Los Niños de Fátima y el Santo Padre
«No hay problema, repito, por más difícil que sea, que no podamos resolver ahora con el rezo del Santo Rosario».
«Dos son los medios para salvar al mundo, me decía Sor Lucía de Jesús: la oración y el sacrificio. Y luego, el Santo Rosario. Mire Padre, la Santísima Virgen, en estos últimos tiempos en que estamos viviendo, ha dado una nueva eficacia al rezo del Santo Rosario. De tal manera que ahora no hay problema, por más difícil que sea, sea temporal o sobre todo espiritual, que se refiera a la vida personal de cada uno de nosotros; o a la vida de nuestras familias, sean familias del mundo o Comunidades Religiosas; o la vida de los pueblos y naciones. No hay problema, repito, por más difícil que sea, que no podamos resolver ahora con el rezo del Santo Rosario.
Hermana Lucía de Fátima, diálogo con el P. Fuentes, 1957
Los pequeños videntes de Fátima son interrogados y luego encarcelados por la autoridad civil
A la fecha de los hechos relatados, Lucía tenía 10 años, Francisco 9 y Jacinta apenas 7
Fueron a interrogarnos dos sacerdotes, que nos recomendaron que rezásemos por el Santo Padre.
Jacinta preguntó que quién era el Santo Padre; y los buenos sacerdotes nos explicaron quién era y cómo necesitaba mucho de oraciones.
En Jacinta arraigó tanto el amor al Santo Padre, que siempre que ofrecía un sacrificio a Jesús, añadía: “Y por el Santo Padre”. Al final del Rosario, rezaba siempre tres avemarías por el Santo Padre; y algunas veces decía:
– ¡Quién me diera ver al Santo Padre! ¡Viene aquí tanta gente y el Santo Padre no viene nunca!
En su inocencia de niña, creía que el Santo Padre podía hacer este viaje como las otras personas.
Un día, mi padre y mi tío fueron avisados para que nos llevasen al día siguiente a la Administración del Concejo. Mi tío dijo que no llevaba a sus hijos, porque, decía:
– No tengo por qué llevar a un tribunal a dos criaturas que no son responsables de sus actos; además ellos no aguantan a pie el camino hasta Vila Nova de Ourém. Voy a ver lo que ellos quieren. Mi padre pensaba de otra manera:
– A la mía, la llevo: que se las arregle con ellos; que yo de estas cosas no entiendo nada.
Aprovecharon entonces la ocasión para meternos todo el miedo posible. Al día siguiente, al pasar por casa de mi tío, mi padre le esperó un momento. Corrí a la cama de Jacinta a decirle adiós. En la duda de no volver a vernos, la abracé y la pobre niña me dijo llorando:
– Si ellos te matan, les dices que Francisco y yo somos también como tú, y que queremos morir contigo. Y yo voy ahora con Francisco al pozo a rezar mucho por ti.
Cuando por la noche volví, corrí al pozo; y allí estaban los dos de rodillas echados sobre el brocal, con la cabecita entre las manos, llorando. Cuando me vieron, quedaron sorprendidos:
– ¿Tú, estás aquí? Vino tu hermana a buscar agua y nos dijo que ya te habían matado. ¡Hemos rezado y llorado tanto por ti…!
Cuando, pasado algún tiempo estuvimos presos, a Jacinta lo que más le costaba era el abandono de los padres; y decía corriéndole las lágrimas por las mejillas:
– Ni tus padres ni los míos vienen a vernos; ¡no les importamos nada!
– No llores –le dice Francisco–; ofrezcámoslo a Jesús por los pecadores.
Y levantando los ojos y las manos al cielo hizo él el ofrecimiento.
– ¡Oh mi Jesús, es por tu amor y por la conversión de los pecadores!
Jacinta añadió:
–Y también por el Santo Padre y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María.
Cuando después de habernos separado, volvieron a juntarnos en una sala de la cárcel, diciendo que dentro de poco nos iban a buscar para freírnos, Jacinta se acercó a una ventana que daba a la feria de ganado. Pensé al principio que estaría distrayéndose; pero enseguida vi que lloraba. Fui a buscarla y le pregunté por qué lloraba; respondió:
– Porque vamos a morir sin volver a ver a nuestros padres, ni nuestras madres. Y, con lágrimas, decía:
– Al menos yo quería ver a mi madre.
– Entonces, ¿tú no quieres ofrecer este sacrificio por la conversión de los pecadores?
– Quiero, quiero.
Y con las lágrimas bañándole la cara, las manos y los ojos levantados al cielo, hizo el ofrecimiento:
– ¡Oh mi Jesús! Es por tu amor, por la conversión de los pecadores, por el Santo Padre y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María.
Los presos que presenciaban esta escena querían consolarnos.
– Pero –decían– todo lo que tenéis que hacer es decir al señor Administrador ese secreto. ¿Qué os importa que esa Señora no quiera?
– Eso, nunca –respondió Jacinta con viveza– ; prefiero morir.
Hermana Lucía, Memorias, Edición crítica del P. Kondor

