Much ado about nothing
En estos días vemos con interés primero, luego con sorpresa, la repercusión que alcanzó en cierto ambiente, y la gran cantidad de personas que parecieron adscribir a la teoría de Antonio Socci, postulada en su libro “Non e Francesco”, sobre la invalidez de la elección de Bergoglio como papa. Adscripción que fue más bien un deseo que una adhesión a su argumento, apenas conocido o francamente ignorado.
En estos días vemos con interés primero, luego con sorpresa, la repercusión que alcanzó en cierto ambiente, y la gran cantidad de personas que parecieron adscribir a la teoría de Antonio Socci, postulada en su libro “Non e Francesco”, sobre la invalidez de la elección de Bergoglio como papa. Adscripción que fue más bien un deseo que una adhesión a su argumento, apenas conocido o francamente ignorado.
En “Non e Francesco”, Socci dice –según parece- que la elección fue inválida porque se procedió contra el reglamento establecido por el papa Juan Pablo II, luego corregido en parte por Benedicto, para la celebración del cónclave. Todo aquello en lo que se funda la tesis parece peccata minuta. Una papeleta en blanco, una anulación improcedente de cierta votación (cuyo resultado no se conoce) y la presunción de que el resultado de la siguiente, en la que Bergoglio salió elegido, no hubiese sido el mismo que el de la que se anuló.
Lo más grave no es, me parece, toda esta especulación, sino la difundida certeza de que Benedicto es actualmente el papa, en el sentido jurídico del término, expresada por muchos. No son pocos los que sostienen que el verdadero papa sigue siendo Benedicto.
Socci –aclaro que me guío por referencias de terceros que sí leyeron el libro y lo han contestado públicamente- sostiene que no es sedevacantista porque tiene la certeza de que Ratzinger sigue siendo el Sumo Pontífice de la Iglesia. A esto ya contestó anticipadamente el Prof. Roberto de Mattei en su artículo “El Papa es uno y solo uno”, que reprodujimos en Panorama. Allí dice el ilustre historiador que “Se trata de una posición distinta a la de la sede vacante, pero caracterizada por la misma debilidad teológica”.
No tiene sentido repetir su argumentación, sino más bien indicar que, según su experta mirada, la confusión nace del concepto no abolido sino más bien arrinconado por el Concilio Vaticano II de “potestas”, que hoy se ignora, sobresaltando el “munus” o misión. La realidad es que el papa es tal no por consagración sacramental sino por elección para el ejercicio de una potestad en la Iglesia universal. Y a esa potestad se puede renunciar. Y la renuncia hace que dicha potestad se pierda y pueda ser asumida por otro, aún en vida del papa anterior, que ya no lo es más.
Benedicto debió haber sido nuevamente el Card. Ratzinger, no el “papa emérito”. Esta novedad, propuesta por él mismo, fue aplaudida por los neomodernistas más radicales. Y el propio Francisco ha sugerido que seguiría el camino de su predecesor (esto habrá que verlo). Es decir, el neomodernismo está feliz de que los papas renuncien y por eso los premia con el cargo de “papas eméritos” como para que haya tantos que no sea ya muy claro qué es un papa. Un modo de democratizar la Iglesia, sin duda.
Concluye de Mattei con unos párrafos donde explica todo lo que parece tan inexplicable a muchos, comenzando por los sedevacantistas y ahora los “benedictinistas”:
“La Iglesia tiene un sólo jefe y fundador, Jesucristo. El Papa es vicario de Jesucristo, Hombre-Dios, pero a diferencia del fundador de la Iglesia, perfecto en sus dos naturalezas humana y divina, el romano pontífice es persona solamente humana, privada de las características de la divinidad.
“Hoy nosotros tendemos a divinizar, a absolutizar lo que en la Iglesia es humano, las personas eclesiásticas, y en cambio a humanizar, a relativizar lo que en la Iglesia es divino: su fe, sus sacramentos, su tradición. De este error surgen graves consecuencias también a nivel psicológico y espiritual.
“El Papa es una criatura humana, aunque esté revestida de una misión divina. La impecabilidad no le ha sido atribuida y la infalibilidad es un carisma que puede ejercer sólo en condiciones precisas. Él puede errar desde el punto de vista político, desde el punto de vista pastoral y también desde el punto de vista doctrinal, cuando no se expresa «ex cathedra» y cuando no vuelve a proponer el magisterio perenne e inmutable de la Iglesia. Esto no quita que al Papa se le deben rendir los máximos honores que pueden serle tributados a un hombre y que hacia su persona se debe nutrir una auténtica devoción, como hicieron siempre los santos.
“Se puede discutir sobre las intenciones de Benedicto XVI y sobre su eclesiología, pero es cierto que se puede tener un único Papa cada vez y que este Papa, hasta prueba contraria, es Francisco, legítimamente elegido el 13 de marzo de 2013.
“El Papa Francisco puede ser criticado, también severamente, con el debido respeto, pero debe ser considerado Sumo Pontífice hasta su muerte o a una eventual pérdida de su pontificado”.
Así pues, hay demasiado alboroto sobre casi nada.
About nothing
El lector informado advirtió que el título de este comentario copia el nombre de una obra de Shakespeare, que es una comedia de errores y confusiones. Y habrá deducido los motivos. Pero tal vez no todos. Hay un punto de crítica literaria que sostiene lo siguiente: nothing, en la época de Shakespeare se pronuciaba como hoy “noting”. Es decir, que el gran dramaturgo, experto en este arte, jugaría con dos sentidos: Mucho alboroto por nada… y también Mucho alboroto por haber notado… Es decir, por haberse dado cuenta. En este sentido hay algo que decir.
Los católicos que no se han dejado ganar por la insensatez han notado, se han dado cuenta de las anomalías de este pontificado. Ayer mismo en La Nación de Buenos Aires, por fuera de la línea de su vaticanisa estrella, la Piqué, refería la preocupación del Secretario de Estado, Pietro Parolín, por las increíbles preferencias de Francisco hacia Cristina de Kirchner y su troupe, en desmedro de otros jefes de Estado. La última visita, con una corte de 30 personas, algunas de ellas munidas de salamines, camisetas y otros regalos regios para Su Santidad, han colmado la paciencia de muchos en la Curia Romana, sobre todo teniendo en cuenta que la sucesión de personajes argentinos que han pasado por ahí, resulta, más que de la corte papal, digna de la corte de los milagros.
Yendo a cuestiones más del fondo: Francisco nunca firma con las clásicas p.p. que siguen al nombre del pontífice. Y rara vez se llama a sí mismo papa. Bendice poco y con menos frecuencia que hace gestos de tablón futbolero. Se coloca todo tipo de colgajos y aditamentos que le obsequian los asistentes a las audiencias públicas, y actúa con los modales menos parecidos que puede a los de un Soberano Pontífice. Es decir, renuncia expresamente casi a la dignidad del Vicario de Cristo.
Pero, en La Nación mismo, el domingo que ha pasado, en una rara entrevista referida en modo indirecto por Joaquín Morales Solá, Francisco habría dicho que el gobierno de la Iglesia lo ejerce él. “Que todos puedan decir sus cosas con total libertad. La libertad es siempre muy importante. Otra cosa es el gobierno de la Iglesia. Eso está en mis manos, después de las correspondientes consultas». Cfr Joaquín Morales Solá “Poder, política y reforma: a solas con Francisco”.
Evidentemente esto es un reportaje. Oscuro, además, porque no se dice explícitamente que ha sido una entrevista, sabe Dios porqué. Pero hay una declaración pública de Francisco en estos días que no da lugar a dudas sobre su noción del ejercicio de la “potestas”, más allá de su desprecio por el decus que debe caracterizar al Pontífice Romano y de su poco afecto a la palabra «papa».
Francisco se asume papa, inusualmente, al recibir a los padres sinodales. Y sin dejar se disparar un dardo (presumiblemente) a los cardenales que salieron a enfrentar a Kasper, reafirma su autoridad de un modo muy clásico: “Por esta razón, os pido, por favor, estas actitudes de hermanos en el Señor: hablad con parresía y escuchad con humildad. Y hacedlo con mucha tranquilidad y paz, porque el Sínodo se realiza siempre cum Petro et sub Petro, y la presencia del Papa es garantía para todos y custodia de la Fe. (Cfr. Discurso de Bienvenida de los Padres Sinodales).
Francisco habla de sí mismo como Petrus y Papa, y asegura que su presencia es garantía para la custodia de la Fe, en su carácter de tal. Una afirmación tan rotunda de su potestad no había sido hecha nunca por él, hasta donde yo sé. Y esto cuando un grupo considerable de cardenales y detrás de ellos seguramente otros cardenales y obispos que no aparecen públicamente, cuestionan severamente al Card. Kasper y su “teología de rodillas”, que es o parece ser la que representa la posición del Papa. Justo, también, cuando Antonio Socci -por poco valor que tengan sus teorías forma parte de la “publicidad” tan respetada por esta Iglesia- cuestiona la validez de su elección.
Es decir, el malestar y los cuestionamientos se han notado, y se ha notado que empieza a haber alboroto en torno a ellos. Un alboroto del que el propio papa acusa recibo y sale a poner coto.
¿Fantaciencia-ficción?
Fantaseando, aunque quizás no tanto, podemos imaginar un enfrentamiento claro que llevaría a un cisma. Desde ya, los cismáticos no serían los que la prensa llame tales, sino los otros. Y un cisma es el germen de dos cónclaves –siempre fantaseando- para la elección del próximo papa.
Porque hasta ahora, confieso otra fantasía frustrada, en la elección de Francisco miraba atentamente si por algún otro balcón aparecía un grupo de cardenales haciendo gestos negativos, o se pronunciaban a modo de protesta con pancartas en latín que rezasen: illicitus est. El silencio y la aceptación (como fue silenciosa la aceptación de Benedicto, aunque todo hace presumir que fue renunciado por presiones) convalidan lo hecho. El que calla otorga y convalida.
¿Veremos el día en que algún cardenal salga del cónclave diciendo “¡trampa!”? ¿Y cruzando el Tiber se reuna con otro grupo de cardenales a elegir pontífice? Menudo problema, sin duda. O tal vez, menuda solución.
En tanto, como dice de Mattei, ”La tradición y la praxis de la Iglesia afirman claramente que uno y sólo uno es el Papa, e inseparable en su unidad es su poder. Poner en duda el principio monárquico que rige la Iglesia significaría someter el Cuerpo Místico a una intolerable laceración. Lo que distingue la Iglesia católica de toda otra iglesia o religión es precisamente la existencia de un principio unitario encarnado en una persona e instituido directamente por Dios”. (Ibid).
El próximo papa podrá mirar hacia atrás y juzgar lo hecho por su predecesor. En tanto a nosotros nos queda solo un camino: velar y orar, resistiendo en la Fe.

