Panorama Católico

Mons. Sucunza y Juana Tabor

Un lector envía como comentario este pasaje de Juana Tabor – 666 de Hugo Wast. Lo inserta en medio de las discusiones sobre el tema de Mons. Sucunza. Me ha parecido más provechoso convertirlo en artículo independiente, aunque no conviene olvidar el contexto en el que se propone.

Un lector envía como comentario este pasaje de Juana Tabor – 666 de Hugo Wast. Lo inserta en medio de las discusiones sobre el tema de Mons. Sucunza. Me ha parecido más provechoso convertirlo en artículo independiente, aunque no conviene olvidar el contexto en el que se propone.

—Y ahora déjeme V. R. felicitarlo…

—¿Por qué? —interrogó vivamente el
superior, presintiendo que iba a hablarle de ella.

Porque hoy he visto que V. R. ha
obtenido la conversión de esa dama de la vincha roja.

—¿Supone que se haya convertido
porque la vio en mi confesionario?

—¡Naturalmente! El confesionario es
la eterna trinchera del diablo. Cuando una persona acepta esa humillación, la
gracia ha vencido.

—¡No! Ella no se ha convertido aún.
Necesitaba exponerme otras dudas, y como no le importa que piensen que ya es
católica, fue al confesionario.

—¡Ah! —exclamó el viejo con
sorpresa—. Comprendo que la conversión de un protestante sea más difícil que la
de un pagano, pues por rebeldía ellos han cegado dos fuentes copiosas de agua
al renegar de nuestras principales devociones: la de la Santísima Virgen y la
del papa.

El superior, que veía menguar en sí
mismo esas dos devociones, estuvo a punto de replicar, mas temió descubrirse y
solamente afirmó:

—Tardará mucho o poco, pero ella, mi
hija espiritual, se convertirá y morirá católica.

La vehemencia de estas palabras
sorprendió al viejo. En sus noventa años nunca había dicho una cosa tan grave
como la que dijo entonces con voz ronca. Pero cada cosa tiene su tiempo y él
sentía que no era tiempo de callar.

—Hace poco leía un triste libro que,
a pesar de ser el diario de un apóstata recogido y publicado por otro apóstata,
contiene grandes enseñanzas para los sacerdotes que quieran comprenderlo.

El superior se irguió sin despegar
los labios. El otro prosiguió:

—¡Cosa extraña! V. R. ha empleado
exactamente las mismas palabras que emplea el autor de ese diario refiriéndose
a una dama protestante en cuya conversión estaba empeñado. El sábado santo del
año 1888, hallándose en Roma, concluye una página de su diario con esta
imprudente afirmación: “Mi querida señora Merriman, mi hija hereje, se
convertirá y morirá católica.”

—¿Acaso se equivocó? —preguntó el
superior, acerbamente.

—Sí, reverendo padre. Ella pareció
convertirse, fue bautizada por él, se confesó con él, comulgó de manos de él;
pero influyó tanto sobre él, lo inflamó de tal orgullo, que lo hizo rebelarse
contra el papa y lo arrastró fuera del convento. Ella murió protestante y él
murió renegando de la Iglesia Romana, de la que fue sacerdote y a la que
pretendió gobernar y reformar.

Como el viejo al hablar miraba las
baldosas del suelo, no advirtió la lúgubre palidez del superior, cuyos labios
blancos formularon trabajosamente esta pregunta:

—¿Alude V. R. al diario del ex
carmelita descalzo, el célebre Jacinto Loyson?

—Sí, padre superior…

—No lo he leído. Sólo recuerdo
haberlo visto en sus manos. ¿Está en nuestra biblioteca?

—No, padre superior. Me lo prestó mi
viejo amigo el doctor Ernesto Padilla. Se lo devolví no hace mucho. Si V. R.
quiere leerlo…

—Ahora no; más adelante. Pero en fin
de cuentas, ese hombre arrojó los hábitos para casarse con una mujer que se le
acercó pretextando el deseo de convertirse. Se trata de una aventura vulgar,
que no puede tener grandes enseñanzas para nadie.

—Casi todas las apostasías —repuso
fray Plácido— son aventuras vulgares, pero todos los apóstatas creen que su
caso es de enorme trascendencia para la Iglesia. Todas las apostasías comienzan
pretendiendo algún bien espiritual que se quiere im poner contra las reglas
divinas. Al principio el orgullo se oculta de mil modos, y sólo aparece cuando
se tropieza con la voluntad del superior. Se produce entonces la obstinación en
el propio juicio, y como consecuencia la rebeldía contra la suprema autoridad.
Y no bien se consuma la ruptura definitiva, que suele ser resonante y aplaudida
por el mundo, vemos que Dios castiga al apóstata permitiéndole caer en esa
aventura vulgar para que se vean los pies de barro de aquella estatua de oro.

Largo silencio de ambos frailes.

—Recuerdo haber leído en un tratado
de teología —dijo por fin el viejo— ser estas bochornosas caídas un remedio
heroico que el Señor permite a los que se complacen en su propia virtud. Hasta
San Pablo, que ha visto las maravillas del tercer cielo, siente el aguijón de
la carne mediante el cual el Señor quiere preservarle del orgullo.

—Si fuera como dice V. R. —contestó
sarcásticamente el superior— deberíamos confesar que el tal remedio heroico no
es muy eficaz. Al pobre Loyson no lo salvó de morir ateo.

—A él no, seguramente —repuso Fray
Plácido— pero ¡cuántos otros habrán escarmentado ante su terrible ejemplo! Por
eso he dicho que este diario, escrito por un apóstata en su propia defensa,
contiene grandes enseñanzas, pues muestra a los sacerdotes cómo avanza poco a
poco la tentación y cómo el apóstata en cierne trata de excusar con
razonamientos sus primeras caídas. En el día del juicio sabremos cuántos que
tenían las manos consagradas, llegaron hasta el borde del abismo y se echaron
atrás.

—Tal vez se echaron atrás —observó
el superior— no por virtud sino por pusilanimidad, por no atreverse a sacar las
últimas consecuencias de sus primeros actos.

—Aunque así fuera —replicó el viejo
fraile— en el día del juicio bendecirán su pusilanimidad. Los caminos de la
apostasía no son muchos: el orgullo, la carne, rara vez la codicia. Ese libro
de Loyson es un documento muy poco frecuente, porque es un diario principiado
antes de la apostasía sin propósito de publicación, continuado después. Y allí
se ve la diabólica filiación de las tentaciones. Unas engendran a las otras.
¿Cuál fue la primera? ¿La del orgullo o la de la carne? Yo creo que en Loyson
fue la del orgullo: lo marearon sus triunfos de orador, la popularidad inmensa
de sus sermones en Notre Dame de París. Se creyó un apóstol y pretendió dirigir
la Iglesia y reformarla.

Fray Plácido tomó aliento y
prosiguió así:

—Esa fama le conquistó la admiración
de una dama protestante y se empeñó en convertirla. Leyendo ese diario se ve
cómo corren su famosa carrera estos dos caballos: la rebeldía contra Roma, que
es el orgullo, y la tentación carnal, que es su castigo.

—¿Ese libro está todavía en su
poder? —preguntó maquinalmente el superior, sintiendo como una brasa la mirada
del viejo.

—Ya lo devolví, pero si V. R. lo
desea…

—Es verdad, ya me lo dijo… Después
se lo pediré… Ahora no tengo tiempo.

El viejo prosiguió explicando el
contenido del diario de Loyson.

—A una explosión de ternura hacia
aquella mujer sucede siempre un rapto de devoción. Quiere hacer cómplice a Dios
y especula con el poder de seducción que tiene la virtud. Cierto día escribe:
“Os amo, mi bien amada, mi bien amada en Jesucristo…” En otro pasaje el pobre
iluso nos ofrece una repugnante mezcolanza de erotismo y de teología:
“Jesucristo nos ha merecido sobre la cruz al amarnos —ella y yo— con esta
ternura y esta pureza.”

—¿Había dejado de celebrar su misa?
—preguntó el superior.

—No, padre. Continúa celebrándola,
aunque no diariamente. A medida que avanza en concesiones a la pasión crecen
sus dudas sobre algunos dogmas o sus arrebatos contra la Iglesia, especialmente
contra el papa. Me han quedado en la memoria algunos párrafos por la impresión
que me han producido. Dice así: “Siento sobre mis labios vuestros besos, tan
tiernos y tan puros…” Ycasi a renglón seguido el tiro contra Roma: “Yo me veo
más cristiano y más católico que nunca, pero no admito el principio de
autoridad como lo entiende la Jerarquía romana en la definición de la fe…”
Sus misas son ya sacrílegas y sus sacrilegios no son secretos, pues se los
comunica a ella. Un día ella, que es norteamericana, le regala un algodón que
fue moja do en la sangre de Abraham Lincoln, asesinado; y él, celebran do misa
al día siguiente, en el augusto momento de la consagración —da horror y náuseas
contarlo— empapa ese algodón en la preciosísima Sangre de Cristo, “para unir”,
dice textualmente, “la sangre del Hijo de Dios con la sangre de ese otro mártir
doblemente excomulgado, por protestante y por masón”. A todo esto va creciendo
la obsesión de todos los que caminan hacia la apostasía: la pretensión de
reformar la Iglesia.

—Grandes santos tuvieron en los
siglos corrompidos esa pretensión, que yo más bien llamarla misión divina
—observó suavemente el superior.

Fray Plácido se encogió
imperceptiblemente de hombros y prosiguió sus citas:

—He aquí una blasfemia envuelta en
torpe misticismo: “He celebrado misa a las ocho. Ella ha comulgado… Verdadero
amor de los ángeles y substancialmente todo un culto que bastaría para
regenerar el mundo, como ha regenerado mi vida.”

El superior se puso de pie. Era
trágica su palidez y la blancura de sus labios,

—¿Se siente mal V. R.?

—Sí, bastante; déjeme solo. Voy a
descansar un momento. No he dormido y no puedo más… Después hablaremos.

Puede descargar «Juana Tabor» de Hugo Wast desde aquí

 

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