca tranquilizar al pecador para que siga pecando, sino llamarlo a la conversión. Los grandes predicadores de todos los tiempos han hablado con palabras de fuego: convertíos, haced penitencia. Desde los profetas del Antiguo Testamento hasta los santos de todos los tiempos cristianos. ¿O no sabéis que los inicuos no heredarán el Reino de Dios? No os hagáis ilusiones, que ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas… entrarán en el Reino de los Cielos”, dice San Pablo con indiscutible claridad (I Cor. VI, 9).

Doctrina dura

Es una doctrina dura. Así dijeron los apóstoles a Nuestro Señor en ocasión de algunas de sus enseñanzas. Claro, lo duro era su corazón y sus entendederas. Ambos se ablandaron con la llegada del Espíritu Santo y la iniciación de la Iglesia.

Hoy no debemos esperar al Espíritu Santo porque está entre nosotros, en las enseñanzas y en los sacramentos, en la inabitación misma en las almas en gracia. Y si la doctrina parece dura, más duro es el Infierno que nos espera si no la cumplimos. No vale el argumento del “amor”. “El que me ama cumple mis mandatos”, dice el Señor. Estas son palabras de misericordia que el Evangelio nos dice con mucha frecuencia y hoy parece se han perdido para los promotores de la “misericordia misericordiante”.

Doctrina dura como: “El que quiera ser mi discípulo, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”. ¿Acabamos de considerar la implicancia de estas palabras? Abnegación (negarse, no hacer lo que uno quiere sino lo que Dios manda); tomar la Cruz (padecimientos, porque cruz es sufrimiento) y finalmente, seguimiento de Cristo, (o sea, docilidad a su doctrina como es y no rehacerla como se me acomoda mejor, imitación de su vida santísima, de sus virtudes).

Dios nos prueba de muchas maneras: salud, pobreza, adversidades, sufrimiento moral por causas diversas: familiares, amigos, la patria, la Iglesia, el mundo en general. Hasta por flaquezas del temperamento, sensibilidad extrema, genio intempestivo, timidez… hay mil causas de sufrimiento, muchas veces no culpables. ¿Por qué hemos de dar particular atención a los sufrimientos de los divorciados concubinados en adulterio por encima de los demás sufrientes cristianos? Al punto de querer hacer para ellos una zona franca de pecado (podríamos incluir aquí también a los otros de la lista de los que “no entrarán en el reino de los cielos -a los homosexuales en especial, bajo este papado “gay friendly»– que los promotores de esta misericordia tienen en su lista de espera).

¿Por qué, pregunto, la misericordia misericordiante no considera ni en lo más mínimo los sufrimientos de quienes con heroico apego y virtuosa obediencia a la doctrina de Nuestro Señor, y caridad ardiente a su persona, guardan la castidad conforme a su estado: solteros, célibes, religiosos o esposos fieles muchas veces privadod del débito por razones de salud, etc.; separados inocentes que padecen por infidelidad ajena, u otra causa legítima? ¿No sería más edificante, no reconstruiría mucho más la santidad matrimonial y social predicar, sostener y elogiar estas virtudes y a esos sufrientes antes que hacer malabares con la doctrina para alentar a quienes buscan beneficiarse con los “sacramentos de vivillos”?

Y sin embargo, los virtuosos, los esforzados, reciben palos: ¡neopelagianos, solteronas, contadores de rosarios! Mas los que transgreden la ley de Dios, tienen atención especial y –presumiblemente- regímenes de privilegio… No para su conversión sino para su impenitencia ¿Hay mejor modo de alentar el pecado?

Así están las cosas. Y siga Pancho por la vía…

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