Panorama Católico

Nuestras Relaciones con Roma, por Mons. de Galarreta

Quiero comentarles mi pensamiento, puesto que en esta crisis se escuchan muchas opiniones diferentes, afirmaciones divergentes, y puede ser que siga habiendo consecuencias; por eso pensé que, por lo menos, era necesario que ustedes conocieran mi pensamiento.

La provechosa lección de las pruebas que hemos pasado

Quiero comentarles mi pensamiento, puesto que en esta crisis se escuchan muchas opiniones diferentes, afirmaciones divergentes, y puede ser que siga habiendo consecuencias; por eso pensé que, por lo menos, era necesario que ustedes conocieran mi pensamiento. Por consiguiente voy a retomar rápidamente algunos hechos para explicarme, para hacer un poco el histórico, desde el final de la cruzada del rosario, cruzada cuyo objeto era ofrecer 12 millones de rosarios, cruzada que terminó en la fiesta de Pentecostés del presente año. Después de la conclusión de la cruzada hemos recibido seguidamente tres respuestas de parte de Roma. En ese momento había la propuesta (de una declaración doctrinal) de la Fraternidad presentada en el mes de abril, y después de Pentecostés hemos recibido la primera respuesta de la Congregación para la doctrina de la Fe.

En esa respuesta las autoridades romanas nos decían claramente que rechazaban, que no aceptaban nuestra propuesta, y hacían varias correcciones que implicaban decirnos: hay que aceptar el concilio Vaticano II, hay que aceptar la licitud de la misa nueva, hay que aceptar el magisterio vivo, es decir que ellas son los intérpretes auténticos de la Tradición, ellas dicen lo que es Tradición y lo que no lo es; hay que aceptar el nuevo Código, etc. Ésta fue su respuesta.

Después –y me parece que fue una respuesta de la Providencia– hubo el nombramiento de Mons. Müller. Le nombraron al frente de la Congregación para la doctrina de la Fe, y también presidente de la comisión Ecclesia Dei –la que se encarga de todos los que dependen de Ecclesia Dei, y que está en contacto con la Fraternidad San Pío X–. Ahora bien, ese obispo, que fue nombrado al frente del mencionado dicasterio y de la comisión Ecclesia Dei –más allá del hecho que cuestionaba varias verdades de fe–, actualmente es el guardián de la Fe. En la Fraternidad podemos decir que lo conocemos desde hace bastante tiempo, puesto que era obispo de Ratisbona, diócesis en la que se encuentra nuestro seminario de Zaitzkofen, y que ya tuvimos con él algunas dificultades y enfrentamientos. Hace tres años, había amenazado excomulgar al obispo que iba a realizar las ordenaciones en Zaitzkofen. Concretamente se trataba de mí. Amenazó excomulgarme a mí y a los diáconos que iban a recibir el sacerdocio, los nuevos sacerdotes. Después tergiversó; pero se trata de alguien que no nos aprecia, que no nos quiere, está claro, y ya dijo que a los obispos de la Fraternidad sólo les quedaría una cosa: entregar su episcopado en las manos del Santo Padre y encerrarse en un convento. Es un poco cruel, ¿no cierto? Después dijo sencillamente que teníamos que aceptar el concilio, y eso es todo. No había nada más que discutir.

Mientras esperábamos las luces del Espíritu Santo, recibimos esta respuesta.

Después, antes del Capítulo general, nuestro Superior general había escrito al Papa para saber si realmente ésa era su respuesta, puesto que en gran parte el problema que habíamos conocido venía del hecho que existía un doble mensaje de parte de Roma. Algunas autoridades nos decían: la respuesta de la Congregación de la Fe es oficial; hacen su trabajo, pero ustedes no tienen que tenerla en cuenta, hay que archivarla; de todas maneras queremos un acuerdo, queremos reconocerlos tales como son.

Sin embargo la respuesta de la Congregación de la Fe y el nombramiento de Mons. Müller no iban en este sentido, en el sentido del segundo mensaje. De este modo, para saber bien de qué se trataba, Mons. Fellay escribió el Papa con vistas a saber si realmente ésa era su respuesta, su pensamiento. Y justo antes del Capítulo, durante el retiro que lo precedió, Monseñor recibió una respuesta –era la primera vez que había una respuesta del Papa a Mons. Fellay–, y el domingo nos dijo en la mesa, al final del retiro: recibí una carta del Papa en la que confirma que la respuesta de la Congregación de la Fe es su respuesta, que él la ha aprobado. Y recuerda sus exigencias, sus condiciones sine qua non para un reconocimiento canónico, reduciéndolas a tres puntos:

1) reconocer que el magisterio vivo es el intérprete auténtico de la Tradición, es decir las autoridades romanas;

2) que el concilio Vaticano II se acuerda perfectamente con la Tradición, que se lo debe aceptar;

3) que debemos aceptar la validez y licitud de la misa nueva.

Pusieron licitud, –probablemente en francés esta palabra tiene un significado un poco ambiguo–; para ellos eso quiere decir simplemente legal, que tiene las formas legales, pero en el lenguaje canónico es mucho más profundo: quiere decir que es una verdadera ley, que obliga como ley. Sin embargo la Iglesia no puede tener una ley contraria a la fe católica. En este sentido siempre hemos discutido la legalidad de la reforma litúrgica y de la misa nueva, porque no puede obligar como ley en la Iglesia. Es imposible porque es contraria a la fe, porque con ella destruyen la fe; y pusieron bien su validez y licitud.

Ustedes ven, por consiguiente, que hacía falta ceder y traicionar sobre todo lo esencial de nuestro combate –ese combate de las dos ciudades, de los dos espíritus–. Entonces, obviamente, la divina Providencia nos había marcado el camino del Capítulo sobre este punto. La misma Roma decía: no, nos quedamos a nivel doctrinal, y ustedes tienen que aceptar todo lo que han rechazado hasta ahora.

El Capítulo General (9-14 de julio de 2012)

Después tuvo lugar el Capítulo. No les puedo dar muchas precisiones, –estamos obligados al secreto–, pero el mismo Mons. Fellay ya dio a conocer ciertas cosas, y hay elementos que fueron indicados en la Declaración final: son las condiciones que ustedes conocen. Sí, les puedo decir que la divina Providencia nos asistió durante el Capítulo de manera clara y tangible. Todo se desenvolvió muy bien, se lo digo muy sencillamente; pudimos hablar tranquilamente, libremente, abiertamente; pudimos plantear los problemas cruciales, aunque hemos tenido que dejar de lado los demás, los asuntos que estaban previstos en el programa inicial. Nos tomamos todo el tiempo necesario para discutir y hemos confrontado los puntos de vista, tal como corresponde entre miembros de una misma Congregación, de un mismo ejército. En eso no hay problema: la Fraternidad no es una escuela de niñas, ¿no cierto? Por eso, si alguna vez hay discusiones entre nosotros, tampoco hay que hacer de ello toda una historia. Lean el cardenal Pie, cuando tuvo discusiones públicas con los obispos, en Francia, en el siglo XIX. Las justifica, explica el por qué, dice que es un combate, ¡y nada más! Eso para decir que no hay que hacer de ello un drama. El drama sería abandonar la fe; pero que se discuta o cuestione la oportunidad prudencial de eso o aquello, esto es normal. Hay perspectivas distintas, hay temperamentos, hay situaciones… es extremadamente complicado y no se puede sacar la espada para cortar el nudo gordiano, diciendo: está bien, resuelvo el problema de una vez, ¡no! El Capítulo se desenvolvió como les dije, y pienso que realmente hemos sacado lecciones útiles de las pruebas que tuvimos, aunque no esté todo perfecto, y éste es otro aspecto que se debe tener en cuenta. En nuestra vida, todo sucede en la imperfección; ¡lean la historia de la Iglesia! No se debe exigir una perfección que no es de este mundo, sino que se deben mantener los ojos fijos en lo esencial, en lo que tiene importancia; y después se puede pasar sobre muchas cosas. En la vida, en sus familias ¿no hacen eso ustedes? Sí, lo hacen. Si no, no queda nada en este mundo, en esta vida, y aún entre nosotros.

Algunos se preocupan: ¡Está bien! ¡Pero en el caso presente! – Hay que ver la complejidad del problema, de la situación. No nos olvidemos tampoco de la influencia de las pasiones. Existen, aun entre nosotros. Todo eso para decirles que, en mi opinión, no se debe ser quisquilloso en estas cuestiones. Hay que examinar si lo esencial está o no está. En mi modo de ver, hemos superado realmente la crisis, la hemos dejado atrás, y del modo que convenía, sobre todo en las medidas prácticas, gracias a las discusiones que nos permitieron clarificar entre nosotros algunos puntos, de pensar bien los argumentos, bajo todos los aspectos, de clasificarlos, de llegar a una más perfecta clarividencia, lucidez sobre la situación; ésta es la ventaja de las pruebas si se saca lecciones de ellas. A partir de esas discusiones extremadamente importantes y ricas, hemos establecido las condiciones que podrían permitirnos considerar, hipotéticamente, una normalización canónica, y al respecto, si ustedes lo piensan bien, lo que se hizo consistió en tomar toda la cuestión doctrinal y litúrgica, para hacer de ella una condición práctica.

Las condiciones relativas a una eventual normalización canónica

Está claro que, como se lo decía, todo no está perfecto, y nosotros mismos, después, nos percatamos rápidamente que la distinción entre condiciones sine qua non y condiciones deseables no era muy justa, ni… deseable. En realidad, para nosotros, entre las condiciones que hemos indicado como deseables hay condiciones sine qua non,pero más bien en el orden práctico, canónico, concreto. Esas condiciones ya habían sido pedidas a Roma por la Casa general de la Fraternidad, y respecto a la mayor parte de ellas –después de varios enredos, numerosas idas y vueltas– Roma estaba dispuesta a concederlas, y aún actualmente. Pero el objetivo del Capítulo, su preocupación era definir bien no lo que es una consecuencia, lo que seguirá después, sino la condición previa esencial que hasta ahora no habíamos definido bien. Dicho de otro modo, en el caso de un papa, de un próximo papa que realmente quisiera hacer un acuerdo con la Fraternidad, cuáles son las condiciones de orden doctrinal, que respectan a la doctrina, a la fidelidad a la fe, a la Tradición, a la confesión pública de la fe, y aun a la resistencia pública ofrecida a los que difunden los errores, aunque se trate de autoridades eclesiásticas. Sobre este punto hemos definido con mucha precisión las dos primeras condiciones sine qua non.

Es evidente que ahí está todo. Se las puedo volver a leer.

La primera: «Libertad de conservar, transmitir y enseñar la santa doctrina del magisterio constante de la Iglesia y de la Verdad inmutable de la Tradición divina». Probablemente les parezca un lenguaje algo difícil; en realidad es extremadamente preciso. «Conservar»: quiere decir que tengamos de ello la garantía en una normalización de parte del Papa que nos reconocería. Dicho de otro modo: asegurarnos, con un acuerdo por escrito, poder conservar, transmitir y enseñar la santa doctrina, la santa doctrina del magisterio constante. Porque las autoridades romanas tienen una noción evolutiva del magisterio, y si se habla de «magisterio», no es suficiente; si se habla de «magisterio de siempre» todavía es dudoso en el lenguaje de ellos; por eso hemos precisado: «Verdad inmutable de la Tradición divina». ¿Por qué «Verdad inmutable»? Porque para ellos la tradición es viva… de este modo ustedes ven que es un lenguaje muy preciso, gracias a la experiencia de las discusiones que tuvimos durante casi un año y medio con la comisión romana. Sigamos con este primer punto: «Libertad de defender la verdad, corregir, condenar, aun públicamente los causantes de errores o novedades del modernismo, del liberalismo del concilio Vaticano II y de sus consecuencias». Pienso que se puede difícilmente agregar algo. Todo está ahí. Se trata de una libertad de confesar y atacar públicamente los errores, una libertad de enseñar públicamente las verdades negadas o disminuidas, y también de oponernos públicamente a los que difunden los errores, aun a las autoridades eclesiásticas.

¿Cuáles errores? Los errores modernistas, liberales, los del concilio Vaticano II y de las reformas que salieron de él o de sus consecuencias en el orden doctrinal, litúrgico o canónico. Todo está ahí, aun la resistencia pública, hasta cierto punto, al nuevo Código de derecho canónico, en la medida en que está imbuido del espíritu colegial, ecuménico, personalista, etc. Todo está ahí.

Después, segundo punto: «usar exclusivamente la liturgia de 1962», por lo tanto toda la liturgia de 1962, no sólo la misa, todo, aun el Pontifical. Conservar la práctica sacramental que tenemos actualmente, incluso respecto al Orden, a la Confirmación y al Matrimonio. Aquí hemos incluido ciertos aspectos de la práctica sacramental y canónica que nos resultan necesarios para tener realmente, en el caso de un acuerdo o de un reconocimiento, la libertad práctica y real en una situación que seguiría siendo más o menos modernista. Volvemos a ordenar, si es necesario, volvemos a confirmar, y para los matrimonios por supuesto no aceptamos ciertas nuevas causas de nulidad.

Después, nuevamente entre las condiciones sine qua non: garantía de por lo menos un obispo; como les decía, no está todo perfecto: porque todos estamos de acuerdo, en la Fraternidad, sobre el hecho que hay que pedir varios obispos auxiliares, una prelatura; todos estamos de acuerdo, en eso no hay problema, antes no era el problema, tampoco lo es ahora. Por lo tanto no hay que ponerse quisquilloso sobre eso. En cambio hemos definido bien lo que ha sido un problema, puesto que precisamente de nuestro lado no estaba netamente definido, y también porque había un doble mensaje de parte de Roma.

Se decidió, igualmente, en ese Capítulo, que si la Casa general lograse algo valedero e interesante con estas condiciones, tendría lugar un Capítulo deliberativo; eso significa que que su decisión obligaría necesariamente (a los miembros de la Fraternidad). Cuando hay un capítulo consultativo, se pide consejo, pero después la autoridad decide libremente. Un capítulo deliberativo significa que la decisión tomada por la mayoría absoluta –la mitad más uno, lo que nos pareció razonable–, dicha decisión sería observada por la Fraternidad.

Tal como lo demostró el último Capítulo, cuando pudimos hablar entre nosotros, tal como era necesario, hemos superado el problema de las discrepancias que habíamos tenido. Está claro que un capítulo deliberativo constituye una medida muy sabia y suficiente para aprobar eventualmente lo que pudiere conseguirse de Roma. Porque es casi imposible que la mayoría, el Superior de la Fraternidad –después de una discusión franca, de un análisis a fondo de todos los aspectos, de todas las consecuencias–, es impensable que la mayoría se equivoque en materia prudencial.

En la vida presente, no hay garantías absolutas, puesto que cada uno –comenzando por uno mismo–no tiene garantías sobre lo hará mañana. De este modo un capítulo es ampliamente suficiente para salir del callejón sin salida en el que estábamos, porque si ustedes se fijan bien, nuestro último Capítulo puso exactamente las mismas condiciones que Roma, pero en el sentido contrario: nos exigen aquello, y nosotros lo contrario. Evidentemente la posibilidad de un acuerdo se aleja y sobre todo el riesgo de un mal acuerdo se encuentra, me parece, definitivamente excluido. Definitivamente: no quiere decir para siempre, sino para esta vez.

Hemos evitado, también, una división entre nosotros, y no es poca cosa; había que pensar en ello y comprender que íbamos a dividirnos todos, en la Fraternidad, en las Congregaciones, en las familias; y puesto que somos más bien vigorosos en el combate, nos hubiésemos mutuamente despellejados, con una fuerza, una constancia… ¡Se imaginan! Esta era la realidad. Pero gracias a esa comprensión entre nosotros, gracias a esa decisión, incluso imperfecta, hemos superado una división que hubiera sido una forma de deshonra hacia lo que defendemos, hacia la verdadera fe, hacia nuestro combate, hacia los que nos precedieron, Mons. Lefebvre y Mons. de Castro Mayer.

Condiciones con vistas al bien que podríamos hacer en la iglesia

Después, como les decía, gracias a lo que hemos vivido, las pruebas, las discusiones, a veces las contradicciones, hemos alcanzado una mejor comprensión de la realidad, una mejor definición. La posición de la Fraternidad es mucho más precisa y lúcida ahora que hace seis meses, es mucho mejor. No excluimos la posibilidad de que el camino elegido por la Providencia para el retorno a la fe, se realice primero por la conversión, por el retorno a la doctrina de un papa y una parte de los cardenales; de ninguna manera excluimos eso. Esto no es más difícil que el otro camino, el camino práctico. Pero simplemente nos dijimos: supongamos que no haya primero un retorno de parte de Roma, de un próximo papa a la Tradición, en la teología, en los principios, en la fe, en la enseñanza; en el caso en que ese papa quisiera solamente permitir la Tradición, cuáles son las condiciones que nos autorizarían a aceptar una normalización canónica, con vistas al bien que podríamos hacer en la Iglesia, y que es considerable –tampoco se debe negar eso–.

En mi opinión, es una amelioración en el mismo sentido. Hemos definido bien cuáles serían las condiciones que podrían protegernos totalmente en la fe y en el combate íntegro por la fe. Pero conjeturar sobre el futuro pertenece a la profecía o a la adivinación; no sabemos lo que el buen Dios nos va a mandar. Les presento un caso de figura, una hipótesis: supongamos que mañana haya un papa en la situación actual, pero que no sea modernista en sí mismo, en su pensamiento –como es el caso actualmente–; supongamos que no sea modernista en su teología, en su pensamiento, en su corazón, y que quiera realmente volver a la Tradición, pero que le falte un poco de convicción, puesto que para resistir –y usted lo saben bien–, hace falta mucha convicción; para resistir en la verdadera fe y perseverar, para hacer frente a todo el modernismo que infesta la Iglesia, hace falta una convicción realmente heroica. Supongamos que no tenga esa convicción, o que esté bastante convencido, pero débil, temeroso, condicionado por su entorno –aquí les hablo de casos que proporciona la historia de la Iglesia; hubo obispos y papas de este género. Hubo papas muy buenos en la doctrina pero que eran muy malos en sus costumbres, y al contrario hubo papas débiles, del mismo modo que hubo excelentes papas que se equivocaron, ahora decimos que se equivocaron en ciertas decisiones históricas que tuvieron consecuencias enormes–.

De este modo, en la eventualidad de un papa que no tuviera la convicción, la fortaleza o los medios para enderezar él mismo la situación actual de la Iglesia, en esta crisis de la fe, él podría muy bien usarnos como punta de lanza, podría muy bien darnos las condiciones requeridas para que podamos, nosotros, ser como la punta de lanza contra este absceso. Y además, pensándolo bien, si un papa un día nos otorga estas condiciones, él mismo dará el primer golpe contra el edificio del concilio Vaticano II y de la Iglesia conciliar, porque por el mismo hecho ya admitiría que el concilio contiene errores, que se lo puede rechazar y que se debe volver a la Tradición. Si un papa tomase en consideración estas condiciones exigentes, casi imposibles humanamente, se declararía inmediatamente la guerra en la Iglesia conciliar. La supuesta Iglesia conciliar sería dinamitada, está claro. Por esta razón, a nuestros ojos, las cuestiones canónicas son más bien puntos de detalles. Porque cuando un papa quiera concedernos los dos primeros puntos, querrá decir que ya está dispuesto a concedernos todo, incluso en el plano canónico, y eso, por supuesto, se lo pediremos.

 

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