Panorama Católico

Reavivando brasas… La Doctrina Social ¿es de Fe?

 

Después de descansar un poco, retomamos un tema de discusión previo. Y aprovechamos para hacerlo el interesantísimo post que nos llegó hoy sobre la cuestión enunciada en los títulos. Y antes de que algunos nos hagan notar sus desdenes porque alguna cuestión se formula en términos poco precisos o se confunden los latines, anticipamos que este foro es de ignorantes que desean aprender, no se sabios que desean enseñar… Los sabios, naturalmente, son bienvenidos, pero no para decirnos lo que ya sabemos: que somos ignorantes, sino para decirnos lo que no sabemos. Así queda aclarado el tema y evitamos molestas exhortaciones.

 

Después de descansar un poco, retomamos un tema de discusión previo. Y aprovechamos para hacerlo el interesantísimo post que nos llegó hoy sobre la cuestión enunciada en los títulos. Y antes de que algunos nos hagan notar sus desdenes porque alguna cuestión se formula en términos poco precisos o se confunden los latines, anticipamos que este foro es de ignorantes que desean aprender, no se sabios que desean enseñar… Los sabios, naturalmente, son bienvenidos, pero no para decirnos lo que ya sabemos: que somos ignorantes, sino para decirnos lo que no sabemos. Así queda aclarado el tema y evitamos molestas exhortaciones.

Espero no se molesten por tomar parte en una discusión que no es mía.

Estoy de acuerdo con muchas de las cosas que señala Martín. Pero quiero llamar la atención sobre el siguiente punto, que me parece conflictivo y esencial para la discusión:

«2) Separación Iglesia-Estado, Ecumenismo no son dogmas, dice Ud. Error. Hay doctrina dogmática sobre estos y otros temas. Syllabus, Quanta Cura, Libertas, vea el Denzinger.

Aquí esta su error eclesiológico. El depósito de la fe consiste en verdades reveladas de Fe y Moral. La separación Iglesia-Estado es doctrina social y no puede pertenecer al depósito de la fe ni puede ser sujeto de una definición dogmática. La prohibición de practicas ecuménicas es disciplina eclesiástica, asi que menos que menos.

Mucha gente piensa que todas las encíclicas son infalibles… y eso es un error. Le sugiero que lea el Manual de Teología Dogmática de Ludwig Ott. «

Usted (Martín) dice que la separación Iglesia-Estado es doctrina social y no puede pertenecer al depositum fidei ni puede ser sujeto de una definición dogmática. Éste es el punto que, al menos yo, no veo con claridad.

Efectivamente, la separación Iglesia-Estado es un tema de doctrina social de la Iglesia. Ahora bien, ¿la doctrina social no es, en definitiva, Moral Social? Y la moral social, ¿no es parte de la moral? Luego, si es parte de la moral, ¿por qué no puede pertenecer al depositum fidei, si se trata de un tema que afecta a la Moral?

Además, la separación Iglesia-Estado, así como la libertad religiosa, el ecumenismo y otros afines, choca contra la declaración de la Reyecía de Cristo, que sí es doctrina de la Iglesia,contenida expresamente hasta en las Sagradas Escrituras (Io 18, 37: «Yo soy Rey. Para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la Verdad. Todo aquel que es de la Verdad, oye mi voz») , fundada en verdades de fe tales como la Unión Hipostática y la misma Redención, como prueba la encíclica «Quas Primas» de Pío IX.

Luego, si choca contra una doctrina que se funda tan profundamente en verdades infalibles, no puede sostenerse que no pueda ser parte del depositum fidei. No se trata de una materia susceptible de mutaciones en el tiempo, pues se funda en verdades reveladas. Cierto es, sí, que por prudencia política se pueda tolerar por los gobernantes una religión que no es la revelada para salvaguardar otros bienes mayores, pero eso no significa que los principios vayan mutando, sino sólo su aplicación en el caso concreto.

Saludos cordiales, y los felicito por la discusión tan bien llevada que han mantenido ambos.
Joaquín

 

Nota del Editor: Confrontar: Encíclica Quas Primas, sobre el Reinado Social de N.S.J.

Comentarios

Anónimo
09/11/2009 a las 11:41 pm

Biútiful
La cuestión es interesantísima. Como inexperto diplomado me permito formular algunas sugerencias de mero trámite, como cuestiones de orden previas a una buen debate; el cual por necesidad incluirá algunos golpes de puño, disparos de arma de fuego, atentando con bomba y las demás exquisiteces que hacen la vida amable y estimulante.

Lo primero es determinar a cuál «separación de la Iglesia y el Estado» se refieren. Por que lo propio del hombre moderno es no usar los términos en forma análoga sino equívoca.
Veamos: Cristo propone Él mismo una separación de esferas y de competencias, por decirlo en términos jurídicos: «Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios».

La doctrina tradicional, no obstante, señala que esta separación es puramente jurídica y no moral, o sea que en el terreno de lo obrable y de lo agible, viene sujeto a la Moral católica, que es verdadera por ser de origen divino y natural.
En el Islam, la unión religión-estado es completa, y comporta normalmente una clerocracia, por decirlo de algún modo. En la Rusia zarista, lo inverso, el cesarismo, era la regla, inclusive con graves concomitancias con las monarquías protestantes, que se autoerigieron en jefaturas o pontificados máximos en el terreno religioso.

La Iglesia, si no me equivoco, siempre trató de separar ambos órdenes, temporal y religioso, cuanto fuera posible, pero sin dejar de someter siempre al hombre a la moral católica. En los regímenes monárquicos cristianos, la validez de la coronación estaba dada por el rito de la Consagración del rey, que no implicaba sujeción política al poder religioso sino dependencia moral y, desde luego, sacramental en cuanto a la obtención de la Gracia necesaria para el ejercicio del oficio político.
Y también se reservaba a la Iglesia jerárquica la «ultima ratio» en materia de legitimidad de origen y ejercicio -algo que perseveró todavía en nuestra Constitución de 1853, que tantos ignorantes llamaron «liberal»- de modo que una excomunión a un príncipe, liberaba de la carga moral de obediencia a la autoridad desposeída de carácter sagrado.

«Todo poder viene de Dios», y se ejerce en Su Nombre y por eso, es sagrado, quieras que no. Eso era la doctrina tradicional.

Luego viene lo más peliagudo: ¿Qué es el Estado? Para un moderno, es aquella maquinaria repulsiva dispensadora de todos los bienes asequibles en este mundo, definidora «del bien y del mal» (dice el Leviathan), por ingerencia estrambótica de Bodin, Kant y Hegel principalmente. Y eso es idolatría pura y simple, como dijera el mismo Hobbes. Que aunque fuera un hereje o incluso un ateo, no dejó de ver los horrores del Estado omnipotente. Y Locke lo despachó con algunos párrafos memorables que aquí no voy a citar. Y luego Grocio y Puffendorf le dieron lo suyo a esta locura o desmadre político, intentando ponerla en el buen camino.

La cuestión no es nueva, ni vieja: es inconclusa.
Pero a mi modesto entender, requeriría precisiones previas que no están hechas, de modo que cada palabra encierre un concepto unívoco o análogo y no un pensamiento exclusivo e intransferible de cada uno de los abogados litigantes. Así no se llega a nada, salvo a seguir soportando atropellos de parte del Estado, sea lo que fuere.

El Reinado social de Jesucristo es innegablemente doctrina católica; pero si es así, también es innegable la supremacía de la monarquía (aún hereditaria o dinástica) como forma de gobierno por encima de sus hermanas menores. Pío XI afirma que Cristo es rey por derecho de: 1) Conquista (la Redención reconquistó al género humano de las garras de la Muerte y del demonio) 2) Herencia o Linaje (es Hijo de Dios) 3) Perfección o excelsitud o excelencia (es el hombre más perfecto que jamás haya existido) y 4) Por que está expresamente revelado; luego, es Doctrina católica, y cuestión de Fe aceptarlo.

¿Por qué no estableció Dios una monarquía en la Teocracia judía? Dios indicó a Moisés en el desierto (asunto que exprime Santo Tomás en su obra apócrifa «De regimine …») que formara una aristocracia para asistirlo a él, a Moisés, a quien no constituyó rey propiamente, pero sí gobernante o, como se decía allí, juez. Luego, ya en la tierra prometida, aceptó la monarquía de David, el Rey profeta y poeta, a quien prometió ser patriarca de un linaje real inextinguible, Ps. 88 y 131. Y yo sigo la costumbre de interpretar los textos sagrados en forma literal y espritual primeramente. Y sólo si este camino falla, ver en ello una alegoría.

Todo esto es importante por que, no obstante la aceptación teórica de la equivalencia moral de cualquier forma política que garantice suficientemente la gestión del bien común, lo cierto es que existe una de ellas privilegiada por el mismo Cristo en Persona, afirmando ante Pilatos que, efectivamente, Él es rey. Y que para eso ha venido. No es un mal comienzo para edificar una teoría política. Paso indispensable para determinar qué es «la justa libertad o indepedencia del orden temporal».

Y por último, existe la necesidad de comparar los diversos regímenes entre sí, y las distintas composiciones entre ellos, para entrever cuál fórmula es más acertada para obtener el resultado de «vida virtuosa» que propone Sto. Tomás como fin propio de la política. Esto sería más un estudio histórico que otra cosa; y creo que la democracia de partidos actual, no lleva las de ganar precisamente. Y si así fuera nomás, habría que ver cómo salimos de este lío para ir pa’lante, y no pa’trás.

Bien que, con esto, ya hice mi aporte a la confusión presente.

Cordiales y estatales saludos.
Anónimo contribuyente (in utroque jure)



    Moderador
    10/11/2009 a las 1:39 am

    Una pequeña recordación significativa

    Durante el rito de consagración de un rey, el príncipe que va a ser consagrado se arrodilla y besa la mano del obispo. 

    Después de ungido, el obispo se arrodilla y besa la mano del rey. Ambas jurisdicciones y competencias están así reflejadas en el gesto ritual.

    Y de paso, tras agradecer la excelencia de la primera intervención en este propuesto debate, preguntar a Mr. Anónimo Contribuyente si no nos pretende desviar por caminos procelosos con esto de determinar la mejor forma de gobierno. Hoy por hoy «reinan» las repúblicas. En ellas no debería haber separación moral entre el Estado y la ley de Cristo, ni debería haber «libertad de cultos» ni «libertad religiosa», et al. Y de hecho la Iglesia debería tener un lugar de prominencia, como lo tiene aún en la Argentina en las leyes, pese a los esfuerzos de la banda de Padilla (Norberto alias «la Chona») y otros sediciosos.

    De hecho algunos republicanos católicos ha habido y sus repúblicas prosperaron y fueron bendecidas por Dios con la paz, por algún tiempo…

    Un cordial saludo.

    El Moderador



      Anónimo
      10/11/2009 a las 2:42 pm

      Algo que agregar
      Me parece oportuno aportar algo al intercambio de opiniones entre Marcelo y Martín:

      1º. La Realeza Social de N.S. Jesucristo sí es una cuestión dogmática, que que pertenece al depositum fidei. Es, primeramente, una realidad cristológica, que tiene, en un segundo momento, unas exigencias prácticas.

      2º. Una de las exigencias prácticas es lo que antes del Vaticano II se denominaba “Estado católico” o “confesionalidad católica del Estado”. Un nombre que agrupaba a un conjunto de deberes del Estado respecto de la Iglesia católica.

      3º. Antes del Vaticano II se distinguía entre la “tesis” (el ideal) y la “hipótesis” (lo que las circunstancias concretas permiten en cuanto a la realización de ese ideal). La plena realización de la “tesis” sólo era exigida por la Iglesia a aquellas naciones que tenían unidad religiosa católica, entendida no sólo en términos estadísticos (mayoría de la población bautizada) sino sobre todo vital, existencial. Era necesario que la sociedad tuviera arraigadas costumbres católicas en su vida social, política y jurídica.

      4º. El gran Pío XII, en VOUS AVEZ VOULU (DISCURSO SOBRE LA IGLESIA Y LA INTELIGENCIA DE LA HISTORIA) del 7 de septiembre de 1955 se anticipó a la realidad que hoy nos toca padecer y lamentar: la descristianización de las naciones, incluso las que otrora poseían el invalorable don de la unidad religiosa católica.

      5º. No me parece temerario decir que, aunque no se hubiera realizado el Vaticano II, en algún momento, la doctrina tradicional sobre las relaciones Iglesia-Estado, habría requerido de una profundización y de mejores explicaciones sobre sus aplicaciones prudenciales. Si se lee con atención el nro. 21 del documento de Pio XII, se nota que el Papa se anticipa a lo que podríamos llamar “generalización de la hipótesis”. Por efecto de la descristianización de las naciones –por diversidad de causas, que ahora sería muy extenso analizar- el estado de “hipótesis” se ha ido generalizando y se ha vuelto casi universal. No podría la Iglesia pedir a los jefes de Estado católicos realizaciones casi imposibles, por lo que se limita a urgirlos a cumplir con un mínimo (que ni siquiera cumplen ): que se respete la ley natural y la libertad de la Iglesia.

      «La Iglesia (…) sabe también que desde cierto tiempo los acontecimientos evolucionan más bien en otro sentido, es decir, hacia la multiplicidad de confesiones religiosas y de concepciones de vida dentro de la misma comunidad nacional en que los católicos constituyen una minoría más o menos fuerte. Puede ser interesante e incluso sorprendente para el historiador encontrar en los Estados Unidos de América un ejemplo, entre otros, de la forma en que la Iglesia llega a expandirse en medio de las más diversas situaciones.»

      http://www.vatican.va/holy_father/pius_xii/speeches/1955/documents/hf_p-xii_spe_19550907_vous-avez-voulu_sp.html

      Lo que resulta una desgracia, es que personas que se dicen católicas no comprendan que la apostasía de las naciones que hace inaplicable el idel del Estado confesional católico es un MAL OBJETIVO.

      6º. El Vaticano II y su aplicación posterior, agregaron nuevos problemas doctrinales a una cuestión que necesitaba cierta revisión en su formulación. La continuidad o no de la declaración Dignitatis humanae con el Magisterio precedente es uno de los grandes temas que, seguramente, se abordarán en los debates doctrinales con la Fraternidad San Pío X.

      Atte.,

      Observador.



        Moderador
        10/11/2009 a las 3:37 pm

        Urgencia por revisar los concordatos
        ¿Como explica Ud. la urgencia por revisar los concordatos con estados católicos cuyos gobernantes se vieron presionados por la Santa Sede a adoptar un laicismo que ellos no querían? Y en caso de que se negaran, incurrir en las iras del Papa Paulo VI… como es el caso de España y de la Argentina, entre otros…



          Anónimo
          10/11/2009 a las 7:33 pm

          Separación Iglesia-Estado
          1º Una necesaria precisión conceptual: distinguir el orden natural del sobrenatural, o el Estado de la Iglesia, no significa separarlos, como si cada uno debiera seguir su propio camino.
          2º Luego, distinguir es propio del ordenar, y en este sentido, lo natural se ordena a lo sobrenatural, de ahí la doctrina de la catolicidad del Estado, como tesis del Magisterio y de la Tradición.
          3º Cuando se distingue no se separa, se une, según aquel subtítulo de un libro del finado y confuso Maritain (Los grados del saber), «distinguir para unir». En ésto le acertó.
          4º Cuando se separa, entonces se acepta el concepto de autonomía, que el Magisterio y la Tradición rechazan: tanto la autonomía del orden natural como la autonomía del Estado.
          Nano Segovia



          Anónimo
          10/11/2009 a las 8:53 pm

          Muy interesante…
          … el punto que trae a usted a colación, Marcelo. ¿Podría explayarse un poco más con respecto a esto? Desconozco casi por completo el asunto y me parece fundamental en esta cuestión, para tener una opinión mas informada.

          De antemano le agradezco el tiempo invertido.

          Saludos en Cristo,

          Martín.



          Anónimo
          10/11/2009 a las 10:15 pm

          Concordatos
          Marcelo:

          La revisión postconciliar de los concordatos, en algunos casos, podría decirse que fue como la redacción de un certificado de defunción; en otros, le desconectaron el respirador a un paciente que podría haber sobrevivido bastante tiempo. En sí mismos, actos de gobierno, no de magisterio. Los responsables, deberán dar cuentas a Dios.

          Atte.,

          Observador.



      Anónimo
      12/11/2009 a las 8:29 pm

      Un señor
      -me parece el mismísimo don Martín- sugirió que la Iglesia enseña ciertas cosas por que son indicadas por la Moral. Y piensa que la Moral es consecuencia únicamente de la ley natural. Está bien la noción, pero es imcompleta y anda caminando al borde de caerse al naturalismo religioso, de renguera pura. La Moral tiene un doble origen: La ley natural, que es accesible a la razón rectamente usada, y la ley divina, esto es, los 10 Mandamientos como mínimo, cuya fuente es la Revelación. Adorar a Dios, sean los protestantes o los judíos o los sarracenos, es cumplir su ley, empezando por la Caridad o al menos respetándola, como dice Cristo al joven preguntón, y no tanto cerrar las sinagogas o los templos protestantes por que existe una «religión única». Eso lo harían ellos con las Iglesias (de hecho lo están haciendo en efecto ahora mismo) pero no nosotros, que siempre hemos tolerado el discreto culto de los herejes, paganos y judíos, siempre que adoraran a Dios cumpliendo con su ley, es decir, con su comportamiento social….

      No está nada mal, si se piensa que, lo único que puede exigir el gobierno político, es la adhesión externa del gobernado, el «medium rei», y nada más. El «medium rationis» de la virtud de la justicia de los escolásticos, queda reservado a la Moral, y no al derecho. ¡Difícil cuestión! pero es así.

      Eso por una parte, por que si no se aclara, parecería que el Reinado SOCIAL y POLÍTICO de N. Señor Jesucristo, lejos de ser una cuestión de justicia como lo es, se trata antes bien de una beatería insoportable, lo que ciertamente no es; aunque no fuese del todo malo que empezara siendo así, para no errarle de tan lejos al viscachazo, como ahora.
      Luego, la «imposición» de este reinado social (sabiendo primero qué cosa es en verdad) no es cuestión de gustos sino de mera necesidad política. Sí, de necesidad. Desde la venida de Cristo y su formal declaración como rey ante Pilatos, el hombre, para la realización de alguna política, cualquiera que sea, necesita de Cristo como Rey presente y patente, como legislador ejemplar para decir lo menos, como intercesor, como remedio y como camino infalible a la vida virtuosa, de aquí y de allá. Muchos católicos dicen que el fin de la política es el «bien común» y se paran ahí, en seco, no sea cosa de ofender a los hermanos mayores o separados. Santo Tomás y Pio XI van más allá: dicen que la política debe servir para alcanzar a la visión beatífica ¡nada menos!: «dar leyes y dirigir los pueblos para conducirlos a la eterna felicidad», así dice Pío XI en la Encíclica citada por Marcelo González como primer comentario.

      Por eso sigo creyendo conveniente esclarecer primero algunos otros tópicos concernientes a la político, previo pasar a hablar de «libertad religiosa».

      Y es que, como nadie se habrá privado de notar, NO EXISTEN «estados» propiamente católicos en la actualidad. Ahora bien, si el Reinado social de N. S. es de justicia, los reinos que no le tributen el homenaje debido a su condición de Dios y de Rey, serían ilegítimos ….

      Vale. Es así nomás. Siendo ilegítimos, todos sus actos de gobiernos serían nulos de total nulidad, por que el vicio en el origen permea todas las consecuencias, aunque fuesen accidentalmente buenas. Vivimos en un estado de perpetua ilegitimidad. ¿Qué sentido tiene hablar de política jubilatoria, de política salarial o de lo que fuere vinculado a la política, si no existe propiamente un autoridad política legítima?

      No digo que la cuestión no sea de elevado interés, no; afirmo por el contrario que faltando una constitución legítima de los estados modernos, justamente por su libertinismo religioso, primero habría que ver cómo se los reconduce, Y SI TAL COSA DEBERÍA HACERSE O NO.

      El asunto abierto, como se vé, arranca de mucho más atrás y requiere un debate entero y completo de una semana o, al menos, de varias horas, libros en mano.

      Una última cosa: El Moderador dice que algunas repúblicas prosperaron y fueron bendecidas por Dios con la paz, por algún tiempo. Respondo: ni muchas ni por mucho tiempo ni, sobre todo, tan repúblicas. Generalmente han sido monarquías encubiertas bajo formas republicanas (no se contradicen la monarquía y la república, pues son contrarias y se complementan, como el varón y la mujer, que son contrarios y se complementan; se contradicen la monarquía y la tiranía o la aristocracia y la oligarquía) que, de todas maneras, aceptaron a Cristo REY como se dice más arriba.

      Sigo pensando «tela para cortar»
      Cordialmente
      Contribuyente doblemente anónimo (para que no me pesque la KGI)



        Anónimo
        13/11/2009 a las 8:16 pm

        Simplemente aclaro…
        …que en ningún momento pretendí sugerir cosa semejante. Yo dije textualmente: «Ahora, las verdades morales pueden ser conocidas (en gran parte aunque no perfectamente) a través de la sola razón»

        Cito por ejemplo a León XIII, que afirma en Libertas:

        «la ley natural es la misma ley eterna, que, grabada en los seres racionales, inclina a éstos a las obras y al fin que les son propios (…) A esta regla de nuestras acciones, a este freno del pecado, la bondad divina ha añadido ciertos auxilios especiales, aptísimos para dirigir y confirmar la voluntad del hombre. El principal y más eficaz auxilio de todos estos socorros es la gracia divina, la cual, iluminando el entendimiento y robusteciendo e impulsando la voluntad hacia el bien moral, facilita y asegura al mismo tiempo, con saludable constancia, el ejercicio de nuestra libertad natural.»

        En resumen, el origen de la Moral no es otro que Dios mismo, y los hombres pueden conocerla a través de la Ley Natural y de la Revelación Divina.

        Hecha la aclaración, confieso que jamás había pensado en que un estado que no reconoce a Cristo Rey es radicalmente ilegítimo… y tiendo a priori a coincidir. ¿Algún texto que provea mas precisiones acerca de esto? De momento me parece que voy a releer Quas Primas mucho mas detenidamente.

        Saludos en Cristo, Martín.

        PS: Agradeceré que no se refiera a mi como «el mismísimo don Martín» y use expresiones mas adecuadas a mi condición como «ese tal Martín» o «el nabo este». A no ser que lo suyo haya sido sarcasmo, caso en el cual lo acepto de buen agrado. Vea, me siento particularmente incómodo con la particular relevancia que han tomado mis comentarios con respecto a estos temas… dada mi carencia de formación, empiezo a pensar que habría sido mejor abstenerme de hacer algunos de ellos.



          Moderador
          13/11/2009 a las 10:38 pm

          Martín, tenga la humildad
          de ser instrumento de Dios, a pesar de su ignorancia. Es lo que todos debemos hacer y en definitiva, es lo que todos, algunos más leidos otros más precarios, como un servidor de Ud., hacemos. EL busca siempre los instrumentos más inadecuados.



Anónimo
10/11/2009 a las 4:14 am

FE DE ERRATAS
Ojalá hayan más aportes sobre este tema. La aclaración que hace el Anónimo Contribuyente sobre qué se entiende por «separación de Iglesia y Estado» es muy necesaria. Yo no la hice porque di por supuesto que con separación Iglesia/Estado se hablaba de la moderna separación, la condenada por el Syllabus, y no la legítima distinción de órdenes que siempre ha enseñado la Iglesia.

Por último, una fe de erratas:
Donde dice «Quas Primas de Pío IX»
Debe decir «Quas Primas de Pío XI». Un error de tipeo…

Saludos cordiales,
Joaquín



Anónimo
10/11/2009 a las 12:07 pm

Por favor…
…continúen.
Sobre esto casi ni opinar puedo, y lo terrible es que me convencen las dos posturas: la doctrina social… ¿es de fe?
¿En sus principios? ¿En sus aplicaciones?
¿Dónde terminan los principios y empiezan las aplicaciones?
Muy bueno el tema.

Antonio



Anónimo
10/11/2009 a las 8:49 pm

Estimados,
Primero que nada, gracias por proveer de este espacio para discutir este tema. Aclaro que mi postura al respecto no es mas que la opinión de un mero laico sin estudios (formales) de teología.

La doctrina social de la Iglesia está basada y fundada en la Moral. Esto es obvio ya que de no ser así, la Iglesia no tendría razón para expedir su opinión en este tipo de cuestiones. Ahora, las verdades morales pueden ser conocidas (en gran parte aunque no perfectamente) a través de la sola razón, es por ello que la Iglesia puede (y debe) exigir a cualquier estado por mas ateo que sea, que condene el aborto, la eutanasia, los matrimonios entre personas del mismo sexo, etc. Estas cuestiones sociales están relacionadas directamente con la Moral y la Ley Natural, y es por ello que todos los Estados y sociedades están moralmente obligados a obrar en consecuencia.

Sin embargo, en la discusión que Marcelo y yo mantuvimos, se hizo alusión a «la separación Iglesia-Estado». Dentro del contexto de la discusión, estábamos hablando puntualmente de la contraposición entre la enseñanza de los Papas del SXIX y principios del SXX y la del Concilio Vaticano II. La diferencia radica (mayormente, según mi parecer) en la siguiente cuestión:

¿Hasta qué punto debe un estado tolerar a las falsas religiones?

Cualquier enseñanza de la Iglesia acerca de este punto debe estar fundada en la Fe y/o la Moral. Este tipo de fundamento, como bien usted dice, es inmutable. Su aplicación variará de acuerdo al momento histórico y social en un estado determinado. La opinión que usted vierte es la que manifiesta León XIII en Immortale Dei:

Porque, si bien la Iglesia juzga ilícito que las diversas clases de culto divino gocen del mismo derecho que tiene la religión verdadera, no por esto, sin embargo, condena a los gobernantes que para conseguir un bien importante o para evitar un grave mal toleran pacientemente en la práctica la existencia de dichos cultos en el Estado. Es, por otra parte, costumbre de la Iglesia vigilar con mucho cuidado para que nadie sea forzado a abrazar la fe católica contra su voluntad, porque, como observa acertadamente San Agustín, «el hombre no puede creer más que de buena voluntad».

Esta dista de la enseñanza de Dignitatis Humanae (que parece ser algo mas que tolerancia en pos de evitar un mal mayor):

Las comunidades religiosas tienen también el derecho de que no se les impida la enseñanza y la profesión pública, de palabra y por escrito, de su fe

Forma también parte de la libertad religiosa el que no se prohiba a las comunidades religiosas manifestar libremente el valor peculiar de su doctrina para la ordenación de la sociedad y para la vitalización de toda actividad humana

Si bien hoy por hoy yo creo que ya no quedan Estados Católicos y que eso hace a esta discusión algo irrelevante (el reconocimiento de la realeza social de Jesucristo y de la religión verdadera requieren la Fe, a diferencia de cuestiones como el aborto, etc., que se pueden conocer solo con la razón), es importante decir que un documento de un concilio ecuménico posee normalmente más autoridad que una encíclica (siempre y cuando ninguno de los dos cumpla los requisitos de infalibilidad). Por mi parte, sinceramente no veo cómo la realeza social de Jesucristo (incluso asumiendo que haya sido definido de manera infalible) obligaría moralmente a un estado católico a prohibir la profesión pública de credos no católicos.

A la hora de ver si es posible que una enseñanza de la doctrina social pertenezca per se o no al depositum fidei, encuentro las siguientes dificultades:

(1) La teología moral estudia los preceptos morales en la revelación divina. Estos preceptos morales, están dirigidos casi siempre al hombre como individuo en su relación con Dios y con los demás hombres. Me pregunto: ¿Como ha de tratar la teología moral las acciones de la sociedad como un todo o del Estado? Me gustaría mucho leer algo al respecto; por el momento me declaro incapaz de contestar la pregunta. Sin embargo, debo retractarme y admitir que, asumiendo que los entes conocidos como estado y sociedad pudiesen ser sujetos de un precepto moral revelado de la misma manera que un individuo, entonces un Sumo Pontífice tendría autoridad para declarar que dicho precepto pertenece al depositum fidei. Pero esto conduce al siguiente punto problemático:

(2) Una verdad revelada por Dios la debemos encontrar necesariamente en las Sagradas Escrituras o en la Tradición. Las Sagradas Escrituras son mas bien silenciosas con respecto a la sociedad, el estado, etc., salvo por contadas excepciones. En cuanto a la tradición, hay que decir que la enseñanza social de la Iglesia es algo relativamente nuevo… yo no creo recordar un pronunciamiento eclesiástico sobre una cuestión social anterior al siglo XIX. (Aunque no estoy seguro y sería muy bueno investigar esto).

En fin, voy a detenerme acá para leer los comentarios nuevos y seguir intercambiando opiniones.

Saludos en Cristo,

Martín.

PD: ¿Quien se prende a conformar el Partido Distribucionista Católico? =)



    Anónimo
    11/11/2009 a las 1:26 am

    TOLERANCIA
    Martín:
    Muy interesante su post. Siguen añadiéndose elementos relevantes para la discusión.
    Con respecto a lo siguiente:
    «Por mi parte, sinceramente no veo cómo la realeza social de Jesucristo (incluso asumiendo que haya sido definido de manera infalible) obligaría moralmente a un estado católico a prohibir la profesión pública de credos no católicos.»

    Creo que para contestar su pregunta debe hacerse la distinción entre cuestiones de principio y la aplicación concreta de dichos principios. No puede sostenerse que, en principio, un estado católico no pueda prohibir la profesión pública de credos no católicos. O para ponerlo en positivo: no puede sostenerse que, en principio, el estado católico esté obligado a tolerar la profesión pública de credos no católicos.
    El principio de tolerancia requiere, para su aplicación, que lo que se tolere sea un MAL, que no se trate de una acción positiva (pues en ese caso habría cooperación con el mal) y que se tolere en razón de un BIEN mayor. De ahí que si no hay un bien mayor que justifique la tolerancia, existe un deber de intolerancia del estado católico respecto de los cultos falsos, toda vez que esto atenta contra el bien común, que el buen gobernante debe buscar. Por ejemplo: supongamos que en la España de los Reyes Católicos llegara un grupo de evangélicos a hacer proselitismo en las afueras de la Misa, y pasaran los testigos de Jehová casa por casa repartiendo folletos con herejías, que confunden a los fieles. ¿Acaso el gobernante no podría, con su autoridad, prohibirles que propagaran dichos panfletos, o que promovieran abierta y sin reproches su herejía? Me parece de toda evidencia que sí podría.
    Otro ejemplo: un gobernante católico en un país de tradición musulmán, ¿acaso debe establecer la religión católica como religión del Estado de inmediato y prohibir el culto a Mahoma? Ciertamente no, porque, de hacerlo, estoy seguro que dura 2 días vivo…lo que tampoco es bueno para el bien común. Por ello, surge el deber de tolerar.

    En fin, todo es cuestión de circunstancias que justifiquen o no la aplicación de los principios. Sí puede decirse que, en principio, la autoridad política debe ordenar al bien común, debe darle culto al Dios verdadero, promover la religión verdadera, etc. Y que, cumplidas las condiciones, debe tolerar los cultos falsos. Cosa distinta es promoverlos activamente o decir que lo que se tolera es, en realidad, un bien para la sociedad, como parece colegirse de la «Dignitatis Humanae». Como dice San Agustín, «nadie ama lo que tolera, aunque ame el tolerarlo». En el promover activamente no cabe duda que hay ilicitud, puesto que se trata de una acción positiva de promoción de cultos falsos, que va más allá de la tolerancia…

    En fin, espero que sirvan de algo estas reflexiones, que pueden ser de perogrullo, pero las hago por si acaso.

    Saludos,
    Joaquín



Moderador
12/11/2009 a las 12:02 am

Denzinger 2197 o punto 23 de la Quas Primas: El Laicismo

«23. Y si ahora mandamos que Cristo Rey sea honrado por todos los católicos del mundo, con ello proveeremos también a las necesidades de los tiempos presentes, y pondremos un remedio eficacísimo a la peste que hoy inficiona a la humana sociedad. Juzgamos peste de nuestros tiempos al llamado laicismo con sus errores y abominables intentos; y vosotros sabéis, venerables hermanos, que tal impiedad no maduró en un solo día, sino que se incubaba desde mucho antes en las entrañas de la sociedad. Se comenzó por negar el imperío de Cristo sobre todas las gentes; se negó a la Iglesia el derecho, fundado en el derecho del mismo Cristo, de enseñar al género humano, esto es, de dar leyes y de dirigir los pueblos para conducirlos a la eterna felicidad. Después, poco a poco, la religión cristiana fue igualada con las demás religiones falsas y rebajada indecorosamente al nivel de éstas. Se la sometió luego al poder civil y a la arbitraria permisión de los gobernantes y magistrados. Y se avanzó más: hubo algunos de éstos que imaginaron sustituir la religión de Cristo con cierta religión natural, con ciertos sentimientos puramente humanos. No faltaron Estados que creyeron poder pasarse sin Dios, y pusieron su religión en la impiedad y en el desprecio de Dios».

Me pregunto si algunos de los subrayados, que son míos, no constituyen la actual doctrina oficial en vigencia entre el clero y los fieles sobre el orden social. Sería inútil remitir a la fuente que ha bautizado esta «pestilencia abominable» porque todos saben que es la declaración Dignitais Humanae del C.V.II y sus sucedáneos.

Nótese que en la nueva versión del Denzinger este apartado quedó reducido a esto:

Dz 2197 Pues ya, al mandar que se dé culto a Cristo Rey por la universidad del nombre católico, por ello mismo atenderemos a la necesidad de los tiempos presentes y pondremos un remedio principal a la peste que ha inficionado a la sociedad humana (3).

Si esto no es malversación doctrinal, no sé qué lo puede ser.



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