Mons. Aguer y la fornicación
En cierto modo, al lamentar los efectos y mantener la formulación de aquello que los han causado podría decirse, según la expresión clásica, que se levantan altares a las causas y cadalsos a las consecuencias.
Hace pocos días el Arzobispo de La Plata, Mons. Héctor Aguer, uno de los escasos obispos argentinos con talla intelectual, publicó un extraño artículo (extraño entre los obispos católicos de hoy en día, al menos en esta parte del continente americano) condenando, bien que en un plano sociológico y más bien natural, la fornicación. En su sentido clásico y en todas las variantes que se han puesto de moda por efecto de los pervertidores de las costumbres. Variantes que nacen de la “perspectiva de género” y de las cuales –dice el apóstol San Pablo- “ni se las mencione entre vosotros”, por su torpe degeneración.
Hay que admirar la valentía del obispo al enfrentar un tema tan propio de su ministerio, sí, pero a la vez tan temido por muchos clérigos, por el horror que causa la “incorrección política” y el temor a las represalias de la prensa. Inclusive, en este caso, hasta de ciertos inútiles y perversos organismos del Estado. ¡Bien por Mons. Aguer!
Eligió mantener la cuestión en un plano natural. Es lícito, porque iba dirigido a un público muy amplio y confundido por la publicidad y el temor a la “discriminación”, frase poderosa y vacía, que lava el cerebro de muchas personas.
En cierto momento el arzobispo usa frases del argot vulgar, extrañas al lenguaje episcopal. En otro tiempo hubieran sido un escándalo mayor. No por lo que significan, sino por el modo en que se expresa lo que significan. Aun creyendo que la dignidad de la investidura no debería salpicarse con una terminología así, nos parece que puede ser un recurso extremo en tiempos de corrupción extrema. Quede allí.
Mons. Aguer lamenta la corrupción moral en esta materia y la describe con claridad y ejemplos bien cercanos al público, como el “clima” de los juegos olímpicos, de los que hemos hablado en estas mismas páginas precisamente en este aspecto, aunque habría tantos otros de señalar. Pero Mons. Aguer, que describe y deplora las consecuencias, sostiene, sin embargo, el error doctrinal que dio origen a la implosión de las costumbres de los católicos, los cuales han adherido en masa a estas prácticas. Error que ha llevado últimamente al extremo de pretender justificarlas, y esto no no ya en las bases del clero sino en sus más altas instancias. Me refiero a un tema tan sencillo como vital: los fines del matrimonio.
Dice el arzobispo platense en su argumentación, que “En el contexto de una recta antropología, de una idea completa del ser humano en la que se asume su realidad biológica y psicológica, es fácil comprender que el acto sexual tiene una doble finalidad: es unitivo y procreativo”. Y mientras lo segundo que menciona es el primero de los fines y por lejos el más importante, el segundo es una formulación un poco vaga de lo que la Iglesia ha llamado siempre fines secundarios y que se definió así en un documento magisterial definitivo:
“Hay, pues, tanto en el mismo matrimonio como en el uso del derecho matrimonial, fines secundarios -verbigracia, el auxilio mutuo, el fomento del amor recíproco y la sedación de la concupiscencia-, cuya consecución en manera alguna está vedada a los esposos, siempre que quede a salvo la naturaleza intrínseca del acto y, por ende, su subordinación al fin primario”. (Casti Connubii, de Pío IX, nº 22)
Mons. Aguer, lo sabemos, no habla del matrimonio sacramental en su artículo. También sabemos que condena la contracepción. Sin embargo, los fines del matrimonio tienen fuerza de ley aún en el matrimonio meramente natural. Y al ser él un obispo, no puede evitar que sus palabras sean particularmente oídas y apreciadas por los católicos. Finalmente, ese orden de fines es erróneo, y eso basta para mover al menos a confusión, aunque esta no haya sido la intención del arzobispo platense, como parece lógico presumir.
Ya el sabio Papa Pío IX había advertido que el fin primero, instituido por Dios, y fin central es la procreación (y educación) de la prole. En los fines secundarios hay más bien una tolerancia a secuelas del pecado original, como la necesidad de mutua ayuda y por sobre todo la “sedación de la concupiscencia”. Esta última, aún dentro del matrimonio, pueden constituir pecado leve por inmoderación, y si se obstruye el fin primario, grave.
La prédica del “fin unitivo” (expresión tomada del lenguaje místico) como primario, o puesto en primer lugar y considerado así repetidamente (desde el Concilio Vaticano II, pasando por Juan Pablo II y ahora, ya in extremis, con la Amoris Laetitia de Francisco) está en la base de la destrucción del matrimonio católico, y luego de la familia y de la sociedad. En cierto modo, al lamentar los efectos y mantener la formulación de aquello que los han causado podría decirse, según la expresión clásica, que se levantan altares a las causas y cadalsos a las consecuencias.
Ocultar, oscurecer o alterar el fin primario y fundamental del matrimonio ha sido cegar al mundo, de por sí lanzado a las costumbres más impuras y demoledoras de la sociedad. Las consecuencias son el divorcio, la infidelidad generalizada, la fornicación, primero como “etapa de la vida” y luego como práctica común, con el aditamento de la contranaturalidad que hoy tanto se predica. Y el horror del aborto.
Esto viene de lejos: el Concilio apagó el faro, el resultado es la enorme cantidad de naufragios no solo matrimoniales sino en la vida sacerdotal y religiosa, que pierde sentido también, en buena medida, con la exaltación de aquello que el apóstol y con él toda la Iglesia considera un estado de menor perfección –la vida matrimonial- y su añoranza como si fuese una “carencia” de los célibes consagrados.
Hoy en día muchísimos sacerdotes o religliosos, que se entregaron a una vida de perfección espiritual, lamentan (muchos hipócritamente) la falta de “la experiencia unitiva carnal” como un defecto, mientras que la Iglesia, siguiendo la doctrina de Cristo, recomendó siempre esta renuncia como un medio adecuadísimo para la vida de unión con Dios. El mismo San Agustín, que había vivido una juventud mundana, cuando habla del tema matrimonial recomienda a los esposos la abstinencia del derecho matrimonial en períodos en que se desee o deba intensificar la oración, como por ejemplo las fiestas mayores de la Iglesia.
Hoy en día se predica todo al revés. O se silencia. O se repite el error que es el huevo del que nació la serpiente que devora a la sociedad. Porque hay en la vida matrimonial un designio directo de Dios, que crea la familia y la provee de medios para su propagación. Con el pecado original estos medios quedan presa de la pasión irracional, y es por eso que Cristo eleva el matrimonio a la dignidad de sacramento. Donde abunda el pecado sobreabunda la gracia. Los medios están, pero ¿qué será de los pobres fieles si la Iglesia calla el sentido del matrimonio, lo distorsiona y hasta tiende a darles una excusa a quienes lo traicionan o envilecen con sus infidelidades?
“Cuán gravemente yerran todos ellos, y cuán torpemente se apartan de los principios de la honestidad, se colige de lo que llevamos expuesto en esta Encíclica acerca del origen y naturaleza del matrimonio y de los fines y bienes inherentes al mismo. Que estas ficciones sean perniciosísimas, claramente aparece también por las conclusiones que de ellas deducen sus mismos defensores, a saber: que las leyes, instituciones y costumbres por las que se rige el matrimonio, debiendo su origen a la sola voluntad de los hombres, tan sólo a ella están sometidas, y, por consiguiente, pueden ser establecidas, cambiadas y abrogadas según el arbitrio de los hombres y las vicisitudes de las cosas humanas; que la facultad generativa, al fundarse en la misma naturaleza, es más sagrada y se extiende más que el matrimonio, y que, por consiguiente, puede ejercitarse, tanto fuera como dentro del santuario del matrimonio, aun sin tener en cuenta los fines del mismo, como si el vergonzoso libertinaje de la mujer fornicaria gozase casi los mismos derechos que la casta maternidad de la esposa legítima”. (Casti Connubi 19). Es claro. No hay mucho más que discutir.
Por si fuera poco:
“Ningún motivo, sin embargo, aun cuando sea gravísimo, puede hacer que lo que va intrínsecamente contra la naturaleza sea honesto y conforme a la misma naturaleza; y estando destinado el acto conyugal, por su misma naturaleza, a la generación de los hijos, los que en el ejercicio del mismo lo destituyen adrede de su naturaleza y virtud, obran contra la naturaleza y cometen una acción torpe e intrínsecamente deshonesta.
“Por lo cual no es de admirar que las mismas Sagradas Letras atestigüen con cuánto aborrecimiento la Divina Majestad ha perseguido este nefasto delito, castigándolo a veces con la pena de muerte, como recuerda San Agustín: «Porque ilícita e impúdicamente yace, aun con su legítima mujer, el que evita la concepción de la prole. Que es lo que hizo Onán, hijo de Judas, por lo cual Dios le quitó la vida».
“Por consiguiente, según pide Nuestra suprema autoridad y el cuidado de la salvación de todas las almas, encargamos a los confesores y a todos los que tienen cura de las mismas que no consientan en los fieles encomendados a su cuidado error alguno acerca de esta gravísima ley de Dios, y mucho más que se conserven —ellos mismos— inmunes de estas falsas opiniones y que no contemporicen en modo alguno con ellas. Y si algún confesor o pastor de almas, lo que Dios no permite, indujera a los fieles, que le han sido confiados, a estos errores, o al menos les confirmara en los mismos con su aprobación o doloso silencio, tenga presente que ha de dar estrecha cuenta al Juez supremo por haber faltado a su deber, y aplíquese aquellas palabras de Cristo: «Ellos son ciegos que guían a otros ciegos, y si un ciego guía a otro ciego, ambos caen en la hoya». (Casti Connubi 21)
Palabras duras, dicen algunos, que no se pueden predicar… Para otros muchos, doctrina “superada”.
Dejamos aquí para no abundar en citas. Todo está claro, solo hay que cumplirlo. Y con la misma valentía con que Mons. Aguer condenó la fornicación sería realmente laudable y ejemplar para sus hermanos en el episcopado, que sea más preciso sobre estos temas: los fines del matrimonio y sobre todo, ya que está candente el tema, los errores morales graves, las confusiones y ambigüedades que se escriben en la Exhortación Apostólica de Francisco. Sería una nota de honor para el clero argentino y en cierto modo una compensación debida a la Iglesia universal.
Notas:
Encíclica Casti Connubii de S.S. Pío XI

