Pelean contra Dios los que no pelean juntos con El y con la Iglesia
El pontífice nos exhorta a difundir y defender las verdades de la Fe en todos los órdenes, no como maestros a quienes no lo somos, sino como comunicadores de las verdades recibidas de los maestros. Y para el cabal entendimiento de esas verdades es necesario estar unidos.
El pontífice nos exhorta a difundir y defender las verdades de la Fe en todos los órdenes, no como maestros, a quienes no lo somos, sino como comunicadores de las verdades recibidas de los maestros. Y para el cabal entendimiento de esas verdades es necesario estar unidos en los principios y en los en. En el buen entendimiento de la doctrina, en un mismo lenguaje y sentir. No es lícito a cada uno vivir y librar la batalla a su antojo ni dejarse llevar por impresiones exteriores ni pasiones para bien proceder en el entendimiento y en la acción.
Predicación del Evangelio
Lo primero que ese deber nos impone es profesar abierta y constantemente la doctrina católica y propagarla, cada uno según sus fuerzas. Porque, como repetidas veces se ha dicho, y con muchísima verdad, nada daña tanto a la doctrina cristiana como el no ser conocida; pues, siendo bien entendida, basta ella sola para rechazar todos los errores, y si se propone a un entendimiento sincero y libre de falsos prejuicios, la razón dicta el deber de adherirse a ella. Ahora bien: la virtud de la fe es un gran don de la gracia y bondad divina; pero las cosas a que se ha de dar fe no se conocen de otro modo que oyéndolas.
“¿Cómo creerán en El, si de El nada han oído hablar? ¿Y cómo oirán hablar de El si no se les predica?. Así que la fe proviene de oír, y el oír depende de la predicación de la Palabra de Cristo” (1). Siendo, pues, la fe necesaria para la salvación, síguese que es enteramente indispensable que se predique la palabra de Cristo. El cargo de predicar, esto es, de enseñar, por derecho divino compete a los maestros, a los que “el Espíritu Santo ha instituido Obispos para gobernar la Iglesia de Dios” (2), y principalmente al Pontífice Romano, Vicario de Jesucristo puesto al frente de la Iglesia universal con potestad suma como maestro de lo que se ha de creer y obrar. Sin embargo, nadie crea que se prohíbe a los particulares poner en uso algo de su parte, sobre todo a los que Dios concedió una buena inteligencia y el deseo de hacer bien; los cuales, cuando el caso lo exija, pueden fácilmente, no ya arrogarse el cargo de doctor, pero sí comunicar á los demás lo que ellos han recibido, siendo así como el eco de la voz de los maestros. Más aún, a los Padres del Concilio Vaticano les pareció tan oportuna y fructuosa la colaboración de los particulares, que hasta juzgaron exigírsela: “A todos los fieles, en especial a los que mandan o tienen cargo de enseñar, suplicamos encarecidamente por las entrañas de Jesucristo, y aun les mandarnos con la autoridad del mismo Dios y Salvador nuestro, que trabajen con empeño y cuidado en alejar y desterrar de la Santa Iglesia estos errores, y manifestar la luz purísima de la fe” (3).
Lucha, unida
Por lo demás, acuérdese cada uno de que puede y debe sembrar la fe católica con la autoridad del ejemplo, y predicarla profesándola con tesón. Por consiguiente, entre los deberes que nos juntan con Dios y con la Iglesia se ha de contar, entre los principales, el que cada uno, por todos los medios, procure defender las verdades cristianas y refutar los errores.
Pero no llenarán este deber como conviene, colmadamente y con provecho, si bajan a la arena separados unos de otros.
Ya anunció Jesucristo que el odio y la envidia de los hombres de que El, antes que nadie, fue blanco, se extendería del mismo modo a la obra por El fundada, de tal suerte, que a muchos de hecho se les impediría conseguir la salvación, que El por singular beneficio nos ha procurado. Por lo cual quiso no solamente formar alumnos de su escuela, sino además juntarlos en sociedad y unirlos convenientemente en un cuerpo, “que es la Iglesia” (4), cuya cabeza es El mismo. Así que la vida de Jesucristo penetra y recorre la trabazón de este cuerpo, nutre y sustenta cada uno de íos miembros y los tiene unidos entre sí y encaminados al mismo fin, por más que no es una misma la acción de cada uno de ellos (5).
Por estas causas, no sólo es la Iglesia sociedad perfecta y mucho más excelente que cualquier otra sociedad, sino que más le ha impuesto su Fundador la obligación de trabajar por la salvación del linaje humano “como un ejército formado en batalla” (6) Esta composición y conformación sociedad cristiana de ningún modo se puede mudar, y tampoco es permitido a cada uno vivir a su antojo o escoger el modo de pelear que más le agrade, porque desparrama y no recoge el que no recoge con la Iglesia y con Jesucristo; y en realidad, pelean contra Dios todos los que no pelean juntos con El y con la Iglesia (7).
Mas para esta unión de los ánimos y semejanza en el modo de obrar, no sin causa, formidable a los enemigos del nombre católico, lo primero de todo es necesaria la concordia de pareceres, a la cual vemos que el apóstol San Pablo exhortaba a los Corintios con todo encarecimiento y con palabras de mucho peso: “Mas os ruego encarecidamente, hermanos míos, por el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, que todos tengáis un mismo lenguaje y que no haya entre vosotros cisma; antes bien, viváis perfectamente unidos en un mismo pensar y en un mismo sentir” (8). Fácilmente se entiende la sabiduría de este precepto: porque el entendimiento es el principio de obrar, y, por consiguiente, ni pueden unirse las voluntades, ni ser las acciones semejantes, si los entendimientos tienen diverso sentir.
Los que por única guía tienen a la razón, muy difícil, si no imposible, es que puedan tener unidad de doctrina porque el arte de conocer las cosas es por difícil y nuestro entendimiento, débil por naturaleza, es atraído en sentidos distintos por las diversas opiniones y a menudo engañado por la impresión de la presentación externa de las cosas; a lo citado se agregan los deseos desordenados, que muchas veces o quitan o por lo menos disminuyen la facultad de ver la verdad. Por esto, en el gobierno de los pueblos se recurre muchas veces a mantener unidos por la fuerza aquellos cuyos ánimos están discordantes.
Muy al contrario los cristianos, los cuales saben qué han de creer por la Iglesia, con cuya autoridad y guía están ciertos que conseguirán la verdad. Por lo cual, como es una la Iglesia, porque uno es Cristo, así una es y debe ser la doctrina de todos los cristianos del mundo entero. “Uno el Señor, una la fe” (9). Pero teniendo todos un mismo espíritu de fe (10) alcanzan el principio saludable que les ha de salvar, del que naturalmente se engendra en todos la misma voluntad y el mismo modo de obrar.
Notas
(1) “Quomodo credent in quem non audierunt? Quomnodo autem audient sine praedicante…? Ergo fides ex auditu, auditus autem per verba Christi» (Rom, 10, 14, 17).
(2) “Spiritus Sanctus posuit Episcopos regere Ecclesiam Dei» (Act. 20, 28).
(3) Const. Dei Filius, in fine.
(4) Col. 1, 24.
(5) “Sicut enim in uino corpore multa membra habemus, omnia autem membra non eundem actum habent: ita multi unum corpus sumus in Christo, singuli autent alter alterius membra» (Rom. 12, 4, 5).
(6) “Ut castrorum acies ordinata” (Cant. 6, 9).
(7) “Qui non est mecum, contra me est: et qui non colligit mecum, dispergit” (Luc. 11, 23).
(8) 1 Cor. 1, 10.
(9) “Unus domninus, una fides” (Eph. 4, 5).
Carta Encíclica Sapientiae Christianae, de S.S. León XIII
(10) “Habentes autem eumdem spiritum fidei” (2 Cor. 4, 13).

