Pedro, ¿Me Amas?
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¿Qué mejor auspicio que un Pontífice que resigna su voluntad propia para que se haga la Voluntad de Aquel a quien representa? ¡Qué difícil, también, para este «papa teólogo» ser dócil al mandato de Cristo que -se nos ocurre- parece decirle en un mensaje íntimo: extenderás tus manos, por Otro serás ceñido e irás donde no quieras, como señalándole el deber de hacer a un lado al «doctor privado» para asumir con entera docilidad el ministerio del «Doctor Universal» de la Iglesia, sin lo cual, nunca será Pedro, porque no se puede ser Pedro sino en entera coherencia con todos los que han sido Pedro, y con Pedro mismo, a los pies de Cristo. |
Escribe Marcelo González
El Santo Padre se ha detenido a reflexionar durante su homilía de coronación en la triple interrogación de Cristo a Simón -que nos trae al recuerdo la triple negación petrina de pocos días antes-. Es uno de los momentos más emotivos de su pontificado, la ceremonia en la que recibe los atributos de Pedro: el palio del Pastor y el anillo del Pescador (lástima que no ya la tiara de tres coronas: la triple potestad pontificia).
Prestando atención al relato del apóstol San Juan en el que se refiere la atribución a Simón Pedro de las potestades de pastor y doctor universal, se puede advertir, en esta triple interrogación del Cristo resucitado, una alternancia de palabras que suelen traducirse indistintamente por «amar».
El texto evangélico latino (y griego), sin embargo, utiliza dos términos distintos, «diligo» y «amo».
15 Cum ergo prandissent, dicit Simoni Petro Iesus: «Simon Ioannis, diligis me plus his? «. Dicit ei: » Etiam, Domine, tu scis quia amo te «. Dicit ei: » Pasce agnos meos «.
16 Dicit ei iterum secundo: » Simon Ioannis, diligis me? «. Ait illi: » Etiam, Domine, tu scis quia amo te «. Dicit ei: » Pasce oves meas «.
17 Dicit ei tertio: «Simon Ioannis, amas me? «. Contristatus est Petrus quia dixit ei tertio: «Amas me? «, et dicit ei: » Domine, tu omnia scis, tu cognoscis quia amo te «. Dicit ei: «Pasce oves meas».
18 Amen, amen dico tibi: Cum esses iunior, cingebas teipsum et ambulabas, ubi volebas… cum autem senueris, extendes manus tuas, et alius te cinget et ducet, quo non vis «. (Jn. 21 15-18).
Diligis me? Diligis me? Amas me?… pregunta Jesús. Pedro siempre responde «amo te». Pero es solo a la tercera vez que el Señor le pregunta «amas me?», como si se pusiera a su nivel e igualara su requerimiento con aquello que Pedro podía ofrecer. Diligo implica un amor de hondura mayor, de compromiso más reflexivo que el asumido en esa declaración de Pedro: Amo te. Cristo requiere una respuesta asentada en una decisión firme como la roca: No respondas según tus sentimientos, -parece decir- sino comprometiendo hasta el último resquicio de tu voluntad. Porque es la voluntad la que ama. Finalmente acepta el «amo», dejando constancia de que exige un «diligo».
No hay mayor prueba de amor que dar la vida por los amigos, lo cual, en el orden espiritual, en la relación con Dios, es esencialmente la entrega completa de la voluntad a disposición de Él. Por eso, al recibir la tercera confirmación del amor de Pedro, Cristo, además de ratificarlo en el mandato de «apacentar sus ovejas», le indica que deberá ponerse en esta disposición: cuando era niño, hacía su propia voluntad, mas en el futuro, Pedro extenderá sus manos y será ceñido por otro y por otro guiado donde él no quiera… (Jn. 21 15-18). El propio evangelista comenta que Nuestro Señor indica con esta frase el modo en que Pedro habría de morir.
Ya lo había constituido en piedra de la Iglesia («Tu es Petrus, es super hanc petram, aedificabo ecclesiam meam. Mt. 16,18) después que, inspirado por el Espíritu, prestó reconocimiento de la divinidad del Cristo. Ahora le anuncia su deber pastoral y la docilidad con que habrá de dejarse llevar por otro, allí donde él no quiera y donde habrá de morir místicamente al entregarse a la voluntad divina, por medio del sufrimiento y quizás hasta físicamente por el martirio…
Así parece haberlo sentido, con profunda emoción, el Papa Benedicto, cuando en su homilía anunció que su «verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino de ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él, de tal modo que sea él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia«.
También nos sugiere su deseo de conformarse enteramente a la voluntad de Dios cuando, reprochándonos nuestra impaciencia frente a los males de hombre -que Dios no quiere pero permite- nos recuerda: » ¡Cuántas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente, derrotara el mal y creara un mundo mejor. Todas las ideologías del poder se justifican así, justifican la destrucción de lo que se opondría al progreso y a la liberación de la humanidad. Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y, no obstante, todos necesitamos su paciencia. El Dios, que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres«. También nosotros, los católicos que amamos y sufrimos por las lacras que lastiman a la Iglesia hemos de extender las manos y ser ceñidos por Otro, y por Otro ser llevados a donde no queremos. Es el camino de la santidad. Hacer en todo la voluntad de Dios…
Luego el Pontífice, quizás intimidado por el eco de la triple negación del príncipe de los apóstoles que está triple afirmación evoca, pidió a todos los católicos: «Rogad por mí, para que, por miedo, no huya ante los lobos». Estas expresiones nos han conmovido. El papa confiesa públicamente su debilidad humana y su fortaleza divina, en Aquel que todo lo puede.
¿Hay acaso mejor auspicio para el reinado que el de un Pontífice que resigna su voluntad propia para que se haga la Voluntad de Aquel a quien representa? Sin embargo, ¡qué difícil será para este «papa teólogo» el mandato de Cristo que -se nos ocurre- parece decirle en un mensaje íntimo: extenderás tus manos, por Otro serás ceñido e irás donde no quieras, como señalándole el deber de hacer a un lado al «doctor privado» para asumir con entera docilidad el ministerio del «Doctor Universal» de la Iglesia, sin lo cual, nunca será cabalmente Pedro, porque no se puede ser Pedro sino en entera coherencia con todos los que han sido Pedro, y con Pedro mismo, a los pies de Cristo. Su exaltación al vértice de la tradición petrina, de esa tradición bimilenaria que no admite cambios ni novedades, sino la más fiel entrega del depósito de la Fe a su rebaño y a su sucesor, agrega una carga mayor aún para un hombre que ha tenido sus propias ideas sobre la Iglesia…
Oremos por el Papa Benedicto, para que cuando comience a crujir bajo la enorme carga que le ha asignado Cristo como «Pastor Universal», -la más grande que hombre alguno puede recibir- la sostenga sin olvidar que la ovejas son de Cristo («pasce oves meas«) y han de ser apacentadas según la voluntad de Cristo. No según la propia ni según la imposición de otros.
Oremos para que, como Vicario de Jesucristo en la tierra y dispensador de los tesoros divinos («te daré la llaves del Reino de los cielos…) remueva efectivamente todos los obstáculos que impiden a la feligresía católica recibir la integridad de esos tesoros, parcial y a veces totalmente arrebatados cuando se oscurece la doctrina, se falsea la moral, se niegan los sacramentos según su forma propia, y se los priva de la asistencia pastoral acorde a la palabra y al Corazón de Cristo. O cuando tantos obispos niegan a su su clero y a su rebaño la Misa y los sacramentos según el ritual tradicional.
Quizás recién entonces, este teólogo de cuño revolucionario en sus años juveniles, replegado a lo largo del tiempo -bajo el peso de sus funciones de gobierno- hacia posturas doctrinarias más tradicionales, enfrente por vez primera, en toda la profundidad de su sentido, la interrogación que con insistencia le ha venido formulando Cristo: «me amas más que estos«. Quizás por vez primera, ceñido por Otro, y por Otro dejándose llevar a donde no hubiera querido, tenga la oportunidad de responder, aceptando en toda su integridad las consecuencias de sus palabras: Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te amo.
Homilía de la Misa de Coronación de Benedicto XVI


