¿Queremos realmente la purificación de la Iglesia?
Con Dios funciona esta forma de pedir: urgirlo a manifestar su misericordia, con modales a veces imperativos (Santa Teresa se destacó en esta ciencia), aunque siempre de rodillas, por contradictorio que parezca. A Dios le gusta que le pidan con insistencia. Y con urgencia.
Et venit ad eum leprosus deprecans eum: et genu flexo dixit ei: Si vis, potes me mundare. Iesus auntem misertus eius, extendit manum suam: et tangens eum, ait illi: Volo: Mundare. Et cum dixisset, statim discessit ab eo lepra, et mundatus est. (Mc. 1, 40 y ss).
Y vino a él un leproso suplicándole, e hincado de rodillas le dijo: Si tú quieres, me puedes purificar. Jesús tuvo misericordia de él, extendió su mano y tocándolo le dijo: Quiero, se sano. Y cuando lo dijo, la lepra lo dejó, y quedó limpio.
Pero luego Jesús lo conminó a no decir nada y presentarse al templo ante los príncipes de los sacerdotes y hacer la ofrenda que mandaba Moisés en la Ley. Pero no guardó el purificado la conminación de callar, sino que a todos contaba el milagro, de modo que Jesús ya no pudo volver a entrar a la ciudad, sino que los recibía en las afueras, en lugares retirados.
Conmueve la Fe del leproso: Si tú quieres, puedes limpiarme. Y sorprende la osadía de la súplica, bajo forma de conminación urgente. Claro, dicha de rodillas.
Con Dios funciona esta forma de pedir: urgirlo a manifestar su misericordia, con modales a veces imperativos (Santa Teresa se destacó en esta ciencia), aunque siempre de rodillas, por contradictorio que parezca. A Dios le gusta que le pidan con insistencia. Y con urgencia.
Si tú quieres, puedes limpiarme. Esto supone una análoga exhortación de Jesús: “Si tú quieres, puedo limpiarte”. Si vis… Hay que querer estas cosas de un modo efectivo. Lo cual supone la Fe y también la Esperanza.
Oímos muchas quejas entre los cristianos sobre lo mal que está la Iglesia. El rostro de la Esposa de Cristo está afeado por la lepra de los pecados de sus hijos más dilectos, los sacerdotes, y en consecuencia y proporción, los de sus fieles.
Virtuoso el sacerdote, buenos los fieles, decía el Cura de Ars. Santo el sacerdote, virtuosos los fieles. Siempre ellos un escalón por encima de nosotros. Y nosotros un escalón por debajo de ellos. Para que ellos suban su escalón, nosotros debemos rogar a Cristo que los purifique, que purifique su Iglesia. Si tú quieres…
Y Cristo nos responde con recíproca admonición: Si tú quieres, puedo. A veces nos responde por boca de su Madre Inmaculada. No otra cosa fue Fátima, sino un programa de purificación de la Iglesia para evitar que la lepra avanzara sobre los católicos y en consecuencia sobre todo el mundo. Porque virtuosos los católicos, el mal en el mundo se sujeta. Santos los católicos, el mundo mira con admiración y respeto. Al menos la parte mejor dispuesta. Y el Demonio queda sujeto.
La Virgen pidió el rezo diario del Santo Rosario, la comunión reparadora de los cinco sábados. Y hacer sacrificios por los “pobres pecadores”. Con promesas muy esperanzadoras a cambio. Pero, siempre con la misma condición: Si tú quieres.
El que te creó sin ti, no te salvará sin ti, dice San Agustín. Si tú quieres, te salvará. Si no quieres…
Otra cosa llama la atención, y no solo aquí, en este relato. Jesús manda callar el milagro y los beneficiados le desobedecen y lo proclaman. Pongámonos en su lugar. ¡Qué difícil guardar silencio ante el prodigio, en especial cuando uno es el beneficiario de dicho prodigio! Parece una orden imposible de cumplir. Sobre todo cuando alguno, que nunca faltan, más bien sobran, dirá que ese Jesús es un falso profeta, un Mesías de ficción.
Se puede comprender entonces la reacción de quien fue tocado por la mano divina con el milagro de una purificación y decide gritar ante quien sea que el Mesías es Jesús de Nazaret.
Así y todo, la otra orden, nada dice el Evangelio en contrario, se cumple. Presentarse ante los príncipes de los sacerdotes para mostrar que ha sido sanado. ¿Cuál sería su reacción? Y realizar la ofrenda establecida por la Ley. No ha venido a abolir la ley sino a perfeccionarla. En tanto, la cumple en su forma más imperfecta.
Cristo vino a perfeccionar la Ley, que en figura anuncia la Nueva Ley. Cuando se consuma el Holocausto, cesa la sinagoga y comienza la Iglesia. La Fe de Abraham, Isaac, Jacob, José, Moisés, los Macabeos, los profetas se continúa y llega a su perfección en Jesús y continúa en la Iglesia. La sinagoga cesa. Por eso es que los que continúan con la sinagoga y niegan que Jesús sea el Mesías, no tienen la Fe de Abraham. Su culto es vano, y las Escrituras en sus manos son peligrosa piedra de tropiezo.
También a ellos les dice Jesús: Si tú quieres. Y según San Pablo, algún día, muchos de ellos dirán: Señor, si tu quieres, límpiame. Y el Señor les dirá: quiero, sean limpios. Más ese tiempo no ha llegado, y se aleja de ellos si los discípulos de Jesús los engañan sobre su falsa, o más bien pérfida fe. Es decir, fe desviada, tergiversada, torcida.
Si tú quieres, puedes limpiar a la Iglesia de esta lepra que la carcome, Señor. Parece oírse la voz de Cristo que responde: y tú, ¿qué quieres? ¿O acaso no te envié a mi Madre en medio de prodigios a darte los medios más sencillos para que tu querer sea efectivo?
¿Quieres? Demuéstralo en las obras. Desde hoy reza el Rosario todos los días. Busca la misa incontaminada de todos los siglos y no la abandones. Yo sabré querer…

