Panorama Católico

Los Templos y la Fe

El ascenso de Bergoglio a la Sede Apostólica ha marcado un cambio brutal. Se pasó de liberar la Misa y discutir objeciones al Concilio Vaticano II a esta guerra despiadada conra todo lo que es tradicional. Bergoglio papa es la apoteosis de los enemigos de la Fe.

Un lector me recuerda, a propósito de los últimos sucesos, la famosa carta de San Atanasio, que tanto hemos difundido en nuestra juventud, cuando la obra de restauración tradicionalista de la Iglesia Católica apena se insinuaba.

Había entre los progresistas un impulso que parecía incontenible. Lo nuestro era ir contra el mundo, sin nada más que nuestra Fe.

También había, mezclado en el mundo católico, un elemento significativo de resistencia (más bien de demora de las cosas) que consistía en escandalizarse en privado de lo que venía sucediendo, aceptarlo en público y buscarle “la interpretación ortodoxa posible”.  Al crecer la resistencia y a la vez irse dando los frutos naturales de la “renovación conciliar”, por un lado mucha gente tomó con mayor realismo la gravedad de la situación. Por otro, desde dentro de la Iglesia “oficial”, bajo el Papa Benedicto, se ofrecía colaboración y las voces de protesta se iban levantando con mayor firmeza.

Ya no se aspiraba en el Tradicionalismo solo a una resistencia, sino a una reconquista. “Ellos tienen los templos, nosotros conservamos la Fe”que por los 70 y 80 era una cruda realidad se fue dejando detrás, cuando “nosotros”, los amigos de San Atanasio, fuimos levantando nuevos templo o recuperando antiguos.

Cuando el Papa Benedicto, de grata memoria, aún en su modernismo intelectual, decidió hacer un lugar para la Tradición (fuera esto posible o no en la práctica) en muchos acreció el afán de reconquista. Y la misa Tradicional, la Misa, gano terreno en muchos templos. Por eso Benedicto “fue renunciado”.

Los hechos del martes en la Catedral son un reflejo del amor por lo católico, inclusive por lo católico en manos de los enemigos del catolicismo. Una demostración de que no se renuncia ni siquiera a los edificios consagrados, por más que la profanación sea ya añosa. Es justo, es lícito.

¿Es posible en este momento?

El ascenso de Bergoglio a la Sede Apostólica ha marcado un cambio brutal. Se pasó de liberar la Misa y discutir objeciones al Concilio Vaticano II a esta guerra despiadada contra todo lo que es tradicional. Bergoglio papa es la apoteosis de los enemigos de la Fe. (No juzgo aquí lo que él cree o pretende hacer por medio de estas alianzas con quienes han sido tradicionales enemigos externos, hoy casi patrones internos). El Concilio, decaído y en retiro, parece haber recuperado vigor. Parece, habrá que ver.

Entretanto, las personas prudentes deben evaluar la circunstancias y la gravedad de los tiempos. “Yo quiero hacer algo: ¿qué puedo hacer?”, me decía hace poco un joven tradicionalista, casi un niño, con un entusiasmo ejemplar. Difícil respuesta.

Recientemente, un buen amigo a cargo de la alocución de la Jornada Anual de Cristo Rey resumía sencillamente lo que se puede hacer: es lo que se está haciendo. Recuperar la Cristiandad en la erección y defensa de esas pequeñas cristiandades que son la familias (numerosas) agrupadas en torno a la Misa de todos los siglos. De allí surgen comunidades, escuelas, obras de formación, de unión y apoyo mutuo y de mutua acción caritativa. Eso se puede hacer y se está haciendo.

Al enemigo no le importan estas cosas, porque las considera destinadas al fracaso. El mundo, piensan, se irá llevando a los más jóvenes. Y esa es la gran pelea.

El católico está obligado a profesar la Fe, y preservar los medios necesarios para la salvación. Defender la Fe es obligación cuando hay peligro de escándalo o confusión de la comunidad de creyentes. Hoy el escándalo de la comunidad de los “creyentes oficiales” es que se defienda la Fe, los templos, el Honor de Dios (¿cómo podría interesarles el honor de Dios, si no saben lo que es el honor, ni saben Quien es Dios). Dios puede ser cualquiera, es el mismo que el de todas la religiones. Lo sabido.

Nuestra misión es conservar la Fe y los medios para que se propague en nuestras futuras generaciones. Eso ya es reconquistar. El éxito de cada obra lo determinará Dios, con la necesaria cooperación de la prudencia humana, bien macerada en la oración y en la serenidad de espíritu.

Entretanto, meditemos sobre situaciones gravísimas de la Iglesia en las que la guía de grandes santos condujo a una resistencia posible, dejando a Dios el tiempo de la victoria.

 

“Que Dios os consuele. He sabido que no sólo os entristece mi exilio, sino sobre todo el hecho de que los otros, es decir los arrianos, se han apoderado de los templos por la violencia y entre tanto vosotros habéis sido expulsados de esos lugares.

Ellos, entonces, poseen los templos. Vosotros, en cambio, la tradición de la Fe apostólica, Ellos, consolidados en esos lugares, están en realidad al margen de la verdadera Fe, en cambio vosotros, que estáis excluidos de los templos, permanecéis dentro de esa Fe. Confrontemos pues qué cosa sea más importante, el templo o la Fe, y resultará evidente desde luego, que es más importante la verdadera Fe. Por tanto, ¿quién ha perdido más, o quién posee más, el que retiene un lugar, o el que retiene la Fe? El lugar ciertamente es bueno, supuesto que allí se predique la Fe de los Apóstoles, es santo, si allí habita el Santo. Vosotros sois los dichosos que por la Fe permanecéis dentro de la Iglesia, descansáis en los fundamentos de la Fe, y gozáis de la totalidad de la Fe, que permanece inconfusa. Por tradición apostólica ha llegado hasta vosotros, y muy frecuentemente un odio nefasto ha querido desplazarla, pero no ha podido; al contrario, esos mismos contenidos de la Fe que ellos han querido desplazar, los han destruido a ellos.

Es esto en efecto lo que significa afirmar: “TU ERES EL HIJO DE DIOS VIVO”. Por tanto, nadie prevalecerá jamás contra vuestra Fe, mis queridos hermanos, y si en algún momento Dios os devolviere los templos, será menester el mismo convencimiento: que la Fe es más importante que los templos.

Y precisamente una Fe tan viva suple para vosotros, por ahora, la devolución de los templos.

No es que yo hable sin respaldo de la Escritura, por el contrario, os digo con énfasis que os conviene confrontar sus testimonios. Recordad precisamente que el templo era Jerusalén, y que el templo no estaba en el desierto cuando los enemigos lo invadieron. Los invasores venidos de Babilonia habían irrumpido como juicio de Dios, que probaba o que corregía y que, precisamente por medio de estos enemigos ávidos de sangre imponía castigo a los que lo ignoraban.

Los extranjeros, pues, se posesionaron del lugar, pero éstos, en el lugar, negaban a Dios. Justamente porque no sólo no tenían respuestas adecuadas, ni las proferían, sino que estaban excluidos de la verdad.

Por tanto ahora también, ¿de qué les sirve tener los templos? Sí, efectivamente, los tienen, pero eso a los ojos de quienes se mantienen fieles a Dios indica que son culpables, porque han hecho cueva de ladrones y casas de negocios, o sitios de disputas vanas lo que antes era un lugar santo, de modo que ahora les pertenece a quienes antes no les era lícito entrar.

Muy queridos, por haberlo oído de quienes han llegado hasta aquí, sé todo esto y muchas otras cosas peores; pero, repito, cuanto mayor es el empeño de éstos por dominar la Iglesia, tanto más están fuera de ella. Creen estar dentro de la verdad, aunque en realidad están excluidos de ella, prisioneros de otra cosa, mientras la Iglesia, desolada, sufre la devastación de estos supuestos benefactores”.

San Atanasio a sus fieles, desde el destierro y la excomunión

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