Panorama Católico

Releyendo a Amerio

“Abraham, vuestro padre, se regocijó con la esperanza de ver mi día, lo vio y se alegró”, (Jn. 8,56). “Si hijos fueseis de Abraham, haríais las obras de Abraham, más ahora pretendéis matarme, a mí que os he dicho la verdad que oí de Dios: eso Abraham no lo hizo. Vosotros hacéis las obras de vuestro padre (…) vosotros tenéis por padre al diablo” 

A propósito de los hechos que tanto revuelo han causado en las últimas semanas, y sobre los cuales la prensa “grande” de la Argentina mantiene un sospechoso interés por medio de notas, artículos y hasta editoriales, como son los publicados en el pasado fin de semana en La Nación y Clarín, de cuya veracidad al menos podemos tener duda razonable, considero necesario volver al tema doctrinal, el más descuidado tanto por la prensa (cuyos miembros son supinamente ignorantes de la materia que tratan) como del clero, de quienes cabe decir lo mismo, prácticamente.

Releyendo a Amerio

Para quienes no lo recuerden o tal vez no lo conozcan, Romano Amerio fue un filólogo suizo, hombre cultísimo en doctrina católica, escrituras, teología y magisterio. Con motivo del Concilio Vaticano II y sus consecuencias escribió dos obras importantísimas: Iota Unum, en la cual historia las transformaciones de la doctrina de la Iglesia. Y Stat Veritas libro más breve en el que glosa la Carta Apostólica Tertio Milllennio Adveniente, (1994) de Juan Pablo II y otro discurso papal sobre el mismo tema en Paderborn (1996). Bajo el pontificado de Benedicto, su figura fue reivindicada en ciertos ámbitos oficiales del catolicismo y hasta se realizó un congreso sobre su figura en la Santa Sede.

Los estudiosos de la obra de Juan Pablo II desde una perspectiva tradicional coinciden en dos puntos al menos: que el Papa Woityla era muy flojo en filosofía, y que sus ideas sobre el ecumenismo y el diálogo interreligioso estaban plagadas de lo mismo contra lo que advierte él mismo en algunos pasajes: indiferentismo irenista.

El indiferentismo es un error condenado por el Magisterio de la Iglesia, según el cual todas la religiones son vías legítimas de salvación. El irenismo, otro error anatematizado, afirma que la búsqueda de la paz puede y debe sacrificar la doctrina para lograr sus objetivos. Lo ha dicho sin pudor recientemente el P. Oesterheld, vocero del Episcopado argentino en una entrevista televisiva: “debemos zanjar nuestra diferencias conceptuales (entre las diversas religiones) por medio de acercamientos afectivos”. Es una perfecta aplicación del irenismo.

Tertio Millennio Adveniente

Después de reiterar numerosamente la necesidad del “diálogo” entre las religiones (diálogo interreligioso) afirma el papa Woityla que “en este diálogo deberán tener un puesto preeminente los hebreos y los musulmanes”, y continúa proponiendo encuentros en lugares de gran valor simbólico común, como Jerusalén, Belén, o el Monte Sinaí.

Recuerda Amerio, en su glosa a este punto del documento papal, textos de las SS.EE. cuya interpretación no parece demasiado difícil, aunque para mayor tranquilidad de los lectores, está confirmada en su literalidad por el Magisterio preconciliar reiteradísimamente.

San Juan Bautista decía a los judíos: “y no se os ocurra decir dentro de vosotros ‘tenemos por padre a Abraham’. Porque os digo que poderoso es Dios para hacer surgir de estas piedras hijos a Abraham” (Mt. 3,9). Y agrega el autor, con otros intérpretes que “no es la descendencia carnal de Abraham la heredera de las promesas que se le hicieron a él, sino la imitación de su fe”.  Si los hebreos y musulmanes fuesen hijos de Abraham, esa filiación los llevaría a reconocer inmediatamente a Cristo. Santo Tomás en su comentario Expositio super Iohannem, 8,40 explica que la débil filiación de la carne es figura de la verdadera y fuerte filiación del espíritu por la fe en el Verbo.

Pero los textos que refuerzan esta verdad de la Fe no faltan. Nuestro Señor mismo les dice a los judíos: “Abraham, vuestro padre, se regocijó con la esperanza de ver mi día, lo vio y se alegró”, (Jn. 8,56). Y agrega luego: “si hijos fueseis de Abraham, haríais las obras de Abraham, más ahora pretendéis matarme, a mí que os he dicho la verdad, que oí de Dios: eso Abraham no lo hizo. Vosotros hacéis las obras de vuestro padre (…) vosotros tenéis por padre al diablo (Jn.8, 39-44). Y Santo Tomás nuevamente: “su carne (la de los judíos) procedía de Abraham, pero de ella no procedía la vida”. (E. Super Iohannem).

Dice Amerio que la parábola de los viñadores pérfidos es figura de la inconsecuencia de los judíos con las promesas y las profecías, en lo cual sigue al Magisterio y la enseñanza de los Padres y Doctores de la Iglesia. Recordemos que los viñadores matan al hijo del dueño de la vid cuando éste va a ellos en nombre de su padre. Finalmente: “cuando venga, pues, el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores? Dícenle: a los malos hará perecer malamente, y arrendará la viña a otros labradores, que le pagarán los frutos en sus tiempos. Díceles Jesús: ¿no habéis oído nunca en las Escrituras (Sal. 117, 22-23) ‘la piedra que los arquitectos rechazaron, ésta vino a ser la piedra angular, por la obra del Señor se hizo esto, y es maravilloso a vuestros ojos? Por eso os digo que os será quitado el reino de Dios y se dará a gente que produzca frutos. Y el que cayere sobre esta piedra (Cristo) se hará trizas, y sobre quien cayere lo triturará”. (Mt. 21, 40-44).

Esto es lo que la Iglesia sostiene desde siempre, y por eso llama pérfidos a los judíos, porque han sido infieles a su Fe. Y los llama deicidas, porque hasta el mismo Cristo reconoce expresamente que “me queréis matar” y luego los relatos evangélicos, los Hechos y las Epístolas confirman el hecho de que fueron los príncipes de los judíos y los sacerdotes quienes entregaron a Jesús la justicia romana pidiendo su muerte, la cual Pilato concedió por cobardía, sabiendo que era inocente.

Textos varios que se dan de patadas con la doctrina conciliar del diálogo interreligioso, y con su praxis.

Y para aquellos que vengan a objetar lo poco caritativo de estos textos (objeción que le están planteando a Cristo mismo, por si no se han dado cuenta) un texto más: “La caridad… se complace en la verdad”. (I Cor. 13, 4-6).

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