Panorama Católico

¿ Por qué me atacan?

Desde el momento que fue elevado al papado, Joseph Ratzinger es blanco
de agresiones in crescendo, en el interior de la Iglesia y fuera de
ella. ¿Hay una «mano invisible» que las mueve? Aquí presentamos cómo lo
juzga y explica el Papa

ROMA, 3 de setiembre de 2010 – Han salido a la venta este verano, en
Estados Unidos y en Italia, dos libros que reconstruyen y analizan los
ataques lanzados desde muchas partes contra Benedicto XVI desde el
comienzo de su pontificado, con un crescendo que ha alcanzado la cima
este año.
El libro de Gregory Erlandson y Matthew Bunson,
editores de periódicos católicos muy difundidos en Estados Unidos, se
concentran sobre el escándalo de los abusos sexuales del clero.
Por
su parte, el libro de los vaticanistas italianos Paolo Rodari y Andrea
Tornielli extiende el análisis a una decena de ataques contra otros
tantos actos y discursos de Benedicto XVI: desde la conferencia de
Ratisbona a la liberalización de la Misa en el rito antiguo, desde la
revocación de la excomunión a los obispos lefebvristas hasta la condena
del preservativo anti-SIDA, desde el recibimiento de los anglicanos en
la Iglesia Católica hasta el escándalo de la pedofilia.
De cada uno de estos episodios, Rodari y Tornielli proporcionan una reconstrucción muy cuidada, con tramas también inéditas.
Su conclusión es que están en curso tres ataques distintos contra Benedicto XVI, a cargo de tres enemigos distintos. 
El
primero y principal es el enemigo externo. Son las corrientes de
opinión y los centros de poder hostiles a la Iglesia y a este Papa. 
El
segundo enemigo son esos católicos – entre los cuales hay no pocos
sacerdotes y obispos – que ven a Benedicto XVI como un obstáculo a su
proyecto de reforma «modernista» de la Iglesia.
Por último, el
tercer enemigo son esos funcionarios de la curia vaticana que en lugar
de ayudar al Papa le hacen daño, por incapacidad, por ignorancia o
también por oponerse a él.
No quiere decir esto que estas tres
fuentes respondan a un único director. Pero esto no impide buscar si hay
en ellas una razón unificante que explique ataques tan ásperos y
continuos, todos concentrados sobre el Papa actual. Es lo que hacen
Rodari y Tornielli en el último capítulo de su libro, recogiendo las
opiniones de varios analistas y comentaristas.
Pero no menos importante es saber de qué manera el mismo Benedicto XVI interpreta los ataques lanzados contra él.
*
En
la homilía de la Misa de clausura del Año Sacerdotal, el pasado 11 de
junio, también Benedicto XVI se refirió a un «enemigo». Lo hizo de esta
manera:
«Era de esperar que al ‘enemigo’ no le gustara que el
sacerdocio brillara de nuevo; él hubiera preferido verlo desaparecer,
para que al fin Dios fuera arrojado del mundo. Y así ha ocurrido que,
precisamente en este año de alegría por el sacramento del sacerdocio,
han salido a la luz los pecados de los sacerdotes, sobre todo el abuso a
los pequeños, en el cual el sacerdocio, que lleva a cabo la solicitud
de Dios por el bien del hombre, se convierte en lo contrario».
Y el Papa se ha expresado de este modo al comienzo de su viaje a Fátima, el pasado 11 de abril:
«Los
ataques al Papa y a la Iglesia no sólo vienen de fuera. […] La mayor
persecución de la Iglesia no procede de los enemigos externos, sino que
nace del pecado en la Iglesia y la Iglesia, por tanto, tiene una
profunda necesidad de volver a aprender la penitencia, de aceptar la
purificación».
Ya desde aquí se intuye que para Benedicto XVI
también el horrible año 2010 ha de vivirse como un año de gracia, en
paralelo a los años anteriores, también ellos recubiertos por ataques a
la Iglesia y al Papa.
Para él todo se soporta. La tribulación
producida por el pecado es la condición de la humanidad necesitada de
salvación, una salvación que sólo viene de Dios y es ofrecida en la
Iglesia con los sacramentos administrados por los sacerdotes.
Por
eso – nos hace entender el Papa – el rechazo de Dios coincide
muchísimas veces con un ataque al sacerdocio y a lo que lo marca
públicamente: el celibato.
El pasado 10 de junio, en la vigilia
de clausura del Año Sacerdotal, Benedicto XVI ha dicho que el celibato
es un anticipo «del mundo de la resurrección». Es el signo «que Dios
existe, que Dios entra en mi vida, que puedo fundar mi vida en Cristo,
en la vida futura».
Por eso – ha dicho también – el celibato «es
un gran escándalo». No sólo para el mundo de hoy «en el que Dios no
entra», sino para la misma cristiandad, en la que «no se piensa más en
el futuro de Dios y parece suficiente sólo el presente de este mundo».
Que
«hacer presente a Dios en este mundo» es la prioridad de su misión lo
ha dicho el papa Joseph Ratzinger muchas veces, en particular en la
memorable carta dirigida por él a los obispos de todo el mundo, el 10 de
marzo de 2009.
Pero vincular la cuestión de Dios a la cuestión
del sacerdocio y del celibato sacerdotal no es tan evidente. Pero a
pesar de todo es justamente lo que hace constantemente Benedicto XVI.
Por
ejemplo, a fines del año 2006, al trazar un balance de su viaje a
Alemania que había impactado por la conferencia de Ratisbona, luego de
haber subrayado que «el gran problema de Occidente es el olvido de
Dios», continuó diciendo que «ésta es la tarea central del sacerdote:
llevar a Dios a los hombres». Pero el sacerdote «puede hacerlo solamente
si él mismo viene de Dios, si vive con y de Dios». El celibato es signo
de esta entrega plena:
«Nuestro mundo, que se ha vuelto
totalmente positivista, en el cual Dios sólo encuentra lugar como
hipótesis, pero no como realidad concreta, necesita apoyarse en Dios del
modo más concreto y radical posible. Necesita el testimonio que da de
Dios quien decide acogerlo como tierra en la que se funda su propia
vida».
No sorprende entonces que, ante la inminencia de su
elevación al papado, Ratzinger haya invocado una reforma de la Iglesia
que comience con la purificación que elimina la «suciedad», en primer
lugar de los ministros de Dios.
No sorprende que haya inventado y convocado un Año Sacerdotal con el objetivo de conducir al clero a una vida santa.
No
sorprende que la liturgia sea tan central en este pontificado. El
sacerdote vive para la liturgia. Es al sacerdote que Dios «le ha
encargado preparar la mesa de Dios para los hombres, darles su cuerpo y
su sangre, ofrecerles el don precioso de su misma presencia».
La
liberalización de la Misa en el rito antiguo, la revocación de la
excomunión a los obispos lefebvristas, el recibimiento dado a las
comunidades anglicanas más vinculadas a la Tradición son partes de este
mismo designio. Y todas son puntualmente objeto de ataque.
Hay
una misteriosa lucidez en la visión que unifica los ataques al actual
pontificado, como si obrase en ellos una «mano invisible», escondida
hasta para sus mismos actores. Una mano, una mente que intuye el
designio de fondo de Benedicto XVI y, en consecuencia, hace de todo para
confrontarlo.
En el Evangelio según san Marcos hay un «secreto
mesiánico» que acompaña la vida de Jesús y que permanece oculto para sus
mismos discípulos, pero no para el «enemigo». El diablo es el que
reconoce inmediatamente en Jesús al Mesías salvador. Y le grita.
La
paradoja de los ataques actuales a la Iglesia es que, precisamente
mientras la quieren reducir a la impotencia y al silencio, esos ataques
develan su esencia, como lugar del Dios que perdona.
«Doctor
seráfico» es el título aplicado a san Buenaventura de Bagnoregio, uno de
los primeros sucesores de san Francisco en la cima de la Orden fundada
por él. Podría ser aplicado también a Benedicto XVI, por la forma en que
guía a la Iglesia en medio de la tempestad.
En la catequesis
dedicada por él el pasado 10 de marzo a este santo – muy estudiado por
él ya cuando era un joven teólogo –, el papa Ratzinger expresó su
pensamiento también sobre los «enemigos» internos en la Iglesia.
A
los que, descontentos, pretenden una palingénesis radical de la
Iglesia, un nuevo cristianismo espiritual configurado por un desnudo
Evangelio sin más jerarquías, ni preceptos ni dogmas, Benedicto les ha
dicho que es corto el paso del espiritualismo a la anarquía. La Iglesia
«es siempre Iglesia de pecadores y es siempre lugar de gracia». Progresa
y evoluciona, pero siempre en continuidad con la Tradición.
A
los que para reformar la Iglesia apuntalan todo sobre nuevas estructuras
de mando y nuevos comandantes, les ha dicho que «gobernar no es
simplemente hacer, sino sobre todo pensar y rezar», es decir, «guiando e
iluminando las almas, orientándolas hacia Cristo».
Los ataques
que se concentran sobre el papa Benedicto son para él la prueba de cuan
alta es la apuesta que él lanza a los hombres de hoy, a todos ellos,
también a los incrédulos: «vivir como si Dios existiese».
Fuente: Chiesa

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *