Panorama Católico

Nuestro Señor anuncia su Ascención

 Queridos hermanos, los otros frutos del Espíritu Santo son, según San Pablo: la caridad, la paz, la mansedumbre y la paciencia, la bondad y la benignidad, la longanimidad, la fe, la modestia, la continencia y la castidad. La Santa Iglesia católica es el único árbol que pueda producir estos doce frutos. Estos frutos son la señal, el criterio, la medida de una vida auténticamente cristiana, religiosa, sacerdotal. Los caminos del mundo, y también los del Concilio Vaticano II, porque quiso abrirse al mundo, no producen estos frutos, es un hecho, y no lo pueden, porque el Espíritu Santo convence al mundo de error y de pecado y no comparte sus principios.

 Queridos hermanos, los otros frutos del Espíritu Santo son, según San Pablo: la caridad, la paz, la mansedumbre y la paciencia, la bondad y la benignidad, la longanimidad, la fe, la modestia, la continencia y la castidad. La Santa Iglesia católica es el único árbol que pueda producir estos doce frutos. Estos frutos son la señal, el criterio, la medida de una vida auténticamente cristiana, religiosa, sacerdotal. Los caminos del mundo, y también los del Concilio Vaticano II, porque quiso abrirse al mundo, no producen estos frutos, es un hecho, y no lo pueden, porque el Espíritu Santo convence al mundo de error y de pecado y no comparte sus principios.

En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Queridos fieles,

            Dijo Jesús a sus discípulos: Me voy a aquél que me ha enviado, y ninguno de vosotros me pregunta: ¿Quo vadis? ¿Adónde vas? Mas porque os he dicho estas cosas, se ha llenado de tristeza vuestro corazón. Pero os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya: porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Consolador.

            Nuestro Señor promete a sus discípulos que les enviará el Espíritu Santo que los iluminará y fortalecerá. Necesitarán la ayuda poderosa del Espíritu Santo para cumplir su misión evangelizadora, para difundir en todo el mundo la Verdad y la gracia de Nuestro Señor Jesucristo. No se tratará de una acción meramente humana, y de seguir un camino igual a los planes del mundo. ¡No! La Iglesia continuará la obra divina de su Fundador, la obra de salvación de las almas, con JC, por JC y en JC y hasta el martirio. El fin se identificará con los medios, con el camino: Yo soy el Camino, les dijo Jesús, y la vida eterna es que te conozcan a Ti, el verdadero Dios, y a aquel que enviaste, Jesucristo; cualquiera que (…) creyera en el Hijo tiene la Vida eterna. Los Apóstoles están tristes porque no han todavía recibido el Espíritu Santo en Pentecostés. Entonces, todavía no entienden, no tienen la luz del Espíritu de Verdad ni su Fortaleza para cumplir su misión apostólica hasta el sacrificio de su vida. No preguntan a Nuestro Señor adónde va, porque no quieren que se vaya. Ni siquiera Pedro, con su temperamento ardiente, toma la iniciativa de preguntarle: ¿Quo vadis, Domine?, ¿Adónde vas, Señor?

            Sin embargo, más tarde, en el año 67, en la Vía Appia, cerca de Roma, Pedro hará esta misma pregunta a Jesús: ¿Quo vadis, Domine?, ¿Adónde vas, Señor?

            ¿Qué pasaba? La persecución de Nerón se hacía cada vez más sangrienta, los mártires de la Iglesia cada vez más numerosos. Entonces Pedro, primer Vicario de Cristo, cediendo a las súplicas de sus hermanos, decidió alejarse de Roma, para seguir ejerciendo su cargo de Pastor de las almas. Mientras llegaba a una de las portas de la ciudad, encontró a Cristo que venía hacía él, dirigiéndose a Roma. Entonces, Pedro le dijo: ¿Quo vadis, Domine?, ¿Adónde vas, Señor? Y Nuestro Señor le contestó: Voy a Roma para ser de nuevo crucificado. Pedro le preguntó: ¿Crucificado de nuevo? Jesús dijo: ¡! Y Pedro le dijo: Entonces, ¡voy a volver a Roma para ser crucificado contigo! Y Jesús subió al Cielo, dejando a Pedro, que entendió que el tiempo de la profecía de su Maestro había llegado: En verdad, en verdad te digo, cuando eras más joven, tu mismo te ceñías y andabas donde querías; mas cuando hayas envejecido, extenderás tus manos, y otro te ceñirá y te llevarás adonde tú no quieras. Y el santo Evangelio sigue con estas palabras: Esto dijo significando con qué género de muerte había él de glorificar a Dios. Y habiendo dicho esto, le dice Jesús: Sígueme. Pedro volvió a Roma, donde fue detenido por los soldados de Nerón y conducido delante del prefecto Agripa. Y San Lino, que será el secundo Papa de la Iglesia, relató que el rostro de San Pedro resplandecía de alegría, una alegría que no era de este mundo, sino uno de los frutos del Espíritu Santo…

            La tristeza humana de Pedro al anuncio de la partida de Nuestro Señor se transformó en la alegría divina del mártir, con el corazón lleno del Espíritu Santo. Y, como lo canta el himno, su sangre gloriosa, con la de San Pablo, consagró nuestra santa Madre, la Iglesia Romana.

            Queridos hermanos, los otros frutos del Espíritu Santo son, según San Pablo: la caridad, la paz, la mansedumbre y la paciencia, la bondad y la benignidad, la longanimidad, la fe, la modestia, la continencia y la castidad. La Santa Iglesia católica es el único árbol que pueda producir estos doce frutos. Estos frutos son la señal, el criterio, la medida de una vida auténticamente cristiana, religiosa, sacerdotal. Los caminos del mundo, y también los del Concilio Vaticano II, porque quiso abrirse al mundo, no producen estos frutos, es un hecho, y no lo pueden, porque el Espíritu Santo convence al mundo de error y de pecado y no comparte sus principios.

            Pidamos, entonces, a Nuestro Señor, durante esta santa Misa, que nos ayude a seguir su ejemplo, el ejemplo de su sacrificio, como los Apóstoles y todos los santos, y que así brillen cada vez más, en nuestra vida, en vuestras familias, en el seminario, los frutos del Espíritu Santo, verdadero Dios que pronto festejaremos en el día de Pentecostés.

            Permítanme, para nuestro progreso espiritual, que enumere de nuevo estos 12 frutos que son el atributo propio del catolicismo: la caridad, la alegría y la paz, la mansedumbre y la paciencia, la bondad y la benignidad, la longanimidad, la fe, la modestia, la continencia y la castidad.

Y son el retrato fiel de la Santísima Virgen, porque fue la docilísima Esposa del Espíritu Santo.

Ave María Purísima

En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

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