Panorama Católico

Regreso a tierra mapuche: Los restos de Ceferino Namuncurá llegaron a San Ignacio

Celestino Namuncurá está llorando como un chico. Los rasgos de su cara, con el gesto casi siempre adusto y arrugas que son como tajos, no parecieran estar diseñados como para el llanto. Pero Celestino, el cacique mapuche de 76 años y sobrino directo de Ceferino, llora frente a la Escuela 43 Namuncurá. Y lloran todos. Su hijo Cirilo, campera de cuero de carpincho y uno de los encargados de organizar el operativo del traslado. Los fieles que se fueron sumando a la caravana desde Neuquén y Zapala. Y también los pobladores que vinieron a caballo desde los diferentes recovecos de la montaña. Lloran porque ahí está Ceferino, un día después de lo previsto, a las 2 de la tarde del día más importante de la historia del paraje San Ignacio.

Celestino Namuncurá está llorando como un chico. Los rasgos de su cara, con el gesto casi siempre adusto y arrugas que son como tajos, no parecieran estar diseñados como para el llanto. Pero Celestino, el cacique mapuche de 76 años y sobrino directo de Ceferino, llora frente a la Escuela 43 Namuncurá. Y lloran todos. Su hijo Cirilo, campera de cuero de carpincho y uno de los encargados de organizar el operativo del traslado. Los fieles que se fueron sumando a la caravana desde Neuquén y Zapala. Y también los pobladores que vinieron a caballo desde los diferentes recovecos de la montaña. Lloran porque ahí está Ceferino, un día después de lo previsto, a las 2 de la tarde del día más importante de la historia del paraje San Ignacio.

Todos quieren verlo. En el asiento trasero de un Volkswagen Polo color blanco, con una bandera con la imagen de Ceferino sobre el capó, está la urna que contiene sus restos. Es una caja transparente, de unos 40 centímetros de largo. Mientras los fieles le sacan fotos con sus cámaras y teléfonos celulares, de fondo los habitantes de la comunidad gritan al aire inmediatamente después de que uno de ellos hace sonar un trompetín. Hay abrazos y felicitaciones. «Estamos acá», dice el cacique.

Celestino y Cirilo dan la orden de seguir, primero en mapuche y luego en español. La caravana lo sigue y la próxima parada será en el Kultrün, el monumento construido a unos diez kilómetros de la escuelita, en donde quedarán depositados los restos.

A la noche llovió y nevó, y eso hace que el barro pinte las botas negras de los mapuches. También pinta zapatillas, alpargatas y los zapatos de la gente. La policía de Neuquén ya no escolta al auto. Ahora va custodiado por 20 jinetes mapuches, que montan caballos con crines largas y pelaje tupido.

Al llegar al Kultrün, los jinetes apuran la marcha y dan vueltas alrededor del edificio octogonal. Luego apoyan los restos en un altar improvisado sobre dos ladrillos refractarios. Hay un balde de pintura, dos paquetes de yerba de un kilo y un montón de berro. Se empieza a preparar una especie de mate gigante en el balde: tiran yerba y berro, y un Namuncurá revuelve la mezcla con un palo de madera. Después de un rato, la gente se lleva yerba y berro a sus casas, para su propio altar. Como Beatriz Román, de Zapala. Se lo prometió a su hijo Juan Ceferino.

Hasta ahora fue una ceremonia pública. Pero la intención de los Namuncurá siempre fue hacer una ceremonia íntima. Llega ese momento. Le piden a la gente que se aleje y se forman en fila, hacia el este, mirando la salida del sol. Los hombres están adelante, las mujeres detrás. Suena otra vez el trompetín y vuelven los gritos, primero del cacique y luego del resto. Las mujeres dicen una oración que se oye de fondo. Todos tienen en sus manos un vaso de telgopor con yerba y berro, que van tirando de a poco. Hasta que los vasos quedan vacíos. Sacuden las manos al aire y Celestino anuncia el final: «Viva Ceferino», grita. Y «Viva», le responden todos. Agradece y anuncia una misa para el 23 de agosto, dos días antes del nacimiento de Ceferino y la inauguración definitiva del Kultrün para el 11 de noviembre, a dos años de la beatificación.

Dos horas después de la llegada a San Ignacio, los familiares llevan la urna al Kultrün. Y porque esta es la tarde más importante de sus vidas, todos vuelven a llorar.

Fuente: Clarín.

Comentario Druídico: Todos queremos llorar. La Iglesia ha entregado el «lirio de las pampas» al culto de los mapuches, que ni siquiera son su pueblo por la sangre. Oscuras razones dinerarias sumadas al fetichismo de la libertad religiosa hacen que el clero, supuestamente empeñado en la «nueva evangelización» (salvo que la «nueva evangelización» sea eso) entrega las reliquias del beato argentino al culto del ideologismo indigenista, financiado desde Europa y los EE.UU.

Ceferino era mestizo de blanca y araucano. Los mapuches son una tribu que invadió y sojuzgó a los araucanos. Basta de hipocresía. Denunciemos el imperialismo mapuche y a los cipayos clericales…

Comentarios

Anónimo
15/08/2009 a las 12:45 pm

y de paso…
Denunciemos también al Imperialismo Británico, que es el que maneja la movida indigenista.
Saludos
Paisano Alborotador



Anónimo
15/08/2009 a las 6:25 pm

Lamentablemente Ceferino fue
Lamentablemente Ceferino fue cedido a los paganos por obispos de la talla de Garlatti. No movió un dedo para frenar su ida, es más hasta sentimos que se sacó un peso de encima. Recuerdo la lucha que sostuvo el anterior Obispo, Monseñor Rómulo García para que no se trasladen los restos de Laura Vicuña. En todas las Misas que celebraba pedía al Señor para que no se la lleven. Oraba y se movía en todos los ámbitos para lograrlo. Se hacían cadenas de oración y se rezaba por esa causa en todas las Misas a pedido suyo
Es por eso que la actitud de Garlatti, ausente más que presente en su diócesis, resalta aún más su falta de interés. La entrega de los restos de Ceferino a manos paganas para que sean usados en sus rogativas y celebraciones para nada de acuerdo con los deseos del Beato es una vergüenza para nuestra Iglesia. Pero no olvidemos quien es el obispo de esa región, su gran amistad con Garlatti y más aún quienes son los supuestos mapuches.

Los araucanos, hoy denominados mapuches, llegaron a la Argentina allá por 1830, cuando la Nación Argentina era ya independiente y soberana. Por lo tanto, fueron invasores. El primer grupo de invasores los constituyeron aproximadamente unos 100 indígenas capitaneados por Yanquetruz. Se afincaron en Neuquén y desde allí se fueron extendiendo hacia el sur y el norte. El verdadero genocidio lo cometieron los araucanos cuando aniquilaron a los Guenaken, también llamados Tehuelches, que eran los auténticos aborígenes de la Patagonia norte.

En 1879 las tropas de Cafulcurá eran poderosas, lo prueba el hecho de que ganaron las primeras batallas contra el Ejército Nacional. Ambos bandos contaba con fusiles Remington. Los araucanos los traían de Chile, vendidos por los ingleses a cambio del ganado argentino robado en los malones. Prueba de ello es que la columna del Ejército Nacional comandada por el Gral. Villegas tenía como objetivo clausurar y controlar los pasos andinos por donde les llegaban a los araucanos los Remington.

El uso actual del término ‘mapuche’ y las falsas reivindicaciones de estos ‘mapuches’ son maniobras disolventes y disgregantes que practican políticos con minúscula en las últimas décadas con finalidades anti-nacionales, y para beneficio propio.

Los mapuches son solo originarios, de algo, por la inventiva del Foreign Office británico y del pentágono de los EEUU o sea un autentico embuste. Ni Rosas, ni Roca en la campaña al desierto ni los historiadores los mencionan. La expedición a los indios Ranqueles, tampoco los menciona. Tampoco la historia oficial en las provincias y museos de historia de Neuquén, Santa Cruz, Chubut, Río Negro, Mendoza, San Juan etc, etc.

Olvidé decir, que la bandera de los supuestos nuevos ‘mapuches’ es muy parecida a la de los nuevos sud- africanos, luego del apartheid. Usaron a Mandela, y ahora van a usar a un pueblo que no es orignario de nada. Los mapuches no existen como pueblo originario. Sólo los Tehuelches y los Araucanos lo son.

Actualmente como argentinos tienen todos los derechos al igual que los demás argentinos, pero no a intentar falsear la historia y pretender que les devuelvan tierras que nunca les pertenecieron ni a robarse «legalmente», con complicidad de obispos, los restos mortales de un católico para usarlos en sus prácticas religiosas y lucrar con ellos.



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