Lluvia Negra
El 9 de agosto de 1945 una bomba nuclear fue lanzada sobre la ciudad japonesa de Nagasaki. Durante varios días, después de la terrible explosión que generó un calor de medio millón de grados centígrados y calcinó una gran área de la ciudad, cayó sobre ella una lluvia negra. El hongo nuclear se elevó a 18 kms de altura y luego comenzó a devolver en forma de ceniza aquello que había sido una ciudad próspera.
El 9 de agosto de 1945 una bomba nuclear fue lanzada sobre la ciudad japonesa de Nagasaki. Durante varios días, después de la terrible explosión que generó un calor de medio millón de grados centígrados y calcinó una gran área de la ciudad, cayó sobre ella una lluvia negra. El hongo nuclear se elevó a 18 kms de altura y luego comenzó a devolver en forma de ceniza aquello que había sido una ciudad próspera. Se estima en más de 100.00 los muertos, contando a los que desaparecieron desintegrados, los calcinados, y los contaminados por la radiación.
Ese horroroso acto de los aliados, este genocidio, exterminó prácticamente a la población católica del lugar, unos 25.000 habitantes, sobre cuyo barrio estalló el artefacto. Eran el fruto de la semilla que los misionersos mártires católicos crucificados en Japón siglos antes habían sembrado. Su sangre había fecundado una prospera iglesia en un terreno tan difícil para la evangelización como es el oriental.
Otro estallido nuclear
En la decada de 1960 ocurrió en la Iglesia una terrible implosión nuclear. La cantidad de muertos está computada en las estadísticas de extinción de vocaciones, apostasía de sacerdotes y religiosos, quiebre de órdenes y congregaciones por doquier. Es más difícil, sin embargo, computar los heridos y los contaminados que van muriendo de ese cáncer doctrinal que se esparció por todo el cuerpo eclesial. Son millones y millones. Pero no podemos saber con certeza hasta donde ha llegado el daño. Sabemos, sí, que es muy grande y que la contaminación no se ha detenido. La realidad cotidiana nos lo demuestra casi a diario. Pero algunos hechos recientes lo ponen en evidencia con mayor nitidez. Veamos algunos más recientes.
El Cura párroco de la Iglesia de la Santa Cruz promovió y obtuvo que sean enterradas en el templo las activistas marxistas Esther Ballestrino de Careaga y María Ponce de Bianco. Ellas han formado parte de las Madres de Plaza de Mayo (cuya titular recientemente llamó a Juan Pablo II «cerdo» y le deseo «que se vaya al infierno»). La militantes fueron asesinadas. Esto las convierte en «mártires» según el padre Hughes, párroco, que ha sido firmante del Manifiesto de los Sacerdotes para el Tercer Mundo, y no ha cesado de actuar en diversas organizaciones marxistas. El hecho no parece haber conmovido a las autoridades eclesiásticas de la ciudad de Buenos Aires. Ni a ninguna otra……
A instancias de la izquierda marxista se promueve la causa de beatificación de los cinco palotinos asesinados el 4 de julio de 1976 en San Patricio, Barrio de Belgrano, Buenos Aires. Dos sacerdotes y tres seminaristas claramente conocidos y reconocidos como militantes de la organización «Montoneros», grupo armado que realizó acciones militares contra las fuerzas armadas y de seguridad. Asesinó, secuestró, torturó y colocó cientos de bombas (todo aquello que hoy en día se reconoce claramente como «terrorismo»). A pesar de los denuestos episcopales arquidiocesanos primados contra el terrorismo, se da lugar al despropósito de considerar mártires de la Fe a unos militantes marxistas que se amparaban en su condición de clérigos para actuar bajo disfraz.
Nuevamente, propiciado y alentado por el Gobierno Nacional y las fuerzas políticas que lo apoyan, se pide la elevación a los altares del obispo Angelelli, ex titular de La Rioja, bajo la excusa de que ha muerto asesinado por la «represión». Aquí, además de que ser asesinado por fuerzas paramilitares no es causal de martirio, cabe una muy fundada certeza de que Angelelli murió en un accidente automovilístico. También es clarísimo que su militancia montonera no fue nunca oculta ni disimulada. Era uno de los mentores eclesiásticos de esta movimiento que fue, en origen, católico.
Esto habla a las claras de un resurgimiento público de la izquierda clerical, de una nueva reedición de la Teología de la Liberación, no ya restringida a algunas diócesis y militantes marginales, sino con patente de legitimidad otorgada por el silencio y la aprobación implícita de las máximas autoridades eclesiásticas. Nuevamente se perfila una maniobra acomodaticia con el poder de turno. Así como se ha buscado por todos los medios no enfrentar el avance de la inmoralidad en el terreno cultural ni la ofensiva antivida, ahora se concede todo a la reivindicación de la guerrilla clerical.
Mientras tanto, a pesar de promesas y llamados personales desde la sede Archiepiscopal, los fieles que se quejan a las autoridades de abusos litúrgicos siguen padeciendo. No solo los abusos, sino la persecución por denunciarlos. Parece que nadie ha ledído la Redeptionis Sacramentum, por citar lo más reciente en la materia.
El clericalismo sigue haciendo estragos. Sumado a la desobediencia abierta de las directivas romanas, el fiel católico hispanoamericano padece los caprichos y las arbitrariedades de una buena parte del clero sin que los recursos canónicos que tiene a disposición funcionen adecuadamente. Lo cual -y esta es la intención- busca desanimar a otros de hacer reclamos. Lo cual se agrava con la natural pasivida de la feligresia, que protesta por lo bajo, pero no hace nada que «la ponga en compromisos».
Un clero usurpador
El clero parece haberse apropiado de las iglesias. Ahora son suyas y pueden hacer con ellas no lo que la Iglesia manda sino lo que ellos quieren. Esta fáctica usurpación de cargos por abuso de poder se ha convertido en epidemia. Son muy pocos los que realmente escuchan la voz del Magisterio, y mucho menos los que indagan en la Tradición para nutrirse del verdadero espíritu católico, puesto que malamente han sido formados en los seminarios.
La lluvia negra de la implosión conciliar continúa. Confiamos en la preocupación manifiesta del Santo Padre por algunas de estas múltiples calamidades y en los cursos de acción práctica que pueda realizar. Pero invitamos a los fieles a no permanecer callados. Es el tiempo de la reconstrucción y para ello es necesario advertir al clero por medio de admonisiones filiales, solicitudes, reclamos, quejas y llegado el caso, acciones legales. No podemos permitir que se siga consumando la autodestrucción de la Iglesia.

