Panorama Católico

Lo que el papa sí dijo

La revista española Ecclesia, cuyo oficialismo sería muy difícil discutir, suele publicar aclaraciones sobre lo que el papa declara. Lo mismo hacen con cierta frecuencia otras publicaciones a cargo de gente sinceramente católica. Y es común en los intercambios y debates de los sitios web que se produzcan discusiones sobre el alcance, o el sentido de los dichos papales.

La revista española Ecclesia, cuyo oficialismo sería muy difícil discutir, suele publicar aclaraciones sobre lo que el papa declara. Lo mismo hacen con cierta frecuencia otras publicaciones a cargo de gente sinceramente católica. Y es común en los intercambios y debates de los sitios web que se produzcan discusiones sobre el alcance, o el sentido de los dichos papales.

Aquí el texto de Ecclesia aclarando lo que el papa sí dijo respecto al celibato sacerdotal.

Lo que sí dijo el Papa Francisco del don del celibato sacerdotal – editorial Ecclesia
Un periodista alemán preguntó al Papa Francisco, en la rueda de prensa en su viaje de regreso de Tierra Santa, que, si en aras al ecumenismo, la Iglesia católica podría “aprender algo –palabras textuales del periodista- de las Iglesias ortodoxas”, en relación al matrimonio de los sacerdotes, “una pregunta –apostilló el informador- que interesa mucho en Alemania”. El Santo Padre, que no rehúye pregunta alguna, comenzó su respuesta recordando que en la Iglesia católica de rito oriental existe esta praxis “porque el celibato no es un dogma de fe; es una regla de vida que yo aprecio mucho y que creo que es un don para la Iglesia. Al no ser un dogma de fe, la puerta siempre está abierta. En este momento no hemos hablado de eso, como programa, por lo menos para este tiempo. Tenemos cosas más fuertes que emprender”. Y respondiendo íntegramente a la pregunta del periodista acerca de la implicación del celibato en el ecumenismo, Francisco no pudo ser más claro: “Con Bartolomé, este tema no se ha tocado, porque es secundario, realmente, en nuestras relaciones con los ortodoxos”.

Esto, ni más ni menos, fue lo que dijo Francisco. La novedad del contenido de sus declaraciones es, obviamente,  escasa, por no decir ninguna. Recordó lo que es sabido –o debe ser sabido por todos-, apuntó y encomió el sentido de don del celibato sacerdotal, señaló las consecuencias que de su naturaleza no dogmática sino disciplinar se derivan y subrayó que esta no una prioridad “por lo menos para este tiempo”.

Y lo demás, los debates interesados, los revuelos mediáticos, los sensacionalismos, temores y anquilosamientos varios, en una u otra dirección, están fuera de lugar. Son reinterpretar e incluso instrumentalizar y hasta manipular al Papa. Lo que del celibato sacerdotal ha dicho Francisco es, como no podía ser de  otro modo, lo que dijeron sus antecesores. Escuchemos y sigamos al Papa Francisco, en su integralidad, con su letra y con su música. Y dejémosle que siga siendo el Papa Francisco, este extraordinario don que Dios nos regala para el bien de su Iglesia y de su misión evangelizadora y para el bien de la entera humanidad.

Es obvio que todo texto o dicho puede ser malinterpretado, e inclusive interpretado maliciosamente. Mas cuando la mayoría de los  textos o dichos son malinterpretados o interpretados maliciosamente con tanta facilidad debemos buscar la causa en la formulación de tales textos o dichos antes que en la malicia de los intérpretes, que también existe, pero estaría muy acotada frente a un texto o dicho claro y sin ambigüedad.

Dichos de matriz anfibológica

Desde el ya célebre “quién soy yo para juzgar…” hasta “el celibato no es dogma de fe”, Francisco ha nutrido a la prensa de innumerables frases que se prestan a la mala o maliciosa interpretación, como hechas para ese propósito. Es que tienen una matriz anfibológica, es decir, contienen un vicio en la formulación que las hace pasibles de dos o más interpretaciones. O bien deliberadamente se proponen de tal manera a fin de lograr tal resultado. Para mayor certeza, define la RAE:
anfibología.
(Del lat. amphibología, y este del gr. ambiguo, equívoco).
1. f. Doble sentido, vicio de la palabra, cláusula o manera de hablar a que puede darse más de una interpretación.
2. f. Ret. Figura que consiste en emplear adrede voces o cláusulas de doble sentido.

No es posible estar en la mente del pontífice para saber si sus palabras están viciadas por un hábito de pensamiento o formuladas con un designio. Nos es lícito, sí, comprobar los hechos. No podemos saber si dice estas cosas con una deliberada carga de ambigüedad y el deseo de que despierten polémica, o se trata de un estilo que responde a su forma mental, digamos así, poco familiarizada con el hábito de la definición.

No vamos a repetir aquí por ya inveterado el argumento del estilo jesuítico, aún con lo que valga. Vale, no obstante, reconocer en la historia del Bergoglio Arzobispo de Buenos Aires frases con un contenido igualmente destinado (con o sin voluntad, no lo sabemos) a que cada uno entienda lo que más le gusta.

“Estos son mis principios, si no le gustan, tengo otros…”

Así, los católicos piadosos verán en la frase una defensa del celibato, y los liberales progresistas una “puerta abierta” a su abolición. Más cuando el propio papa dice que es algo que se considerará en el futuro (“la puerta siempre está abierta”). El resultado, sin embargo, no tiene nada de anfibológico: es perfectamente claro. Los medios amplifican el segundo mensaje, y el primero, supuesto que sea el que Francisco quiso transmitir, muere ardorosamente defendido por gente como los buenos amigos de Ecclesia, en quijotesca defensa de una claridad que nació muerta. Aquí sí, los molinos de viento son gigantes contra los que la verdad solo recibe porrazos.

Quede para cada uno la consideración de las intenciones del papa Francisco, digo, deliberar en cada mente sus posibles razones para decir estas cosas. Pero el juicio sobre el resultado de estas declaraciones se nos impone. Este resultado es, sin duda, una creciente confusión, si puede crecer más aún, de los fieles católicos, quienes no encuentran en los dichos del papa la confirmación en la fe –“Y tú, confirma a tus hermanos”- sino más bien, la confirmación en la confusión.

Francisco no elude preguntas: ¿hace bien?

Todo católico bien formado sabe que el celibato es disciplina, sabe que es una regla de vida tan apreciada que inclusive en Oriente, tanto entre católicos como entre ortodoxos, los curas casados son pocos, llevan una forma de vida muy distinta de lo que puede ser la de un seglar (porque deben casarse con hijas de otros sacerdotes, y estas mujeres a su vez llevar un régimen de vida muy parecido al de una religiosa, idénticamente los hijos, etc.).

Uno se pregunta, por tomar solo un aspecto de esta regla de vida ¿por qué los sacerdotes casados en los ritos orientales que lo permiten, están limitados a las funciones más modestas del presbiterado y no pueden ascender a la plenitud sacerdotal, inclusive viviendo una vida matrimonial muy restringida como la que les impone la Iglesia, tanto a ellos como a su familia? ¿Será porque la Iglesia tolera esta costumbre, pero no la promueve, y en el caso de Occidente, la ha abolido?

Francisco no elude respuestas, dicen los amigos de Ecclesia. Lo que no sabemos es si esto constituye una virtud para un pontífice. Ni tampoco estamos tan seguros de que no eluda respuestas, porque de algunos temas no habla jamás. De todos modos, en el predicamento de contestar tal vez podría haber salido de un escueto recordatorio sobre el carácter disciplinario del celibato, y haber profundizado en las razones, que bien consideradas demuestran se trata de algo más que mera disciplina.

Lo que Francisco podría haber dicho

Se nos ocurre que tal vez la respuesta de Francisco podría haber sido más bien un detalle sobre el régimen al que están sometidos en Oriente los sacerdotes casados, lo cual habría marcado mucho más su aprecio por la regla de vida del celibato, y dejado en claro que pocos beneficios obtendrán de ello tanto los sacerdotes que quieren consagrarse enteramente a Dios como los que pretenden ser admitidos al matrimonio, si se aplica verdaderamente esta disciplina conforme a la práctica oriental, para llevar una vida más parecida a la de los laicos.

Muchísimos de los sacerdotes célibes (en teoría, seamos sinceros, porque el celibato en la práctica está por el suelo) tienen mucha mayor libertad hoy que la que obtendrían si se sujetaran a un régimen del tipo oriental. Sin contar con la carga de familia que además los forzará a vivir en una dura pobreza, salvo que no reciban todos los hijos que Dios les mande…

No nos engañemos. Los que propician la erradicación del celibato quieren dañar al sacerdocio. Y los que quieren tener esta doble condición de sacerdotes y estar casados legítimamente, si pensaran sujetarse a la disciplina que les correspondería, nunca la propiciarían. No son capaces de sujetarse al breviario, ni decir misa todos los días, de asistir a los enfermos que deciden morirse a horas intempestivas; no son capaces de sentarse dos horas en el confesionario… y van a aceptar casarse con una mujer bigotuda que viste como monja y hace vida religiosa (nada de cine, nada de tv, nada de “parties”, mucha oración y muchos hijos). Si eso es lo que quieren… no son los que yo conozco.

Lo que quieren es seguir demoliendo las cosas que la Iglesia tan entrañablemente y con tanto cuidado ha conservado desde los primeros tiempos, desde los tiempos apostólicos mismos, porque al menos uno de los apóstoles, San Juan, fue célibe y ya los discípulos emprendieron el camino del celibato. Y cuando fueron admitidos a las órdenes sagradas estando casados, por necesidad de los tiempos, su régimen de vida matrimonial cambió sustancialmente, lo cual queda reflejado en la forma de vida que se ha conservado en Oriente.  

Por eso, no gastemos más energías en cruzadas inútiles. Más que defender estas frases anfibológicas de Francisco, parece necesario señalar que el resultado de ellas es la demolición de las certezas. Ya podrán los amigos de Ecclesia, la EWTN, Catholic Net y el propio Fernández de la Cigoña entregar su cuerpo a las llamas para probar lo que Francisco quiso decir. De poco vale. Lo que vale es lo que todo el mundo entiende. Y él mejor que todo el mundo.

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